LAUDATO SI' MI' SIGNORE

CARTA ENCÍCLICA

LAUDATO SI’

DEL SANTO PADRE FRANCISCO

SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN

 

1.  « Laudato si’, mi’ Signore » – « Alabado seas, mi Señor », cantaba San Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una ma-dre bella que nos acoge entre sus brazos: « Alaba-do seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba ».1

 

2.  Esta hermana clama por el daño que le pro-vocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus pro-pietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, he-rido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivien-tes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devasta-da tierra, que « gime y sufre dolores de parto » (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos so-mos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

 

 

Nada de este mundo nos resulta indiferente

 

3.  Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el « mundo católico », pero agregaba « y a todos los hombres de buena vo-luntad ». Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este pla-neta. En mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente. En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común.

 

4.  Ocho años después de Pacem in terris, en 1971, el beato Papa Pablo VI se refirió a la problemáti-ca ecológica, presentándola como una crisis, que es « una consecuencia dramática » de la actividad descontrolada del ser humano: « Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación ».2 También habló a la FAO sobre la posibilidad de una « catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civi-lización industrial », subrayando la « urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad », porque « los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técni-cas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre ».3

 

5.  San Juan Pablo II se ocupó de este tema con un interés cada vez mayor. En su primera encí-clica, advirtió que el ser humano parece « no per-cibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo ».4 Sucesivamen-te llamó a una conversión ecológica global.5 Pero al mismo tiempo hizo notar que se pone poco empeño para « salvaguardar las condiciones mo-rales de una auténtica ecología humana ».6 La des-trucción del ambiente humano es algo muy serio, porque Dios no sólo le encomendó el mundo al ser humano, sino que su propia vida es un don que debe ser protegido de diversas formas de de-gradación. Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en « los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad ».7 El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y « tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado ».8 Por lo tanto, la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios.9

 

6.  Mi predecesor Benedicto XVI renovó la in-vitación a « eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapa-ces de garantizar el respeto del medio ambien-te ».10 Recordó que el mundo no puede ser anali-zado sólo aislando uno de sus aspectos, porque « el libro de la naturaleza es uno e indivisible », e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la fami-lia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, « la degradación de la naturaleza está estrecha-mente unida a la cultura que modela la conviven-cia humana ».11 El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que « el hombre no es solamente una li-bertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero tam-bién naturaleza ».12 Con paternal preocupación, nos invitó a tomar conciencia de que la creación se ve perjudicada « donde nosotros mismos so-mos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consu-mo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos ».13

 

Unidos por una misma preocupación

 

7.  Estos aportes de los Papas recogen la re-flexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que enrique-cieron el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones. Pero no podemos ignorar que, tam-bién fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocupación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena.

 

8.  El Patriarca Bartolomé se ha referido par-ticularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, « en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos », esta-mos llamados a reconocer « nuestra contribu-ción – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación ».14 Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una mane-ra firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: « Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados ».15 Porque « un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios ».16

 

9.  Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la aten-ción sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encon-trar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que « significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia ».17 Los cristianos, además, estamos llamados a « aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta ».18

 

San Francisco de Asís

 

10.  No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturale-za y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro-miso con la sociedad y la paz interior.

 

11.  Su testimonio nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia catego-rías que trascienden el lenguaje de las matemáti-cas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos ena-moramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su re-acción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores « invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón ».19 Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era

 

 

una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, « lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las cria-turas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas ».20 Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las op-ciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la be-lleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumi-dor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.

 

12.  Por otra parte, san Francisco, fiel a la Escri-tura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad:

 

« A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor » (Sb 13,5), y « su eterna potencia y divinidad se hacen visibles para la inteligencia a través de sus obras desde la creación del mundo » (Rm 1,20). Por eso, él pedía que en el convento siempre se dejara una parte del huerto sin cultivar, para que crecieran las hier-bas silvestres, de manera que quienes las admira-ran pudieran elevar su pensamiento a Dios, autor de tanta belleza.21 El mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza.

 

Mi llamado

 

13.  El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La huma-nidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común. Deseo reconocer, alentar y dar las gracias a todos los que, en los más variados sectores de la actividad humana, es-tán trabajando para garantizar la protección de la casa que compartimos. Merecen una gratitud es-pecial quienes luchan con vigor para resolver las consecuencias dramáticas de la degradación am-biental en las vidas de los más pobres del mundo. Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda cons-truir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos.

 

14.  Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos constru-yendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces hu-manas, nos interesan y nos impactan a todos. El movimiento ecológico mundial ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la con-cientización. Lamentablemente, muchos esfuer-zos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confian-za ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva. Como dijeron los Obispos de Sudáfrica, « se necesitan los talen-tos y la implicación de todos para reparar el daño causado por el abuso humano a la creación de Dios ».22 Todos podemos colaborar como instru-mentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus ini-ciativas y sus capacidades.

 

15.  Espero que esta Carta encíclica, que se agrega al Magisterio social de la Iglesia, nos ayu-de a reconocer la grandeza, la urgencia y la her-mosura del desafío que se nos presenta. En pri-mer lugar, haré un breve recorrido por distintos aspectos de la actual crisis ecológica, con el fin de asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible, dejarnos in-terpelar por ella en profundidad y dar una base concreta al itinerario ético y espiritual como se indica a continuación. A partir de esa mirada, retomaré algunas razones que se desprenden de la tradición judío-cristiana, a fin de procurar una mayor coherencia en nuestro compromiso con el ambiente. Luego intentaré llegar a las raíces de la actual situación, de manera que no miremos sólo los síntomas sino también las causas más profundas. Así podremos proponer una ecología que, entre sus distintas dimensiones, incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea. A la luz de esa reflexión quisiera avanzar en algunas líneas amplias de diálogo y de acción que invo-lucren tanto a cada uno de nosotros como a la política internacional. Finalmente, puesto que estoy convencido de que todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo, propondré algunas líneas de maduración humana inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana.

 

 

 

 

 

16.  Si bien cada capítulo posee su temática pro-pia y una metodología específica, a su vez retoma desde una nueva óptica cuestiones importantes abordadas en los capítulos anteriores. Esto ocu-rre especialmente con algunos ejes que atraviesan toda la encíclica. Por ejemplo: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la con-vicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabi-lidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida. Estos temas no se cierran ni abandonan, sino que son constantemente replanteados y en-riquecidos.

 

 

Referencias

1  Cántico de las criaturas: Fonti Francescane (FF) 263.

2  Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 21: AAS 63 (1971), 416-417.

3  Discurso a la FAO en su 25 aniversario (16 noviembre 1970): AAS 62 (1970), 833.

4  Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71 (1979), 287.

5  Cf. Catequesis (17 enero 2001), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2001), p. 12.

6  Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841.

 7  Ibíd., 58, p. 863.

8  Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciem-bre 1987), 34: AAS 80 (1988), 559.

9  Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

10  Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.

11  Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.

 12  Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 septiembre 2011): AAS 103 (2011), 664.

13  Discurso al clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone (6 agos-to 2008): AAS 100 (2008), 634.

 14  Mensaje para el día de oración por la protección de la creación

(1 septiembre 2012).

15  Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997); cf. John Chryssavgis, On Earth as in Heaven: Ecological Vision and Initiatives of Ecumenical Patriarch Bartholomew, Bronx, New York 2012.

16  Ibíd.

17  Conferencia en el Monasterio de Utstein, Noruega (23 junio 2003).

18  Discurso « Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks », I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012).

 19  Tomás de Celano, Vida primera de San Francisco, XXIX, 81: FF 460.

 20  Legenda maior, VIII, 6: FF 1145.

 21  Cf. Tomás de Celano, Vida segunda de San Francisco, CXXIV, 165: FF 750.

 

22  Conferencia de los Obispos Católicos del Sur de África, Pastoral Statement on the Environmental Crisis (5 septiembre 1999).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

LO  QUE  LE  ESTÁ  PASANDO A  NUESTRA  CASA

 

 

17.  Las reflexiones teológicas o filosóficas sobre la situación de la humanidad y del mundo pueden sonar a mensaje repetido y abstracto si no se pre-sentan nuevamente a partir de una confrontación con el contexto actual, en lo que tiene de inédito para la historia de la humanidad. Por eso, antes de reconocer cómo la fe aporta nuevas motivaciones y exigencias frente al mundo del cual formamos parte, propongo detenernos brevemente a consi-derar lo que le está pasando a nuestra casa común.

 

18.  A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la inten-sificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman « rapidación ». Si bien el cam-bio es parte de la dinámica de los sistemas com-plejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. A esto se suma el proble-ma de que los objetivos de ese cambio veloz y constante no necesariamente se orientan al bien común y a un desarrollo humano, sostenible e in-tegral. El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad.

 

 

 

19.  Después de un tiempo de confianza irra-cional en el progreso y en la capacidad humana, una parte de la sociedad está entrando en una etapa de mayor conciencia. Se advierte una cre-ciente sensibilidad con respecto al ambiente y al cuidado de la naturaleza, y crece una sincera y dolorosa preocupación por lo que está ocurrien-do con nuestro planeta. Hagamos un recorrido, que será ciertamente incompleto, por aquellas cuestiones que hoy nos provocan inquietud y que ya no podemos esconder debajo de la alfombra. El objetivo no es recoger información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa concien-cia, atrevernos a convertir en sufrimiento perso-nal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar.

 

I.  Contaminación y cambio climático

 

Contaminación, basura y cultura del descarte

 

20.  Existen formas de contaminación que afec-tan cotidianamente a las personas. La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, espe-cialmente de los más pobres, provocando mi-llones de muertes prematuras. Se enferman, por ejemplo, a causa de la inhalación de elevados ni-veles de humo que procede de los combustibles que utilizan para cocinar o para calentarse. A ello se suma la contaminación que afecta a todos, de-bida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias que contribuyen a la acidificación del suelo y del agua, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general. La tecnología que, liga-da a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros.

 

21.  Hay que considerar también la contami-nación producida por los residuos, incluyendo los desechos peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y co-merciales, residuos de demolición, residuos clíni-cos, electrónicos e industriales, residuos altamen-te tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. En muchos lugares del planeta, los ancianos añoran los paisajes de otros tiempos, que ahora se ven inundados de basura. Tanto los residuos industriales como los produc-tos químicos utilizados en las ciudades y en el agro pueden producir un efecto de bioacumula-ción en los organismos de los pobladores de zo-nas cercanas, que ocurre aun cuando el nivel de presencia de un elemento tóxico en un lugar sea bajo. Muchas veces se toman medidas sólo cuan-do se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas.

 

22.  Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura. Advirta-mos, por ejemplo, que la mayor parte del papel que se produce se desperdicia y no se recicla. Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbí-voros; estos a su vez alimentan a los seres carní-voros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sis-tema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Toda-vía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limi-tar al máximo el uso de los recursos no renova-bles, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abor-dar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos.

 

El clima como bien común

 

23.  El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico

 

 

muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calenta-miento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos me-teorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determina-ble a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de produc-ción y de consumo, para combatir este calenta-miento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan. Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las úl-timas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbóni-co, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emiti-dos sobre todo a causa de la actividad humana. Al concentrarse en la atmósfera, impiden que el calor de los rayos solares reflejados por la tierra se disperse en el espacio. Esto se ve potenciado especialmente por el patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, que hace al corazón del sistema energético mundial. También ha incidido el aumento en la práctica del cambio de usos del suelo, principalmente la deforestación para agricultura.

 

24.  A su vez, el calentamiento tiene efectos so-bre el ciclo del carbono. Crea un círculo vicioso que agrava aún más la situación, y que afectará la disponibilidad de recursos imprescindibles como el agua potable, la energía y la producción agríco-la de las zonas más cálidas, y provocará la extin-ción de parte de la biodiversidad del planeta. El derretimiento de los hielos polares y de planicies de altura amenaza con una liberación de alto ries-go de gas metano, y la descomposición de la ma-teria orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de anhídrido carbónico. A su vez, la pérdida de selvas tropicales empeora las cosas, ya que ayudan a mitigar el cambio climá-tico. La contaminación que produce el anhídri-do carbónico aumenta la acidez de los océanos y compromete la cadena alimentaria marina. Si la actual tendencia continúa, este siglo podría ser testigo de cambios climáticos inauditos y de una destrucción sin precedentes de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos nosotros. El crecimiento del nivel del mar, por ejemplo, puede crear situaciones de extrema gravedad si se tiene en cuenta que la cuarta parte de la po-blación mundial vive junto al mar o muy cerca de él, y la mayor parte de las megaciudades están situadas en zonas costeras.

 

25.  El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la

 

humanidad. Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los paí-ses en desarrollo. Muchos pobres viven en lu-gares particularmente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento, y sus medios de subsistencia dependen fuertemente de las re-servas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos fo-restales. No tienen otras actividades financieras y otros recursos que les permitan adaptarse a los impactos climáticos o hacer frente a situaciones catastróficas, y poseen poco acceso a servicios sociales y a protección. Por ejemplo, los cambios del clima originan migraciones de animales y ve-getales que no siempre pueden adaptarse, y esto a su vez afecta los recursos productivos de los más pobres, quienes también se ven obligados a migrar con gran incertidumbre por el futuro de sus vidas y de sus hijos. Es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeo-rada por la degradación ambiental, que no son reconocidos como refugiados en las convencio-nes internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin protección normativa alguna. Lamentablemente, hay una general indiferencia ante estas tragedias, que suceden ahora mismo en distintas partes del mundo. La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y her-manas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes so-bre el cual se funda toda sociedad civil.

 

26.  Muchos de aquellos que tienen más recur-sos y poder económico o político parecen con-centrarse sobre todo en enmascarar los proble-mas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático. Pero muchos síntomas indican que esos efectos podrán ser cada vez peores si conti-nuamos con los actuales modelos de producción y de consumo. Por eso se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de anhídrido car-bónico y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reem-plazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable. En el mundo hay un nivel exiguo de acceso a energías limpias y renovables. Todavía es necesario desa-rrollar tecnologías adecuadas de acumulación. Sin embargo, en algunos países se han dado avances que comienzan a ser significativos, aunque estén lejos de lograr una proporción importante. Tam-bién ha habido algunas inversiones en formas de producción y de transporte que consumen me-nos energía y requieren menos cantidad de ma-teria prima, así como en formas de construcción o de saneamiento de edificios para mejorar su eficiencia energética. Pero estas buenas prácticas están lejos de generalizarse.

 

II.  La cuestión del agua

 

27.  Otros indicadores de la situación actual tie-nen que ver con el agotamiento de los recursos

 

 

naturales. Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los paí-ses más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y ti-rar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del pla-neta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza.

 

28.  El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es in-dispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos. Las fuen-tes de agua dulce abastecen a sectores sanitarios, agropecuarios e industriales. La provisión de agua permaneció relativamente constante durante mu-cho tiempo, pero ahora en muchos lugares la de-manda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término. Grandes ciudades que dependen de un importante nivel de almacenamiento de agua, sufren períodos de dis-minución del recurso, que en los momentos crí-ticos no se administra siempre con una adecuada gobernanza y con imparcialidad. La pobreza del agua social se da especialmente en África, donde grandes sectores de la población no acceden al agua potable segura, o padecen sequías que di-ficultan la producción de alimentos. En algunos países hay regiones con abundante agua y al mis-mo tiempo otras que padecen grave escasez.

 

29.  Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres,que provoca muchas muertes todos los días. En-tre los pobres son frecuentes enfermedades rela-cionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas. La diarrea y el cólera, que se relacionan con servi-cios higiénicos y provisión de agua inadecuados, son un factor significativo de sufrimiento y de mortalidad infantil. Las aguas subterráneas en muchos lugares están amenazadas por la conta-minación que producen algunas actividades ex-tractivas, agrícolas e industriales, sobre todo en países donde no hay una reglamentación y con-troles suficientes. No pensemos solamente en los vertidos de las fábricas. Los detergentes y pro-ductos químicos que utiliza la población en mu-chos lugares del mundo siguen derramándose en ríos, lagos y mares.

 

30.  Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso es-caso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamen-tal y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el de-recho a la vida radicado en su dignidad inalienable. Esa deuda se salda en parte con más aportes econó-micos para proveer de agua limpia y saneamiento a los pueblos más pobres. Pero se advierte un derroche de agua no sólo en países desarrolla-dos, sino también en aquellos menos desarrolla-dos que poseen grandes reservas. Esto muestra que el problema del agua es en parte una cuestión educativa y cultural, porque no hay conciencia de la gravedad de estas conductas en un contexto de gran inequidad.

 

31.  Una mayor escasez de agua provocará el aumento del costo de los alimentos y de distin-tos productos que dependen de su uso. Algunos estudios han alertado sobre la posibilidad de su-frir una escasez aguda de agua dentro de pocas décadas si no se actúa con urgencia. Los impac-tos ambientales podrían afectar a miles de millo-nes de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundia-les se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo.23

 

III.  Pérdida de biodiversidad

 

32.  Los recursos de la tierra también están sien-do depredados a causa de formas inmediatistas de entender la economía y la actividad comercial y productiva. La pérdida de selvas y bosques im-plica al mismo tiempo la pérdida de especies que podrían significar en el futuro recursos suma-mente importantes, no sólo para la alimentación,

 

23  Cf. Saludo al personal de la FAO (20 noviembre 2014):

AAS 106 (2014), 985.

 

 

sino también para la curación de enfermedades y para múltiples servicios. Las diversas especies contienen genes que pueden ser recursos claves para resolver en el futuro alguna necesidad hu-mana o para regular algún problema ambiental.

 

33.  Pero no basta pensar en las distintas espe-cies sólo como eventuales « recursos » explotables, olvidando que tienen un valor en sí mismas. Cada año desaparecen miles de especies vegetales y ani-males que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre. La inmensa mayoría se extinguen por razones que tie-nen que ver con alguna acción humana. Por nues-tra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho.

 

34.  Posiblemente nos inquieta saber de la ex-tinción de un mamífero o de un ave, por su ma-yor visibilidad. Pero para el buen funcionamien-to de los ecosistemas también son necesarios los hongos, las algas, los gusanos, los insectos, los reptiles y la innumerable variedad de microorga-nismos. Algunas especies poco numerosas, que suelen pasar desapercibidas, juegan un rol crítico fundamental para estabilizar el equilibrio de un lugar. Es verdad que el ser humano debe interve-nir cuando un geosistema entra en estado crítico, pero hoy el nivel de intervención humana en una realidad tan compleja como la naturaleza es tal, que los constantes desastres que el ser humano ocasiona provocan una nueva intervención suya,

 

de tal modo que la actividad humana se hace om-nipresente, con todos los riesgos que esto im-plica. Suele crearse un círculo vicioso donde la intervención del ser humano para resolver una dificultad muchas veces agrava más la situación.

 

Por ejemplo, muchos pájaros e insectos que des-aparecen a causa de los agrotóxicos creados por la tecnología son útiles a la misma agricultura, y su desaparición deberá ser sustituida con otra in-tervención tecnológica, que posiblemente traerá nuevos efectos nocivos. Son loables y a veces ad-mirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano. Pero mirando el mun-do advertimos que este nivel de intervención hu-mana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivi-mos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiem-po el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo sigue avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros.

 

35.  Cuando se analiza el impacto ambiental de algún emprendimiento, se suele atender a los efectos en el suelo, en el agua y en el aire, pero no siempre se incluye un estudio cuidadoso sobre el impacto en la biodiversidad, como si la pér-dida de algunas especies o de grupos animales o vegetales fuera algo de poca relevancia. Las ca-

 

 

rreteras, los nuevos cultivos, los alambrados, los embalses y otras construcciones van tomando posesión de los hábitats y a veces los fragmentan de tal manera que las poblaciones de animales ya no pueden migrar ni desplazarse libremente, de modo que algunas especies entran en riesgo de extinción. Existen alternativas que al menos mi-tigan el impacto de estas obras, como la creación de corredores biológicos, pero en pocos países se advierte este cuidado y esta previsión. Cuando se explotan comercialmente algunas especies, no siempre se estudia su forma de crecimiento para evitar su disminución excesiva con el consiguien-te desequilibrio del ecosistema.

 

36.  El cuidado de los ecosistemas supone una mirada que vaya más allá de lo inmediato, porque cuando sólo se busca un rédito económico rápido y fácil, a nadie le interesa realmente su preserva-ción. Pero el costo de los daños que se ocasionan por el descuido egoísta es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener. En el caso de la pérdida o el daño grave de algunas es-pecies, estamos hablando de valores que exceden todo cálculo. Por eso, podemos ser testigos mu-dos de gravísimas inequidades cuando se pretende obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísi-mos costos de la degradación ambiental.

 

37.  Algunos países han avanzado en la preser-vación eficaz de ciertos lugares y zonas –en la

 

tierra y en los océanos– donde se prohíbe toda intervención humana que pueda modificar su fi-sonomía o alterar su constitución original. En el cuidado de la biodiversidad, los especialistas in-sisten en la necesidad de poner especial atención a las zonas más ricas en variedad de especies, en especies endémicas, poco frecuentes o con menor grado de protección efectiva. Hay luga-res que requieren un cuidado particular por su enorme importancia para el ecosistema mundial, o que constituyen importantes reservas de agua y así aseguran otras formas de vida.

 

38.  Mencionemos, por ejemplo, esos pulmones del planeta repletos de biodiversidad que son la

 

Amazonia y la cuenca fluvial del Congo, o los grandes acuíferos y los glaciares. No se ignora la importancia de esos lugares para la totalidad del planeta y para el futuro de la humanidad. Los ecosistemas de las selvas tropicales tienen una biodiversidad con una enorme complejidad, casi imposible de reconocer integralmente, pero cuando esas selvas son quemadas o arrasadas para desarrollar cultivos, en pocos años se pierden in-numerables especies, cuando no se convierten en áridos desiertos. Sin embargo, un delicado equi-librio se impone a la hora de hablar sobre estos lugares, porque tampoco se pueden ignorar los enormes intereses económicos internacionales que, bajo el pretexto de cuidarlos, pueden aten-tar contra las soberanías nacionales. De hecho,

 

 

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existen « propuestas de internacionalización de la Amazonia, que sólo sirven a los intereses eco-nómicos de las corporaciones transnacionales ».24 Es loable la tarea de organismos internacionales y de organizaciones de la sociedad civil que sensi-bilizan a las poblaciones y cooperan críticamente, también utilizando legítimos mecanismos de pre-sión, para que cada gobierno cumpla con su pro-pio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales o internacionales.

