BIOÉTICA FARMACÉUTICA

ÍNDICE:

1. Introducción
2. La persona, punto de partida y de llegada
3. La inalienable dignidad personal
4. Dualidad y unidad de la persona
5. La paradójica fragilidad de la condición humana
5.1 El dolor
5.2 El sufrimiento
5.3 Factores comunes perturbadores del bienestar
5.4 La enfermedad
5.5 Las enfermedades mentales y las nuevas enfermedades
5.6 La muerte
6. Un sí a la dignidad humana: Fragilidad y grandeza
7. El origen de la vocación farmacéutica
8. La salud y la calidad de vida
9. La bioética
10. Algunas líneas de la bioética farmacéutica
11. El farmacéutico en la oficina de farmacia
Notas y Bibliografía

 

 

 

1. Introducción

Quizás cuando éramos pequeños –tal como suele ocurrir en esa época– nos hemos preguntado alguna vez ¿Cuántos años hay que tener para dejar de ser niño? ¿Cuántos años hay que tener para protegerse a uno mismo? [1] Yo, ahora, paradójicamente, planteo justamente lo contrario ¿Cuántos años hay que tener para volver a ser niño? ¿Cuántos hay que emplear para desprotegernos de prejuicios? ¿Cuántos para rescatar nuestra prístina verdad? ¿Cuántos para desterrar de nosotros el pragmatismo irracionalista? ¿Cuántos para tener la plenitud de la inocencia? No lo sé, ni siquiera si es cuestión de tiempo; de lo que sí estoy segura es que se precisa, de vez en cuando, una conversión interior para que, desprendidos de lo que nos achica y nos achata, podamos iluminar la verdad del valor incomparable de cada vida humana, la innata dignidad de la persona.

 

2.  La persona, punto de partida y de llegada

Deseo plantear este trabajo desde el hondón de ser persona –y no a través de otros planteamientos–. Partir de la persona y recorrer el camino para volver a ella, pues al realizar este rodeo, desde la Bioética, se abre una perspectiva superadora de ideologías y una adecuada plataforma del progreso social y científico.

 

En efecto, si existen prejuicios, si falla la limpieza interior, si desaparece la sabia ingenuidad, realmente veremos “a través de otras cosas” –algo necesario y muy conveniente en otras disciplinas– pero en la Bioética, y más en la Bioética farmacéutica no se puede estar siempre “viendo a través” para alcanzar certeramente lo que hay detrás de cada realidad significativa.

 

En verdad, lo propio de ver a través de algo está en ver algo a través de; así, es bueno que la ventana sea transparente para poder ver una calle, un jardín, pero: ¿Por qué vemos el jardín y la calle? Porque ambos, que se encuentran tras esa ventana son opacos. Ahora bien: ¿Qué sucedería si la calle fuera transparente, que ocurriría si el jardín también fuera transparente? Si todo lo que vemos a través de lo transparente es transparente, si el mundo entero fuera transparente, la conclusión desconcertante es que no veríamos nada. Un mundo completamente transparente es un mundo invisible; así ocurre, “ver a través de todo”, es lo mismo que no ver [2] .

 

Mi propuesta, que no corresponde a un absurdo juego de imágenes o de palabras, se centra en esta certeza de orden natural: es inútil ontológicamente tratar de ver las cosas más esenciales sin la persona, porque no se ven. Para ver con tino, hay que partir, razonar y crecer desde la persona, desde lo que es, desde lo que le pasa, desde lo que siente, desde lo que está llamada a ser.

 

Cuando no ocurre así –algo demasiado frecuente en la actualidad–, al desdibujarse lo que supone vivir humanamente, la cultura tiende a transformarse en una cultura de nadie –sin sujeto–, en una civilización del sistema –del objeto– donde el hombre  queda reducido a una parcela efímera en el cosmos. Se cortan las posibilidades de ser en pro de lo útil, de lo placentero, de lo económico, de lo inmediato; cosas necesarias, pero que dejan de ocupar su función de servicio para convertirse en metas primarias y exclusivas. Entonces, curiosamente, el hombre o desaparece o sobra. Sufrimos esta estremecedora y patética experiencia en los albores del siglo veintiuno    en  el  que,  contando con  tantos  avances  para vivir,  se  teme  a  la misma  vida.

 

Bueno, este no es un trabajo de lamentos sino de horizontes. Veámoslo    recordando   juntos   algo   evidente:   la  dignidad  personal.

 

3.  La inalienable dignidad personal

 

Cuando Pascal expresaba que el hombre es más que el hombre [3] no estaba haciendo una tautología; la experiencia  –tanto a nivel personal como general– nos muestra que el misterio de la vida humana es rompedor de límites; no somos capaces de abarcar su significado. ¿Acaso llegamos cada quien a conocer del todo a alguien? ¿Cuántas reacciones personales somos capaces de prevenir, controlar o intuir? ¿No tenemos sorpresas, preciosas y, valga la redundancia, inéditas?

