LA BÚSQUEDA EN EL CEREBRO DE LA DOTACIÓN ÉTICA INNATA Y UNIVERSAL

ÍNDICE:

Resumen
1. Lo innato y lo cultural en el juicio ético: un sistema afectivo y un sistema cognitivo
1.1 La aportación de las neurociencias: un sentido moral innato en el hombre
1.2 Los códigos éticos
2. La búsqueda del juicio moral en el cerebro: la “Neuroética”
2.1 El contexto en los dilemas morales interpersonales o impersonales
2.2 Lo personal y lo impersonal en voluntarios según enfoque y en pacientes con daño en la corteza frontal
2.3 Dilemas con coste personal
2.4 Dilemas que exigen sacrificio de ventajas materiales: altruismo
3. La dotación ética del cerebro humano
3.1 El cerebro social: redes, puntos nodales
3.2 El interruptor de los flujos neuronales: ¡para y piensa!
3.3 Anticipación y memoria
4. Predeterminaciones biológicas innatas de la naturaleza humana
4.1 Gramática moral innata
4.2 Curiosidad innata
Notas y Bibliografía

 

 

Resumen

Los hombres tienen la habilidad de reprocesar alternativas y tomar decisiones por poder elegir la óptima sin el determinismo del comportamiento animal. Este tipo de información subyace a la abstracción más intensa que requiere el pensamiento. El conocimiento, desde las neurociencias, de qué áreas cerebrales se activan y cuáles se silencian mientras las personas deciden cómo actuar ante un dilema moral, ha permitido conocer los correlatos cerebrales que subyacen a los actos humanos y ofrecer una explicación de cómo está impresa en la dinámica del cerebro la dotación ética de cada hombre y común a todos los hombres. La finalidad de las inclinaciones naturales del hombre están fuertemente atadas, por hundir sus raíces en los sistemas instintivos de la supervivencia animal sensible a las emociones básicas; y al mismo tiempo, e inseparablemente, la vida de cada hombre está liberada del automatismo de tales leyes, es decir, regido por la ley de la libertad. El juicio ético, al igual que el lenguaje, son propiedades innatas de la mente. Las personas están por sí mismas motivadas moralmente, como lo están a comunicarse con los demás con el lenguaje corporal y el hablado.

1. Lo innato y lo cultural en el juicio ético: un sistema afectivo y un sistema cognitivo

El hombre es un ser cultural. La vida humana es en primer lugar algo biológico, y en cada uno de los seres humanos hay que añadir su apertura relacional, su liberación del automatismo biológico. Es un plus de realidad de cada hombre, que se funde intrínsecamente con la vida biológica confiriéndole otra dimensión; precisamente la dimensión que le permite convivir con los demás desde su biografía personal. La naturaleza humana es fusión intrínseca y originaria, entrelazamiento inseparable, del dinamismo propio de la vida biológica, regido por las leyes de la vida, y del dinamismo propio de la vida personal, regido por la libertad. El hombre decide, se decide, guarda memoria de su pasado y proyecta su futuro.

La capacidad de juzgar las acciones como buenas o malas en si mismas, en cuanto hacen al que actúa mejor o peor como persona, y no solo parcialmente en función de conveniencias, es una capacidad exclusivamente humana. La filosofía asumió desde Aristóteles1 que la moral es en parte de procedencia natural, innata, con principios inmutables universales, y en parte de origen cultural. No obstante, durante gran parte del siglo XX se ha negado, desde la filosofía  y de algunas de las teorías evolucionistas, la existencia de la naturaleza humana, y con ello la existencia de una ética universal. Desde esas perspectivas, el hombre no estaría predispuesto a ningún tipo concreto de conductas, y los valores morales no serían más que construcciones sociales, e incluso, convencionales.

El naturalismo ético interpreta los actos y los hábitos morales en términos de fenómenos de selección y adaptación en el proceso evolutivo: el  hombre, producto de la evolución, se halla condicionado en todo su actuar por la voluntad de supervivencia propia y de la especie. No obstante, la biología evolutiva actual distingue claramente en el hombre una evolución biológica y otra cultural, ámbito al que pertenece la ética2. Desde diversas disciplinas de biología humana se afirma que el juicio moral es una capacidad humana y que cada hombre posee un sentido moral inherente; es un ser ético por su propia naturaleza.

La capacidad de juicio ético genera la paradoja de que en los hombres el comportamiento se hace conducta: conocen el contenido y lo infringen. La experiencia ética universal muestra que hay comportamientos humanos y otros que le hacen inhumano. Como señala C.S. Lewis en Mero Cristianismo, “si no creemos en un comportamiento decente ¿por qué íbamos a estar tan ansiosos de excusarnos por no habernos comportado decentemente? La verdad es que creemos tanto en la decencia – tanto sentimos la ley de la naturaleza presionando sobre nosotros- que no podemos soportar enfrentarnos con el hecho de transgredirla y en consecuencia intentamos evadir la responsabilidad… Los seres humanos del mundo entero tienen esta curiosa idea de que deberían comportarse de una cierta manera y no pueden librarse de ella…”

La cuestión acerca de la capacidad ética humana es doble. En primer término, si el hombre tiene un sentido moral innato que le permite reconocer y aceptar lo bueno y lo malo sin condiciones. Qué clase de juicios necesita hacer para decidir las acciones que debe realizar y las que no debe realizar; qué hay de innato y qué hay de cultural en el juicio ético de las acciones concretas. En segundo término, el origen mismo de esa dotación natural que le permite juzgar las acciones como buenas o malas. Esto es, si una acción no es buena porque no es intrínsecamente bueno que lo haga, o no lo es porque las religiones lo prohíben, o porque la educación y la cultura induzcan, desde fuera, el aprendizaje de su valor moral. No entraremos aquí al origen de tal capacidad.