 

39.  El reemplazo de la flora silvestre por áreas forestadas con árboles, que generalmente son monocultivos, tampoco suele ser objeto de un adecuado análisis. Porque puede afectar grave-mente a una biodiversidad que no es albergada por las nuevas especies que se implantan. Tam-bién los humedales, que son transformados en terreno de cultivo, pierden la enorme biodiver-sidad que acogían. En algunas zonas costeras, es preocupante la desaparición de los ecosistemas constituidos por manglares.

 

40.  Los océanos no sólo contienen la mayor parte del agua del planeta, sino también la mayor parte de la vasta variedad de seres vivientes, mu-chos de ellos todavía desconocidos para nosotros y amenazados por diversas causas. Por otra par-te, la vida en los ríos, lagos, mares y océanos, que

 

24  V Conferencia General del Episcopado Latinoame-

ricano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 86.

 

 

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alimenta a gran parte de la población mundial, se ve afectada por el descontrol en la extracción de los recursos pesqueros, que provoca disminucio-nes drásticas de algunas especies. Todavía siguen desarrollándose formas selectivas de pesca que desperdician gran parte de las especies recogidas. Están especialmente amenazados organismos ma-rinos que no tenemos en cuenta, como ciertas for-mas de plancton que constituyen un componente muy importante en la cadena alimentaria marina, y de las cuales dependen, en definitiva, especies que utilizamos para alimentarnos.

 

41.  Adentrándonos en los mares tropicales y subtropicales, encontramos las barreras de co-ral, que equivalen a las grandes selvas de la tierra, porque hospedan aproximadamente un millón de especies, incluyendo peces, cangrejos, molus-cos, esponjas, algas, etc. Muchas de las barreras de coral del mundo hoy ya son estériles o están en un continuo estado de declinación: « ¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color? ».25 Este fenómeno se debe en gran par-te a la contaminación que llega al mar como re-sultado de la deforestación, de los monocultivos agrícolas, de los vertidos industriales y de méto-dos destructivos de pesca, especialmente los que utilizan cianuro y dinamita. Se agrava por el au-mento de la temperatura de los océanos. Todo

 

25  Conferencia de los Obispos Católicos de Filipinas,

Carta pastoral What is Happening to our Beautiful Land? (29 enero 1988).

 

 

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esto nos ayuda a darnos cuenta de que cualquier acción sobre la naturaleza puede tener conse-cuencias que no advertimos a simple vista, y que ciertas formas de explotación de recursos se ha-cen a costa de una degradación que finalmente llega hasta el fondo de los océanos.

 

42.  Es necesario invertir mucho más en inves-tigación para entender mejor el comportamiento de los ecosistemas y analizar adecuadamente las diversas variables de impacto de cualquier modi-ficación importante del ambiente. Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los se-res nos necesitamos unos a otros. Cada territorio tiene una responsabilidad en el cuidado de esta familia, por lo cual debería hacer un cuidadoso inventario de las especies que alberga en orden a desarrollar programas y estrategias de protec-ción, cuidando con especial preocupación a las especies en vías de extinción.

 

IV.  Deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social

 

 

43.  Si tenemos en cuenta que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima, no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambien-tal, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas.

 

 

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44.  Hoy advertimos, por ejemplo, el crecimien-to desmedido y desordenado de muchas ciudades que se han hecho insalubres para vivir, debido no solamente a la contaminación originada por las emisiones tóxicas, sino también al caos urbano, a los problemas del transporte y a la contamina-ción visual y acústica. Muchas ciudades son gran-des estructuras ineficientes que gastan energía y agua en exceso. Hay barrios que, aunque hayan sido construidos recientemente, están congestio-nados y desordenados, sin espacios verdes sufi-cientes. No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza.

 

45.  En algunos lugares, rurales y urbanos, la pri-vatización de los espacios ha hecho que el acceso de los ciudadanos a zonas de particular belleza se vuelva difícil. En otros, se crean urbanizaciones « ecológicas » sólo al servicio de unos pocos, don-de se procura evitar que otros entren a molestar una tranquilidad artificial. Suele encontrarse una ciudad bella y llena de espacios verdes bien cui-dados en algunas áreas « seguras », pero no tanto en zonas menos visibles, donde viven los descar-tables de la sociedad.

 

46.  Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación so-

 

 

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cial, el crecimiento de la violencia y el surgimien-to de nuevas formas de agresividad social, el nar-cotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad. Son sig-nos, entre otros, que muestran que el crecimien-to de los últimos dos siglos no ha significado en todos sus aspectos un verdadero progreso inte-gral y una mejora de la calidad de vida. Algunos de estos signos son al mismo tiempo síntomas de una verdadera degradación social, de una si-lenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunión social.

 

47.  A esto se agregan las dinámicas de los me-dios del mundo digital que, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Los gran-des sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del rui-do dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las perso-nas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones rea-les con los demás, con todos los desafíos que im-plican, por un tipo de comunicación mediada por

 

 

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internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele gene-rarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza. Los medios actua-les permiten que nos comuniquemos y que com-partamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto direc-to con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos pro-ductos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento.

 

V.  Inequidad planetaria

 

48.  El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar ade-cuadamente la degradación ambiental si no pres-tamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el dete-rioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: « Tanto la experiencia común de la vida ordina-ria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresio-nes ambientales los sufre la gente más pobre ».26

 

26  Conferencia Episcopal Boliviana, Carta pastoral so-

bre medio ambiente y desarrollo humano en Bolivia El universo, don de Dios para la vida (2012), 17.

 

 

 

Por ejemplo, el agotamiento de las reservas ictíco-las perjudica especialmente a quienes viven de la pesca artesanal y no tienen cómo reemplazarla, la contaminación del agua afecta particularmente a los más pobres que no tienen posibilidad de com-prar agua envasada, y la elevación del nivel del mar afecta principalmente a las poblaciones costeras empobrecidas que no tienen a dónde trasladarse.

 

El impacto de los desajustes actuales se manifiesta también en la muerte prematura de muchos po-bres, en los conflictos generados por falta de re-cursos y en tantos otros problemas que no tienen espacio suficiente en las agendas del mundo.27

 

49.  Quisiera advertir que no suele haber con-ciencia clara de los problemas que afectan par-ticularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemen-te parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, que-dan frecuentemente en el último lugar. Ello se debe en parte a que muchos profesionales, for-madores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo

 

27  Cf. Conferencia Episcopal Alemana. Comisión para

Asuntos Sociales, Der Klimawandel: Brennpunkt globaler, intergene-rationeller und ökologischer Gerechtigkeit (septiembre 2006), 28-30.

 

 

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con sus problemas. Viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial. Esta falta de contacto físico y de encuentro, a veces favorecida por la desinte-gración de nuestras ciudades, ayuda a cauterizar la conciencia y a ignorar parte de la realidad en análisis sesgados. Esto a veces convive con un discurso « verde ». Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convier-te siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.

 

50.  En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, al-gunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de « salud repro-ductiva ». Pero, « si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos dis-ponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente com-patible con un desarrollo integral y solidario ».28 Culpar al aumento de la población y no al con-sumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas. Se pretende

 

28  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doc-

trina Social de la Iglesia, 483.

 

 

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legitimar así el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, sa-bemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y « el ali-mento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre ».29 De cualquier manera, es cierto que hay que prestar atención al desequilibrio en la distribución de la población sobre el territorio, tanto en el nivel nacional como en el global, por-que el aumento del consumo llevaría a situaciones regionales complejas, por las combinaciones de problemas ligados a la contaminación ambiental, al transporte, al tratamiento de residuos, a la pér-dida de recursos, a la calidad de vida.

 

51.  La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera « deuda ecológica », particular-mente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso despro-porcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países. Las ex-portaciones de algunas materias primas para sa-tisfacer los mercados en el Norte industrializado han producido daños locales, como la contami-

 

29  Catequesis (5 junio 2013): L’Osservatore Romano, ed. se-manal en lengua española (7 junio 2013), p. 12.

 

 

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nación con mercurio en la minería del oro o con dióxido de azufre en la del cobre. Especialmente hay que computar el uso del espacio ambiental de todo el planeta para depositar residuos gaseosos que se han ido acumulando durante dos siglos y han generado una situación que ahora afecta a todos los países del mundo. El calentamiento ori-ginado por el enorme consumo de algunos países ricos tiene repercusiones en los lugares más po-bres de la tierra, especialmente en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos. A esto se agregan los daños causados por la expor-tación hacia los países en desarrollo de residuos sólidos y líquidos tóxicos, y por la actividad con-taminante de empresas que hacen en los países menos desarrollados lo que no pueden hacer en los países que les aportan capital: « Constatamos que con frecuencia las empresas que obran así son multinacionales, que hacen aquí lo que no se les permite en países desarrollados o del llamado primer mundo. Generalmente, al cesar sus activi-dades y al retirarse, dejan grandes pasivos huma-nos y ambientales, como la desocupación, pue-blos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería local, cráteres, cerros tri-turados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener ».30

 

30  Obispos de la región de Patagonia-Comahue (Ar-

gentina), Mensaje de Navidad (diciembre 2009), 2.

 

 

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52.  La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desa-rrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el de-sarrollo de los países más ricos a costa de su pre-sente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satis-facer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de pro-piedad estructuralmente perverso. Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resol-ver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible. Las regiones y los países más pobres tienen me-nos posibilidades de adoptar nuevos modelos en orden a reducir el impacto ambiental, porque no tienen la capacitación para desarrollar los proce-sos necesarios y no pueden cubrir los costos. Por eso, hay que mantener con claridad la conciencia de que en el cambio climático hay responsabilidades diversificadas y, como dijeron los Obispos de Es-tados Unidos, corresponde enfocarse « especial-mente en las necesidades de los pobres, débiles y vulnerables, en un debate a menudo domina-do por intereses más poderosos ».31 Necesitamos

 

31  Conferencia de los Obispos Católicos de los Esta-

dos Unidos, Global Climate Change: A Plea for Dialogue, Prudence and the Common Good (15 junio 2001).

 

 

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fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia.

 

VI.  La debilidad de las reacciones

 

53.  Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últi-mos dos siglos. Pero estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y respon-da a su proyecto de paz, belleza y plenitud. El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las genera-ciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras. Se vuelve indispen-sable crear un sistema normativo que incluya lí-mites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia.

 

54.  Llama la atención la debilidad de la reac-ción política internacional. El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales

 

 

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sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económi-co llega a prevalecer sobre el bien común y a ma-nipular la información para no ver afectados sus proyectos. En esta línea, el Documento de Aparecida reclama que « en las intervenciones sobre los re-cursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida ».32 La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos. Así sólo podrían esperarse algunas declamaciones superfi-ciales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuer-zos por mostrar sensibilidad hacia el medio am-biente, cuando en la realidad cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear.

 

55.  Poco a poco algunos países pueden mos-trar avances importantes, el desarrollo de contro-les más eficientes y una lucha más sincera contra la corrupción. Hay más sensibilidad ecológica en las poblaciones, aunque no alcanza para modifi-car los hábitos dañinos de consumo, que no pa-recen ceder sino que se amplían y desarrollan. Es lo que sucede, para dar sólo un sencillo ejemplo, con el creciente aumento del uso y de la intensi-dad de los acondicionadores de aire. Los merca-

 

32  V Conferencia General del Episcopado Latinoame-

ricano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 471.

 

 

 

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dos, procurando un beneficio inmediato, estimu-lan todavía más la demanda. Si alguien observara desde afuera la sociedad planetaria, se asombra-ría ante semejante comportamiento que a veces parece suicida.

 

56.  Mientras tanto, los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad huma-na y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas. Muchos dirán que no tienen conciencia de realizar acciones in-morales, porque la distracción constante nos qui-ta la valentía de advertir la realidad de un mundo limitado y finito. Por eso, hoy « cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divini-zado, convertidos en regla absoluta ».33

 

57.  Es previsible que, ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones. La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la ri-queza cultural de las poblaciones, y los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nuclea-res y en las armas biológicas. Porque, « a pesar de

 

33  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 56: AAS 105 (2013), 1043.

 

 

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que determinados acuerdos internacionales prohí-ban la guerra química, bacteriológica y biológica, de hecho en los laboratorios se sigue investigan-do para el desarrollo de nuevas armas ofensivas, capaces de alterar los equilibrios naturales ».34 Se requiere de la política una mayor atención para prevenir y resolver las causas que puedan originar nuevos conflictos. Pero el poder conectado con las finanzas es el que más se resiste a este esfuerzo, y los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras. ¿Para qué se quiere preservar hoy un poder que será recordado por su incapacidad de interve-nir cuando era urgente y necesario hacerlo?

 

58.  En algunos países hay ejemplos positivos de logros en la mejora del ambiente, como la purifi-cación de algunos ríos que han estado contamina-dos durante muchas décadas, o la recuperación de bosques autóctonos, o el embellecimiento de pai-sajes con obras de saneamiento ambiental, o pro-yectos edilicios de gran valor estético, o avances en la producción de energía no contaminante, en la mejora del transporte público. Estas acciones no resuelven los problemas globales, pero confirman que el ser humano todavía es capaz de intervenir positivamente. Como ha sido creado para amar, en medio de sus límites brotan inevitablemente ges-tos de generosidad, solidaridad y cuidado.

 

59.  Al mismo tiempo, crece una ecología super-ficial o aparente que consolida un cierto adormeci-

 

34  Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 12: AAS 82 (1990), 154.

 

 

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miento y una alegre irresponsabilidad. Como suele suceder en épocas de profundas crisis, que requie-ren decisiones valientes, tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto. Si miramos la superficie, más allá de algunos signos visibles de contaminación y de degradación, pa-rece que las cosas no fueran tan graves y que el planeta podría persistir por mucho tiempo en las actuales condiciones. Este comportamiento eva-sivo nos sirve para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Es el modo como el ser humano se las arregla para alimen-tar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, pos-tergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera.

 

VII.  Diversidad de opiniones

 

60.  Finalmente, reconozcamos que se han de-sarrollado diversas visiones y líneas de pensa-miento acerca de la situación y de las posibles soluciones. En un extremo, algunos sostienen a toda costa el mito del progreso y afirman que los problemas ecológicos se resolverán simplemen-te con nuevas aplicaciones técnicas, sin conside-raciones éticas ni cambios de fondo. En el otro extremo, otros entienden que el ser humano, con cualquiera de sus intervenciones, sólo puede ser una amenaza y perjudicar al ecosistema mundial, por lo cual conviene reducir su presencia en el planeta e impedirle todo tipo de intervención.

 

Entre estos extremos, la reflexión debería iden-

 

 

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tificar posibles escenarios futuros, porque no hay un solo camino de solución. Esto daría lugar a diversos aportes que podrían entrar en diálogo hacia respuestas integrales.

 

61.  Sobre muchas cuestiones concretas la Igle-sia no tiene por qué proponer una palabra defini-tiva y entiende que debe escuchar y promover el debate honesto entre los científicos, respetando la diversidad de opiniones. Pero basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común. La esperanza nos invita a reconocer que siempre hay una sa-lida, que siempre podemos reorientar el rumbo, que siempre podemos hacer algo para resolver los problemas. Sin embargo, parecen advertir-se síntomas de un punto de quiebre, a causa de la gran velocidad de los cambios y de la degra-dación, que se manifiestan tanto en catástro-fes naturales regionales como en crisis sociales o incluso financieras, dado que los problemas del mundo no pueden analizarse ni explicar-se de forma aislada. Hay regiones que ya están especialmente en riesgo y, más allá de cualquier predicción catastrófica, lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista, porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana: « Si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, ensegui-da nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas ».35

 

35  Id., Catequesis (17 enero 2001), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2001), p. 12.

 

 

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CAPÍTULO SEGUNDO

 

EL  EVANGELIO  DE  LA  CREACIÓN

 

 

62.  ¿Por qué incluir en este documento, dirigido a todas las personas de buena voluntad, un capítulo referido a convicciones creyentes? No ignoro que, en el campo de la política y del pensamiento, algu-nos rechazan con fuerza la idea de un Creador, o la consideran irrelevante, hasta el punto de relegar al ámbito de lo irracional la riqueza que las reli-giones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad. Otras veces se supone que constituyen una subcultura que simplemente debe ser tolerada. Sin embar-go, la ciencia y la religión, que aportan diferentes aproximaciones a la realidad, pueden entrar en un diálogo intenso y productivo para ambas.

 

I.  La luz que ofrece la fe

 

63.  Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, debería-mos reconocer que las soluciones no pueden lle-gar desde un único modo de interpretar y trans-formar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritua-lidad. Si de verdad queremos construir una eco-logía que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias

 

 

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y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje. Además, la Iglesia Católica está abierta al diálogo con el pensamiento filosófico, y eso le permite producir diversas síntesis entre la fe y la razón. En lo que respecta a las cuestiones sociales, esto se puede constatar en el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, que está llamada a enriquecer-se cada vez más a partir de los nuevos desafíos.

 

64.  Por otra parte, si bien esta encíclica se abre a un diálogo con todos, para buscar juntos ca-minos de liberación, quiero mostrar desde el co-mienzo cómo las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos, y en parte también a otros cre-yentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles. Si el solo hecho de ser humanos mueve a las personas a cuidar el ambiente del cual for-man parte, « los cristianos, en particular, descu-bren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe ».36 Por eso, es un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológi-cos que brotan de nuestras convicciones.

 

II.  La sabiduría de los relatos bíblicos

 

65.  Sin repetir aquí la entera teología de la crea-ción, nos preguntamos qué nos dicen los grandes

 

36  Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 15: AAS 82 (1990), 156.

 

 

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relatos bíblicos acerca de la relación del ser hu-mano con el mundo. En la primera narración de la obra creadora en el libro del Génesis, el plan de Dios incluye la creación de la humanidad. Luego de la creación del ser humano, se dice que « Dios vio todo lo que había hecho y era muy bueno » (Gn 1,31). La Biblia enseña que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Esta afirmación nos mues-tra la inmensa dignidad de cada persona humana, que « no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremen-te y entrar en comunión con otras personas ».37 San Juan Pablo II recordó que el amor especia-lísimo que el Creador tiene por cada ser huma-no le confiere una dignidad infinita.38 Quienes se empeñan en la defensa de la dignidad de las per-sonas pueden encontrar en la fe cristiana los ar-gumentos más profundos para ese compromiso. ¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido! El Creador pue-de decir a cada uno de nosotros: « Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía » ( Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso « cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de noso-

 

37  Catecismo de la Iglesia Católica, 357.

38  Cf. Angelus (16 noviembre 1980): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (23 noviembre 1980), p. 9.

 

 

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tros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario ».39

 

66.  Los relatos de la creación en el libro del Gé-nesis contienen, en su lenguaje simbólico y na-rrativo, profundas enseñanzas sobre la existencia humana y su realidad histórica. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conecta-das: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocu-par el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturali-zó también el mandato de « dominar » la tierra (cf. Gn 1,28) y de « labrarla y cuidarla » (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armo-niosa entre el ser humano y la naturaleza se trans-formó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpreta-da como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva.40 Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con

 

39  Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 711.

40  Cf. Legenda maior, VIII, 1: FF 1134.

 

 

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toda su fuerza de destrucción en las guerras, las di-versas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza.

 

67.  No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Esto permite responder a una acusación lanzada al pensamiento judío-cristia-no: se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a « dominar » la tierra (cf. Gn 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo. Esta no es una correcta interpretación de la Biblia como la entiende la Iglesia. Si es verdad que algunas veces los cris-tianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Es importante leer los textos bíblicos en su con-texto, con una hemenéutica adecuada, y recordar que nos invitan a « labrar y cuidar » el jardín del mundo (cf. Gn 2,15). Mientras « labrar » significa cultivar, arar o trabajar, « cuidar » significa pro-teger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comu-nidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, « la tierra es del Se-

 

 

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ñor » (Sal 24,1), a él pertenece « la tierra y cuanto hay en ella » (Dt 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: « La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra » (Lv 25,23).

 

68.  Esta responsabilidad ante una tierra que es de Dios implica que el ser humano, dotado de inteligencia, respete las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios entre los seres de este mundo, porque « él lo ordenó y fueron creados, él los fijó por siempre, por los siglos, y les dio una ley que nunca pasará » (Sal 148,5b-6). De ahí que la legislación bíblica se detenga a proponer al ser humano varias normas, no sólo en relación con los demás seres humanos, sino también en rela-ción con los demás seres vivos: « Si ves caído en el camino el asno o el buey de tu hermano, no te desentenderás de ellos […] Cuando encuentres en el camino un nido de ave en un árbol o sobre la tierra, y esté la madre echada sobre los picho-nes o sobre los huevos, no tomarás a la madre con los hijos » (Dt 22,4.6). En esta línea, el des-canso del séptimo día no se propone sólo para el ser humano, sino también « para que reposen tu buey y tu asno » (Ex 23,12). De este modo ad-vertimos que la Biblia no da lugar a un antro-pocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas.

 

69.  A la vez que podemos hacer un uso respon-sable de las cosas, estamos llamados a reconocer

 

 

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que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios y, « por su simple existencia, lo bendi-cen y le dan gloria »,41 porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31). Precisamente por su dignidad única y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas, ya que « por la sabiduría el Señor fundó la tierra » (Pr 3,19). Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser hu-mano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a volun-tad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas « se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles ».42 El Catecismo cuestiona de manera muy directa e insistente lo que sería un antropocentrismo desviado: « Toda criatura posee su bondad y su perfección propias […] Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas ».43

 

70.  En la narración sobre Caín y Abel, vemos que los celos condujeron a Caín a cometer la in-

 

41  Catecismo de la Iglesia Católica, 2416.

42  Conferencia Episcopal Alemana, Zukunft der Schöp-

 

fung – Zukunft der Menschheit. Erklärung der Deutschen Bischofskon-ferenz zu Fragen der Umwelt und der Energieversorgung (1980), II, 2.