 

Pues bien, todo lo humano, lo que somos, lo que tenemos, lo que conocemos y queremos, en su más profunda realidad, se resuelve en el ser personal. Cada uno tiene su identidad genética, que permite la autorreferencia o identidad del individuo a lo largo de las diferentes etapas de su vida [4] ; cada uno responde a una singularidad biológica, es humanamente individual, irrepetible, histórico, con capacidad hacia dentro –intimidad– y hacia fuera –relacionalidad–.  Estas propiedades emblemáticas     están entrelazadas por un originario argumento que puede resumirse simplemente con esta afirmación: yo no soy tú;  yo soy yo. Un yo que es el centro de mi mundo, un yo, cuyo segundo nombre es soledad, no tanto por lo incomunicable del yo, sino por su inefabilidad. Un yo con necesidad de ayuda y de don; intuitivamente todos percibimos que donde la ciencia enmudece, el corazón habla.

 

La experiencia de mi «yo» como centro de mi mundo y la experiencia de mi “yo” como soledad [5] están unidas; gracias a esta realidad, cada ser humano se abre a la posibilidad del encuentro con los demás, con el «otro-yo». La apertura hacia el otro   y la experiencia del otro me ayudan, me maduran y, además, me sitúan ante mi propio ser y su valor [6] : Supero la biología e incluso la biografía;  soy  –somos–    co-biográficos [7] .

 

Entonces ¿Qué supone ser persona? Unas veces, se ha expresado de modo intuitivo y sugerente: la persona es el perfeccionador perfeccionable (L. Polo) [8] , una caña pensante (Pascal) [9] , inteligencia sentiente (Zubiri), polvo enamorado (Quevedo), novedad radical, etc. En todo caso, a lo largo de la historia se han propuesto distintas definiciones de “persona” que, en su más profundo significado, presentan una gran afinidad: ser persona consiste en ser sujeto de la naturaleza racional, dato que recoge espléndidamente quizás una de las definiciones más impresionantes acerca de la persona, que es la siguiente id quod est perfectissimum in tota natura [10] , lo más perfecto de toda la naturaleza. “El hombre tiene algo de todas las demás criaturas; porque tiene el ser como las piedras, la vida como los árboles, la sensibilidad como los animales, y la inteligencia como los ángeles” [11] . En ella se certifica que el valor de la persona no emerge como accidente propio de la sustancia individual de naturaleza racional, sino que la sustancia individual de naturaleza racional es tal porque ha sido creada primariamente por un motivo que la constituye como un ser valioso en grado eminente [12] . Y, si es lo más perfecto,  es,  por ende, lo más digno.

 

De hecho, la palabra «dignidad» es la traducción latina del griego «axioma». Los axiomas son las realidades dignas de ser creídas, estimadas o valoradas. En su sentido más originario axioma significa el «principio» que, por su valor en sí, es decir, por ocupar un cierto lugar en un sistema de proposiciones, no puede no ser considerado sino como verdadero. Los axiomas son indemostrables y por ello constituyen el fundamento de toda demostración. La dignidad humana es índice de la peculiaridad entitativa de la persona; un valor máximamente evidente; como su nombre lo indica, es un principio para la vida humana [13] .

 

Esta es la genuina verdad de cada ser humano: que es persona, un sujeto concreto que se distingue de todo otro por su eminente dignidad. “Yo no soy tu”, señalábamos anteriormente. Aunque soy como tu, una igualdad antropológica, que no es matemática; por este motivo, cada persona no se subordina a su especie sino que vale de suyo.

 

Emmanuel Lévinas, lo expresa bellamente: “la epifanía del rostro es ética” [14] . El «rostro» anuncia su verdad fundamental al mostrarse como digno. La dignidad no es una conclusión, sino un valor específico que debe ser afirmado. Constituye una sublime modalidad de lo bueno, de lo valioso, de lo positivo: la bondad de aquello que está dotado de una categoría superior [15] .

 

Además, la dignidad puede enfocarse con cierto carácter relativo. Así, en su etimología, el término “dignidad” [16] presenta una serie de sinónimos, entre los que destacan “excelencia”, “eminencia”, “realce”, “superioridad” o “grandeza”. Hay en todos ellos una dimensión de relatividad: en concreto, proclamar la dignidad implica una comparación con otros, ya que este concepto evoca la idea de sobresalir respecto del común de los seres de una misma clase.

 

Tal idea de dignidad está presente en nuestra vida social. Prueba de ello es que existen personas a las que se trata, debido a sus responsabilidades, sus funciones o su rango, con especial deferencia o respeto, atribuyéndoles una consideración más elevada, como, por ejemplo, una “dignidad” política o una “dignidad” eclesiástica. Del mismo modo, habitualmente se repudia como “indigna” la falta de consideración hacia quien creemos investido de una dignidad. Además, en los casos en los que un individuo realiza una acción no adecuada a lo que se espera de él como ser humano, decimos que no se ha comportado con dignidad, en tanto su comportamiento no ha sido acorde con esa superioridad ontológica y moral.

 

Los dos niveles de la dignidad señalados coinciden con los descritos por la filosofía de base personalista: la dignidad ontológica (metafísica), que todo miembro de la especie humana posee, de modo universal e invariable, por el mero hecho de ser persona y participar de la naturaleza humana; y la dignidad moral o adquirida (asociada al dinamismo perfectivo de ese mismo ser), es contingente y variable pues depende del ejercicio que se haga de la libertad. La primera es inmutable, permanece inalterable independientemente de lo que el sujeto haga, logre, posea o busque; en cambio, la segunda puede ascender o descender, en función de la orientación de la vida moral, pudiendo alcanzarse virtud y perfección –mayor dignidad– si se obra el bien; o degradación e indignidad si se elige al margen del bien que es conforme a las exigencias de la naturaleza.