1.1  La aportación de las neurociencias: un sentido moral innato en el hombre

La influencia del desarrollo de las neurociencias años ha cambiado algunos planteamientos intelectuales al permitir un tratamiento interdisciplinar de los presupuestos biológicos de la capacidad humana de realizar juicios morales. El descubrimiento esencial de las neurociencias es que determinadas regiones del cerebro, normalmente activas durante los procesos emocionales, se activan ante un tipo de juicio ético pero no en otros. Se requiere la emoción para actuar de forma espontánea siguiendo el dictado de la valoración impresa de forma innata en el flujo de información de los circuitos cerebrales, que ofrece una respuesta automática, o previa, al razonamiento moral. El segundo descubrimiento de interés es que para no actuar, o actuar en contra de ese dictado innato, se requiere dilatar en el tiempo la respuesta. Esto es, las emociones básicas se convierten en emociones morales a través del control que la persona ejerce sobre ellas en un contexto concreto, al controlar y adecuar su conducta a los valores y normas que tiene asumidas.

La metodología que emplean los investigadores del cerebro consiste en examinar las imágenes funcionales del cerebro mientras los voluntarios toman decisiones que comportan realizar un juicio ético, solucionar un dilema. Estas técnicas de análisis cerebral se limitan a detectar los cambios en la actividad de áreas neuronales, o los cambios en la circulación sanguínea cerebral, que tienen lugar en el procesamiento de las emociones que subyacen a los comportamientos cognitivos-emocionales. Es decir, detectan la dinámica cerebral que subyace a las acciones. Obviamente, para analizar desde la actividad cerebral la influencia cultural no bastan las neuroimágenes; se requiere información complementaria procedente del campo de las ciencias humanas y sociales, abierta a la significación moral de los escenarios en los que se generan la toma de decisiones. Sin esa información adicional de los planteamientos culturales de los voluntarios de los experimentos, los datos carecerían de valor3. El incremento de la investigación interdisciplinar, apoyada en los datos aportados por el análisis cerebral, ha llevado a una nueva síntesis que integra los presupuestos del sistema cognitivo y del sistema emocional4. Según el modelo cognitivo el razonamiento moral es un proceso controlado, poco afectivo, frío, lento y débilmente motivado, en el que la actividad mental consiste en elaborar conscientemente un juicio moral; sin embargo, la mente humana está compuesta además de otro antiguo, automático y rápido sistema afectivo5. El cerebro evalúa automáticamente todo lo que percibe y los pensamientos de alto nivel humano son precedidos, permeados e influenciados por las reacciones afectivas de aproximación o rechazo. El juicio moral6 es un proceso espontáneo e intuitivo y la argumentación racional desempeñan un papel secundario; cuando ocurre, es un proceso posterior con el que se busca la evidencia y se construye el apoyo de la reacción intuitiva inicial.

También las ciencias sociales experimentales confluyen en la existencia de un sentido humano moral innato. El exponente principal es James Q. Wilson7, que trata de descubrir los orígenes evolutivos, culturales y de desarrollo de los hábitos morales y del sentido moral. Argumenta que, al descubrir los orígenes de los seres humanos, se revelan uniformidades con las que se aprecian mejor los aspectos no arbitrarios y emocionalmente convincentes de la naturaleza humana. Concluye por tanto en que existen ciertos instintos morales rectores de alcance universal que “por ser tan comunes no se formulan como reglas”. Se refiere al rechazo del asesinato, el incesto, la mentira, el incumplimiento de las promesas, al deber de cuidar a los niños, a la fidelidad a la familia. Son el tipo de principios éticos universales que contienen las religiones: el contenido de la dotación ética universal8.

Este trabajo analiza, desde el conocimiento del funcionamiento del cerebro, como está impresa en la dinámica del cerebro la dotación ética de cada hombre y común a todos los hombres; una alerta o instinto moral natural. Desde el conocimiento de qué se activa y qué se silencia en el cerebro mientras las personas deciden cómo deben actuar ante un dilema moral, conocer los correlatos cerebrales que subyacen a los actos humanos. Puesto que las especificaciones de la dotación ética –lo que clásicamente se ha denominado “ley natural”- derivan de la finalidad de las inclinaciones naturales del hombre, trato de describir cómo las inclinaciones naturales del hombre están fuertemente atadas, por hundir sus raíces en los sistemas instintivos de la supervivencia animal, sensible a las emociones básicas. El hombre, en cuanto ser vivo, está inscrito en el proceso evolutivo y con ello su biología está regida por las leyes de la supervivencia, el dinamismo biológico; y al mismo tiempo e inseparablemente, la vida de cada hombre está liberada del automatismo de tales leyes, y regido por la ley de su libertad, el dinamismo personal.

El hecho de que cada hombre no esté encerrado en la biología ni tenga la vida resuelta por ser un viviente no-especializado a un nicho ecológico, es lo que hace que tenga necesariamente que ser un viviente cultural. Ha de solucionar con técnica, arte…, y por tanto en relación con los demás, la pobreza de su biología. La vida humana es, en cuanto que tarea a realizar, empresa moral porque el hombre es “necesariamente libre”. Está preparado naturalmente para anticiparse a las consecuencias de su operar, emitir juicios de valor y goza de libertad para optar entre dos conductas alternativas.