 

43  Catecismo de la Iglesia Católica, 339.

 

 

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justicia extrema con su hermano. Esto a su vez provocó una ruptura de la relación entre Caín y Dios y entre Caín y la tierra, de la cual fue exilia-do. Este pasaje se resume en la dramática conver-sación de Dios con Caín. Dios pregunta: « ¿Dón-de está Abel, tu hermano? ». Caín responde que no lo sabe y Dios le insiste: « ¿Qué hiciste? ¡La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo! Ahora serás maldito y te alejarás de esta tierra » (Gn 4,9-11). El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual tengo el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior con-migo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descui-dadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peli-gro. Esto es lo que nos enseña la narración sobre Noé, cuando Dios amenaza con exterminar la humanidad por su constante incapacidad de vi-vir a la altura de las exigencias de la justicia y de la paz: « He decidido acabar con todos los seres humanos, porque la tierra, a causa de ellos, está llena de violencia » (Gn 6,13). En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.

 

71.  Aunque « la maldad se extendía sobre la faz de la tierra » (Gn 6,5) y a Dios « le pesó haber

 

 

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creado al hombre en la tierra » (Gn 6,6), sin em-bargo, a través de Noé, que todavía se conser-vaba íntegro y justo, decidió abrir un camino de salvación. Así dio a la humanidad la posibilidad de un nuevo comienzo. ¡Basta un hombre bueno para que haya esperanza! La tradición bíblica es-tablece claramente que esta rehabilitación impli-ca el redescubrimiento y el respeto de los ritmos inscritos en la naturaleza por la mano del Crea-dor. Esto se muestra, por ejemplo, en la ley del Shabbath. El séptimo día, Dios descansó de todas sus obras. Dios ordenó a Israel que cada séptimo día debía celebrarse como un día de descanso, un Shabbath (cf. Gn 2,2-3; Ex 16,23; 20,10). Por otra parte, también se instauró un año sabático para Israel y su tierra, cada siete años (cf. Lv 25,1-4), durante el cual se daba un completo descanso a la tierra, no se sembraba y sólo se cosechaba lo in-dispensable para subsistir y brindar hospitalidad (cf. Lv 25,4-6). Finalmente, pasadas siete semanas de años, es decir, cuarenta y nueve años, se cele-braba el Jubileo, año de perdón universal y « de liberación para todos los habitantes » (Lv 25,10). El desarrollo de esta legislación trató de asegurar el equilibrio y la equidad en las relaciones del ser humano con los demás y con la tierra donde vivía y trabajaba. Pero al mismo tiempo era un reco-nocimiento de que el regalo de la tierra con sus frutos pertenece a todo el pueblo. Aquellos que cultivaban y custodiaban el territorio tenían que compartir sus frutos, especialmente con los po-bres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros:

 

 

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« Cuando coseches la tierra, no llegues hasta la última orilla de tu campo, ni trates de aprovechar los restos de tu mies. No rebusques en la viña ni recojas los frutos caídos del huerto. Los dejarás para el pobre y el forastero » (Lv 19,9-10).

 

72.  Los Salmos con frecuencia invitan al ser humano a alabar a Dios creador: « Al que asen-tó la tierra sobre las aguas, porque es eterno su amor » (Sal 136,6). Pero también invitan a las de-más criaturas a alabarlo: « ¡Alabadlo, sol y luna, alabadlo, estrellas lucientes, alabadlo, cielos de los cielos, aguas que estáis sobre los cielos! Alaben ellos el nombre del Señor, porque él lo ordenó y fueron creados » (Sal 148,3-5). Existimos no sólo por el poder de Dios, sino frente a él y junto a él. Por eso lo adoramos.

 

73.  Los escritos de los profetas invitan a reco-brar la fortaleza en los momentos difíciles con-templando al Dios poderoso que creó el universo.

 

El poder infinito de Dios no nos lleva a escapar de su ternura paterna, porque en él se conjugan el cariño y el vigor. De hecho, toda sana espiri-tualidad implica al mismo tiempo acoger el amor divino y adorar con confianza al Señor por su infinito poder. En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo, y esos dos modos divinos de actuar están íntima e in-separablemente conectados: « ¡Ay, mi Señor! Tú eres quien hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y tenso brazo. Nada es extraordinario para ti […] Y sacaste a tu pueblo Israel de Egipto con

 

 

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señales y prodigios » ( Jr 32,17.21). « El Señor es un Dios eterno, creador de la tierra hasta sus bordes, no se cansa ni fatiga. Es imposible escrutar su in-teligencia. Al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas le acrecienta la energía » (Is 40,28b-29).

 

74.  La experiencia de la cautividad en Babilonia engendró una crisis espiritual que provocó una profundización de la fe en Dios, explicitando su omnipotencia creadora, para exhortar al pueblo a recuperar la esperanza en medio de su situación desdichada. Siglos después, en otro momento de prueba y persecución, cuando el Imperio Roma-no buscaba imponer un dominio absoluto, los fieles volvían a encontrar consuelo y esperanza acrecentando su confianza en el Dios todopode-roso, y cantaban: « ¡Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios omnipotente, justos y ver-daderos tus caminos! » (Ap 15,3). Si pudo crear el universo de la nada, puede también intervenir en este mundo y vencer cualquier forma de mal. Entonces, la injusticia no es invencible.

 

75.  No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros pode-res del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad crea-da por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un

 

 

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Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses.

 

III.  El misterio del universo

 

76.  Para la tradición judío-cristiana, decir « crea-ción » es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal.

 

77.  « Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos » (Sal 33,6). Así se nos indica que el mun-do procedió de una decisión, no del caos o la casualidad, lo cual lo enaltece todavía más. Hay una opción libre expresada en la palabra creado-ra. El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de autoafirmación. La crea-ción es del orden del amor. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado: « Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hi-ciste, porque, si algo odiaras, no lo habrías crea-do » (Sb 11,24). Entonces, cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insig-

 

 

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nificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño. Decía san Basilio Magno que el Creador es tam-bién « la bondad sin envidia »,44 y Dante Alighieri hablaba del « amor que mueve el sol y las estre-llas ».45 Por eso, de las obras creadas se asciende « hasta su misericordia amorosa ».46

 

78.  Al mismo tiempo, el pensamiento judío-cristiano desmitificó la naturaleza. Sin dejar de ad-mirarla por su esplendor y su inmensidad, ya no le atribuyó un carácter divino. De esa manera se destaca todavía más nuestro compromiso ante ella. Un retorno a la naturaleza no puede ser a costa de la libertad y la responsabilidad del ser humano, que es parte del mundo con el deber de cultivar sus propias capacidades para protegerlo y desarrollar sus potencialidades. Si reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, y al mismo tiempo las capacidades que el Creador nos otor-gó, esto nos permite terminar hoy con el mito moderno del progreso material sin límites. Un mundo frágil, con un ser humano a quien Dios le confía su cuidado, interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, culti-var y limitar nuestro poder.

 

44  Hom. in Hexaemeron, 1, 2, 10: PG 29, 9.

45  Divina Comedia. Paraíso, Canto XXXIII, 145.

 

46  Benedicto XVI, Catequesis (9 noviembre 2005), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (11 no-viembre 2005), p. 20.

 

 

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79.  En este universo, conformado por sistemas abiertos que entran en comunicación unos con otros, podemos descubrir innumerables formas de relación y participación. Esto lleva a pensar también al conjunto como abierto a la trascen-dencia de Dios, dentro de la cual se desarrolla. La fe nos permite interpretar el sentido y la be-lleza misteriosa de lo que acontece. La libertad humana puede hacer su aporte inteligente hacia una evolución positiva, pero también puede agre-gar nuevos males, nuevas causas de sufrimiento y verdaderos retrocesos. Esto da lugar a la apa-sionante y dramática historia humana, capaz de convertirse en un despliegue de liberación, cre-cimiento, salvación y amor, o en un camino de decadencia y de mutua destrucción. Por eso, la acción de la Iglesia no sólo intenta recordar el deber de cuidar la naturaleza, sino que al mis-mo tiempo « debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo ».47

 

80.  No obstante, Dios, que quiere actuar con nosotros y contar con nuestra cooperación, tam-bién es capaz de sacar algún bien de los males que nosotros realizamos, porque « el Espíritu

 

Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables ».48 Él, de algún modo, quiso li-

 

47  Id., Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.

48  Juan Pablo II, Catequesis (24 abril 1991), 6: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (26 abril 1991), p. 6.

 

 

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mitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufri-miento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Crea-dor.49 Él está presente en lo más íntimo de cada cosa sin condicionar la autonomía de su criatura, y esto también da lugar a la legítima autonomía de las realidades terrenas.50 Esa presencia divina, que asegura la permanencia y el desarrollo de cada ser, « es la continuación de la acción creado-ra ».51 El Espíritu de Dios llenó el universo con virtualidades que permiten que del seno mismo de las cosas pueda brotar siempre algo nuevo: « La naturaleza no es otra cosa sino la razón de cierto arte, concretamente el arte divino, inscri-to en las cosas, por el cual las cosas mismas se mueven hacia un fin determinado. Como si el maestro constructor de barcos pudiera otorgar a la madera que pudiera moverse a sí misma para tomar la forma del barco ».52

 

81.  El ser humano, si bien supone también pro-cesos evolutivos, implica una novedad no explica-

 

49  El Catecismo explica que Dios quiso crear un mundo en camino hacia su perfección última y que esto implica la presen-cia de la imperfección y del mal físico; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 310.

 

50  Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 36.

51  Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 104, art. 1,

ad 4.

52  Id., In octo libros Physicorum Aristotelis expositio, lib. II, lec-tio 14.

 

 

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ble plenamente por la evolución de otros siste-mas abiertos. Cada uno de nosotros tiene en sí una identidad personal, capaz de entrar en diá-logo con los demás y con el mismo Dios. La ca-pacidad de reflexión, la argumentación, la creati-vidad, la interpretación, la elaboración artística y otras capacidades inéditas muestran una singula-ridad que trasciende el ámbito físico y biológico. La novedad cualitativa que implica el surgimiento de un ser personal dentro del universo material supone una acción directa de Dios, un llamado peculiar a la vida y a la relación de un Tú a otro tú. A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto, que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto.

 

82.  Pero también sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser considerados como meros objetos sometidos a la arbitraria do-minación humana. Cuando se propone una vi-sión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho y de interés, esto también tiene serias consecuencias en la sociedad. La visión que con-solida la arbitrariedad del más fuerte ha propicia-do inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los re-cursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de seme-jante modelo, y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: « Los poderosos de las

 

 

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naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor » (Mt 20,25-26).

 

83.  El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración univer-sal.53 Así agregamos un argumento más para re-chazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin

 

último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a tra-vés de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cris-to resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador.

 

IV.  El mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado

 

84.  Cuando insistimos en decir que el ser hu-mano es imagen de Dios, eso no debería llevar-nos a olvidar que cada criatura tiene una función

 

53  En esta perspectiva se sitúa la aportación del P. Teil-hard de Chardin; cf. Pablo VI, Discurso en un establecimiernto químico-farmacéutico (24 febrero 1966): Insegnamenti 4 (1966), 992-993; Juan Pablo II, Carta al reverendo P. George V. Coyne (1 junio 1988): Insegnamenti 5/2 (2009), 60; Benedicto XVI, Homilía para la celebración de las Vísperas en Aosta (24 julio 2009): L’Osservatore romano, ed. semanal en lengua española (31 julio 2009), p. 3s.

 

 

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y ninguna es superflua. Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desme-surado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios. La historia de la propia amistad con Dios siempre se desa-rrolla en un espacio geográfico que se convierte en un signo personalísimo, y cada uno de noso-tros guarda en la memoria lugares cuyo recuerdo le hace mucho bien. Quien ha crecido entre los montes, o quien de niño se sentaba junto al arro-yo a beber, o quien jugaba en una plaza de su barrio, cuando vuelve a esos lugares, se siente lla-mado a recuperar su propia identidad.

 

85.  Dios ha escrito un libro precioso, « cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo ».54 Bien expresaron los Obispos de Canadá que ninguna criatura queda fuera de esta manifestación de Dios: « Desde los panoramas más amplios a la forma de vida más ínfima, la naturaleza es un continuo manantial de maravilla y de temor. Ella es, además, una continua revela-ción de lo divino ».55 Los Obispos de Japón, por su parte, dijeron algo muy sugestivo: « Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza ».56 Esta contemplación de lo creado

 

54  Juan Pablo II, Catequesis (30 enero 2002), 6: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2002), p. 12.

 

55  Conferencia de los Obispos Católicos de Canadá. Comisión para los Ąsuntos Sociales, Carta pastoral You love all

that exists... all things are yours, God, Lover of Life (4 octubre 2003), 1.

56  Conferencia  de  los  Obispos  Católicos  de  Japón,

Reverence for Life. A Message for the Twenty-First Century (1 enero 2001), n. 89.

 

 

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nos permite descubrir a través de cada cosa al-guna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque « para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa ».57 Podemos decir que, « junto a la Revelación propiamente dicha, con-tenida en la sagrada Escritura, se da una mani-festación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche ».58 Prestando atención a esa manifes-tación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: « Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo ».59

 

86.  El conjunto del universo, con sus múltiples relaciones, muestra mejor la inagotable rique-za de Dios. Santo Tomás de Aquino remarcaba sabiamente que la multiplicidad y la variedad provienen « de la intención del primer agente », que quiso que « lo que falta a cada cosa para re-presentar la bondad divina fuera suplido por las otras »,60 porque su bondad « no puede ser repre-sentada convenientemente por una sola criatu-

 

57  Juan Pablo II, Catequesis (26 enero 2000), 5: L’Osser-vatore Romano, ed. semanal en lengua española (28 enero 2000), p. 3.

58  Id., Catequesis (2 agosto 2000), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (4 agosto 2000), p. 8.

59  Paul Ricoeur, Philosophie de la volonté II. Finitude et cul-pabilité, Paris 2009, 2016 (ed. esp.: Finitud y culpabilidad, Madrid 1967, 249).

60  Summa Theologiae I, q. 47, art. 1.

 

 

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ra ».61 Por eso, nosotros necesitamos captar la va-riedad de las cosas en sus múltiples relaciones.62 Entonces, se entiende mejor la importancia y el sentido de cualquier criatura si se la contempla en el conjunto del proyecto de Dios. Así lo enseña el Catecismo: « La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión, las innumerables diversidades y desigualdades significan que nin-guna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para comple-mentarse y servirse mutuamente ».63

 

87.   Cuando tomamos conciencia del reflejo de

 

Dios que hay en todo lo que existe, el corazón experimenta el deseo de adorar al Señor por to-das sus criaturas y junto con ellas, como se expre-sa en el precioso himno de san Francisco de Asís:

 

« Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,

especialmente el hermano sol,

 

por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor,

 

por la hermana luna y las estrellas,

 

en el cielo las formaste claras y preciosas, y bellas. Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento

 

61  Ibíd.

62  Cf. ibíd., art. 2, ad 1; art. 3.

 

63  Catecismo de la Iglesia Católica, 340.

 

 

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y por el aire, y la nube y el cielo sereno, y todo tiempo,

 

por todos ellos a tus criaturas das sustento.

 

Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy humilde, y preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual iluminas la noche,

 

y es bello, y alegre y vigoroso, y fuerte ».64

 

88.  Los Obispos de Brasil han remarcado que toda la naturaleza, además de manifestar a Dios, es lugar de su presencia. En cada criatura habita su Espíritu vivificante que nos llama a una rela-ción con él.65 El descubrimiento de esta presen-cia estimula en nosotros el desarrollo de las « vir-tudes ecológicas ».66 Pero cuando decimos esto, no olvidamos que también existe una distancia infinita, que las cosas de este mundo no poseen la plenitud de Dios. De otro modo, tampoco ha-ríamos un bien a las criaturas, porque no recono-ceríamos su propio y verdadero lugar, y termina-ríamos exigiéndoles indebidamente lo que en su pequeñez no nos pueden dar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

64  Cántico de las criaturas: FF 263.

65  Cf. Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil,

A Igreja e a questão ecológica (1992), 53-54.

66  Ibíd., 61.

 

 

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V.  Una comunión universal

 

89.  Las criaturas de este mundo no pueden ser consideradas un bien sin dueño: « Son tuyas, Se-ñor, que amas la vida » (Sb 11,26). Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mis-mo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comu-nión que nos mueve a un respeto sagrado, cari-ñoso y humilde. Quiero recordar que « Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos la-mentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación ».67

 

90.  Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor pecu-liar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divini-zación de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela.68 A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad

 

67  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 215: AAS 105 (2013), 1109.

68  Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 ju-nio 2009), 14: AAS 101 (2009), 650.

 

 

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entre los seres humanos. Es verdad que debe pre-ocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente debe-rían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos toleran-do que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanido-samente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos ad-mitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos.

 

91.  No puede ser real un sentimiento de ínti-ma unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres huma-nos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extin-ción, pero permanece completamente indiferen-te ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser huma-no que le desagrada. Esto pone en riesgo el senti-do de la lucha por el ambiente. No es casual que, en el himno donde san Francisco alaba a Dios por las criaturas, añada lo siguiente: « Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor ». Todo está conectado. Por eso se requiere

 

 

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una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad.

 

92.  Por otra parte, cuando el corazón está au-ténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad. Por consiguiente, también es verdad que la indiferen-cia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos. El corazón es uno solo, y la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifes-tarse en la relación con las demás personas. Todo ensañamiento con cualquier criatura « es contrario a la dignidad humana ».69 No podemos considerar-nos grandes amantes si excluimos de nuestros in-tereses alguna parte de la realidad: « Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolu-tamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nueva-mente en el reduccionismo ».70 Todo está relacio-nado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra.

 

69  Catecismo de la Iglesia Católica, 2418.

70  Conferencia  del  Episcopado  Dominicano,  Carta

 

pastoral Sobre la relación del hombre con la naturaleza (21 enero1987).

 

 

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VI.  Destino común de los bienes

 

93.  Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspec-tiva social que tenga en cuenta los derechos fun-damentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el de-recho universal a su uso es una « regla de oro » del comportamiento social y el « primer principio de todo el ordenamiento ético-social ».71 La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o into-cable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propie-dad privada. San Juan Pablo II recordó con mu-cho énfasis esta doctrina, diciendo que « Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno ».72 Son palabras densas y fuertes. Remarcó que « no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, in-

 

71  Juan Pablo II, Carta enc. Laborem exercens (14 septiem-bre 1981), 19: AAS 73 (1981), 626.

72  Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 31: AAS 83 (1991), 831.

 

 

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cluidos los derechos de las naciones y de los pue-blos ».73 Con toda claridad explicó que « la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado ».74 Por lo tanto afirmó que « no es conforme con el de-signio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos ».75 Esto cuestiona seriamente los hábitos injustos de una parte de la humanidad.76

 

94.  El rico y el pobre tienen igual dignidad, porque « a los dos los hizo el Señor » (Pr 22,2); « Él mismo hizo a pequeños y a grandes » (Sb 6,7) y « hace salir su sol sobre malos y buenos » (Mt 5,45). Esto tiene consecuencias prácticas, como las que enunciaron los Obispos de Paraguay: « Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su fa-milia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, ade-

 

73  Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 33: AAS 80 (1988), 557.

74  Discurso a los indígenas y campesinos de México, Cuilapán

(29 enero 1979), 6: AAS 71 (1979), 209.

 

75  Homilía durante la Misa celebrada para los agricultores en Re-cife, Brasil (7 julio 1980), 4: AAS 72 (1980), 926.

76  Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 8:

AAS 82 (1990), 152.

 

 

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más del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, crédi-tos, seguros y comercialización ».77

 

95.  El medio ambiente es un bien colectivo, pa-trimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia algo es sólo para ad-ministrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros. Por eso, los Obispos de

 

Nueva Zelanda se preguntaron qué significa el mandamiento « no matarás » cuando « un veinte por ciento de la población mundial consume re-cursos en tal medida que roba a las naciones po-bres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir ».78

 

VII.  La mirada de Jesús

 

96.  Jesús asume la fe bíblica en el Dios creador y destaca un dato fundamental: Dios es Padre (cf. Mt 11,25). En los diálogos con sus discípulos, Je-sús los invitaba a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas, y les recor-daba con una conmovedora ternura cómo cada una de ellas es importante a sus ojos: « ¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues bien, ninguno de ellos está olvidado ante Dios »

 

77  Conferencia Episcopal Paraguaya, Carta pastoral El

campesino paraguayo y la tierra (12 junio 1983), 2, 4, d.

78  Conferencia Episcopal de Nueva Zelanda, Statement

on Environmental Issues, Wellington (1 septiembre 2006).

 

 

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(Lc 12,6). « Mirad las aves del cielo, que no siem-bran ni cosechan, y no tienen graneros. Pero el Padre celestial las alimenta » (Mt 6,26).

 

97.  El Señor podía invitar a otros a estar aten-tos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de ca-riño y asombro. Cuando recorría cada rincón de su tierra se detenía a contemplar la hermosura sembrada por su Padre, e invitaba a sus discípu-los a reconocer en las cosas un mensaje divino: « Levantad los ojos y mirad los campos, que ya están listos para la cosecha » ( Jn 4,35). « El rei-no de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. Es más pequeña que cualquier semilla, pero cuando cre-ce es mayor que las hortalizas y se hace un árbol » (Mt 13,31-32).

 

98.  Jesús vivía en armonía plena con la crea-ción, y los demás se asombraban: « ¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen? » (Mt 8,27). No aparecía como un asceta separa-do del mundo o enemigo de las cosas agradables de la vida. Refiriéndose a sí mismo expresaba:

 

« Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen que es un comilón y borracho » (Mt 11,19).