 

Esta dignidad ontológica es intrínseca y no admite gradaciones, ya que no se es más o menos digno por estar más o menos sano, ser más o menos joven, o bello, o rico, o inteligente. Fundamentando la dignidad en el estatuto ontológico del ser humano, se parte y se llega a la consideración objetiva de su ser, abierto, desde la racionalidad y la espiritualidad, a los otros seres, a la realización perfectiva de su naturaleza y, en última instancia, a lo absoluto, como un ser creado que participa del Ser [17] .

 

Es muy distinto a lo defendido por la filosofía moderna y racionalista, que cifra la fuente de la dignidad en la autonomía moral del individuo (Kant), o en la excelsitud de sus fines.

 

Por su parte, algunas religiones, como el cristianismo, aun reconociendo como el fundamento próximo de la dignidad del hombre su eminencia ontológica, afirma que la causa última –mediata, pero “definitiva”– de la dignidad y excelsitud humanas estriba en la filiación divina del hombre, esto es, en su condición de hijo de Dios, por la que la naturaleza humana se ha visto enaltecida; en la Encíclica E. vitae [18] se delimita el término persona como criatura que participa en la misma vida de Dios, y de la cual emana un reflejo de Dios mismo; descripción que abarca y supera, desde la fe, los aspectos anteriormente expresados.

 

En todo caso, ya sea con un fundamento trascendente o inmanente, la dignidad se constituye en “regla de comportamiento, regla o norma que tiene su fundamento y origen en la naturaleza humana” [19] , y de ella surgen los derechos humanos fundamentales. Kant acertadamente lo expresó al señalar que la persona es fin en sí misma y no medio; la persona es inviolable y no instrumentalizable, es sujeto de derechos.

 

Si retrocedemos a la simbología de la transparencia con la que hemos introducido el tema, ahora acabamos de llegar a lo que no es transparente: la persona y su inalienable dignidad. Estamos pues situados en el lugar del que hay que partir y adonde hay que llegar.

 

¿Qué dimana por tanto del valor incomparable de cada persona? Muchas cosas, y muy particularmente, como índice luminoso de esa dignidad, dimana la libertad [20] . La libertad es una ventana de ingreso privilegiada para descubrir al hombre como persona a través de la experiencia.

 

La libertad revela a la persona como ser digno de la manera como el efecto muestra algo de la naturaleza de la causa. Sin embargo, definitivamente el efecto no funda la causa; el valor de la persona es poseído por ella aún cuando la libertad no se ejercite. Aunque también el valor de la persona se muestra más rotundo cuando mejor se ejercite la libertad. Por la libertad  –en su relación con la dignidad moral–  las personas se  hacen a sí mismas o se deshacen; se ayudan o se hunden; pueden manifestar con sus hechos  su  capacidad  de  perfeccionamiento,  de  amor,  de  bien,  de todo lo mejor.

 

Partiendo de la dignidad, y a través de la libertad   el hombre se va haciendo    en la verdad, en el bien, en la belleza, si su aventura existencial se entrelaza con el amor, como hilo conductor de todo.

 

Leía en una bella novela [21] : “Fue un hombre mayor quien me enseñó a coser (…). Me enseñó que en la vida todo son costuras. Son costuras lo que une todas las cosas. Hay costuras invisibles entre la personas. Nuestros sueños nos cosen la mente a los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos. Si uno quiere volverse inteligente y aprender a querer a las personas, debe coser. Puedes bordar tu añoranza y tu tristeza en un trozo de tela, y entonces descubres que todo resulta más fácil”.   Me parece una poética y sabia forma de entender la vida.

 

Esta perspectiva nos ayuda a descubrir la verdad de uno mismo, es apta también para poder conocer, realizar y contemplar la verdad de cualquier cosa de este mundo    –o de otros, si los hubiera–; porque, ante el mundo, la inteligencia –bien iluminada–  entiende, y la voluntad –también bien iluminada– ama ¡que importancia captar los significados verdaderos! “Para vivir no quiero/ islas, palacios, torres. / ¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!” [22]

 

La pregunta por el ser, por el sentido, por el significado de la propia vida y de las de los demás es una nostalgia metafísica [23] . Y la respuesta sólo es acertada si conlleva amor. El amor; si se toma en su sentido más profundo, esto es, si se entiende como querer el bien en cuanto tal, o querer el bien del otro, es novedad exclusiva;     si, las personas somos los únicos seres capaces de amar y dignos de ser amados. La verdadera grandeza del hombre, su perfección más alta y también su cometido,  es el amor. Ojalá que todo lo demás que el hombre es capaz de realizar confluya en el amor [24] .  Pero: ¿A quién amamos y cómo amamos? A personas concretas, como dice el sentir popular, de carne y hueso.

 

 

4.  Dualidad y unidad de la persona

 

Ser persona no es una entelequia; es ser alguien real, tocable, corporal. Misteriosamente, la grandeza de cada vida humana se concreta también en su dimensión material, ya que el cuerpo es personal, aunque la persona no sea sólo su cuerpo. Para Anaxágoras los humanos pudieron hacerse inteligentes debido a que tenían manos, en cambio para Aristóteles el hombre recibió manos debido a que tenía inteligencia [25] .