1.2  Los códigos éticos

Sin embargo, las normas morales, los códigos de conducta, son conquistas de la humanidad y difieren en aspectos normativos de unas culturas a otras, ya que no están biológicamente determinados. Los códigos son la herencia cultural de nuestros antepasados que poseen, en tanto que hombres, facultades intelectuales. Las tradiciones éticas surgieron en el marco de la evolución cultural, como la ciencia, la técnica, las instituciones, o el arte. Ahora bien, que sean culturales no significa que sean equivalentes unos a otros. De hecho no son neutros y, o son acordes a la naturaleza humana y hunden sus raíces en la biológica personal, o llegan a comprometer la existencia misma de la humanidad. La medida de su valor como reglas de conducta es su concordancia con los contenidos universales de la dotación ética innata del hombre.

2. La búsqueda del juicio moral en el cerebro: la “Neuroética”

Cómo ciencia experimental la Neuroética no busca confirmar verdades absolutas de lo que es bueno o malo y menos aún de definir por qué es así; sólo pone en evidencia que hay una ética universal -unas reglas inherentes, verdades o instintos morales-, que rigen la conducta humana y de la que carecen los animales. El juicio ético es una propiedad innata de la mente por lo que las personas están motivadas moralmente, como están motivadas a comunicarse con sus semejantes manifestándose con el lenguaje corporal y el lenguaje hablado.

Las técnicas de neuroimagen han podido identificar los circuitos neuronales que procesan las decisiones éticas, y conocer lo que denominan una “red moral” en el cerebro.

2.1  El contexto en los dilemas morales interpersonales o impersonales

Se presenta a los voluntarios una situación concreta y se les pide decidir sobre actuar o no actuar, en cuestiones que dan lugar al mismo resultado final, pero  en  contextos diferentes. Es clásico el dilema del tren: un tren avanza a gran velocidad hacia un lugar donde están cinco personas trabajando en la vía. El voluntario debe decidir si permite que el tren arrolle a los cinco o arrojar a las vías a una persona para frenar el tren e impedir que embista a los cinco: una vida frente a cinco vidas. La mayoría de los voluntarios deciden, y de forma rápida, no empujar a la persona que tiene a su lado. Joshua Green9, ha mostrado que el contexto personal de causar un daño directo a una persona, se activan de forma intensa las áreas implicadas en el procesamiento de las emociones – la amígdala cerebral, A- mostrando que la toma de decisiones morales entraña una componente emocional, que contribuye a las respuestas emocionales rápidas y automáticas e independientes de cualquier contexto. Se activa además la corteza orbitofrontal, OFC, que contribuye a las respuestas emocionales sólo en el marco de una evaluación consciente particular; la corteza pre-frontal ventromedial, PFVMC, que se activa cuando aparecen los sentimientos de compasión y otras emociones sociales; y se activan los sistema de recompensa. Tal sistema emocional desencadena una respuesta rápida, de carácter reflejo y proporciona un atajo hacia lo correcto en situaciones que exijan una actuación inmediata.

En el segundo dilema puede impedir que el tren atropelle a los cinco cambiando las agujas y desviándolo hacia una vía en que se encuentra una única persona. La mayoría afirma que movería las agujas, salvando  cinco vidas a costa, posible e indirectamente, de una. En este contexto impersonal la decisión requirió dos segundos más, tanto si la respuesta a que accionaría las agujas fuera positiva o negativa. Se observó entonces la activación de áreas que desempeñan funciones cognitivas relacionadas con la atención, memoria y la planificación: la corteza pre-frontal lateral, LPFC, que ayuda a superar la barrera emocional, al mantener en el tiempo la información modulada por la magnitud de la recompensa.

En resumen, la aversión natural y universal del hombre a dañar a otros –“no hagas a otros lo que no querrías que te hagan a ti”- aflora desde dos sistemas cerebrales: uno emocional y otro racional. La faceta racional, más lenta, ayuda cuando hay que deliberar y calcular, y no basta el atajo emocional inmediato ligado a la conservación de la propia vida y a la búsqueda de la felicidad inherente a cada hombre.

2.2  Lo personal y lo impersonal en voluntarios con diversos enfoques éticos y en pacientes con daño en la corteza frontal

¿Cómo se impone uno u otro de los dos sistemas -emocional y racional- cuando sus dictados sean contradictorios? De nuevo el dilema del tren nos permite avanzar en la respuesta. Cuando se presentan los contextos personales e impersonales a voluntarios con un enfoque moral altamente utilitarista –personas muy entrenadas en el calculo riesgo/beneficio como norma de conducta- resuelven tanto empujar a uno a la vía del tren como cambiar las agujas en el mismo tiempo: usan esos dos segundos más necesarios para un ajuste racional de coste/beneficio, que supere la barrera emotiva.

Más aún, el sistema racional existe aunque haya un daño en la región cerebral que procesa las emociones. Diversos investigadores han estudiado como solucionan dilemas éticos personales importancia- pacientes con un daño en la corteza prefrontal, región que procesa especialmente las emociones sociales10. Estos pacientes decidían mucho más rápido y optaban por sacrificar sin reparos a uno para salvar a varios. Sin embargo, cuando el contexto es impersonal su patrón de conducta es normal. En ellos falla –por el daño cerebral que sufren- el sistema emocional y carecen por ello de la guía natural que supone el aguijón de la emoción en el juicio moral.