Estaba lejos de las filosofías que despreciaban el cuerpo, la materia y las cosas de este mundo. Sin embargo, esos dualismos malsanos llegaron a tener una importante influencia en algunos pen-sadores cristianos a lo largo de la historia y desfi-

 

 

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guraron el Evangelio. Jesús trabajaba con sus ma-nos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios para darle forma con su habilidad de artesano. Llama la atención que la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una exis-tencia sencilla que no despertaba admiración algu-na: « ¿No es este el carpintero, el hijo de María? » (Mc 6,3). Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración. San Juan Pablo II enseñaba que, « soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por no-sotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad ».79

 

99.  Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: « Todo fue creado por él y para él » (Col 1,16).80 El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra

 

« se hizo carne » ( Jn 1,14). Una Persona de la Tri-nidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la en-carnación, el misterio de Cristo opera de manera

 

79  Carta enc. Laborem exercens (14 septiembre 1981), 27: AAS 73 (1981), 645.

 

80  Por eso san Justino podía hablar de « semillas del Ver-bo » en el mundo; cf. II Apología 8, 1-2; 13, 3-6: PG 6, 457-458; 467.

 

 

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oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía.

 

100.  El Nuevo Testamento no sólo nos habla del Jesús terreno y de su relación tan concreta y amable con todo el mundo. También lo muestra como resucitado y glorioso, presente en toda la creación con su señorío universal: « Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Esto nos proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al

 

Padre todas las cosas y « Dios sea todo en todos » (1 Co 15,28). De ese modo, las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una rea-lidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del cam-po y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO TERCERO

 

RAÍZ HUMANA DE LA CRISIS

 

ECOLÓGICA

 

 

101.  No nos servirá describir los síntomas, si no reconocemos la raíz humana de la crisis ecológica. Hay un modo de entender la vida y la acción huma-na que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla. ¿Por qué no podemos detenernos a pensarlo? En esta reflexión propongo que nos concentremos en el paradigma tecnocrático domi-nante y en el lugar del ser humano y de su acción en el mundo.

 

I.  La tecnología: creatividad y poder

 

102.  La humanidad ha ingresado en una nueva era en la que el poderío tecnológico nos pone en una encrucijada. Somos los herederos de dos siglos de enormes olas de cambio: el motor a vapor, el ferrocarril, el telégrafo, la electricidad, el automóvil, el avión, las industrias químicas, la medicina moderna, la informática y, más re-cientemente, la revolución digital, la robótica, las biotecnologías y las nanotecnologías. Es jus-to alegrarse ante estos avances, y entusiasmarse frente a las amplias posibilidades que nos abren estas constantes novedades, porque « la ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la

 

 

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creatividad humana donada por Dios ».81 La modi-ficación de la naturaleza con fines útiles es una ca-racterística de la humanidad desde sus inicios, y así la técnica « expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condiciona-mientos materiales ».82 La tecnología ha remedia-do innumerables males que dañaban y limitaban al ser humano. No podemos dejar de valorar y de agradecer el progreso técnico, especialmente en la medicina, la ingeniería y las comunicaciones. ¿Y cómo no reconocer todos los esfuerzos de mu-chos científicos y técnicos, que han aportado alter-nativas para un desarrollo sostenible?

 

103.  La tecnociencia bien orientada no sólo puede producir cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano, desde objetos domésticos útiles hasta grandes medios de transporte, puentes, edificios, lugares públi-cos. También es capaz de producir lo bello y de hacer « saltar » al ser humano inmerso en el mun-do material al ámbito de la belleza. ¿Se puede ne-gar la belleza de un avión, o de algunos rascacie-los? Hay preciosas obras pictóricas y musicales logradas con la utilización de nuevos instrumen-tos técnicos. Así, en la intención de belleza del productor técnico y en el contemplador de tal

 

81  Juan Pablo II, Discurso a los representantes de la ciencia, de la cultura y de los altos estudios en la Universidad de las Naciones Unidas, Hiroshima (25 febrero 1981), 3: AAS 73 (1981), 422.

82  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 69: AAS 101 (2009), 702.

 

 

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belleza, se da el salto a una cierta plenitud pro-piamente humana.

 

104.  Pero no podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el cono-cimiento de nuestro propio ADN y otras capaci-dades que hemos adquirido nos dan un tremen-do poder. Mejor dicho, dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo ente-ro. Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo. Basta recordar las bombas ató-micas lanzadas en pleno siglo XX, como el gran despliegue tecnológico ostentado por el nazismo, por el comunismo y por otros regímenes totali-tarios al servicio de la matanza de millones de personas, sin olvidar que hoy la guerra posee un instrumental cada vez más mortífero. ¿En manos de quiénes está y puede llegar a estar tanto po-der? Es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad.

 

105.  Se tiende a creer « que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumen-to de seguridad, de utilidad, de bienestar, de ener-gía vital, de plenitud de los valores »,83 como si la

 

83  Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, Würzburg 19659, 87 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, Madrid 1958, 111-112).

 

 

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realidad, el bien y la verdad brotaran espontánea-mente del mismo poder tecnológico y económi-co. El hecho es que « el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto »,84 porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, concien-cia. Cada época tiende a desarrollar una escasa autoconciencia de sus proprios límites. Por eso es posible que hoy la humanidad no advierta la seriedad de los desafíos que se presentan, y « la posibilidad de que el hombre utilice mal el po-der crece constantemente » cuando no está « so-metido a norma alguna reguladora de la libertad, sino únicamente a los supuestos imperativos de la utilidad y de la seguridad ».85 El ser humano no es plenamente autónomo. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del incons-ciente, de las necesidades inmediatas, del egoís-mo, de la violencia. En ese sentido, está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para contro-larlo. Puede disponer de mecanismos superficia-les, pero podemos sostener que le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que real-mente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación.

 

 

 

 

84  Ibíd. (ed. esp.: 112).

85  Ibíd., 87-88 (ed. esp.: 112).

 

 

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II.  Globalización del paradigma tecnocrático

 

106.  El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional. En él se destaca un concepto del sujeto que progre-sivamente, en el proceso lógico-racional, abarca y así posee el objeto que se halla afuera. Ese su-jeto se despliega en el establecimiento del mé-todo científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación. Es como si el sujeto se hallara frente a lo informe totalmente disponible para su manipulación. La intervención humana en la naturaleza siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompa-ñar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendien-do la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la impo-sición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante. Por eso, el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibi-lidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a « estrujarlo » hasta el límite y más allá del límite.

 

 

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Es el presupuesto falso de que « existe una canti-dad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos ».86

 

107.  Podemos decir entonces que, en el origen de muchas dificultades del mundo actual, está ante todo la tendencia, no siempre consciente, a constituir la metodología y los objetivos de la tecnociencia en un paradigma de comprensión que condiciona la vida de las personas y el fun-cionamiento de la sociedad. Los efectos de la aplicación de este molde a toda la realidad, hu-mana y social, se constatan en la degradación del ambiente, pero este es solamente un signo del reduccionismo que afecta a la vida humana y a la sociedad en todas sus dimensiones. Hay que reconocer que los objetos producto de la técni-ca no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder. Ciertas elecciones, que parecen puramente ins-trumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar.

 

108.  No puede pensarse que sea posible sos-tener otro paradigma cultural y servirse de la

 

86  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doc-

trina Social de la Iglesia, 462.

 

 

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técnica como de un mero instrumento, porque hoy el paradigma tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica. Se volvió contra-cultural elegir un estilo de vida con objetivos que puedan ser al menos en parte independientes de la técnica, de sus costos y de su poder globaliza-dor y masificador. De hecho, la técnica tiene una inclinación a buscar que nada quede fuera de su férrea lógica, y « el hombre que posee la técnica sabe que, en el fondo, esta no se dirige ni a la uti-lidad ni al bienestar, sino al dominio; el dominio, en el sentido más extremo de la palabra ».87 Por eso « intenta controlar tanto los elementos de la naturaleza como los de la existencia humana ».88 La capacidad de decisión, la libertad más genuina y el espacio para la creatividad alternativa de los individuos se ven reducidos.

 

109.  El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la polí-tica. La economía asume todo desarrollo tecno-lógico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis finan-ciera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental. En algunos

 

87  Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, 63s (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, 83-84).

88  Ibíd., 64 (ed. esp.: 84).

 

 

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círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas am-bientales, del mismo modo que se afirma, con lenguajes no académicos, que los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado. No es una cuestión de teorías económicas, que qui-zás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la econo-mía. Quienes no lo afirman con palabras lo sos-tienen con los hechos, cuando no parece preo-cuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras. Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los bene-ficios es suficiente. Pero el mercado por sí mis-mo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social.89 Mientras tanto, tenemos un « superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora »,90 y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los re-cursos básicos. No se termina de advertir cuá-les son las raíces más profundas de los actuales desajustes, que tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del creci-miento tecnológico y económico.

 

 

89  Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 ju-nio 2009), 35: AAS 101 (2009), 671.

90  Ibíd., 22: p. 657.

 

 

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110.  La especialización propia de la tecnología implica una gran dificultad para mirar el con-junto. La fragmentación de los saberes cumple su función a la hora de lograr aplicaciones con-cretas, pero suele llevar a perder el sentido de la totalidad, de las relaciones que existen entre las cosas, del horizonte amplio, que se vuelve irre-levante. Esto mismo impide encontrar caminos adecuados para resolver los problemas más com-plejos del mundo actual, sobre todo del ambiente y de los pobres, que no se pueden abordar desde una sola mirada o desde un solo tipo de intereses. Una ciencia que pretenda ofrecer soluciones a los grandes asuntos, necesariamente debería sumar todo lo que ha generado el conocimiento en las demás áreas del saber, incluyendo la filosofía y la

 

ética social. Pero este es un hábito difícil de de-sarrollar hoy. Por eso tampoco pueden recono-cerse verdaderos horizontes éticos de referencia. La vida pasa a ser un abandonarse a las circuns-tancias condicionadas por la técnica, entendida como el principal recurso para interpretar la exis-tencia. En la realidad concreta que nos interpe-la, aparecen diversos síntomas que muestran el error, como la degradación del ambiente, la an-gustia, la pérdida del sentido de la vida y de la convivencia. Así se muestra una vez más que « la realidad es superior a la idea ».91

 

91  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 231: AAS 105 (2013), 1114.

 

 

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111.  La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una po-lítica, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resisten-cia ante el avance del paradigma tecnocrático. De otro modo, aun las mejores iniciativas ecologistas pueden terminar encerradas en la misma lógica globalizada. Buscar sólo un remedio técnico a cada problema ambiental que surja es aislar cosas que en la realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial.

 

112.  Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. La liberación del paradigma tecnocrático reinante se produce de hecho en al-gunas ocasiones. Por ejemplo, cuando comunida-des de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sostenien-do un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concre-tos de los demás, con la pasión de ayudar a otros a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. También cuando la intención creadora de lo be-

 

 

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llo y su contemplación logran superar el poder objetivante en una suerte de salvación que acon-tece en lo bello y en la persona que lo contempla. La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civiliza-ción tecnológica, casi imperceptiblemente, como la niebla que se filtra bajo la puerta cerrada. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, bro-tando como una empecinada resistencia de lo au-téntico?

 

113.  Por otra parte, la gente ya no parece creer en un futuro feliz, no confía ciegamente en un mañana mejor a partir de las condiciones ac-tuales del mundo y de las capacidades técnicas. Toma conciencia de que el avance de la ciencia y de la técnica no equivale al avance de la huma-nidad y de la historia, y vislumbra que son otros los caminos fundamentales para un futuro feliz. No obstante, tampoco se imagina renunciando a las posibilidades que ofrece la tecnología. La humanidad se ha modificado profundamente, y la sumatoria de constantes novedades consagra una fugacidad que nos arrastra por la superficie, en una única dirección. Se hace difícil detener-nos para recuperar la profundidad de la vida. Si la arquitectura refleja el espíritu de una época, las megaestructuras y las casas en serie expresan el espíritu de la técnica globalizada, donde la per-manente novedad de los productos se une a un pesado aburrimiento. No nos resignemos a ello y no renunciemos a preguntarnos por los fines y

 

 

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por el sentido de todo. De otro modo, sólo legi-timaremos la situación vigente y necesitaremos más sucedáneos para soportar el vacío.

 

114.  Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural. La ciencia y la tecnología no son neutra-les, sino que pueden implicar desde el comienzo hasta el final de un proceso diversas intenciones o posibilidades, y pueden configurarse de distin-tas maneras. Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano.

 

III.  Crisis y consecuencias del antropocentrismo moderno

 

115.  El antropocentrismo moderno, paradóji-camente, ha terminado colocando la razón técni-ca sobre la realidad, porque este ser humano « ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente. La ve sin hacer hipó-tesis, prácticamente, como lugar y objeto de una tarea en la que se encierra todo, siéndole indife-rente lo que con ello suceda ».92 De ese modo, se debilita el valor que tiene el mundo en sí mismo. Pero si el ser humano no redescubre su verda-

 

92  Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, 63 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, 83).

 

 

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dero lugar, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su propia realidad: « No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; in-cluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado ».93

 

116.  En la modernidad hubo una gran desme-sura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo in-tento por fortalecer los lazos sociales. Por eso ha llegado el momento de volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone, que a su vez son la posibilidad de un desarrollo hu-mano y social más sano y fecundo. Una presenta-ción inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada so-bre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impre-sión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles. En cambio, la forma correcta de inter-pretar el concepto del ser humano como « señor » del universo consiste en entenderlo como admi-nistrador responsable.94

 

93  Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841.

94  Cf. Declaración Love for Creation. An Asian Response to the Ecological Crisis, Coloquio promovido por la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia (Tagaytay 31 enero – 5 febrero 1993), 3.3.2.

 

 

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117.  La falta de preocupación por medir el daño a la naturaleza y el impacto ambiental de las deci-siones es sólo el reflejo muy visible de un desin-terés por reconocer el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus mismas estructuras. Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacitad –por poner sólo algunos ejem-plos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, « en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza ».95

 

118.  Esta situación nos lleva a una constante es-quizofrenia, que va de la exaltación tecnocrática que no reconoce a los demás seres un valor pro-pio, hasta la reacción de negar todo valor peculiar al ser humano. Pero no se puede prescindir de la humanidad. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay eco-logía sin una adecuada antropología. Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, « se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia

 

95  Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

 

 

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de la responsabilidad ».96 Un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un « biocentrismo », porque eso implicaría incorpo-rar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas sino que añadirá otros. No puede exigirse al ser humano un compromiso con res-pecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de co-nocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad.

 

119.  La crítica al antropocentrismo desviado tampoco debería colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre las personas. Si la crisis ecológica es una eclosión o una manifesta-ción externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano. Cuando el pensamiento cristiano reclama un va-lor peculiar para el ser humano por encima de las demás criaturas, da lugar a la valoración de cada persona humana, y así provoca el reconocimiento del otro. La apertura a un « tú » capaz de conocer, amar y dialogar sigue siendo la gran nobleza de la persona humana. Por eso, para una adecuada rela-ción con el mundo creado no hace falta debilitar la dimensión social del ser humano y tampoco su di-mensión trascendente, su apertura al « Tú » divino. Porque no se puede proponer una relación con el ambiente aislada de la relación con las demás per-

 

96  Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010, 2: AAS 102 (2010), 41.

 

 

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sonas y con Dios. Sería un individualismo román-tico disfrazado de belleza ecológica y un asfixiante encierro en la inmanencia.

 

120.  Dado que todo está relacionado, tampo-co es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débi-les que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión hu-mano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: « Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social ».97

 

121.  Está pendiente el desarrollo de una nueva síntesis que supere falsas dialécticas de los últimos siglos. El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históri-cas, dejando brotar así su eterna novedad.98

 

El relativismo práctico

 

122.  Un antropocentrismo desviado da lugar a un estilo de vida desviado. En la Exhortación

 

97  Id., Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 28: AAS 101 (2009), 663.

98  Cf. Vicente de Lerins, Commonitorium primum, cap. 23:

PL 50, 668 : « Ut annis scilicet consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate ».

 

 

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apostólica Evangelii gaudium me referí al relativis-mo práctico que caracteriza nuestra época, y que es « todavía más peligroso que el doctrinal ».99 Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo de-más se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevan-te si no sirve a los propios intereses inmediatos. Hay en esto una lógica que permite comprender cómo se alimentan mutuamente diversas actitu-des que provocan al mismo tiempo la degrada-ción ambiental y la degradación social.

 

123.  La cultura del relativismo es la misma pa-tología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligán-dola a trabajos forzados, o convirtiéndola en es-clava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: « Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus im-pactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables ». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de

 

99  N. 80: AAS 105 (2013), 1053.

 

 

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los propios proyectos y de las necesidades inme-diatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotrá-fico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la com-pra de órganos a los pobres con el fin de ven-derlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del « usa y tira », que genera tantos residuos sólo por el deseo des-ordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como impo-siciones arbitrarias y como obstáculos a evitar.

 

Necesidad de preservar el trabajo

 

124.  En cualquier planteo sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indis-pensable incorporar el valor del trabajo, tan sa-biamente desarrollado por san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Recordemos que, según el relato bíblico de la creación, Dios colo-có al ser humano en el jardín recién creado (cf. Gn 2,15) no sólo para preservar lo existente (cui-dar), sino para trabajar sobre ello de manera que produzca frutos (labrar). Así, los obreros y arte-

 

 

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sanos « aseguran la creación eterna » (Si 38,34). En realidad, la intervención humana que procura el prudente desarrollo de lo creado es la forma más adecuada de cuidarlo, porque implica situar-se como instrumento de Dios para ayudar a bro-tar las potencialidades que él mismo colocó en las cosas: « Dios puso en la tierra medicinas y el hombre prudente no las desprecia » (Si 38,4).

 

125.  Si intentamos pensar cuáles son las rela-ciones adecuadas del ser humano con el mundo que lo rodea, emerge la necesidad de una correc-ta concepción del trabajo porque, si hablamos sobre la relación del ser humano con las cosas, aparece la pregunta por el sentido y la finalidad de la acción humana sobre la realidad. No habla-mos sólo del trabajo manual o del trabajo con la tierra, sino de cualquier actividad que implique alguna transformación de lo existente, desde la elaboración de un informe social hasta el diseño de un desarrollo tecnológico. Cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí. La espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san Francisco de Asís, ha desa-rrollado también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos.

 

126.  Recojamos también algo de la larga tra-dición del monacato. Al comienzo favorecía en

 

 

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cierto modo la fuga del mundo, intentando es-capar de la decadencia urbana. Por eso, los mon-jes buscaban el desierto, convencidos de que era el lugar adecuado para reconocer la presencia de Dios. Posteriormente, san Benito de Nursia propuso que sus monjes vivieran en comunidad combinando la oración y la lectura con el traba-jo manual (ora et labora ). Esta introducción del trabajo manual impregnado de sentido espiritual fue revolucionaria. Se aprendió a buscar la ma-duración y la santificación en la compenetración entre el recogimiento y el trabajo. Esa manera de vivir el trabajo nos vuelve más cuidadosos y res-petuosos del ambiente, impregna de sana sobrie-dad nuestra relación con el mundo.

 

127.  Decimos que « el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-so-cial ».100 No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del tra-bajo se desfigure.101 Conviene recordar siempre que el ser humano es « capaz de ser por sí mismo agente responsable de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual ».102 El trabajo debería ser el ámbito de este múlti-ple desarrollo personal, donde se ponen en juego

 

100  Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, so-bre la Iglesia en el mundo actual, 63.

101  Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

102  Pablo VI , Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 34: AAS 59 (1967), 274.

 

 

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muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacida-des, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración. Por eso, en la actual realidad social mundial, más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesa-rio que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos ».103

 

128.  Estamos llamados al trabajo desde nues-tra creación. No debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma. El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de ma-duración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución pro-visoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo. Pero la orientación de la eco-nomía ha propiciado un tipo de avance tecnoló-gico para reducir costos de producción en razón de la disminución de los puestos de trabajo, que se reemplazan por máquinas. Es un modo más como la acción del ser humano puede volverse en contra de él mismo. La disminución de los puestos de trabajo « tiene también un impacto negativo en el plano económico por el progre-

 

103  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 32: AAS 101 (2009), 666.

 

 

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sivo desgaste del “capital social”, es decir, del conjunto de relaciones de confianza, fiabilidad, y respeto de las normas, que son indispensables en toda convivencia civil ».104 En definitiva, « los cos-tes humanos son siempre también costes económicos y las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos ».105 Dejar de invertir en las per-sonas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad.

 

129.  Para que siga siendo posible dar empleo, es imperioso promover una economía que fa-vorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Por ejemplo, hay una gran variedad de sistemas alimentarios campesinos y de peque-ña escala que sigue alimentando a la mayor parte de la población mundial, utilizando una baja pro-porción del territorio y del agua, y produciendo menos residuos, sea en pequeñas parcelas agríco-las, huertas, caza y recolección silvestre o pesca artesanal. Las economías de escala, especial-mente en el sector agrícola, terminan forzando a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales. Los in-tentos de algunos de ellos por avanzar en otras formas de producción más diversificadas termi-nan siendo inútiles por la dificultad de conectarse con los mercados regionales y globales o porque la infraestructura de venta y de transporte está al servicio de las grandes empresas. Las autori-

 

104  Ibíd.

105  Ibíd.

 

 

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dades tienen el derecho y la responsabilidad de tomar medidas de claro y firme apoyo a los pe-queños productores y a la variedad productiva. Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces pue-de ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero. Una liber-tad económica sólo declamada, pero donde las condiciones reales impiden que muchos puedan acceder realmente a ella, y donde se deteriora el acceso al trabajo, se convierte en un discur-so contradictorio que deshonra a la política. La actividad empresarial, que es una noble voca-ción orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común.