 

J. Lejeune [26] –partiendo de la bioquímica básica– explicaba que cada cromosoma está cuidadosamente enrollado y empaquetado, como una cinta magnetofónica de una minicasette, de tal modo que al microscopio aparece como un pequeño bastón. Así como la introducción de una minicasette en una cadena permite escuchar la sinfonía, así, el nuevo ser, comienza a expresarse a sí mismo tan pronto como ha sido concebido. El ejemplo va quedando obsoleto, en el sentido que la minicasette ha pasado al baúl de los recuerdos, aunque la enseñanza sea prodigiosa.

 

Bien es cierto que el 12 de febrero de 2001 pasará a la historia como una efeméride significativa. Ese día se informó que ya era conocida la estructura completa, la anatomía de ADN, que constituye el patrimonio genético de la especie humana; así como una sinfonía de Mozart es mucho más que los instrumentos que la hacen posible, una persona es mucho más que lo que se percibe en su genoma.

 

Veamos ahora algún aspecto acerca de la relación de la persona con su mismo cuerpo, con su biología. El primer hito en la vida humana es ser individuo, hecho que ocurre al constituirse el cigoto. A partir del cigoto, y sin solución de continuidad, existe un nuevo ser -con su cuerpo-, con posibilidades no resueltas con la biología. En efecto, la autoconstrucción del cuerpo está abierta a la capacidad de relación personal que posee el hombre. Esa relación supera al cuerpo, aunque éste sea soporte para que su existencia sea personal. En este sentido, para Spaemann, el único criterio válido de reconocer a una persona es su pertenencia a una especie cuya existencia sea personal.

 

Esto es un hecho sorprendente; la creación de la persona se corresponde con la aparición de un cuerpo humano en construcción, pero este cuerpo no tiene desde los primeros instantes desarrollados los aspectos que permiten expresar la personeidad (en terminología zubiriana) –sus posibilidades de ser– sino simplemente es sustrato para poder adquirirlas y desarrollarlas. La clave es que el ser humano, para ser, precisa de un cuerpo adecuado a la propia condición humana [27] .

 

Estamos afirmando que el hombre es dual: concreto en su corporalidad, abierto en su personalidad. Lo corporal, por ser humano, pertenece íntimamente al ser y solicita que se aprecie, tiene su biografía, su historia, su memoria. Todo intento de superar el dualismo humano, tanto en sentido idealista como materialista, mediante la reducción de una de las dos dimensiones, producirá, siempre, una pérdida. No somos ni el mono desnudo, ni almas del purgatorio.

 

La corporalidad humana conlleva distinguir entre una vida recibida, la vida biológica otorgada por los padres en la constitución del patrimonio genético, y una vida añadida, que se corresponde con la dimensión espiritual de la esencia humana, también llamada alma y que crece por los hábitos y las virtudes. Esa dualidad hace que el hombre esté en cierto modo ordenado al universo, atendiendo a la vida biológica,  y en cierto modo no lo esté,  atendiendo a la actuación humana.

La vida recibida, puesto que procede de los gametos paternos humanos, es humana. La vida añadida procede innatamente de la persona, del ser, cuya esencia es un vivir más [28] .

 

Desde la vida biológica el hombre se equipara a los animales. Desde la vida añadida, supera al reino animal, con su apertura a la intimidad propia y ajena. Nadie puede negar a nadie esta vida personal, añadida. Nadie puede negarle al cuerpo su condición personal; sólo se le puede arrebatar la vida que recibió de sus padres. Dirá el poeta Salinas: “Tu presencia aquí, si, /delante de mi, siempre, / sin verte y verdadera, /cristal. ¡Espejo, nunca!”.

 

El hombre experimenta la corporalidad desde estos dos aspectos. Primero, como vida añadida, se le presenta la posibilidad y el modo personal de relacionarse, ya que la corporalidad lo sitúa en el espacio y en el tiempo, le otorga la capacidad de comunicarse, de expresarse, de escuchar. En segundo lugar, como vida biológica, la corporalidad es una limitación para la persona, al someterla a las leyes del espacio y del tiempo, de la naturaleza física y, por ende, de la biología. Aunque esta limitación afecta a la persona en su totalidad, se experimenta especialmente en la corporalidad. Estas dos vivencias de la corporalidad se relacionan con los estados y los momentos que atraviesa el cuerpo. Lo expresa bellamente Jorge Guillén: “Soy, mas, estoy. Respiro. /Lo profundo es el aire. / La realidad me inventa, / Soy su leyenda. ¡Salve! [29] . En la plenitud de sus facultades, al hombre le resulta difícil vivenciar el cuerpo como limitado. Normalmente en la juventud, con las potencialidades al máximo, las experiencias relacionadas con el cuerpo son positivas. Sin embargo, cuando surge la debilidad, la enfermedad e incluso la fealdad el hombre puede llegar a sentirse encarcelado en su propio cuerpo.

 

En definitiva, por el cuerpo pasa la vida personal. Pero este cuerpo, antes o después, decae.

 

5.  La paradójica fragilidad de la condición humana

 

El hombre percibe su incapacidad ante multitud de fenómenos, la realidad de la fragilidad humana se nos hace presente en un amplio abanico de situaciones: desastres ecológicos, desórdenes en la psique, quiebras en las relaciones con los demás. Y, de modo muy elocuente, en la enfermedad, que adviene a personas de todas las edades y condiciones, y en la existencia de personas desvalidas y desprotegidas, como los niños y los ancianos.