Es muy importante tener en cuenta - dados los debates jurídicos en torno al carácter innato, o no, de un impulso a matar de algunos tipos de asesinos- que estos pacientes no son ni asesinos peligrosos, ni asesinos potenciales. Aunque no le ayuden las emociones -mantienen una inclinación por el “bien mayor” cualesquiera que fueran los medios requeridos para alcanzar el fin-, aprenden el comportamiento ético y razonan la relación de los medios con los fines. Tienen capacidad cognitiva y el conocimiento explicito de lo correcto y lo erróneo. El déficit emocional afecta a los dilemas de máxima intensidad emotiva, como a decidir que es bueno que una madre abandone a su hijo pequeño para sacar adelante a varios hermanos.

La pérdida de la capacidad de usar los gestos corporales, el lenguaje natural del cuerpo, en las relaciones interpersonales de estas personas con déficit, apoya la idea del carácter innato de esa “gramática moral” diseñada con instintos morales.

2.3  Dilemas con coste personal

En otros experimentos se incluye en el dilema un coste personal. Se trata de decidir si ayuda en carretera  a un accidentado a costa de perder algo –estropear el coche, llegar tarde, etc.- o no le atiende por salvar sus propios intereses. Un segundo escenario consiste en responder, o no responder, a la petición de dinero para alimentar y salvar la vida de niños hambrientos. Las respuestas siguen las mismas pautas de los contextos personales e impersonales del dilema de los trenes. Se trata de una acción directa o indirecta, y se añade la peculiaridad de que interviene un efecto de coste en relación con uno mismo. La neuroimagen muestra que además  de la activación de las áreas en los dilemas personal e impersonal de los trenes, se añaden la activación de otras áreas, como el surco temporal superior, STS y la corteza cingular, CC, necesarias para la evaluación del coste personal.

2.4  Dilemas que exigen el sacrificio de ventajas materiales: altruismo

En otro  tipo de estudios11, se buscó que ocurría en el cerebro mientras diversos voluntaros solucionaban un tipo de dilema en el que se les ofrecía apoyar a proyectos con los que estaban en sintonía o vetar otros con los que no estaban de acuerdo. En unos casos la contribución a unos u otros llevaba consigo un coste de dinero y en otros lo que costaba dinero era vetar proyectos. Los participantes no solo invertían en organizaciones según sus ideas sino que vetaban a aquellas con las que no estaban de acuerdo.

En un primer caso, invertir en las iniciativas con cuyos objetivos están de acuerdo, se activaban en el cerebro, además de la amígdala cerebral, los sistemas de recompensa: el hipotálamo que controla las hormonas asociadas a las relaciones sociales interpersonales, como la de la confianza, oxitocina, y de la vasopresina, que regula comportamientos complejos como la  ansiedad, los compromisos y vínculos sociales, la agresión, etc.

Por el contrario, apoyar un proyecto afín o vetar un proyecto no afín a las propias convicciones, con costes, conlleva la activación de la corteza frontal. Denegar el apoyo, con independencia de perdidas o no de dinero, lleva aparejada una fuerte activación de la corteza orbito frontal, vinculada a las emociones de enfado o repugnancia, emociones que de hecho manifestaron haber sentido los voluntarios durante la solución del dilema.

Se pone de manifiesto que el hombre se mueve por ideales y convicciones, incluso con coste personal. Se asume, a veces, que la selección natural favorece la fuerza y el egoísmo que maximiza los recursos para si mismo a expensas de los otros12. Incluso, se ha afirmado que la explicación “ultima” del comportamiento humano es su propio interés. Ciertamente el hombre es Homo economicus, pero no sólo: es esencialmente Homo moralis. Las sociedades humanas se organizan sobre la base de interacciones cooperativas con una reciprocidad indirecta: yo ayudo y otros me ayudan. Y a diferencia de los grupos animales, muestran que además de la reciprocidad se exige las capacidades de lenguaje y juicio moral, intervienen nuestras creencias, y juega un papel importante la reputación y los prejuicios sociales. “Las emociones y sentimientos “éticos” –orgullo, admiración, compasión, agradecimiento- evocan sucesos específicamente éticos que involucran a los demás y con ello nos motivan a considerar el bienestar y el respeto de los otros seres humanos. De la trasgresión de estos sentimientos, arrancan también esos otros -culpabilidad, azoramiento o vergüenza- que son emociones y sentimientos morales”13.

El altruismo humano hunde sus raíces en los sistemas de recompensa y relación con los con-generes propios del mundo animal; son áreas implicadas en hacer resonar una alarma  a así inclinar la balanza y favorecer que el proceso vaya en una dirección concreta. Ahora bien solo el cerebro humano, con el lóbulo frontal desarrollado, permite que uno se mueve por razones o principios morales abstractos, independientes del premio o castigo que tal acción conlleve14. Las conductas altruistas, ancladas profundamente en el cerebro, son las que dirigen a ayudar a otros en serias necesidades: la inmediatez  arranca la poderosa reacción emocional que enciende el razonamiento.

Por el contrario, experimentos realizados con chimpancés, a fin de observar el altruismo y reciprocidad15, han puesto de manifiesto que si bien el comportamiento animal es intencional, actúa siempre y sin más amplitud, en función de las necesidades biológicas para conservar la vida y asegurar la supervivencia en el entorno propio de los individuos de su especie. En los primates las fuerzas evolutivas que han favorecido un aumento de la complejidad de de las  capacidades cognitivas, que subyacen al comportamiento social, ligado al aumento del tamaño del cerebro, confieren además a los individuos oportunidades ventajosas mensurables16.