 

Innovación biológica a partir de la investigación

 

130.  En la visión filosófica y teológica de la creación que he tratado de proponer, queda claro que la persona humana, con la peculiaridad de su razón y de su ciencia, no es un factor externo que deba ser totalmente excluido. No obstante, si bien el ser humano puede intervenir en vege-tales y animales, y hacer uso de ellos cuando es necesario para su vida, el Catecismo enseña que las experimentaciones con animales sólo son legí-timas « si se mantienen en límites razonables y

 

 

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contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas ».106

Recuerda con firmeza que el poder humano tiene límites y que « es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas ».107 Todo uso y experi-mentación « exige un respeto religioso de la inte-gridad de la creación ».108

 

131.  Quiero recoger aquí la equilibrada posi-ción de san Juan Pablo II, quien resaltaba los be-neficios de los adelantos científicos y tecnológi-cos, que « manifiestan cuán noble es la vocación del hombre a participar responsablemente en la acción creadora de Dios », pero al mismo tiempo recordaba que « toda intervención en un área del ecosistema debe considerar sus consecuencias en otras áreas ».109 Expresaba que la Iglesia valora el aporte « del estudio y de las aplicaciones de la biología molecular, completada con otras disci-plinas, como la genética, y su aplicación tecnoló-gica en la agricultura y en la industria »,110 aunque también decía que esto no debe dar lugar a una « indiscriminada manipulación genética »111 que ignore los efectos negativos de estas intervencio-

 

106  Catecismo de la Iglesia Católica, 2417.

107  Ibíd., 2418.

108  Ibíd., 2415.

109  Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 6: AAS

82 (1990), 150.

 

110  Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias (3 octubre 1981), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (8 noviembre 1981), p. 7.

111  Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 7: AAS

 

82 (1990), 151.

 

 

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nes. No es posible frenar la creatividad humana. Si no se puede prohibir a un artista el despliegue de su capacidad creadora, tampoco se puede in-habilitar a quienes tienen especiales dones para el desarrollo científico y tecnológico, cuyas capaci-dades han sido donadas por Dios para el servicio a los demás. Al mismo tiempo, no pueden dejar de replantearse los objetivos, los efectos, el con-texto y los límites éticos de esa actividad humana que es una forma de poder con altos riesgos.

 

132.  En este marco debería situarse cualquier reflexión acerca de la intervención humana sobre los vegetales y animales, que hoy implica mutacio-nes genéticas generadas por la biotecnología, en orden a aprovechar las posibilidades presentes en la realidad material. El respeto de la fe a la razón implica prestar atención a lo que la misma ciencia biológica, desarrollada de manera independiente con respecto a los intereses económicos, puede enseñar acerca de las estructuras biológicas y de sus posibilidades y mutaciones. En todo caso, una intervención legítima es aquella que actúa en la naturaleza « para ayudarla a desarrollarse en su línea, la de la creación, la querida por Dios ».112

 

133.  Es difícil emitir un juicio general sobre el desarrollo de organismos genéticamente modifi-cados (OMG), vegetales o animales, médicos o

 

112  Juan Pablo II, Discurso a la 35 Asamblea General de la Asociación Médica Mundial (29 octubre 1983), 6: AAS 76 (1984), 394.

 

 

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agropecuarios, ya que pueden ser muy diversos entre sí y requerir distintas consideraciones. Por otra parte, los riesgos no siempre se atribuyen a la técnica misma sino a su aplicación inadecuada o excesiva. En realidad, las mutaciones genéti-cas muchas veces fueron y son producidas por la misma naturaleza. Ni siquiera aquellas provo-cadas por la intervención humana son un fenó-meno moderno. La domesticación de animales, el cruzamiento de especies y otras prácticas anti-guas y universalmente aceptadas pueden incluir-se en estas consideraciones. Cabe recordar que el inicio de los desarrollos científicos de cerea-les transgénicos estuvo en la observación de una bacteria que natural y espontáneamente producía una modificación en el genoma de un vegetal.

 

Pero en la naturaleza estos procesos tienen un ritmo lento, que no se compara con la velocidad que imponen los avances tecnológicos actuales, aun cuando estos avances tengan detrás un desa-rrollo científico de varios siglos.

 

134.  Si bien no hay comprobación contun-dente acerca del daño que podrían causar los cereales transgénicos a los seres humanos, y en algunas regiones su utilización ha provocado un crecimiento económico que ayudó a resolver problemas, hay dificultades importantes que no deben ser relativizadas. En muchos lugares, tras la introducción de estos cultivos, se constata una concentración de tierras productivas en manos de pocos debido a « la progresiva desaparición de pequeños productores que, como consecuen-

 

 

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cia de la pérdida de las tierras explotadas, se han visto obligados a retirarse de la producción di-recta ».113 Los más frágiles se convierten en tra-bajadores precarios, y muchos empleados rurales terminan migrando a miserables asentamientos de las ciudades. La expansión de la frontera de estos cultivos arrasa con el complejo entramado de los ecosistemas, disminuye la diversidad pro-ductiva y afecta el presente y el futuro de las eco-nomías regionales. En varios países se advierte una tendencia al desarrollo de oligopolios en la producción de granos y de otros productos nece-sarios para su cultivo, y la dependencia se agrava si se piensa en la producción de granos estéri-les que terminaría obligando a los campesinos a comprarlos a las empresas productoras.

 

135.  Sin duda hace falta una atención cons-tante, que lleve a considerar todos los aspectos éticos implicados. Para eso hay que asegurar una discusión científica y social que sea responsable y amplia, capaz de considerar toda la información disponible y de llamar a las cosas por su nombre. A veces no se pone sobre la mesa la totalidad de la información, que se selecciona de acuerdo con los propios intereses, sean políticos, económicos o ideológicos. Esto vuelve difícil desarrollar un juicio equilibrado y prudente sobre las diversas cuestiones, considerando todas las variables ati-nentes. Es preciso contar con espacios de discu-

 

113  Comisión Episcopal de Pastoral social de Argenti-

na, Una tierra para todos (junio 2005), 19.

 

 

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sión donde todos aquellos que de algún modo se pudieran ver directa o indirectamente afectados

 

(agricultores, consumidores, autoridades, científi-cos, semilleras, poblaciones vecinas a los campos fumigados y otros) puedan exponer sus problemá-ticas o acceder a información amplia y fidedigna para tomar decisiones tendientes al bien común presente y futuro. Es una cuestión ambiental de carácter complejo, por lo cual su tratamiento exige una mirada integral de todos sus aspectos, y esto requeriría al menos un mayor esfuerzo para fi-nanciar diversas líneas de investigación libre e interdisciplinaria que puedan aportar nueva luz.

 

136.  Por otra parte, es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la in-tegridad del ambiente, y con razón reclaman cier-tos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana.

 

Se suele justificar que se traspasen todos los lími-tes cuando se experimenta con embriones huma-nos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarro-llo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO CUARTO

 

UNA  ECOLOGÍA  INTEGRAL

 

 

137.  Dado que todo está íntimamente relacio-nado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una ecología integral, que incorpore claramente las di-mensiones humanas y sociales.

 

I.  Ecología ambiental, económica y social

 

138.  La ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan. También exige sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia de una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, pro-ducción y consumo. No está de más insistir en que todo está conectado. El tiempo y el espacio no son independientes entre sí, y ni siquiera los átomos o las partículas subatómicas se pueden considerar por separado. Así como los distin-tos componentes del planeta –físicos, químicos y biológicos– están relacionados entre sí, tam-bién las especies vivas conforman una red que nunca terminamos de reconocer y comprender. Buena parte de nuestra información genética se

 

 

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comparte con muchos seres vivos. Por eso, los conocimientos fragmentarios y aislados pueden convertirse en una forma de ignorancia si se re-sisten a integrarse en una visión más amplia de la realidad.

 

139.  Cuando se habla de « medio ambiente », se indica particularmente una relación, la que exis-te entre la naturaleza y la sociedad que la habi-ta. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero mar-co de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la so-ciedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible en-contrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis sepa-radas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la digni-dad a los excluidos y simultáneamente para cui-dar la naturaleza.

 

140.  Debido a la cantidad y variedad de ele-mentos a tener en cuenta, a la hora de determi-nar el impacto ambiental de un emprendimiento

 

 

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concreto, se vuelve indispensable dar a los in-vestigadores un lugar preponderante y facilitar su interacción, con amplia libertad académica. Esta investigación constante debería permitir re-conocer también cómo las distintas criaturas se relacionan conformando esas unidades mayores que hoy llamamos « ecosistemas ». No los tene-mos en cuenta sólo para determinar cuál es su uso racional, sino porque poseen un valor intrín-seco independiente de ese uso. Así como cada organismo es bueno y admirable en sí mismo por ser una criatura de Dios, lo mismo ocurre con el conjunto armonioso de organismos en un espacio determinado, funcionando como un sis-tema. Aunque no tengamos conciencia de ello, dependemos de ese conjunto para nuestra propia existencia. Cabe recordar que los ecosistemas in-tervienen en el secuestro de anhídrido carbónico, en la purificación del agua, en el control de en-fermedades y plagas, en la formación del suelo, en la descomposición de residuos y en muchísi-mos otros servicios que olvidamos o ignoramos. Cuando advierten esto, muchas personas vuelven a tomar conciencia de que vivimos y actuamos a partir de una realidad que nos ha sido previa-mente regalada, que es anterior a nuestras capa-cidades y a nuestra existencia. Por eso, cuando se habla de « uso sostenible », siempre hay que incorporar una consideración sobre la capacidad de regeneración de cada ecosistema en sus diver-sas áreas y aspectos.

 

 

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141.  Por otra parte, el crecimiento económico tiende a producir automatismos y a homogenei-zar, en orden a simplificar procedimientos y a re-ducir costos. Por eso es necesaria una ecología económica, capaz de obligar a considerar la rea-lidad de manera más amplia. Porque « la protec-ción del medio ambiente deberá constituir parte integrante del proceso de desarrollo y no podrá considerarse en forma aislada ».114 Pero al mismo tiempo se vuelve actual la necesidad imperiosa del humanismo, que de por sí convoca a los dis-tintos saberes, también al económico, hacia una mirada más integral e integradora. Hoy el análi-sis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada per-sona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el am-biente. Hay una interacción entre los ecosistemas y entre los diversos mundos de referencia social, y así se muestra una vez más que « el todo es su-perior a la parte ».115

 

142.  Si todo está relacionado, también la salud de las instituciones de una sociedad tiene conse-cuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana: « Cualquier menoscabo de la solidaridad

 

114  Declaración de Río sobre el medio ambiente y el desarrollo (14 junio 1992), Principio 4.

115  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 237: AAS 105 (2013), 1116.

 

 

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y del civismo produce daños ambientales ».116 En ese sentido, la ecología social es necesariamen-te institucional, y alcanza progresivamente las distintas dimensiones que van desde el grupo social primario, la familia, pasando por la comu-nidad local y la nación, hasta la vida internacio-nal. Dentro de cada uno de los niveles sociales y entre ellos, se desarrollan las instituciones que regulan las relaciones humanas. Todo lo que las dañe entraña efectos nocivos, como la perdida de la libertad, la injusticia y la violencia. Varios países se rigen con un nivel institucional preca-rio, a costa del sufrimiento de las poblaciones y en beneficio de quienes se lucran con ese estado de cosas. Tanto en la administración del Estado, como en las distintas expresiones de la sociedad civil, o en las relaciones de los habitantes entre sí, se registran con excesiva frecuencia conduc-tas alejadas de las leyes. Estas pueden ser dicta-das en forma correcta, pero suelen quedar como letra muerta. ¿Puede esperarse entonces que la legislación y las normas relacionadas con el me-dio ambiente sean realmente eficaces? Sabemos, por ejemplo, que países poseedores de una legis-lación clara para la protección de bosques siguen siendo testigos mudos de la frecuente violación de estas leyes. Además, lo que sucede en una re-gión ejerce, directa o indirectamente, influencias en las demás regiones. Así, por ejemplo, el con-

 

116  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.

 

 

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sumo de narcóticos en las sociedades opulentas provoca una constante y creciente demanda de productos originados en regiones empobrecidas, donde se corrompen conductas, se destruyen vi-das y se termina degradando el ambiente.

 

II.  Ecología cultural

 

143.  Junto con el patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural, igual-mente amenazado. Es parte de la identidad co-mún de un lugar y una base para construir una ciudad habitable. No se trata de destruir y de crear nuevas ciudades supuestamente más ecoló-gicas, donde no siempre se vuelve deseable vivir. Hace falta incorporar la historia, la cultura y la arquitectura de un lugar, manteniendo su identi-dad original. Por eso, la ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la huma-nidad en su sentido más amplio. De manera más directa, reclama prestar atención a las culturas locales a la hora de analizar cuestiones relaciona-das con el medio ambiente, poniendo en diálogo el lenguaje científico-técnico con el lenguaje po-pular. Es la cultura no sólo en el sentido de los monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, que no puede excluirse a la hora de repensar la relación del ser humano con el ambiente.

 

144.  La visión consumista del ser humano, alentada por los engranajes de la actual economía globalizada, tiende a homogeneizar las culturas y

 

 

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a debilitar la inmensa variedad cultural, que es un tesoro de la humanidad. Por eso, pretender resol-ver todas las dificultades a través de normativas uniformes o de intervenciones técnicas lleva a desatender la complejidad de las problemáticas locales, que requieren la intervención activa de los habitantes. Los nuevos procesos que se van gestando no siempre pueden ser incorporados en esquemas establecidos desde afuera, sino que deben partir de la misma cultura local. Así como la vida y el mundo son dinámicos, el cuidado del mundo debe ser flexible y dinámico. Las solucio-nes meramente técnicas corren el riesgo de aten-der a síntomas que no responden a las proble-máticas más profundas. Hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo social supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia cultura. Ni siquiera la noción de calidad de vida puede imponerse, sino que debe enten-derse dentro del mundo de símbolos y hábitos propios de cada grupo humano.

 

145.  Muchas formas altamente concentradas de explotación y degradación del medio ambien-te no sólo pueden acabar con los recursos de subsistencia locales, sino también con capacida-des sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identi-dad cultural y un sentido de la existencia y de la

 

 

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convivencia. La desaparición de una cultura pue-de ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la al-teración de los ecosistemas.

 

146.  En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien econó-mico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territo-rios, son precisamente ellos quienes mejor los cui-dan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos ex-tractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura.

 

III.  Ecología de la vida cotidiana

 

147.  Para que pueda hablarse de un auténtico desarrollo, habrá que asegurar que se produzca una mejora integral en la calidad de vida humana, y esto implica analizar el espacio donde transcu-rre la existencia de las personas. Los escenarios que nos rodean influyen en nuestro modo de ver

 

 

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la vida, de sentir y de actuar. A la vez, en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestro lugar de trabajo y en nuestro barrio, usamos el ambiente para expresar nuestra identidad. Nos esforzamos para adaptarnos al medio y, cuando un ambiente es desordenado, caótico o cargado de contami-nación visual y acústica, el exceso de estímulos nos desafía a intentar configurar una identidad integrada y feliz.

 

148.  Es admirable la creatividad y la genero-sidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, modificando los efectos adversos de los condicionamientos y aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad. Por ejemplo, en algu-nos lugares, donde las fachadas de los edificios están muy deterioradas, hay personas que cuidan con mucha dignidad el interior de sus vivien-das, o se sienten cómodas por la cordialidad y la amistad de la gente. La vida social positiva y benéfica de los habitantes derrama luz sobre un ambiente aparentemente desfavorable. A veces es encomiable la ecología humana que pueden desarrollar los pobres en medio de tantas limita-ciones. La sensación de asfixia producida por la aglomeración en residencias y espacios con alta densidad poblacional se contrarresta si se desa-rrollan relaciones humanas cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambien-te se compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red de comunión

 

 

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y de pertenencia. De ese modo, cualquier lugar deja de ser un infierno y se convierte en el con-texto de una vida digna.

 

149.  También es cierto que la carencia extrema que se vive en algunos ambientes que no poseen armonía, amplitud y posibilidades de integración facilita la aparición de comportamientos inhuma-nos y la manipulación de las personas por parte de organizaciones criminales. Para los habitantes de barrios muy precarios, el paso cotidiano del hacinamiento al anonimato social que se vive en las grandes ciudades puede provocar una sensa-ción de desarraigo que favorece las conductas antisociales y la violencia. Sin embargo, quiero insistir en que el amor puede más. Muchas per-sonas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que con-vierten el hacinamiento en una experiencia co-munitaria donde se rompen las paredes del yo y se superan las barreras del egoísmo. Esta expe-riencia de salvación comunitaria es lo que suele provocar reacciones creativas para mejorar un edificio o un barrio.117

 

150.  Dada la interrelación entre el espacio y la conducta humana, quienes diseñan edificios, ba-

 

117  Algunos autores han mostrado los valores que suelen vivirse, por ejemplo, en las « villas », chabolas o favelas de Amé-rica Latina: cf. Juan Carlos Scannone, S.J., « La irrupción del pobre y la lógica de la gratuidad », en Juan Carlos Scannone y

 

Marcelo Perine (eds.), Irrupción del pobre y quehacer filosófico. Hacia una nueva racionalidad, Buenos Aires 1993, 225-230.

 

 

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rrios, espacios públicos y ciudades necesitan del aporte de diversas disciplinas que permitan en-tender los procesos, el simbolismo y los compor-tamientos de las personas. No basta la búsqueda de la belleza en el diseño, porque más valioso to-davía es el servicio a otra belleza: la calidad de vida de las personas, su adaptación al ambiente, el encuentro y la ayuda mutua. También por eso es tan importante que las perspectivas de los po-bladores siempre completen el análisis del pla-neamiento urbano.

 

151.  Hace falta cuidar los lugares comunes, los marcos visuales y los hitos urbanos que acrecien-tan nuestro sentido de pertenencia, nuestra sen-sación de arraigo, nuestro sentimiento de « estar en casa » dentro de la ciudad que nos contiene y nos une. Es importante que las diferentes par-tes de una ciudad estén bien integradas y que los habitantes puedan tener una visión de conjunto, en lugar de encerrarse en un barrio privándose de vivir la ciudad entera como un espacio propio compartido con los demás. Toda intervención en el paisaje urbano o rural debería considerar cómo los distintos elementos del lugar conforman un todo que es percibido por los habitantes como un cuadro coherente con su riqueza de signifi-cados. Así los otros dejan de ser extraños, y se los puede sentir como parte de un « nosotros » que construimos juntos. Por esta misma razón, tanto en el ambiente urbano como en el rural, conviene preservar algunos lugares donde se evi-

 

 

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ten intervenciones humanas que los modifiquen constantemente.

 

152.  La falta de viviendas es grave en muchas partes del mundo, tanto en las zonas rurales como en las grandes ciudades, porque los presupuestos estatales sólo suelen cubrir una pequeña parte de la demanda. No sólo los pobres, sino una gran parte de la sociedad sufre serias dificultades para acceder a una vivienda propia. La posesión de una vivienda tiene mucho que ver con la dignidad de las personas y con el desarrollo de las familias. Es una cuestión central de la ecología humana. Si en un lugar ya se han desarrollado conglomerados caóticos de casas precarias, se trata sobre todo de urbanizar esos barrios, no de erradicar y expul-sar. Cuando los pobres viven en suburbios con-taminados o en conglomerados peligrosos, « en el caso que se deba proceder a su traslado, y para no añadir más sufrimiento al que ya padecen, es ne-cesario proporcionar una información adecuada y previa, ofrecer alternativas de alojamientos dig-nos e implicar directamente a los interesados ».118 Al mismo tiempo, la creatividad debería llevar a integrar los barrios precarios en una ciudad acoge-dora: « ¡Qué hermosas son las ciudades que supe-ran la desconfianza enfermiza e integran a los di-ferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas

 

118  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la

Doctrina Social de la Iglesia, 482.

 

 

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de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro! ».119

 

153.  La calidad de vida en las ciudades tiene mucho que ver con el transporte, que suele ser causa de grandes sufrimientos para los habitan-tes. En las ciudades circulan muchos automóviles utilizados por una o dos personas, con lo cual el tránsito se hace complicado, el nivel de contami-nación es alto, se consumen cantidades enormes de energía no renovable y se vuelve necesaria la construcción de más autopistas y lugares de es-tacionamiento que perjudican la trama urbana. Muchos especialistas coinciden en la necesidad de priorizar el transporte público. Pero algunas medidas necesarias difícilmente serán pacífica-mente aceptadas por la sociedad sin una mejo-ra sustancial de ese transporte, que en muchas ciudades significa un trato indigno a las personas debido a la aglomeración, a la incomodidad o a la baja frecuencia de los servicios y a la inseguridad.

 

154.  El reconocimiento de la dignidad peculiar del ser humano muchas veces contrasta con la vida caótica que deben llevar las personas en nues-tras ciudades. Pero esto no debería hacer perder de vista el estado de abandono y olvido que sufren también algunos habitantes de zonas rurales, don-de no llegan los servicios esenciales, y hay traba-

 

119  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 210: AAS 105 (2013), 1107.

 

 

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jadores reducidos a situaciones de esclavitud, sin derechos ni expectativas de una vida más digna.

 

155.  La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia na-turaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. Decía Benedicto XVI que existe una « ecología del hombre » porque « también el hom-bre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo ».120 En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como re-galo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don es-pecífico del otro o de la otra, obra del Dios crea-dor, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda « cancelar la

 

120  Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 septiembre 2011): AAS 103 (2011), 668.

 

 

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diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma ».121

 

IV.  El principio del bien común

 

156.  La ecología humana es inseparable de la noción de bien común, un principio que cumple un rol central y unificador en la ética social. Es

 

« el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección ».122

 

157.  El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. En-tre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabi-lidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera vio-lencia. Toda la sociedad –y en ella, de manera es-pecial el Estado– tiene la obligación de defender y promover el bien común.

 

121  Catequesis (15 abril 2015): L’Osservatore Romano, ed. se-manal en lengua española (17 abril 2015), p. 2.

122  Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, so-bre la Iglesia en el mundo actual, 26.