 

La fragilidad conlleva la conciencia de finitud y manifiesta la debilidad congénita de nuestra naturaleza. Plásticamente queda reflejado en el cuadro de “El Grito” de Munch, pintado en 1893. El autor ha desvelado la situación anímica en la que se encontraba, y que le llevó a engendrarlo: “Una noche anduve por un camino. Abajo estaba la ciudad y el fiordo. Me sentía cansado y enfermo, Me quedé mirando el fiordo cuando el sol se iba poniendo. Las nubes se empaparon de rojo sangre. Sentí como un grito a través de la naturaleza ¡Creí escuchar el grito! Pinté ese cuadro con las nubes de verdadera sangre. Los colores chillaban (...). Yo seguí el camino con los amigos. Se puso el sol y el cielo se volvió rojo sangre. Sentía como un soplo de tristeza; me detuve apoyado en la baranda, mortalmente cansado. Por encima de la ciudad y del fiordo flotaban nubes de sangre como lenguas de fuego..., mis amigos siguieron sus caminos; yo me quedé temblando de angustia. Me parecía oír el grito inmenso, infinito de la naturaleza” [30] . Es un grito que no se oye sólo con los oídos, se oye con los ojos y con el alma. ¿Qué se oye? El lamento de nuestras carencias.

 

Estas sensaciones son variables en las distintas circunstancias que la vida nos depara; notamos junto con la inmensa riqueza de ser, que nos acompañan manifestaciones de fragilidad que se nos cuelan sin haber sido invitados. Menos mal que, paradójicamente, suelen ser el medio para alcanzar las cotas más altas de humanidad. Lope de Vega en la Dorotea, lo expresa certeramente: “Señales son de juicio / Ver que todos lo perdemos, / Unos por carta de más, / Otros por carta de menos”.

 

Al adentrarnos en las capas profundas de la naturaleza humana, también experimentamos que ante un mundo aparentemente ordenado y sin rupturas, mecanizado y controlado, cada persona puede percibir, incluso de repente, el abismo que le acecha para el entramado de sus fundamentos o convicciones más íntimas y sinceras, en las que se juega su dirección existencial; sobre todo ante la muerte. Dice el escritor Solzhenitsin, en “El Pabellón del cáncer”: “...eres parte de una colectividad. Eso es cierto mientras vives...; a la hora de morir, debes morir solo”.

 

La fragilidad, máxima en la muerte, pone de manifiesto lo que realmente rige  la vida. Si no se encuentra respuesta, el hombre es abandonado allí donde comienza su pregunta. Es muy duro, pero es así: quien ante el dolor, lo único que tiene que decir es que un día cesará, no tiene en el fondo nada qué decir; interpretar el sufrimiento como algo absolutamente sin sentido, es darle una crueldad destructora al propio vivir.

 

A continuación, veamos algunas de las manifestaciones más emblemáticas de la fragilidad humana: el dolor, el sufrimiento, factores perturbadores del bienestar, la enfermedad, las enfermedades mentales, otras enfermedades, la muerte.

 

 

5.1 El dolor

 

El dolor es una sensación no placentera transmitida por vía nerviosa. San Agustín lo explica como un sentimiento que se resiste a la división. Por su parte, el drae (Diccionario de la Real Academia Española) lo define, en su primera acepción, como una “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”. La IASP (Internacional Association for the Study of Pain) desde 1979 explica el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con una lesión presente o potencial o descrita en términos de la misma.

 

El dolor tiene varios sentidos, tanto en el reino animal como en el reino del ser humano. En el reino animal, por su incidencia en los sentidos permite una mayor riqueza y perfección de vida. A nivel biológico, más que un mal absoluto, es una especie de alarma que anuncia que algo no va y que avisa al animal para que reaccione ante estímulos que pueden dañar su vida.

 

El hombre funciona del mismo modo ante el dolor agudo que tiene una misión filogenética de aviso o alarma y que resulta útil para evitar mayor daño tras una lesión. Sin embargo, el dolor crónico, entendido como el que se mantiene más de tres meses, deja de ser un síntoma para convertirse en sí mismo en una enfermedad. Pierde su valor como mecanismo de alarma y afecta globalmente a la persona.

 

En ambos tipos, el dolor es una vivencia subjetiva e intransferible. Además, hay diversos modos de clasificar el dolor en función de cómo influye en la persona. John Loesser lo describe como un fenómeno compuesto por una serie de esferas que engloban unas a otras; así, la esfera más interna correspondería al fenómeno de nocicepción, aquel proceso neurobioquímico de transmisión de un impulso nervioso desde la periferia hasta el cerebro. Es el estrato somático y de sentimientos sensoriales al que pertenecen los dolores que registra la sensibilidad táctil. La siguiente esfera la denomina propiamente dolor porque es la percepción de la nocicepción. A esta segunda esfera corresponden los sentimientos vitales y corporales, como astenia, abulia, ansiedad, fobias. Por encima de esa esfera, existe un tercer nivel correspondiente al estrato psíquico que registra la alegría, la tristeza y las diversas formas de gozo y sufrimientos que corresponden a ambas. La última esferas el estrato espiritual, corresponde a la conducta y a los sentimientos íntimos; según Scheler, son los sentimientos de beatitud y desesperación [31] .