Para el ser humano las expresiones de agresividad, tristeza, o placer, comunican al otro no sólo un estado, sino que alertan e indican rápidamente como comunicarse con él. La solución de dilemas éticos requiere tener en cuenta los pensamientos y puntos de vista ajenos. Por ello en los juicios morales se activan regiones cerebrales que representan el estado mental del otro. Es lo que Hauser -citado anteriormente- denomina “estructuras intencionales-causales” de actuación con sus correspondientes consecuencias. Por ellas, analizamos quien, a quien, qué y porque y con que consecuencias se hace algo, de forma similar a las estructuras de la sintaxis, sujeto-verbo-predicado. “Está prohibido naturalmente” causar daños intencionadamente a otro incluso cuando ese daño origine un bien mayor, mientras que nos resulta admisible causar daños cuando son una consecuencia indirecta de la intención de conseguir un bien mayor.

3. La dotación ética del cerebro

Las neurociencias ponen de manifiesto la existencia de una gramática moral innata, del mismo modo a como existe en cada uno de los hombres una gramática, unos principios fundamentales innatos17, que posibilitan la adquisición del lenguaje por el niño. Es un “órgano moral”, una maquinaria  cerebral para el juicio moral.  Además de esos códigos de conducta innata, el hombre es capaz de adoptar principios morales independientemente de la procedencia cultural. Una vez que se han adquirido las líneas directrices morales, las aplica a los hechos. Esas directrices permiten generar un número teóricamente infinito de normas y reglas. Y los análisis de esos códigos de funcionamiento cerebral ayuda a conocer en profundidad por qué, y universalmente, se respetan más fácilmente unos valores que otros, o porqué se instrumentan unas normas más férreamente que otras.

Para ello, centraremos tres aspectos. En primer lugar, cómo el complejo comportamiento cognitivo–emocional del hombre se apoya en una interacción dinámica del funcionamiento de diversas áreas cerebrales18. Los dos sistemas, cognitivos y emocional, están íntimamente entretejidos e implicados en el juicio espontáneo innato, en la elaboración intelectual del juicio y justificación de la conducta que lo infringe19. En segundo lugar, el cerebro humano posee interruptores del flujo de información de los circuitos neuronales, por lo que puede frenar, o no, un estimulo y de esa manera sincronizar una u otra opción. De esa forma, el hombre de los dictados de la biología pasa a los dictados propios, a veces incluso contra esos dictados de la supervivencia. Por ultimo, señalaremos cómo la acción humana requiere una peculiar memoria, una memoria con sentido temporal, que le permite liberarse del presente y traer el pasado al presente, anticipándose así a las consecuencias.

3.1 El cerebro social: redes y puntos nodales

En la conducta humana no hay una separación nítida entre lo emocional y lo cognitivo, a  pesar de que la organización cerebral presenta un elevado grado de especialización funcional y algunas regiones son afectivas, mientras otras son cognitivas. El cerebro humano consta de tres capas concéntricas; la interior procesa lo visceral, la media, el sistema límbico procesa las emociones y la externa, o corteza tiene cuatro lóbulos: frontal y occipital y a ambos lados parietal y temporal. Los procesos cognitivos son corticales, están implicados en funciones sofisticadas, algunas exclusivas de los hombres, y muy controladas. Por el contrario, los correlatos neurales de las emociones son subcorticales, e implican diversos factores viscerales, motivaciones, evaluación consciente o inconsciente, y siempre ligadas al cuerpo20.

El cerebro es dinámico y las activaciones funcionales son variables. No es fijo ni funciona todo al tiempo. La anatomía es obviamente espacial. Las neuronas están donde están y proveen los circuitos, el cableado por el que fluye la información, pero el funcionamiento es temporal: el código es el tiempo que se dilata por frenado de la excitación. Las diversas regiones del cerebro interaccionan unas con otras, gracias a la existencia de puntos nodales que asocian, interrelacionan e integran múltiples regiones cerebrales; estos nudos son puntos de una alta capacidad de conectar el flujo de circuitos neuronales.

Lo que se puede denominar “el cerebro social”, y más concretamente “el cerebro ético”, está formado por circuitos neuronales repartidos en amplias zonas de la corteza cerebral y intrínsecamente conectados con el cerebro íntimo emocional, que se modifican funcionalmente –con activaciones y desactivaciones- simultáneas y así sincronizan los elementos de la respuesta. En la toma de decisiones éticas, se requiere el funcionamiento de  un amplísimo circuito de control cognitivo–afectivo, que opera en la cúspide de la jerarquía cerebral, y que permite rechazar o aceptar la respuesta procesada emotiva y cognitivamente21.

Se destacan en él dos regiones que conectan entre sí y con otras zonas, integrándolas; son nodos de conexión. El área órbitofrontal (OFC) de la corteza ligada a funciones que tienen que ver con información interior: memoria a largo plazo, motivación, afectos, sentimientos, y con las vías de recompensa: área ventral tegmental (VTA) cuyas neuronas segregan dopamina.  Y el complejo amigdalino, que conecta con las vías de recompensa y aporta de forma difusa señales neuromoduladoras a las áreas corticales prefrontal y  lateral. De esta forma las estrategias de acción incorporan en su dinamismo la evaluación afectiva.

2.3  El interruptor: ¡para y piensa!

La  corteza prefrontal ejerce la función de liberación del automatismo en las elecciones y decisiones, por su capacidad de inhibir el flujo neuronal del circuito de control cognitivo–afectivo, evitando la confusión que produciría la inmensa cantidad de estímulos que recibe. Las neuronas de tres áreas corticales interactúan entre sí de forma excitadora y de forma inhibidora: la población de neuronas de la región lateral (LPFC), las de la orbitofrontal (OFC) y de la región más anterior, frontopolar (FPC), del área cortical22.