 

 

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158.  En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres. Esta opción implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra, pero, como he intentado expresar en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium,123 exige contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre a la luz de las más hondas conviccio-nes creyentes. Basta mirar la realidad para enten-der que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común.

 

V.  Justicia entre las generaciones

 

159.  La noción de bien común incorpora tam-bién a las generaciones futuras. Las crisis econó-micas internacionales han mostrado con crudeza los efectos dañinos que trae aparejado el desco-nocimiento de un destino común, del cual no pueden ser excluidos quienes vienen detrás de nosotros. Ya no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional. Cuando pensamos en la situación en que se deja el planeta a las generaciones futuras, entramos en otra lógica, la del don gratuito que recibimos y

 

123  Cf. n. 186-201: AAS 105 (2013), 1098-1105.

 

 

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comunicamos. Si la tierra nos es donada, ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitaris-ta de eficiencia y productividad para el beneficio individual. No estamos hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia, ya que la tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán. Los Obispos de Portugal han exhortado a asumir este deber de justicia: « El ambiente se sitúa en la lógica de la recepción. Es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente ».124 Una eco-logía integral posee esa mirada amplia.

 

160.  ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están cre-ciendo? Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario. Cuando nos interrogamos por el mundo que queremos dejar, entendemos sobre todo su orientación general, su sentido, sus valores. Si no está latiendo esta pregunta de fondo, no creo que nuestras preo-cupaciones ecológicas puedan lograr efectos im-portantes. Pero si esta pregunta se plantea con valentía, nos lleva inexorablemente a otros cues-tionamientos muy directos: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra? Por eso, ya no basta decir que debemos preocuparnos por las futuras gene-

 

124  Conferencia Episcopal Portuguesa, Carta pastoral

Responsabilidade solidária pelo bem comum (15 septiembre 2003), 20.

 

 

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raciones. Se requiere advertir que lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos noso-tros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra.

 

161.  Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados es-combros, desiertos y suciedad. El ritmo de con-sumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del plane-ta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástro-fes, como de hecho ya está ocurriendo periódi-camente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo, sobre todo si pensa-mos en la responsabilidad que nos atribuirán los que deberán soportar las peores consecuencias.

 

162.  La dificultad para tomar en serio este desa-fío tiene que ver con un deterioro ético y cultural, que acompaña al deterioro ecológico. El hom-bre y la mujer del mundo posmoderno corren el riesgo permanente de volverse profundamente individualistas, y muchos problemas sociales se relacionan con el inmediatismo egoísta actual, con las crisis de los lazos familiares y sociales, con las dificultades para el reconocimiento del otro. Muchas veces hay un consumo inmediatista

 

 

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y excesivo de los padres que afecta a los propios hijos, quienes tienen cada vez más dificultades para adquirir una casa propia y fundar una fa-milia. Ademas, nuestra incapacidad para pensar seriamente en las futuras generaciones está ligada a nuestra incapacidad para ampliar los intereses actuales y pensar en quienes quedan excluidos del desarrollo. No imaginemos solamente a los pobres del futuro, basta que recordemos a los pobres de hoy, que tienen pocos años de vida en esta tierra y no pueden seguir esperando. Por eso, « además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional ».125

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

125  Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010, 8: AAS 102 (2010), 45.

 

 

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CAPÍTULO QUINTO

 

ALGUNAS  LÍNEAS  DE  ORIENTACIÓN

 

Y  ACCIÓN

 

 

163.  He intentado analizar la situación actual de la humanidad, tanto en las grietas que se ob-servan en el planeta que habitamos, como en las causas más profundamente humanas de la degra-dación ambiental. Si bien esa contemplación de la realidad en sí misma ya nos indica la necesidad de un cambio de rumbo y nos sugiere algunas acciones, intentemos ahora delinear grandes ca-minos de diálogo que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo.

 

I.  Diálogo sobre el medio ambiente en la política internacional

 

164.  Desde mediados del siglo pasado, y supe-rando muchas dificultades, se ha ido afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos. Un mundo interdependiente no signi-fica únicamente entender que las consecuencias perjudiciales de los estilos de vida, producción y consumo afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de

 

 

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los intereses de algunos países. La interdepen-dencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Pero la misma inteligencia que se utilizó para un enorme desarrollo tecnológico no logra encontrar formas eficientes de gestión internacional en orden a resolver las graves difi-cultades ambientales y sociales. Para afrontar los problemas de fondo, que no pueden ser resueltos por acciones de países aislados, es indispensable un consenso mundial que lleve, por ejemplo, a programar una agricultura sostenible y diversi-ficada, a desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, a fomentar una ma-yor eficiencia energética, a promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y mari-nos, a asegurar a todos el acceso al agua potable.

 

165.  Sabemos que la tecnología basada en com-bustibles fósiles muy contaminantes –sobre todo el carbón, pero aun el petróleo y, en menor me-dida, el gas– necesita ser reemplazada progresiva-mente y sin demora. Mientras no haya un amplio desarrollo de energías renovables, que debería estar ya en marcha, es legítimo optar por lo me-nos malo o acudir a soluciones transitorias. Sin embargo, en la comunidad internacional no se logran acuerdos suficientes sobre la responsabi-lidad de quienes deben soportar los costos de la transición energética. En las últimas décadas, las cuestiones ambientales han generado un gran de-bate público que ha hecho crecer en la sociedad civil espacios de mucho compromiso y de entrega

 

 

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generosa. La política y la empresa reaccionan con lentitud, lejos de estar a la altura de los desafíos mundiales. En este sentido se puede decir que, mientras la humanidad del período post-indus-trial quizás sea recordada como una de las más irresponsables de la historia, es de esperar que la humanidad de comienzos del siglo XXI pueda ser recordada por haber asumido con generosi-dad sus graves responsabilidades.

 

166.  El movimiento ecológico mundial ha he-cho ya un largo recorrido, enriquecido por el es-fuerzo de muchas organizaciones de la sociedad civil. No sería posible aquí mencionarlas a todas ni recorrer la historia de sus aportes. Pero, gra-cias a tanta entrega, las cuestiones ambientales han estado cada vez más presentes en la agen-da pública y se han convertido en una invitación constante a pensar a largo plazo. No obstante, las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcan-zaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces.

 

167.  Cabe destacar la Cumbre de la Tierra, cele-brada en 1992 en Río de Janeiro. Allí se proclamó que « los seres humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible ».126 Retomando contenidos de la De-

 

126  Declaración de Río sobre el medio ambiente y el desarrollo (14 junio 1992), Principio 1.

 

 

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claración de Estocolmo (1972), consagró la coo-peración internacional para cuidar el ecosistema de toda la tierra, la obligación por parte de quien contamina de hacerse cargo económicamente de ello, el deber de evaluar el impacto ambiental de toda obra o proyecto. Propuso el objetivo de es-tabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera para revertir el ca-lentamiento global. También elaboró una agenda con un programa de acción y un convenio sobre diversidad biológica, declaró principios en mate-ria forestal. Si bien aquella cumbre fue verdadera-mente superadora y profética para su época, los acuerdos han tenido un bajo nivel de implemen-tación porque no se establecieron adecuados me-canismos de control, de revisión periódica y de sanción de los incumplimientos. Los principios enunciados siguen reclamando caminos eficaces y ágiles de ejecución práctica.

 

168.  Como experiencias positivas se pueden mencionar, por ejemplo, el Convenio de Basilea sobre los desechos peligrosos, con un sistema de notificación, estándares y controles; también la

 

Convención vinculante que regula el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestre, que incluye misiones de verifi-cación del cumplimiento efectivo. Gracias a la Convención de Viena para la protección de la capa de ozono y a su implementación median-te el Protocolo de Montreal y sus enmiendas, el problema del adelgazamiento de esa capa parece haber entrado en una fase de solución.

 

 

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169.  En el cuidado de la diversidad biológica y en lo relacionado con la desertificación, los avan-ces han sido mucho menos significativos. En lo relacionado con el cambio climático, los avances son lamentablemente muy escasos. La reducción de gases de efecto invernadero requiere hones-tidad, valentía y responsabilidad, sobre todo de los países más poderosos y más contaminantes. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarrollo sostenible denominada Rio+20 (Río de Janeiro 2012) emitió una extensa e ineficaz Declaración final. Las negociaciones internacio-nales no pueden avanzar significativamente por las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global. Quienes sufrirán las consecuencias que nosotros intentamos disimular recordarán esta falta de conciencia y de responsabilidad. Mientras se ela-boraba esta Encíclica, el debate ha adquirido una particular intensidad. Los creyentes no podemos dejar de pedirle a Dios por el avance positivo en las discusiones actuales, de manera que las gene-raciones futuras no sufran las consecuencias de imprudentes retardos.

 

170.  Algunas de las estrategias de baja emisión de gases contaminantes buscan la internacionali-zación de los costos ambientales, con el peligro de imponer a los países de menores recursos pe-sados compromisos de reducción de emisiones comparables a los de los países más industrializa-dos. La imposición de estas medidas perjudica a

 

 

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los países más necesitados de desarrollo. De este modo, se agrega una nueva injusticia envuelta en el ropaje del cuidado del ambiente. Como siem-pre, el hilo se corta por lo más débil. Dado que los efectos del cambio climático se harán sentir durante mucho tiempo, aun cuando ahora se to-men medidas estrictas, algunos países con esca-sos recursos necesitarán ayuda para adaptarse a efectos que ya se están produciendo y que afec-tan sus economías. Sigue siendo cierto que hay responsabilidades comunes pero diferenciadas, sencillamente porque, como han dicho los Obis-pos de Bolivia, « los países que se han beneficiado por un alto grado de industrialización, a costa de una enorme emisión de gases invernaderos, tie-nen mayor responsabilidad en aportar a la solu-ción de los problemas que han causado ».127

 

171.  La estrategia de compraventa de « bonos de carbono » puede dar lugar a una nueva for-ma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes. Este sis-tema parece ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en un recurso diver-sivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos países y sectores.

 

127  Conferencia Episcopal Boliviana, Carta pastoral so-

bre medio ambiente y desarrollo humano en Bolivia El universo, don de Dios para la vida (2012), 86.

 

 

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172.  Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desa-rrollo social de sus habitantes, aunque deban ana-lizar el nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados de su población y controlar mejor la corrupción. También es verdad que de-ben desarrollar formas menos contaminantes de producción de energía, pero para ello requieren contar con la ayuda de los países que han creci-do mucho a costa de la contaminación actual del planeta. El aprovechamiento directo de la abun-dante energía solar requiere que se establezcan mecanismos y subsidios de modo que los paí-ses en desarrollo puedan acceder a transferen-cia de tecnologías, asistencia técnica y recursos financieros, pero siempre prestando atención a las condiciones concretas, ya que « no siempre es adecuadamente evaluada la compatibilidad de los sistemas con el contexto para el cual fueron dise-ñados ».128 Los costos serían bajos si se los compa-ra con los riesgos del cambio climático. De todos modos, es ante todo una decisión ética, fundada en la solidaridad de todos los pueblos.

 

173.  Urgen acuerdos internacionales que se cumplan, dada la fragilidad de las instancias loca-les para intervenir de modo eficaz. Las relaciones entre Estados deben resguardar la soberanía de cada uno, pero también establecer caminos con-sensuados para evitar catástrofes locales que ter-

 

128  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Energía, justicia y

paz, IV, 1, Ciudad del Vaticano 2013, 57.

 

 

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minarían afectando a todos. Hacen falta marcos regulatorios globales que impongan obligaciones y que impidan acciones intolerables, como el he-cho de que países poderosos expulsen a otros paí-ses residuos e industrias altamente contaminantes.

 

174.  Mencionemos también el sistema de go-bernanza de los océanos. Pues, si bien hubo di-versas convenciones internacionales y regionales, la fragmentación y la ausencia de severos meca-nismos de reglamentación, control y sanción ter-minan minando todos los esfuerzos. El creciente problema de los residuos marinos y la protección de las áreas marinas más allá de las fronteras na-cionales continúa planteando un desafío especial.

 

En definitiva, necesitamos un acuerdo sobre los regímenes de gobernanza para toda la gama de los llamados « bienes comunes globales ».

 

175.  La misma lógica que dificulta tomar deci-siones drásticas para invertir la tendencia al ca-lentamiento global es la que no permite cumplir con el objetivo de erradicar la pobreza. Necesi-tamos una reacción global más responsable, que implica encarar al mismo tiempo la reducción de la contaminación y el desarrollo de los países y regiones pobres. El siglo XXI, mientras mantiene un sistema de gobernanza propio de épocas pa-sadas, es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico-financiera, de caracterís-ticas transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este contexto, se vuelve indispen-

 

 

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sable la maduración de instituciones interna-cionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar. Como afirmaba Benedic-to XVI en la línea ya desarrollada por la doctrina social de la Iglesia, « para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y ma-yores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimen-ticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predeces-sor, [san] Juan XXIII ».129 En esta perspectiva, la diplomacia adquiere una importancia inédita, en orden a promover estrategias internacionales que se anticipen a los problemas más graves que termi-nan afectando a todos.

 

II.  Diálogo hacia nuevas políticas nacionales y locales

 

176.  No sólo hay ganadores y perdedores entre los países, sino también dentro de los países po-bres, donde deben identificarse diversas respon-sabilidades. Por eso, las cuestiones relacionadas con el ambiente y con el desarrollo económico ya no se pueden plantear sólo desde las diferencias

 

129  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 67: AAS 101 (2009), 700.

 

 

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entre los países, sino que requieren prestar aten-ción a las políticas nacionales y locales.

 

177.  Ante la posibilidad de una utilización irres-ponsable de las capacidades humanas, son fun-ciones impostergables de cada Estado planificar, coordinar, vigilar y sancionar dentro de su propio territorio. La sociedad, ¿cómo ordena y custodia su devenir en un contexto de constantes innova-ciones tecnológicas? Un factor que actúa como moderador ejecutivo es el derecho, que establece las reglas para las conductas admitidas a la luz del bien común. Los límites que debe imponer una sociedad sana, madura y soberana se asocian con: previsión y precaución, regulaciones adecuadas, vigilancia de la aplicación de las normas, control de la corrupción, acciones de control operativo sobre los efectos emergentes no deseados de los procesos productivos, e intervención oportuna ante riesgos inciertos o potenciales. Hay una cre-ciente jurisprudencia orientada a disminuir los efectos contaminantes de los emprendimientos empresariales. Pero el marco político e institu-cional no existe sólo para evitar malas prácticas, sino también para alentar las mejores prácticas, para estimular la creatividad que busca nuevos caminos, para facilitar las iniciativas personales y colectivas.

 

178.  El drama del inmediatismo político, soste-nido también por poblaciones consumistas, pro-voca la necesidad de producir crecimiento a cor-to plazo. Respondiendo a intereses electorales,

 

 

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los gobiernos no se exponen fácilmente a irritar a la población con medidas que puedan afectar al nivel de consumo o poner en riesgo inversio-nes extranjeras. La miopía de la construcción de poder detiene la integración de la agenda am-biental con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos. Se olvida así que « el tiempo es superior al espacio »,130 que siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de po-der. La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes princi-pios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este de-ber en un proyecto de nación.

 

179.  En algunos lugares, se están desarrollan-do cooperativas para la explotación de energías renovables que permiten el autoabastecimiento local e incluso la venta de excedentes. Este sen-cillo ejemplo indica que, mientras el orden mun-dial existente se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comu-nitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos. Estos valores tienen un arraigo muy hondo en las poblaciones aborí-

 

130  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 222: AAS 105 (2013), 1111.

 

 

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genes. Dado que el derecho a veces se muestra insuficiente debido a la corrupción, se requiere una decisión política presionada por la pobla-ción. La sociedad, a través de organismos no gu-bernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos. Si los ciudadanos no controlan al poder político –na-cional, regional y municipal–, tampoco es posi-ble un control de los daños ambientales. Por otra parte, las legislaciones de los municipios pueden ser más eficaces si hay acuerdos entre poblacio-nes vecinas para sostener las mismas políticas ambientales.

 

180.  No se puede pensar en recetas uniformes, porque hay problemas y límites específicos de cada país o región. También es verdad que el rea-lismo político puede exigir medidas y tecnologías de transición, siempre que estén acompañadas del diseño y la aceptación de compromisos gradua-les vinculantes. Pero en los ámbitos nacionales y locales siempre hay mucho por hacer, como pro-mover las formas de ahorro de energía. Esto im-plica favorecer formas de producción industrial con máxima eficiencia energética y menos canti-dad de materia prima, quitando del mercado los productos que son poco eficaces desde el punto de vista energético o que son más contaminantes. También podemos mencionar una buena gestión del transporte o formas de construcción y de sa-neamiento de edificios que reduzcan su consumo

 

 

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energético y su nivel de contaminación. Por otra parte, la acción política local puede orientarse a la modificación del consumo, al desarrollo de una economía de residuos y de reciclaje, a la protec-ción de especies y a la programación de una agri-cultura diversificada con rotación de cultivos. Es posible alentar el mejoramiento agrícola de regio-nes pobres mediante inversiones en infraestructu-ras rurales, en la organización del mercado local o nacional, en sistemas de riego, en el desarrollo de técnicas agrícolas sostenibles. Se pueden facilitar formas de cooperación o de organización comu-nitaria que defiendan los intereses de los pequeños productores y preserven los ecosistemas locales de la depredación. ¡Es tanto lo que sí se puede hacer!

 

181.  Es indispensable la continuidad, porque no se pueden modificar las políticas relaciona-das con el cambio climático y la protección del ambiente cada vez que cambia un gobierno. Los resultados requieren mucho tiempo, y suponen costos inmediatos con efectos que no podrán ser mostrados dentro del actual período de gobier-no. Por eso, sin la presión de la población y de las instituciones siempre habrá resistencia a interve-nir, más aún cuando haya urgencias que resolver. Que un político asuma estas responsabilidades con los costos que implican, no responde a la lógica eficientista e inmediatista de la economía y de la política actual, pero si se atreve a hacer-lo, volverá a reconocer la dignidad que Dios le ha dado como humano y dejará tras su paso por

 

 

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esta historia un testimonio de generosa respon-sabilidad. Hay que conceder un lugar preponde-rante a una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e iner-cias viciosas. Sin embargo, hay que agregar que los mejores mecanismos terminan sucumbiendo cuando faltan los grandes fines, los valores, una comprensión humanista y rica de sentido que otorguen a cada sociedad una orientación noble y generosa.

 

III.  Diálogo y transparencia en los procesos decisionales

182.  La previsión del impacto ambiental de los emprendimientos y proyectos requiere procesos políticos transparentes y sujetos al diálogo, mien-tras la corrupción, que esconde el verdadero im-pacto ambiental de un proyecto a cambio de fa-vores, suele llevar a acuerdos espurios que evitan informar y debatir ampliamente.

 

183.  Un estudio del impacto ambiental no de-bería ser posterior a la elaboración de un proyec-to productivo o de cualquier política, plan o pro-grama a desarrollarse. Tiene que insertarse desde el principio y elaborarse de modo interdiscipli-nario, transparente e independiente de toda pre-sión económica o política. Debe conectarse con el análisis de las condiciones de trabajo y de los posibles efectos en la salud física y mental de las personas, en la economía local, en la seguridad.

 

 

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Los resultados económicos podrán así deducirse de manera más realista, teniendo en cuenta los escenarios posibles y eventualmente previendo la necesidad de una inversión mayor para resolver efectos indeseables que puedan ser corregidos. Siempre es necesario alcanzar consensos entre los distintos actores sociales, que pueden apor-tar diferentes perspectivas, soluciones y alterna-tivas. Pero en la mesa de discusión deben tener un lugar privilegiado los habitantes locales, quie-nes se preguntan por lo que quieren para ellos y para sus hijos, y pueden considerar los fines que trascienden el interés económico inmediato. Hay que dejar de pensar en « intervenciones » sobre el ambiente para dar lugar a políticas pensadas y discutidas por todas las partes interesadas. La participación requiere que todos sean adecuada-mente informados de los diversos aspectos y de los diferentes riesgos y posibilidades, y no se re-duce a la decisión inicial sobre un proyecto, sino que implica también acciones de seguimiento o monitorización constante. Hace falta sinceridad y verdad en las discusiones científicas y políticas, sin reducirse a considerar qué está permitido o no por la legislación.

 

184.  Cuando aparecen eventuales riesgos para el ambiente que afecten al bien común presente y futuro, esta situación exige « que las decisiones se basen en una comparación entre los riesgos y los beneficios hipotéticos que comporta cada deci-

 

 

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sión alternativa posible ».131 Esto vale sobre todo si un proyecto puede producir un incremento de utilización de recursos naturales, de emisiones o vertidos, de generación de residuos, o una modi-ficación significativa en el paisaje, en el hábitat de especies protegidas o en un espacio público. Al-gunos proyectos, no suficientemente analizados, pueden afectar profundamente la calidad de vida de un lugar debido a cuestiones tan diversas entre sí como una contaminación acústica no prevista, la reducción de la amplitud visual, la pérdida de valores culturales, los efectos del uso de energía nuclear. La cultura consumista, que da prioridad al corto plazo y al interés privado, puede alentar trámites demasiado rápidos o consentir el oculta-miento de información.

 

185.  En toda discusión acerca de un emprendi-miento, una serie de preguntas deberían plantear-se en orden a discernir si aportará a un verdadero desarrollo integral: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Para quién? ¿Cuáles son los riesgos? ¿A qué costo? ¿Quién paga los costos y cómo lo hará? En este examen hay cues-tiones que deben tener prioridad. Por ejemplo, sabemos que el agua es un recurso escaso e indis-pensable y es un derecho fundamental que con-diciona el ejercicio de otros derechos humanos. Eso es indudable y supera todo análisis de im-pacto ambiental de una región.

 

131  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la

Doctrina Social de la Iglesia, 469.