 

En todo caso el dolor fisiológico es percibido por la inteligencia como algo ordinario, universal e inevitable; para el que se tiene una cierta capacidad de adaptación, que le ayuda a captar prontamente que hay amenazas para su vida y también actúa como un medio y acicate para lograr bienes mayores.  ”Huyo del mal que me enoja/ buscando el bien que me falta. / Más que las penas que tengo/ me duelen las esperanzas/” [32] .

 

5.2 El sufrimiento

 

No es equívoco discernir entre el dolor, en tanto que sensación transmitida  por vía nerviosa y el sufrimiento como experiencia física o mental de desconcierto, extrañeza, inquietud.

 

A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor corporal como tal es ya sufrimiento, es decir, cuando devora todas las perspectivas positivas o negativas de futuro. También donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento.

El sufrimiento es como un abismo que acecha el entramado de las convicciones más íntimas y sinceras; si no se encuentra respuesta, el hombre es abandonado allí donde comienza su pregunta íntima ¿Qué me pasa? ¿Qué va a ser de mí?

 

De todos modos, con el dolor, y mucho más con el sufrimiento se designa el ámbito de realidades humanas que desentonan,  que no deberían existir  y, sin embargo, existen.

Cada persona, conforme madura, tiende con más fuerza a su plenitud, a su unidad y felicidad más plena y, paradójicamente, también tiene más capacidad de dolor y sufrimiento y  percibe con más registros  su frustración,  su ruptura.

La intuición poética de Antonio Machado lo expresa como un trallazo: “¡Oh tierra de Alvargonzález! / En el corazón de España / Tierras pobres, tierras tristes, / Tan tristes que tienen alma” [33] .

 

Si sólo se capta el presente se puede sentir placer y dolor, y amor y odio en formas elementales. Si se puede recordar mucho pasado y prever muy ampliamente el futuro  entonces puede haber nostalgia, rencor, envidia, venganza y una amplia gama de sufrimientos de los que es incapaz un organismo que sólo formaliza en términos de presente fugaz. La capacidad de sufrimiento es función de la amplitud y unidad del mundo interior.

 

El sufrimiento encuentra un camino en la fe cristiana; ahora bien, la fe no suprime el sufrimiento, lo ilumina, nos hace aprehender la difícil ciencia de la distancia de las cosas. Nos muestra que el sufrimiento y el dolor no es lo definitivo. El cristiano tiene la exigencia de vivir esta vida con la mayor intensidad y el máximo esmero; con el horizonte de la vida perdurable; si esa vida no es imaginada, no puede ser deseada en concreto, sino de manera abstracta y débil. Se ha deslizado una noción residual de la inmortalidad, afirma el pensador Julián Marías, cuando tendría que ser lo contrario, una plenitud y exaltación, un enriquecimiento de esa misma lealtad que en este mundo somos y, sobre todo, hemos podido ser.  La presencia de Dios debería  entenderse como glorificación,  como iluminación  de  toda  realidad.

 

El misterio del hombre es también el del sufrimiento humano. Es una  dimensión espiritual de solidaridad. La humanidad pasa a ser fraternidad,  porque  puede  llevar a la compasión,  al respeto  y temor.

 

 

5.3 Factores comunes perturbadores del bienestar

Hay otros factores perturbadores del bienestar. Por ejemplo, la existencia de minusvalías físicas, aunque estemos asistiendo a un impulso creciente de incorporación de estos enfermos a la vida social. Incluso algo tan habitual como el cansancio es con frecuencia doloroso y, muchas veces, el principio de enfermedades depresivas. El cansancio físico no tiene mucha trascendencia; sí puede tenerla cuando sintomáticamente pasa al agotamiento por diversas causas y, casi siempre, acumulativas: falta del debido reposo, choque con las dificultades del ambiente, el peso de los días aparentemente iguales, los fracasos reales o aparentes en la vida familiar, profesional o social; la falta de relieve de la propia existencia, incertidumbres, incluso, simplemente, la falta de descanso suficiente, el poco ejercicio físico, la falta    de contacto con la naturaleza. Estas situaciones, entre muchas otras, producen dolor    y, las más de las veces, sufrimiento. Esta experiencia no anula la originaria dignidad,  ni la conciencia de estar creado para otro destino [34] .

 

5.4 La enfermedad

Enfermedad proviene del latín infirmitas, falta de firmeza, invalidez. Y del griego, pathos. Ambos términos indican un carácter subjetivo de la enfermedad, como una situación en la que la persona se encuentra cansada, sin fuerzas y con la pérdida del bienestar normal.

 

Hipócrates la definió como "todo lo que causa tristeza y molestia" [35] , una forma anormal de vida, una alteración de las condiciones vitales. En conjunto, todas las enfermedades  tienen  tres  notas  comunes:

 

- estar determinada o acompañada por un trastorno corporal;

- llevar consigo una reducción de libertad sicológica y

- manifestarse por estructuras vivenciales anómalas.

 

 

Es cierto que algunas enfermedades, en Occidente, prácticamente están erradicadas, pero también comprobamos que van surgiendo nuevas, incluso, a causa de excesos personales de comida, de droga, de alcohol, de tabaco,  de medicamentos,  de velocidad.