Una débil inhibición entre las neuronas de la OFC las capacita para mantener las expectativas de recompensa que conllevan las respuestas retenidas en LPC y FPC. Las conexiones neuronales entre LPC y OFC que reciben a su vez señales de regiones asociativas y límbicas dirigen la respuesta hacia donde hay expectativa de recompensa futura. La inhibición fuerte entre las conexiones neuronales entre LPC y FPC detiene la respuesta reforzando la selección de las posibles respuestas. Y de acuerdo con estas expectativas FPC se convierte en un almacén que detiene las respuestas seleccionadas en LPC, mientras que se tantea o evalúa de nuevo otra respuesta. La amortiguación en FCP posibilita que queden pendientes otras tareas y LPC vuelva a evaluar en ausencia de nuevos estímulos.

La región prefrontal es un centro de comunicación, capaz de guiar la acción, al sopesar posibilidades. Así, la respuesta seleccionada inicialmente puede ser rechazada si baja su expectativa de recompensa y es reemplazada por otra.  La inhibición, el frenado del flujo de información, es la clave de que la respuesta o la decisión, no esté estrictamente determinada en la dinámica del proceso neural. La secuenciación de la elección y la ordenación en el tiempo de la ejecución de las tareas rompe el automatismo de los procesos cerebrales. Controlar la velocidad del flujo en diversas áreas supone regular las interacciones cerebrales hasta  sincronizarlas en el tiempo.

La capacidad humana de dilatar en el tiempo tanto la satisfacción instintiva -como seguramente toda clase de satisfacciones- permite la liberación del automatismo, de estar sólo en presente, y al conocer la realidad como algo objetivo, y no plenamente dependiente de las necesidades biológicas, de lo meramente sensitivo del dictado de la biología.

Resumiendo, es precisamente el frenado de la excitación neuronal lo que regula el funcionamiento de la dinámica funcional ya que libera las estructuras psíquicas del automatismo biológico23. Lo que subyace a poder tomar decisiones es la liberación del automatismo de la dinámica de los flujos de información del circuito cognitivo–afectivo, justamente por la capacidad de frenado.

3.3  Anticipación y memoria

El ser humano puede incluso ofrecer toda su vida en aras de una recompensa de la que no tiene la certeza de poder recibir. Esto presupone una capacidad de anticipación considerable, y la anticipación está también ligada a la función inhibidora de la jerarquía del cerebro.  El control volitivo implica más que el conocimiento consciente. Implica la capacidad de anticipar las consecuencias de una acción propia y la capacidad de contención, de dilatar la satisfacción.

Anticiparse y predecir el futuro exige la simulación de procesos en lo que el lóbulo frontal es crítico24. De hecho se conoce que pacientes con daño en la corteza cerebral están encerrados en el presente, al igual que los niños hasta los 3 o 4 años de edad en que madura esta región. La neuroimagen muestra la participación de la corteza prefrontal y la del lóbulo temporal medial en la prospección; la simulación de una situación placentera futura activa estructuras subcorticales, mientras que la simulación de tristeza en el futuro requiere además la activación de la amígdala cerebral derecha. La integración de estas áreas permite a la corteza prefrontal “presentir” la magnitud de placer que pueda llevar consigo un evento futuro.

Por el contrario, el animal que es capaz de reconocer inter-subjetivamente a otros animales, tiene un conocimiento que es siempre en “on”: en presente y mientras el objeto esté presente ante él. No pueden predecir las consecuencias de sus respuestas, es decir, si serán o no placenteras, a menos que tengan experiencia directa previa25. La vida animal es meramente sensitiva al no romper el automatismo, por lo que el animal no es un viviente moral.

El hombre opera en “off” y no solo en “on” y, además, lo hace simultáneamente. Por ello el hombre se decide: trae al presente el pasado y proyecta el futuro. Puede “experienciar” el futuro, en tanto que puede predecir las consecuencias placenteras o dolorosas sin haber tenido nunca esa experiencia concreta. La capacidad humana de tener en el mismo presente, a simultáneo, lo en on y en off hace que a todos los actos del pensamiento les acompañe el acto de conciencia: una reflexibilidad concomitante e inseparable a la intención cognoscitiva. Al hacerse cargo de la realidad con la conciencia de ser él mismo y diferente de la realidad –autoconciencia–, la conducta humana no es solo tendencial hacia algo, sino que se dirige a los fines propios del sujeto.

Proyectar el futuro y diseñar las estrategias precisas exige que el circuito ejecutivo afectivo-cognitivo pueda disponer de una memoria temporal para integrar la información, conocida como memoria operativa. La estrategia mental por la que resolvemos los problemas de la vida cotidiana es la pericia que se adquiere durante un largo periodo de aprendizaje; es experiencia adquirida y guardada en la memoria a largo plazo. La atención y la toma de decisiones para conseguir los objetivos deseados requieren inhibir las respuestas automáticas y seleccionar la información relevante mientras se realiza una tarea. Este depósito temporal de memoria, memoria operativa, guarda relación con la inteligencia fluida, que resuelve los problemas novedosos26.

El intervalo de esta memoria crece con los hábitos intelectuales, y amplia el alcance de las metas personales. Posiblemente tiene relación con el hecho de que a los hombres no les basta ni siquiera con tener las normas morales bien guardadas en el corazón, sino que quieren materializarlas en la sociedad y suelen implicarse tenazmente en ello.