 

 

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186.  En la Declaración de Río de 1992, se sos-tiene que, « cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces »132 que impidan la degradación del medio ambiente. Este princi-pio precautorio permite la protección de los más débiles, que disponen de pocos medios para de-fenderse y para aportar pruebas irrefutables. Si la información objetiva lleva a prever un daño grave e irreversible, aunque no haya una compro-bación indiscutible, cualquier proyecto debería detenerse o modificarse. Así se invierte el peso de la prueba, ya que en estos casos hay que apor-tar una demostración objetiva y contundente de que la actividad propuesta no va a generar daños graves al ambiente o a quienes lo habitan.

 

187.  Esto no implica oponerse a cualquier in-novación tecnológica que permita mejorar la cali-dad de vida de una población. Pero en todo caso debe quedar en pie que la rentabilidad no puede ser el único criterio a tener en cuenta y que, en el momento en que aparezcan nuevos elemen-tos de juicio a partir de la evolución de la infor-mación, debería haber una nueva evaluación con participación de todas las partes interesadas. El resultado de la discusión podría ser la decisión de no avanzar en un proyecto, pero también podría

 

132  Declaración de Río sobre el medio ambiente y el desarrollo (14 junio 1992), Principio 15.

 

 

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ser su modificación o el desarrollo de propuestas alternativas.

 

188.  Hay discusiones sobre cuestiones relacio-nadas con el ambiente donde es difícil alcanzar consensos. Una vez más expreso que la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni susti-tuir a la política, pero invito a un debate honesto y transparente, para que las necesidades particu-lares o las ideologías no afecten al bien común.

 

IV.  Política y economía en diálogo para la plenitud humana

189.  La política no debe someterse a la econo-mía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos impe-riosamente que la política y la economía, en diá-logo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. La salva-ción de los bancos a toda costa, haciendo pagar el precio a la población, sin la firme decisión de revisar y reformar el entero sistema, reafirma un dominio absoluto de las finanzas que no tiene fu-turo y que sólo podrá generar nuevas crisis des-pués de una larga, costosa y aparente curación.

 

La crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de la riqueza ficticia. Pero no hubo una reac-ción que llevara a repensar los criterios obsoletos

 

 

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que siguen rigiendo al mundo. La producción no es siempre racional, y suele estar atada a varia-bles económicas que fijan a los productos un va-lor que no coincide con su valor real. Eso lleva muchas veces a una sobreproducción de algunas mercancías, con un impacto ambiental innece-sario, que al mismo tiempo perjudica a muchas economías regionales.133 La burbuja financiera también suele ser una burbuja productiva. En definitiva, lo que no se afronta con energía es el problema de la economía real, la que hace posi-ble que se diversifique y mejore la producción, que las empresas funcionen adecuadamente, que las pequeñas y medianas empresas se desarrollen y creen empleo.

 

190.  En este contexto, siempre hay que recor-dar que « la protección ambiental no puede asegu-rarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente ».134 Una vez más, conviene evitar una concepción mágica del mercado, que tiende a pensar que los problemas se resuelven sólo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los indivi-duos. ¿Es realista esperar que quien se obsesiona por el máximo beneficio se detenga a pensar en

 

133  Cf. Conferencia del Episcopado Mexicano. Comi-sión Episcopal para la Pastoral Social, Jesucristo, vida y esperan-

za de los indígenas y campesinos (14 enero 2008).

134  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la

 

Doctrina Social de la Iglesia, 470.

 

 

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los efectos ambientales que dejará a las próximas generaciones? Dentro del esquema del rédito no hay lugar para pensar en los ritmos de la natura-leza, en sus tiempos de degradación y de regene-ración, y en la complejidad de los ecosistemas, que pueden ser gravemente alterados por la in-tervención humana. Además, cuando se habla de biodiversidad, a lo sumo se piensa en ella como un depósito de recursos económicos que podría ser explotado, pero no se considera seriamente el valor real de las cosas, su significado para las per-sonas y las culturas, los intereses y necesidades de los pobres.

 

191.  Cuando se plantean estas cuestiones, al-gunos reaccionan acusando a los demás de pre-tender detener irracionalmente el progreso y el desarrollo humano. Pero tenemos que conven-cernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo. Los esfuer-zos para un uso sostenible de los recursos natu-rales no son un gasto inútil, sino una inversión que podrá ofrecer otros beneficios económicos a medio plazo. Si no tenemos estrechez de mi-ras, podemos descubrir que la diversificación de una producción más innovativa y con menor im-pacto ambiental, puede ser muy rentable. Se trata de abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso, sino orientar esa energía con cauces nuevos.

 

 

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192.  Por ejemplo, un camino de desarrollo productivo más creativo y mejor orientado po-dría corregir el hecho de que haya una inversión tecnológica excesiva para el consumo y poca para resolver problemas pendientes de la humanidad; podría generar formas inteligentes y rentables de reutilización, refuncionalización y reciclado; po-dría mejorar la eficiencia energética de las ciuda-des. La diversificación productiva da amplísimas posibilidades a la inteligencia humana para crear e innovar, a la vez que protege el ambiente y crea más fuentes de trabajo. Esta sería una creativi-dad capaz de hacer florecer nuevamente la no-bleza del ser humano, porque es más digno usar la inteligencia, con audacia y responsabilidad, para encontrar formas de desarrollo sostenible y equitativo, en el marco de una noción más amplia de lo que es la calidad de vida. En cambio, es más indigno, superficial y menos creativo insistir en crear formas de expolio de la naturaleza sólo para ofrecer nuevas posibilidades de consumo y de rédito inmediato.

 

193.  De todos modos, si en algunos casos el desarrollo sostenible implicará nuevas formas de crecer, en otros casos, frente al crecimiento voraz e irresponsable que se produjo durante muchas décadas, hay que pensar también en detener un poco la marcha, en poner algunos límites racio-nales e incluso en volver atrás antes que sea tarde. Sabemos que es insostenible el comportamien-to de aquellos que consumen y destruyen más

 

 

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y más, mientras otros todavía no pueden vivir de acuerdo con su dignidad humana. Por eso ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras par-tes. Decía Benedicto XVI que « es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracte-rizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso ».135

 

194.  Para que surjan nuevos modelos de pro-greso, necesitamos « cambiar el modelo de desa-rrollo global »,136 lo cual implica reflexionar res-ponsablemente « sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones ».137 No basta conciliar, en un térmi-no medio, el cuidado de la naturaleza con la ren-ta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe.

 

Simplemente se trata de redefinir el progreso. Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integral-mente superior no puede considerarse progreso. Por otra parte, muchas veces la calidad real de la vida de las personas disminuye –por el deterioro

 

135  Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010, 9: AAS

102 (2010), 46.

136  Ibíd.

137  Ibíd., 5: p. 43.

 

 

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del ambiente, la baja calidad de los mismos pro-ductos alimenticios o el agotamiento de algunos recursos– en el contexto de un crecimiento de la economía. En este marco, el discurso del creci-miento sostenible suele convertirse en un recur-so diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen.

 

195.  El principio de maximización de la ganan-cia, que tiende a aislarse de toda otra considera-ción, es una distorsión conceptual de la econo-mía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente; si la tala de un bosque au-menta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contamina-ción. Es decir, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos. Sólo podría considerarse ético un com-portamiento en el cual « los costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recur-sos ambientales comunes se reconozcan de ma-nera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones ».138 La racionalidad instrumental, que sólo aporta un análisis estático

 

138  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 50: AAS 101 (2009), 686.

 

 

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de la realidad en función de necesidades actua-les, está presente tanto cuando quien asigna los recursos es el mercado como cuando lo hace un

Estado planificador.

 

196.  ¿Qué ocurre con la política? Recordemos el principio de subsidiariedad, que otorga liber-tad para el desarrollo de las capacidades presen-tes en todos los niveles, pero al mismo tiempo exige más responsabilidad por el bien común a quien tiene más poder. Es verdad que hoy algu-nos sectores económicos ejercen más poder que los mismos Estados. Pero no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspec-tos de la crisis actual. La lógica que no permite prever una preocupación sincera por el ambiente es la misma que vuelve imprevisible una preo-cupación por integrar a los más frágiles, porque « en el vigente modelo “exitista” y “privatista” no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida ».139

 

197.  Necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisci-plinario los diversos aspectos de la crisis. Muchas veces la misma política es responsable de su pro-pio descrédito, por la corrupción y por la falta de

 

139  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 209: AAS 105 (2013), 1107.

 

 

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buenas políticas públicas. Si el Estado no cumple su rol en una región, algunos grupos económicos pueden aparecer como benefactores y detentar el poder real, sintiéndose autorizados a no cumplir ciertas normas, hasta dar lugar a diversas formas de criminalidad organizada, trata de personas, narcotráfico y violencia muy difíciles de erra-dicar. Si la política no es capaz de romper una lógica perversa, y también queda subsumida en discursos empobrecidos, seguiremos sin afrontar los grandes problemas de la humanidad. Una es-trategia de cambio real exige repensar la totali-dad de los procesos, ya que no basta con incluir consideraciones ecológicas superficiales mientras no se cuestione la lógica subyacente en la cultu-ra actual. Una sana política debería ser capaz de asumir este desafío.

 

198.  La política y la economía tienden a culpar-se mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Pero lo que se espera es que reconozcan sus propios errores y encuentren formas de interacción orientadas al bien común. Mientras unos se desesperan sólo por el rédito económico y otros se obsesionan sólo por conservar o acrecentar el poder, lo que tenemos son guerras o acuerdos espurios donde lo que menos interesa a las dos partes es preser-var el ambiente y cuidar a los más débiles. Aquí también vale que « la unidad es superior al con-flicto ».140

 

140  Ibíd., 228: p. 1113.

 

 

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V.  Las religiones en el diálogo con las ciencias

 

199.  No se puede sostener que las ciencias em-píricas explican completamente la vida, el entra-mado de todas las criaturas y el conjunto de la realidad. Eso sería sobrepasar indebidamente sus confines metodológicos limitados. Si se reflexio-na con ese marco cerrado, desaparecen la sensi-bilidad estética, la poesía, y aun la capacidad de la razón para percibir el sentido y la finalidad de las cosas.141 Quiero recordar que « los textos religio-sos clásicos pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora que abre siempre nuevos horizontes […] ¿Es razonable y culto relegarlos a la oscuridad, sólo por haber surgido en el contexto de una creencia religiosa? ».142 En realidad, es ingenuo pensar que los principios éticos puedan presentarse de un modo puramente abstracto, desligados de todo

 

141  Cf. Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 34: AAS 105 (2013), 577: « La luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la luz de la fe es una luz encarnada, que pro-cede de la vida luminosa de Jesús. Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio. La mirada de la ciencia se beneficia así de la fe: esta invita al científico a estar abierto a la realidad, en toda su riqueza inagotable. La fe despierta el sentido crítico, en cuanto que no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta de que la naturaleza no se reduce a ellas. Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia ».

 

142  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 256: AAS 105 (2013), 1123.

 

 

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contexto, y el hecho de que aparezcan con un lenguaje religioso no les quita valor alguno en el debate público. Los principios éticos que la razón es capaz de percibir pueden reaparecer siempre bajo distintos ropajes y expresados con lenguajes diversos, incluso religiosos.

 

200.  Por otra parte, cualquier solución técnica que pretendan aportar las ciencias será impoten-te para resolver los graves problemas del mun-do si la humanidad pierde su rumbo, si se olvi-dan las grandes motivaciones que hacen posible la convivencia, el sacrificio, la bondad. En todo caso, habrá que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones, habrá que reclamarles que vuel-van a abrirse a la gracia de Dios y a beber en lo más hondo de sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Si una mala compren-sión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que de-bíamos custodiar. Muchas veces los límites cul-turales de diversas épocas han condicionado esa conciencia del propio acervo ético y espiritual, pero es precisamente el regreso a sus fuentes lo que permite a las religiones responder mejor a las necesidades actuales.

 

 

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201.  La mayor parte de los habitantes del plane-ta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de res-peto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertir-se en aislamiento y en absolutización del propio saber. Esto impide afrontar adecuadamente los problemas del medio ambiente. También se vuel-ve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas. La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, re-cordando siempre que « la realidad es superior a la idea ».143

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

143  Ibíd., 231: p. 1114.

 

 

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CAPÍTULO SEXTO

 

EDUCACIÓN

 

Y  ESPIRITUALIDAD  ECOLÓGICA

 

 

202.  Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futu-ro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que su-pondrá largos procesos de regeneración.

 

I.  Apostar por otro estilo de vida

 

203.  Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innece-sarios. El consumismo obsesivo es el reflejo sub-jetivo del paradigma tecnoeconómico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser huma-no « acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado ».144 Tal paradigma hace

 

144  Das Ende der Neuzeit, Würzburg 19659, 66-67 (ed. esp.:

 

El ocaso de la Edad Moderna, Madrid 1958, 87).

 

 

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creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que inte-gran la minoría que detenta el poder económico y financiero. En esta confusión, la humanidad posmoderna no encontró una nueva compren-sión de sí misma que pueda orientarla, y esta falta de identidad se vive con angustia. Tenemos de-masiados medios para unos escasos y raquíticos fines.

 

204.  La situación actual del mundo « provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colecti-vo ».145 Cuando las personas se vuelven autorre-ferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita ob-jetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites. Tampoco existe en ese horizonte un verdadero bien común. Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas sólo serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias necesidades. Por eso, no pensemos sólo en la posibilidad de terribles fenómenos climáticos o en grandes desastres naturales, sino también en catástrofes derivadas de crisis sociales, porque la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre

 

145  Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1: AAS 82 (1990), 147.

 

 

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todo cuando sólo unos pocos puedan sostener-lo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca.

 

205.  Sin embargo, no todo está perdido, por-que los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y so-ciales que les impongan. Son capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad. No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los cora-zones humanos. A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle.

 

206.  Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consu-midores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para mo-dificar el comportamiento de las empresas, for-zándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción. Es un hecho que, cuan-do los hábitos de la sociedad afectan el rédito de las empresas, estas se ven presionadas a producir de otra manera. Ello nos recuerda la responsabi-lidad social de los consumidores. « Comprar es

 

 

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siempre un acto moral, y no sólo económico ».146 Por eso, hoy « el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros ».147

 

207.  La Carta de la Tierra nos invitaba a todos a dejar atrás una etapa de autodestrucción y a co-menzar de nuevo, pero todavía no hemos desa-rrollado una conciencia universal que lo haga po-sible. Por eso me atrevo a proponer nuevamente aquel precioso desafío: « Como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo […] Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida ».148

 

208.  Siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro. Sin ella no se reconoce a las demás criaturas en su propio valor, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro de lo que nos rodea. La actitud básica de autotrascenderse, rompien-do la conciencia aislada y la autorreferencialidad,

 

146  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 66: AAS 101 (2009), 699.

147  Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010, 11:

AAS 102 (2010), 48.

 

148  Carta de la Tierra, La Haya (29 junio 2000).

 

 

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es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede de-sarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad.

 

II.  Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente

209.  La conciencia de la gravedad de la crisis cultural y ecológica necesita traducirse en nuevos hábitos. Muchos saben que el progreso actual y la mera sumatoria de objetos o placeres no bas-tan para darle sentido y gozo al corazón humano, pero no se sienten capaces de renunciar a lo que el mercado les ofrece. En los países que deberían producir los mayores cambios de hábitos de con-sumo, los jóvenes tienen una nueva sensibilidad ecológica y un espíritu generoso, y algunos de ellos luchan admirablemente por la defensa del ambiente, pero han crecido en un contexto de altísimo consumo y bienestar que vuelve difícil el desarrollo de otros hábitos. Por eso estamos ante un desafío educativo.

 

210.  La educación ambiental ha ido ampliando sus objetivos. Si al comienzo estaba muy centra-da en la información científica y en la concienti-zación y prevención de riesgos ambientales, aho-ra tiende a incluir una crítica de los « mitos » de la

 

 

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modernidad basados en la razón instrumental (in-dividualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y también a re-cuperar los distintos niveles del equilibrio ecológi-co: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el es-piritual con Dios. La educación ambiental debería disponernos a dar ese salto hacia el Misterio, desde donde una ética ecológica adquiere su sentido más hondo. Por otra parte, hay educadores capaces de replantear los itinerarios pedagógicos de una ética ecológica, de manera que ayuden efectivamente a crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cui-dado basado en la compasión.

 

211.  Sin embargo, esta educación, llamada a crear una « ciudadanía ecológica », a veces se limita a informar y no logra desarrollar hábitos. La exis-tencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos, aun cuando exista un control efectivo. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la haya aceptado a par-tir de motivaciones adecuadas, y que reaccione desde una transformación personal. Sólo a partir del cultivo de sólidas virtudes es posible la dona-ción de sí en un compromiso ecológico. Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sen-

 

 

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timientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravillo-so que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia di-recta e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá co-mer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad.

 

212.  No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce fru-tos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemen-te. Además, el desarrollo de estos comportamien-tos nos devuelve el sentimiento de la propia dig-nidad, nos lleva a una mayor profundidad vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo.

 

 

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213.  Los ámbitos educativos son diversos: la escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis, etc. Una buena educación escolar en la temprana edad coloca semillas que pueden producir efectos a lo largo de toda una vida. Pero quiero destacar la importancia central de la fa-milia, porque « es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de ma-nera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la fami-lia constituye la sede de la cultura de la vida ».149 En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados en-tre sí, de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a de-cir « gracias » como expresión de una sentida va-loración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea.

 

149  J uan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 39: AAS 83 (1991), 842.

 

 

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214.  A la política y a las diversas asociaciones les compete un esfuerzo de concientización de la población. También a la Iglesia. Todas las comu-nidades cristianas tienen un rol importante que cumplir en esta educación. Espero también que en nuestros seminarios y casas religiosas de for-mación se eduque para una austeridad responsa-ble, para la contemplación agradecida del mun-do, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente. Dado que es mucho lo que está en juego, así como se necesitan instituciones do-tadas de poder para sancionar los ataques al me-dio ambiente, también necesitamos controlarnos y educarnos unos a otros.

 

215.  En este contexto, « no debe descuidarse la relación que hay entre una adecuada educación estética y la preservación de un ambiente sano ».150 Prestar atención a la belleza y amarla nos ayu-da a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se con-vierta para él en objeto de uso y abuso inescru-puloso. Al mismo tiempo, si se quiere conseguir cambios profundos, hay que tener presente que los paradigmas de pensamiento realmente in-fluyen en los comportamientos. La educación será ineficaz y sus esfuerzos serán estériles si no procura también difundir un nuevo paradigma acerca del ser humano, la vida, la sociedad y la

 

150  Id., Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 14:

AAS 82 (1990), 155.

 

 

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relación con la naturaleza. De otro modo, seguirá avanzando el paradigma consumista que se trans-mite por los medios de comunicación y a través de los eficaces engranajes del mercado.

 

III.  Conversión ecológica

 

216.  La gran riqueza de la espiritualidad cris-tiana, generada por veinte siglos de experiencias personales y comunitarias, ofrece un bello aporte al intento de renovar la humanidad. Quiero pro-poner a los cristianos algunas líneas de espiritua-lidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir. No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo. Porque no será posible com-prometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin « unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria ».151 Te-nemos que reconocer que no siempre los cristia-nos hemos recogido y desarrollado las riquezas que Dios ha dado a la Iglesia, donde la espiritua-lidad no está desconectada del propio cuerpo ni de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que se vive con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea.

 

151  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 261: AAS 105 (2013), 1124.

 

 

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217.  Si « los desiertos exteriores se multipli-can en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores »,152 la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cris-tianos comprometidos y orantes, bajo una excu-sa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta enton-ces una conversión ecológica, que implica dejar bro-tar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana.

 

218.  Recordemos el modelo de san Francisco de Asís, para proponer una sana relación con lo creado como una dimensión de la conversión íntegra de la persona. Esto implica también re-conocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro. Los Obispos australianos supie-ron expresar la conversión en términos de recon-ciliación con la creación: « Para realizar esta re-conciliación debemos examinar nuestras vidas y reconocer de qué modo ofendemos a la creación de Dios con nuestras acciones y nuestra incapa-

 

152  Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.

 

 

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cidad de actuar. Debemos hacer la experiencia de una conversión, de un cambio del corazón ».153

 

219.  Sin embargo, no basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que afronta el mundo actual. Los indi-viduos aislados pueden perder su capacidad y su libertad para superar la lógica de la razón instru-mental y terminan a merced de un consumismo sin ética y sin sentido social y ambiental. A pro-blemas sociales se responde con redes comuni-tarias, no con la mera suma de bienes individua-les: « Las exigencias de esta tarea van a ser tan enormes, que no hay forma de satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión de particulares formados en el indivi-dualismo. Se requerirán una reunión de fuerzas y una unidad de realización ».154 La conversión eco-lógica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria.

 

220.  Esta conversión supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado gene-roso y lleno de ternura. En primer lugar implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes

 

153  Conferencia de los Obispos católicos de Australia,

A New Earth – The Environmental Challenge (2002).

 

154  Romano Guardini, Das Ende der Neuzeit, 72 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, 93).

 

 

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gratuitas de renuncia y gestos generosos aunque nadie los vea o los reconozca: « Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha […] y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará » (Mt 6,3-4). También implica la amorosa con-ciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del uni-verso una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculia-res que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo, para resolver los dramas del mundo, ofreciéndose a Dios « como un sacrificio vivo, santo y agradable » (Rm 12,1). No entiende su su-perioridad como motivo de gloria personal o de dominio irresponsable, sino como una capacidad diferente, que a su vez le impone una grave res-ponsabilidad que brota de su fe.

 

221.  Diversas convicciones de nuestra fe, desa-rrolladas al comienzo de esta Encíclica, ayudan a enriquecer el sentido de esta conversión, como la conciencia de que cada criatura refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos, o la seguridad de que Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz. También el reconoci-miento de que Dios ha creado el mundo inscri-

 

 

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biendo en él un orden y un dinamismo que el ser humano no tiene derecho a ignorar. Cuando uno lee en el Evangelio que Jesús habla de los pájaros, y dice que « ninguno de ellos está olvidado ante Dios » (Lc 12,6), ¿será capaz de maltratarlos o de hacerles daño? Invito a todos los cristianos a ex-plicitar esta dimensión de su conversión, permi-tiendo que la fuerza y la luz de la gracia recibida se explayen también en su relación con las demás criaturas y con el mundo que los rodea, y provo-que esa sublime fraternidad con todo lo creado que tan luminosamente vivió san Francisco de Asís.