En la actualidad, la muerte adviene con mayor frecuencia, ante las siguientes enfermedades: cardiovasculares, cerebrovasculares, infecciones del aparato respiratorio, SIDA, algunos tipos de cánceres (recto, colon, estómago) y tuberculosis, junto con los accidentes de tráfico.

 

El exceso de peso, en la actualidad está considerado como importante factor de riesgo para la salud. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera  la obesidad como la epidemia del siglo XXI [36] .

 

Ante una enfermedad quizás lo primero que se experimenta es el dolor físico, pero lo que más preocupa no es tanto ese dolor como la interrupción de la propia actividad,    o las de los que nos cuidan. La enfermedad es un manotazo a la solidaridad que cada uno tiene consigo mismo, que se funda en la naturaleza del ser humano, algo inevitable y que no pertenece a la esfera moral.

 

Tal como ya se ha explicado, la relación que nosotros tenemos con nuestro propio cuerpo es una relación muy peculiar, de tal modo, que dependemos íntimamente de nuestro cuerpo; los dolores corporales y el malestar nos importunan hasta tal extremo que en ellos vivimos  el cuerpo. Incluso el mismo cansancio y el agotamiento estorban el desenvolvimiento pleno de nuestra vida personal. Se pone de relieve el valor que posee para nosotros nuestra propia mano, nuestra pierna, nuestro cuerpo entero,    cuando nos vemos en el trance de tener que perderlos. Este contexto en parte explica que en el trance de la muerte se sienta el horror que provoca la total separación del  cuerpo,  su pérdida radical [37] .

 

A pesar de esta relación tan profunda con la propia persona, en sí misma, la enfermedad no tiene connotación ética, a no ser que se haya provocado voluntariamente.

 

5.5 Las enfermedades mentales y las nuevas enfermedades

 

Entre las enfermedades más preocupantes se encuentran las denominadas enfermedades mentales. Si cualquier enfermedad puede tener como séquito desesperación, rebeldía, tristeza, y también purificación y madurez, mucho más     ocurre en estos casos, en lo que se perturba lo más íntimo a uno mismo, tal como señalara S. Kierkegaard, “Cuanta más conciencia, más yo” [38] . Y ese yo es el que se altera.  Los  siguientes  parámetros  son  estimados  para  determinar  la  salud  mental:

 

- la ausencia de estructuras psicopatológicas,

- la integración armónica de los distintos rasgos de la personalidad,

- la percepción de la realidad sin distorsiones, y

- la adaptación adecuada de la persona al entorno y a los distintos conflictos y

circunstancias de su vida.

 

Tradicionalmente las enfermedades mentales se clasifican en: Psicosis (plena ruptura de sentido), Psicopatías (supone una conducta antisocial incorregible), y Neurosis (en la que existe una elaboración patológica frecuentemente angustiosa de experiencias personales) [39] .

 

En definitiva, el eclipse en lo humano que la enfermedad y la indigencia marcan, nos refleja la inacabada plenitud humana de la que todos participamos. De ahí puede surgir una nueva definición de lo que el hombre es al considerarlo como el animal racional enfermable, el que sufre, en reflexivo, aunque, esta fragilidad es paradójica, porque     se complementa entitativamente con otra cualidad: el hombre es animal racional que ríe.. Pensemos que la persona no sólo goza o sufre en presente; tiene memoria    y tiene capacidad de anticipación; es así la única criatura que puede percibir   el  dolor  y  el  gozo  por  adelantado.

 

Desde esta visión se refleja que la persona es consciente de la superación de su perimundo –por eso ríe,  y, a su vez, es consciente de la limitación de su propio  ser, que sufre, que sufrió, que sufrirá. Así es el transcurso del vivir.

 

 

5.6   La muerte [40]

 

Con fragilidades de toda índole -o sin ellas- el término terrenal de cada persona es claramente la muerte que, como espada de Damocles, pende sobre la vida; amenaza a todos, nadie está exento de ella; es una interrupción paradójica e incomprensible de la vida. Encierra también una profunda verdad: la de la insuficiencia de este mundo, aunque también sería terrible la imagen de una vida inacabable. En ambos casos, el hombre, aunque domina cada vez más la naturaleza, no puede escapar nunca de la jaula de la muerte. Ocurre, además, que en la cercanía de la muerte desaparece todo lo no esencial; todo se torna más verdadero, más auténtico, más definitivo. El enigma de la condición  humana  alcanza  su  profundidad  más  honda  ante  esta  realidad [41] .

 

Es la despedida de todos los bienes naturales supremos y, particularmente, de    todas las personas que queremos. Esto es lo más patético. Quien nunca en su vida ha amado hasta el extremo, quien nunca ha regalado totalmente su corazón a otra persona  y ha sido correspondido por ella de la misma manera, nada sabe del horror abismal  de la muerte que se abre ante nosotros la desaparición del ser más querido; de repente,     el contacto con él materialmente ya no es posible. Ni ella oye nuestra voz, ni nosotros podemos mirarle a los ojos ni oír su voz. El carácter de la separación permanece, la vacía soledad se abre ante nosotros. El morir, desde el punto de vista humano,   es  un  llegar a  estar  solo.