4. Predeterminaciones biológicas innatas de la naturaleza humana

4.1  Gramática moral innata

Desde niños los seres humanos manifiestan una predeterminación innata al lenguaje hablado, al lenguaje corporal –gestos- y a la gramática moral. Los niños aprenden a hablar a temprana edad y aparentemente sin dedicar a esta tarea especiales esfuerzos. Con el nacimiento el cerebro ya trae los circuitos neuronales, genéticamente programados, capaces de grabar en ellos cualquier idioma; y es la lengua de los padres la que reconstruye, transforma y modela esos circuitos del cerebro en un proceso lento, tan lento que la primera palabra no aparece antes del año y medio y solo después ensambla las palabras en frases.

También desde el nacimiento se haya presente un potencial de empatía y el entorno en que se desarrolla influye en su percepción de lo bueno y lo malo27, que les orienta de forma intuitiva hacia un desarrollo ético en el que la razón va adquiriendo una importancia progresiva. El lenguaje emocional es el más primitivo y utiliza el cuerpo como vehículo de expresión. En el cerebro -en la amígdala y en la corteza órbitofrontal- desde el nacimiento hay grupos de células designadas de forma innata para responder al contacto visual y gestos faciales, instalado dentro del cerebro. Posteriormente, en las áreas polisensoriales y de asociación de la corteza prefrontal se alcanza el significado; este proceso requiere la experiencia previa de aprendizaje. Por ello, los niños, en paralelo al desarrollo de sus capacidades cognitivas, van aprendiendo a reflexionar éticamente sobre su conducta.

Los gestos naturales genuinamente humanos - sonrisa, risa, grito, el fruncir el entrecejo, tono de la voz, etc.- expresan emociones que “toman cuerpo”, “se encarnan” (traducción del termino en ingles “embodying”).  Estudios recientes de neuroimagen muestran que la percepción del significado de la emoción, que conlleva el reconocimiento de la expresión facial de la emoción en la persona y la experiencia de esa emoción en uno mismo, se procesan en circuitos neuronales que se solapan. Esto es, la compresión directa de la emoción de los otros implica la actualización de la experiencia de esa emoción grabada en uno mismo. De ahí que la congruencia entre la expresión corporal del receptor de la emoción y la del emisor facilite la comprensión de la comunicación28, mientras que se dificulta si hay incongruencia. El cerebro no funciona según el modelo clásico inspirado  en la metáfora ordenador; las poblaciones de neuronas sensoriales, motoras y afectivas están íntimamente interconectadas y su activación integrada, precisamente por el “emboding”. El carácter innato de esa interrelación se pone de manifiesto en la primera sonrisa de los niños de uno o pocos días en respuesta espontánea a una caricia o a la mirada de cariño.

4.2  Curiosidad innata

Por ultimo, también son las emociones las que generan ese “mecanismo”, también innato, que llamamos curiosidad, afán por conocer la verdad, por descubrir el error. Con ello se expande el abanico de las conductas y se ensancha el marco personal mucho más allá de la seguridad para la supervivencia. Los niños, porque son exploradores naturales, buscan nuevos estímulos a su alrededor con especial habilidad.

Es de interés el reciente estudio sobre la comunicación con personas de animales domesticables y no domesticables y niños de diez meses29. Los niños manifiestan una persistente búsqueda de un objeto escondido en su lugar habitual incluso después de haber observado que el “experimentador” lo escondía en un lugar diferente, y con independencia de la comunicación de gestos y actitudes del mismo: mantiene esa perseverante búsqueda del error con independencia del contexto de comunicación. Por el contrario, el perro (Canis familiaris), domesticable por el hombre, busca el objeto escondido en el sitio habitual si el experimentador tiene con él una comunicación ostensible y directa, pero no lo hace si no tiene esa comunicación; y el lobo (Canis lupus), indomesticable, actúa de igual forma, al azar, sea cual sea el contexto; no tiene “relación social” alguna.

Esquema:

El circuito de control cognitivo–afectivo integra varios circuitos que conectan, a su vez, diversas áreas

1. Los circuitos del cerebro basal (el área tegmental ventral (VTA) modula ascendentemente hacia la corteza a través de la dopamina y recibe, a su vez, estímulo de la amígdala cerebral (A) y la corteza orbitofrontal (OFC).

2. La evaluación afectiva que permite contar con el coste y beneficio de la meta y la acción, la realizan el complejo amigdalino, A, la OFC y núcleo accumbens (N ac), que recibe dopamina y aporta motivación. De esta forma la OFC realiza el cómputo de las expectativas, anticipando el futuro; lo extiende a A, y discrimina entre diferentes tipos de respuesta.

3. El control de la atención la realiza el triangulo de conexiones formado por la OFC, la corteza prefrontal lateral (LPFC), que recoge y mantiene la información e integra la magnitud de la recompensa, inhibiendo los estímulos irrelevantes que puedan perturbarla y la región anterior de la corteza cingulada (ACC), implicada en la evaluación del modo de comportarse y en las respuestas afectivas en la relación con los demás y cuya función incluye la detección de conflictos.

Las teorías conductistas –que plantean que el desarrollo de la moral en los niños y jóvenes es construido progresivamente por las experiencias sociales30- quedaron superadas, ya que hoy conocemos bien que la metodología empleada era reduccionista por dejar fuera las influencias emocionales innatas y tener sólo en cuenta, las razones verbales que alegaban los encuestados.