 

IV.  Gozo y paz

 

222.  La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contem-plativo, capaz de gozar profundamente sin ob-sesionarse por el consumo. Es importante incor-porar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que « menos es más ». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacer-se presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibili-dades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimien-to con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos per-

 

 

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mite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres.

 

223.  La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad sino todo lo contrario. En realidad, quienes disfrutan más y viven me-jor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de dis-minuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión. Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfac-ción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algu-nas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida.

 

224.  La sobriedad y la humildad no han gozado de una valoración positiva en el último siglo. Pero cuando se debilita de manera generalizada el ejer-cicio de alguna virtud en la vida personal y so-cial, ello termina provocando múltiples desequi-librios, también ambientales. Por eso, ya no basta

 

 

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hablar sólo de la integridad de los ecosistemas. Hay que atreverse a hablar de la integridad de la vida humana, de la necesidad de alentar y conju-gar todos los grandes valores. La desaparición de la humildad, en un ser humano desaforadamen-te entusiasmado con la posibilidad de dominarlo todo sin límite alguno, sólo puede terminar da-ñando a la sociedad y al ambiente. No es fácil desarrollar esta sana humildad y una feliz sobrie-dad si nos volvemos autónomos, si excluimos de nuestra vida a Dios y nuestro yo ocupa su lugar, si creemos que es nuestra propia subjetividad la que determina lo que está bien o lo que está mal.

 

225.  Por otro lado, ninguna persona puede ma-durar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo. Parte de una adecuada com-prensión de la espiritualidad consiste en ampliar lo que entendemos por paz, que es mucho más que la ausencia de guerra. La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, autén-ticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La natura-leza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido cons-tante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? Muchas personas expe-rimentan un profundo desequilibrio que las mue-ve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las

 

 

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lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrede-dor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente. Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia « no debe ser fabricada sino descubierta, develada ».155

 

226.  Estamos hablando de una actitud del co-razón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido. Jesús nos enseñaba esta actitud cuando nos invitaba a mirar los lirios del campo y las aves del cielo, o cuando, ante la presencia de un hombre inquieto, « detuvo en él su mirada, y lo amó » (Mc 10,21). Él sí que esta-ba plenamente presente ante cada ser humano y ante cada criatura, y así nos mostró un camino para superar la ansiedad enfermiza que nos vuel-ve superficiales, agresivos y consumistas desen-frenados.

 

227.  Una expresión de esta actitud es detenerse a dar gracias a Dios antes y después de las co-midas. Propongo a los creyentes que retomen este valioso hábito y lo vivan con profundidad.

 

155  Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 71: AAS 105 (2013), 1050.

 

 

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Ese momento de la bendición, aunque sea muy breve, nos recuerda nuestra dependencia de Dios para la vida, fortalece nuestro sentido de gratitud por los dones de la creación, reconoce a aquellos que con su trabajo proporcionan estos bienes y refuerza la solidaridad con los más necesitados.

 

V.  Amor civil y político

 

228.  El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de conviven-cia y de comunión. Jesús nos recordó que tene-mos a Dios como nuestro Padre común y que eso nos hace hermanos. El amor fraterno sólo puede ser gratuito, nunca puede ser un pago por lo que otro realice ni un anticipo por lo que es-peramos que haga. Por eso es posible amar a los enemigos. Esta misma gratuidad nos lleva a amar y aceptar el viento, el sol o las nubes, aunque no se sometan a nuestro control. Por eso podemos hablar de una fraternidad universal.

 

229.  Hace falta volver a sentir que nos necesi-tamos unos a otros, que tenemos una responsa-bilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándo-nos de la ética, de la bondad, de la fe, de la ho-nestidad, y llegó la hora de advertir que esa ale-gre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida so-cial termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente.

 

230.  El ejemplo de santa Teresa de Lisieux nos invita a la práctica del pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra ama-ble, de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad. Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo. Mientras tanto, el mundo del consumo exacerbado es al mismo tiempo el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas.

 

231.  El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la socie-dad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a « las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas ».156 Por eso, la Iglesia pro-puso al mundo el ideal de una « civilización del amor ».157 El amor social es la clave de un autén-tico desarrollo: « Para plasmar una sociedad más

 

156  Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 2: AAS 101 (2009), 642.

157  Pablo VI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1977: AAS 68 (1976), 709.

 humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel polí-tico, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción ».158 En este marco, junto con la importancia de los peque-ños gestos cotidianos, el amor social nos mue-ve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la so-ciedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas di-námicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica.

 

232.  No todos están llamados a trabajar de ma-nera directa en la política, pero en el seno de la sociedad germina una innumerable variedad de asociaciones que intervienen a favor del bien co-mún preservando el ambiente natural y urbano. Por ejemplo, se preocupan por un lugar común

 

(un edificio, una fuente, un monumento abando-nado, un paisaje, una plaza), para proteger, sanear, mejorar o embellecer algo que es de todos. A su alrededor se desarrollan o se recuperan vínculos y surge un nuevo tejido social local. Así una co-munidad se libera de la indiferencia consumista. Esto incluye el cultivo de una identidad común, de una historia que se conserva y se transmite.

 

158  Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la

Doctrina Social de la Iglesia, 582.

 

 

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De esa manera se cuida el mundo y la calidad de vida de los más pobres, con un sentido solida-rio que es al mismo tiempo conciencia de habitar una casa común que Dios nos ha prestado. Estas acciones comunitarias, cuando expresan un amor que se entrega, pueden convertirse en intensas experiencias espirituales.

 

VI.  Signos sacramentales y descanso celebrativo

 

233.  El universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre.159 El ideal no es sólo pasar de lo exterior a lo inte-rior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las co-sas, como enseñaba san Buenaventura: « La con-templación es tanto más eminente cuanto más siente en sí el hombre el efecto de la divina gracia o también cuanto mejor sabe encontrar a Dios en las criaturas exteriores ».160

 

159  Un maestro espiritual, Ali Al-Kawwas, desde su pro-pia experiencia, también destacaba la necesidad de no separar demasiado las criaturas del mundo de la experiencia de Dios en el interior. Decía: « No hace falta criticar prejuiciosamente a los que buscan el éxtasis en la música o en la poesía. Hay un secreto sutil en cada uno de los movimientos y sonidos de este mundo. Los iniciados llegan a captar lo que dicen el viento que sopla, los árboles que se doblan, el agua que corre, las moscas que zumban, las puertas que crujen, el canto de los pájaros, el sonido de las cuerdas o las flautas, el suspiro de los enfermos, el gemido de los afligidos… » (Eva De Vitray-Meyerovitch [ed.],

Anthologie du soufisme, Paris 1978, 200).

 

160  In II Sent., 23, 2, 3.

 

 

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234.  San Juan de la Cruz enseñaba que todo lo bueno que hay en las cosas y experiencias del mundo « está en Dios eminentemente en infini-ta manera, o, por mejor decir, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios ».161 No es por-que las cosas limitadas del mundo sean realmen-te divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así « siente ser todas las cosas Dios ».162 Si le admira la grandeza de una montaña, no puede separar eso de Dios, y percibe que esa admira-ción interior que él vive debe depositarse en el Señor: « Las montañas tienen alturas, son abun-dantes, anchas, y hermosas, o graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi Amado para mí. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la varie-dad de sus arboledas y en el suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan re-frigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para mí ».163

 

235.  Los Sacramentos son un modo privilegia-do de cómo la naturaleza es asumida por Dios y se convierte en mediación de la vida sobrenatu-ral. A través del culto somos invitados a abrazar el mundo en un nivel distinto. El agua, el aceite, el fuego y los colores son asumidos con toda su fuerza simbólica y se incorporan en la alabanza.

 

161  Cántico espiritual, XIV-XV, 5.

162  Ibíd.

 

163  Ibíd., XIV-XV, 6-7.

 

 

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La mano que bendice es instrumento del amor de Dios y reflejo de la cercanía de Jesucristo que vino a acompañarnos en el camino de la vida. El agua que se derrama sobre el cuerpo del niño que se bautiza es signo de vida nueva. No escapa-mos del mundo ni negamos la naturaleza cuando queremos encontrarnos con Dios. Esto se puede percibir particularmente en la espiritualidad cris-tiana oriental: « La belleza, que en Oriente es uno de los nombres con que más frecuentemente se suele expresar la divina armonía y el modelo de la humanidad transfigurada, se muestra por do-quier: en las formas del templo, en los sonidos, en los colores, en las luces y en los perfumes ».164 Para la experiencia cristiana, todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del uni-verso material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva: « el Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad; al contrario, la valoriza plenamente en el acto litúrgico, en el que el cuerpo humano muestra su naturaleza íntima de templo del Espíritu y llega a unirse al Señor Jesús, hecho también él cuerpo para la salvación del mundo ».165

 

236.  En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia, que tiende a mani-

 

164  Juan Pablo II, Carta ap. Orientale lumen (2 mayo 1995), 11: AAS 87 (1995), 757.

165  Ibíd.

 

 

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festarse de modo sensible, logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él. En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaris-tía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cós-mico: « ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo ».166 La Eucaristía une el cie-lo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, « la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el

 

Creador mismo ».167 Por eso, la Eucaristía es tam-bién fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado.

 

237.  El domingo, la participación en la Euca-ristía tiene una importancia especial. Ese día, así

 

166  Id., Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 8: AAS 95 (2003), 438.

167  Benedicto XVI, Homilía en la Misa del Corpus Christi

(15 junio 2006): AAS 98 (2006), 513.

 

 

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como el sábado judío, se ofrece como día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo. El domingo es el día de la Resurrección, el « primer día » de la nueva creación, cuya primi-cia es la humanidad resucitada del Señor, garan-tía de la transfiguración final de toda la realidad creada. Además, ese día anuncia « el descanso eterno del hombre en Dios ».168 De este modo, la espiritualidad cristiana incorpora el valor del descanso y de la fiesta. El ser humano tiende a reducir el descanso contemplativo al ámbito de lo infecundo o innecesario, olvidando que así se quita a la obra que se realiza lo más importante: su sentido. Estamos llamados a incluir en nuestro obrar una dimensión receptiva y gratuita, que es algo diferente de un mero no hacer. Se trata de otra manera de obrar que forma parte de nuestra esencia. De ese modo, la acción humana es pre-servada no únicamente del activismo vacío, sino también del desenfreno voraz y de la concien-cia aislada que lleva a perseguir sólo el beneficio personal. La ley del descanso semanal imponía abstenerse del trabajo el séptimo día « para que reposen tu buey y tu asno y puedan respirar el hijo de tu esclava y el emigrante » (Ex 23,12). El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás. Así, el día de descanso, cuyo centro es la Eucaristía, derrama su luz sobre la semana entera

 

168  Catecismo de la Iglesia Católica, 2175.

 

 

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y nos motiva a incorporar el cuidado de la natu-raleza y de los pobres.

 

VII.  La Trinidad y la relación entre las criaturas

 

238.  El Padre es la fuente última de todo, fun-damento amoroso y comunicativo de cuanto existe. El Hijo, que lo refleja, y a través del cual todo ha sido creado, se unió a esta tierra cuando se formó en el seno de María. El Espíritu, lazo infinito de amor, está íntimamente presente en el corazón del universo animando y suscitando nuevos caminos. El mundo fue creado por las tres Personas como un único principio divino, pero cada una de ellas realiza esta obra común según su propiedad personal. Por eso, « cuando contemplamos con admiración el universo en su grandeza y belleza, debemos alabar a toda la Tri-nidad ».169

 

239.  Para los cristianos, creer en un solo Dios que es comunión trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria. San Buenaventura llegó a decir que el ser humano, antes del pecado, po-día descubrir cómo cada criatura « testifica que

 

Dios es trino ». El reflejo de la Trinidad se podía reconocer en la naturaleza « cuando ni ese libro

 

169  Juan Pablo II, Catequesis (2 agosto 2000), 4: L’Osser-vatore Romano, ed. semanal en lengua española (4 agosto 2000), p. 8.

 

 

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era oscuro para el hombre ni el ojo del hombre se había enturbiado ».170 El santo franciscano nos enseña que toda criatura lleva en sí una estructura pro-piamente trinitaria, tan real que podría ser espon-táneamente contemplada si la mirada del ser hu-mano no fuera limitada, oscura y frágil. Así nos indica el desafío de tratar de leer la realidad en clave trinitaria.

 

240.  Las Personas divinas son relaciones sub-sistentes, y el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones. Las criaturas tienden hacia Dios, y a su vez es propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa, de tal modo que en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se en-trelazan secretamente.171 Esto no sólo nos invita a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización. Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuan-do sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad glo-bal que brota del misterio de la Trinidad.

 

170  Quaest. disp. de Myst. Trinitatis, 1, 2, concl.

171  Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 11, art. 3; q. 21, art. 1, ad 3; q. 47, art. 3.

 

 

181

 

 

VIII.  Reina de todo lo creado

 

241.  María, la madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasa-do la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano. Ella vive con Jesús completamente transfigurada, y todas las criaturas cantan su be-lleza. Es la Mujer « vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza » (Ap 12,1). Elevada al cielo, es Madre y Reina de todo lo creado. En su cuerpo glori-ficado, junto con Cristo resucitado, parte de la creación alcanzó toda la plenitud de su hermo-sura. Ella no sólo guarda en su corazón toda la vida de Jesús, que « conservaba » cuidadosamente (cf Lc 2,19.51), sino que también comprende ahora el sentido de todas las cosas. Por eso po-demos pedirle que nos ayude a mirar este mundo con ojos más sabios.

 

242.  Junto con ella, en la familia santa de Na-zaret, se destaca la figura de san José. Él cuidó y defendió a María y a Jesús con su trabajo y su presencia generosa, y los liberó de la violencia de los injustos llevándolos a Egipto. En el Evan-gelio aparece como un hombre justo, trabajador, fuerte. Pero de su figura emerge también una gran ternura, que no es propia de los débiles sino de los verdaderamente fuertes, atentos a la rea-lidad para amar y servir humildemente. Por eso

 

 

182

 

 

fue declarado custodio de la Iglesia universal. Él también puede enseñarnos a cuidar, puede moti-varnos a trabajar con generosidad y ternura para proteger este mundo que Dios nos ha confiado.

 

IX.  Más allá del sol

 

243.  Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12) y podremos leer con feliz admiración el miste-rio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la nueva Jerusalén, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: « Yo hago nuevas todas las cosas » (Ap 21,5). La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados.

 

244.  Mientras tanto, nos unimos para hacernos cargo de esta casa que se nos confió, sabiendo que todo lo bueno que hay en ella será asumido en la fiesta celestial. Junto con todas las criatu-ras, caminamos por esta tierra buscando a Dios, porque, « si el mundo tiene un principio y ha sido creado, busca al que lo ha creado, busca al que le ha dado inicio, al que es su Creador ».172 Cami-nemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza.

 

172  Basilio Magno, Hom. in Hexaemeron, 1, 2, 6: PG 29, 8.

 

 

183

 

 

245.  Dios, que nos convoca a la entrega gene-rosa y a darlo todo, nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante. En el cora-zón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamen-te a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea.

 

* * *

 

246.  Después de esta prolongada reflexión, gozosa y dramática a la vez, propongo dos ora-ciones, una que podamos compartir todos los que creemos en un Dios creador omnipotente, y otra para que los cristianos sepamos asumir los compromisos con la creación que nos plantea el Evangelio de Jesús.

 

Oración por nuestra tierra

 

Dios omnipotente,

que estás presente en todo el universo y en la más pequeña de tus criaturas,

Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe, derrama en nosotros la fuerza de tu amor

para que cuidemos la vida y la belleza. Inúndanos de paz,

 

para que vivamos como hermanos y hermanas sin dañar a nadie.

 

Dios de los pobres, ayúdanos a rescatar

 

a los abandonados y olvidados de esta tierra que tanto valen a tus ojos.

 

 

184

 

 

Sana nuestras vidas,

 

para que seamos protectores del mundo y no depredadores,

para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción. Toca los corazones

de los que buscan sólo beneficios a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa, a contemplar admirados,

a reconocer que estamos profundamente unidos con todas las criaturas

en nuestro camino hacia tu luz infinita.

 

Gracias porque estás con nosotros todos los días. Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha

por la justicia, el amor y la paz.

 

Oración cristiana con la creación

 

Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas, que salieron de tu mano poderosa.

Son tuyas,

 

y están llenas de tu presencia y de tu ternura. Alabado seas.

 

Hijo de Dios, Jesús,

 

por ti fueron creadas todas las cosas.

 

Te formaste en el seno materno de María, te hiciste parte de esta tierra,

y miraste este mundo con ojos humanos. Hoy estás vivo en cada criatura

con tu gloria de resucitado. Alabado seas.

 

 

185

 

 

Espíritu Santo, que con tu luz

 

orientas este mundo hacia el amor del Padre y acompañas el gemido de la creación,

 

tú vives también en nuestros corazones para impulsarnos al bien.

Alabado seas.

 

Señor Uno y Trino,

 

comunidad preciosa de amor infinito, enséñanos a contemplarte

en la belleza del universo, donde todo nos habla de ti.

Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud por cada ser que has creado.

Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe.

 

Dios de amor,

 

muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño

por todos los seres de esta tierra,

 

porque ninguno de ellos está olvidado ante ti. Ilumina a los dueños del poder y del dinero para que se guarden del pecado de la indiferencia, amen el bien común, promuevan a los débiles,

y cuiden este mundo que habitamos. Los pobres y la tierra están clamando:

Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz, para proteger toda vida,

para preparar un futuro mejor, para que venga tu Reino

 

 

186

 

 

de justicia, de paz, de amor y de hermosura. Alabado seas.

Amén.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 24 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, del año 2015, tercero de mi Pontificado.

 

 

 

ÍNDICE

 

 

Laudato si’, mi’ Signore [1-2]  .  .  .  .  .  . 3

Nada de este mundo nos resulta indiferente [3-6]  .      4

Unidos por una misma preocupación [7-9]   .  .  .              7

San Francisco de Asís [10-12]  .  .  .  .  .  .  .             9

Mi llamado [13-16]         12

 

Capítulo primero

 

LO QUE LE ESTÁ PASANDO A NUESTRA CASA

 

[17-19]

 

I.  Contaminación y cambio climático   .               18

Contaminación, basura y cultura del descarte  

[20-22]  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .        18

El clima como bien común [23-26]           20

II.  La cuestión del agua [27-31]               24

III.  Pérdida de biodiversidad [32-42]  .  .             27

IV.  Deterioro de la calidad de la vida   

humana y degradación social [43-47]     34

V.  Inequidad planetaria [48-52]             37

VI.  La debilidad de las reacciones [53-59]          43

VII.  Diversidad de opiniones [60-61]    47

Capítulo segundo           

EL EVANGELIO DE LA CREACIÓN [62]    

I.  La luz que ofrece la fe [63-64]             49

II.  La sabiduría de los relatos bíblicos  

[65-75]  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .        50

III.  El misterio del universo [76-83]  .  . 60

IV.  El mensaje de cada criatura en la ar-           

monía de todo lo creado [84-88]              65

 

 

189

 

 

V.  Una comunión universal [89-92]      70

VI.  Destino común de los bienes [93-95]           73

VII.  La mirada de Jesús [96-100]            75

Capítulo tercero             

RAÍZ HUMANA DE LA   

CRISIS ECOLÓGICA [101]             

I.  La tecnología: creatividad y poder   

[102-105]            79

II.  Globalización del paradigma tecno-               

crático [106-114]              83

III.  Crisis y consecuencias del antropo-              

centrismo moderno [115-121]  .  .  .        90

El relativismo práctico [122-123]               94

Necesidad de preservar el trabajo [124-129]     96

Innovación biológica a partir de la investiga-     

ción [130-136]  .  .  .  .  .  .  .  .  .    101

Capítulo cuarto

UNA ECOLOGÍA INTEGRAL [137]             

I.  Ecología ambiental, económica y social         

[138-142]   .  .  .  .  .  .  .  .  .  .         107

II.  Ecología cultural [143-146]   112

III.  Ecología de la vida cotidiana [147-155]         114

IV.  El principio del bien común [156-158]           121

V.  Justicia  entre  las  generaciones     

[159-162]            122

 

 

190

 

 

Capítulo quinto

 

ALGUNAS LÍNEAS DE ORIENTACIÓN

 

Y ACCIÓN [163]

 

I.  Diálogo sobre el medio ambiente en             

la política internacional [164-175]            127

II.  Diálogo hacia nuevas políticas na-   

cionales y locales [176-181]        135

III.  Diálogo y transparencia en los pro-              

cesos decisionales [182-188]  .  .  .           140

IV.  Política y economía en diálogo para             

la plenitud humana [189-198]    144

V.  Las religiones en el diálogo con las 

ciencias [199-201]  .  .  .  .  .  .  .    152

Capítulo sexto 

EDUCACIÓN Y ESPIRITUALIDAD              

ECOLÓGICA [202]           

I.  Apostar  por  otro  estilo  de  vida     

[203-208]            155

II.  Educación para la alianza entre la    

humanidad y el ambiente [209-215]       159

III.  Conversión ecológica [216-221]       164

IV.  Gozo y paz [222-227]           168

V.  Amor civil y político [228-232]            172

VI.  Signos sacramentales y descanso ce-          

lebrativo [233-237]  .  .  .  .  .  .  . 175

VII.  La Trinidad y la relación entre las  

criaturas [238-240]          180

VIII.  Reina de todo lo creado [241-242]              182

IX.  Más allá del sol [243-246]  .  .  .  .      183

Oración por nuestra tierra          184

Oración cristiana con la creación              185

 

 

191

TIPOGRAFÍA VATICANA

 

 

 

 

 

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