*Publicado originalmente en la Revista «acta philosophica» · ii, 19, 2010 · pp. 297- 310, PISA - ROMA, FABRIZIO SERRA EDITORE, MMX

reproducido aquí con la gentil autorización de la Autora y de los Editores de la Revista

 

 

Notas y Bibliografía

1 Cfr. Comisión Teológica Internacional. En busca de una ética universal: una nueva Mirada sobre la ley natural. 2009. Cap.1.

2 Cfr. N. López Moratalla. Dinámica de la evolución humana. Más con menos. EUNSA, Pamplona 2007.

3 K. Köchy. La biología por sí sola no basta para determinar la moral. “Mente y Cerebro” 32, 2008, p. 69.

4 Cfr. el excelente trabajo  S. Schleim y H, Walter. Neuroética. “Mente y cerebro” 32, 2008, pp.56-61.

5 R. B. Zajonc, Am. Psychol. 35, 1980, p. 151.

6 J. Haidt, The New Synthesis in Moral Psychology “Science” 998, 2007, p. 316 2007; J. Haidt. The emotional dog and its rational tail: A social intuitionist approach to moral judgment. “Psychol. Rev.” 108, 2001, pp. 814–834.

7 J.Q. Wilson, The moral Sense, New York, Free Press , 1993, pp. 12-26.

8 Cfr. La percepción e los valores morales Cap. 2 del Doc. citado en p.3

9 J.D. Greene, L.E. Nystrom, A.D. Engell, J.M. Darley & J.D. Cohen. The neural bases of cognitive conflict and control in moral judgment. “Neuron” 44, 2004, pp. 389–400. J.D. Greene, R.B. Sommerville, L. E. Nystrom, J.M. Darley, & J.D. Cohen. An fMRI investigation of emotional engagement in moral judgment. “Science” 293, 2001, pp. 2105–2108.

10 S.W. Anderson, A. Bechara, H. Damasio, D. Tranel, & A.R. Damasio. Impairment of social and moral behavior related to early damage in human prefrontal cortex. “Nature Neurosci.” 2, 1999, pp. 1032–1037; A.R. Damasio, D. Tranel, H. Damasio. Individuals with sociopathic behaviour caused by frontal damage fail to respond autonomically to social stimuli.“Behav. Brain Res.” 41, 1990, pp. 81–94;M. Koenigs, L. Young, R. Adolphs, D. Tranel, F. Cushman, M. Hauser & A. Damasio Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgements; S.W. Anderson, J. Barrash, A. Bechara, & D. Tranel. Impairments of emotion and real-world complex behavior following childhood- or adult-onset damage to ventromedial prefrontal cortex. “J. Int. Neuropsychol. Soc.” 12, 2006, pp. 224–235.

11 J. Moll, R. de Oliveira-Souza, I.E. Bramati, & J. Grafman. Functional networks in emotional moral and nonmoral social judgments. “Neuroimage” 16, 2002, pp. 696–703; E. Fehr & U. Fischbacher The nature of human altruism “Nature” 425, 2003, pp. 785-781.

12 M.A. Nowak & K. Sigmund Evolution of indirect reciprocity “Nature” 437, 2005, pp. 1291-98

13 R. Mora. Neuro-cultura. Una cultura basada en el cerebro. Alianza Editorial. 2007. P. 77

14 M. Koenigs, & D. Tranel. Irrational economic decision-making after ventromedial prefrontal damage: evidence from the ultimatum game. “J. Neurosci.” 27, 2007, pp. 951–956; D.J.F. de Quervain, U. Fischbacher, V. Treyer, M. Schellhammer, U. Schnyder, A. Buck, E. Fehr The Neural Basis of Altruistic Punishment VOL  “Science” 305, 2004, pp. 1254-1258.

15 K. Jensen, J. Call, M. Tomasello. Chimpanzees are rational maximizers in an ultimatum game, “Science”, 318, 2007, pp. 107-109.

16 J. B. Silk Social Components of Fitness in Primate Groups “Science” 317, 2007, pp. 1347-1351

17 F.A. Cushman, L.L. Young, & M.D. Hauser. The role of conscious reasoning and intuition in moral judgments: Testing three principles of permissible harm. “Psychol. Sci.” 17, 2006, pp. 1082–1089; M.D. Hauser. Moral Minds: How Nature Designed our Universal Sense of Right and Wrong Ecco/Harper Collins, New York, 2006.

18 L. Pessoa. On the relationship between emotion and cognition “Nature Reviews Neuroscience” 9, 2008, pp. 148–158.

19 M.D. Hauser, F.A. Cushman, L.L. Young, K-X. Jin, & J. Mikhail. A dissociation between moral judgments and justifications. “Mind Language” 22, 2006, pp. 1–21.

20 A.R. Damasio, The feeling of what happens: body and emotion in the making of consciousness, Harcourt Brace, New York, 1999.

21 N. Lopez Moratalla. Genes, brain and maternal behavior. “Documentos Humbolt”, 9.

22 Cfr. E. Koechlin , A. Hyafil. Anterior Prefrontal Function and the Limits of Human Decision Making, “Science”, 318 (2007), pp. 594-598

23 N. López Moratalla Una lectura de los conocimientos actuales de

 

 

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López Moratalla, Natalia, LA BÚSQUEDA EN EL CEREBRO DE LA DOTACIÓN ÉTICA INNATA Y UNIVERSAL, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL:http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/175-la-busqueda-en-el-cerebro-de-la-dotacion-etica-innata-y-universal

 

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