 

En la perspectiva cristiana, por el contrario, el morir es el comienzo de una comunidad totalmente nueva con Dios. La muerte no se nos presenta ya como una oscuridad misteriosa e inquietante, sino como el suceso decisivo de nuestra vida, aunque el modo en que se integran el temor y la esperanza es un misterio. La visión beatífica de Dios comprende al mismo tiempo la plenitud suprema de todas las comunidades, de nosotros con las otras almas que han alcanzado la bienaventuranza eterna, así como, de un modo especial, la plenitud definitiva de la relación con las personas más queridas de la tierra.

En consecuencia, en esta vida suenan en nuestros oídos dos melodías opuestas: la canción de la caducidad y la canción del eterno perdurar. Se contradicen sólo cuando una de ellas pretende abarcarlo todo.

 

Es significativo juzgar el comportamiento a la luz de la eternidad, pues entonces muchas cosas que nos ocupan e intranquilizan se tornan insignificantes. Podríamos decir que la verdadera jerarquía de las cosas que desempeñan un papel en nuestra vida terrena se manifiesta a la luz de la eternidad y sólo a ella. No nos referimos, a la jerarquía de los bienes, que está determinada entitativamente por su valor, sino a la influencia personal trascendente. Para saber que la Novena Sinfonía de Beethoven es mucho más bella y solemne que su  Primera Sinfonía, no hace falta compararlas a la    luz de la eternidad. Que un asesinato es portador de un disvalor moral mayor que un robo, es también evidente, sin dirigir una mirada a la eternidad.

 

Lo real es que no cabe vivir de espaldas a la muerte, porque la existencia humana es justamente una existencia mortal pero, a su vez, la muerte repugna profundamente. No puede contemplarse con naturalidad. Como señalara Heidegger,   la muerte es una posibilidad presente en cada momento que convierte en finitas todas nuestras posibilidades. Y  Wittgenstein anota para sí mismo: “Puedo morir dentro de un mes, y dentro de algunos años. No puedo saberlo, y nada puedo hacer ni a favor ni en contra: así es la vida”. La muerte no está sólo presente al final como un término abrupto de la existencia, sino que conforma cada instante, constituyendo la vida en su totalidad. Cada instante de la vida nos aproxima a la muerte, en la medida en que vivir es ir muriendo, nuestra vida  es  mortal  en cada momento.

 

Los griegos acertaban al autodefinirse frente a los dioses y a las bestias, como   “los mortales”. Sólo los seres humanos vivimos sabiendo que un día dejaremos de hacerlo. El carácter transitorio nos sale al paso en el reino de lo viviente, en la inestabilidad del hombre y también en el ritmo del tiempo, en el hecho de que el presente más bello y feliz se hace inexorablemente pasado [42] .

 

 

6.  Un sí a la dignidad humana: Fragilidad y grandeza

 

Concluimos que la debilidad congénita de la naturaleza humana es la más profunda de la naturaleza orgánica. La escritora Susana Tamaro, en su libro Respóndeme recoge esta sensación. Dice así: “Me había preguntado siempre qué es el amor, pero nunca qué es la vida. Venimos al mundo y somos el himno mismo de la precariedad. Basta un virus un poco arrogante, un golpe ligero en la nuca para que nos deslicemos a la otra parte. Somos un himno a la precariedad y una invitación al mal, a hacérnoslo mutuamente los unos a los otros. Una invitación que hemos aceptado desde el primer día de la creación. La hemos aceptado por obediencia, por pasión, por pereza, por distracción. Te mato para vivir. Te mato para poseer. Te mato para librarme de ti. Te mato porque amo el poder. Te mato porque no vales nada. Te mato porque quiero vengarme. Te mato porque matar me da placer. Te mato porque me molestas. Te mato porque me recuerdas que a mí también me pueden matar. Todo en el mundo tiene su contrario. El Norte y el Sur. Lo alto y lo bajo. El frío y el calor. El macho y la hembra. La luz y la oscuridad. El bien y el mal. Pero entonces, si es así verdaderamente, ¿por qué es posible decir: «Te mato» y no es posible decir: «Te devuelvo la vida»? La vida nació antes que el hombre y ningún hombre es capaz, con su sola voluntad, de crear la vida. «¡Muere!», podemos gritar, pero no: «¡Vive!». ¿Por qué? ¿Qué se esconde en este misterio?” [43] .

 

Esta misma realidad es expresada profundamente por Pascal; pone de relieve la fragilidad del hombre –una gota de agua puede matarlo–, al tiempo que subraya su superioridad como ser personal, pues el hombre sabe que muere, mientras que el universo no sabe que lo mata. Pascal señala de una manera única la dualidad que entraña la situación metafísica del hombre: de una parte, la fragilidad de su vida; de otra, su inmensa superioridad como persona.

 

Hemos llegado al meollo de mi discurso: ni la experiencia vivida de la     indigencia propia o de la ajena, ni el desconcierto que provocan pueden anular la originaria dignidad de la persona, ni tampoco la conservación de la conciencia de estar creado con otro destino. La impronta del valor de la vida humana no desaparece. Es un derecho no negociable. Incluso más, la vida se merece protección, se merece cuidado, por ser tan valiosa y tan frágil.

 

Los valores –en parte tan desajustados– de la vida occidental eclipsan frecuentemente estos hechos. Precisamente es aquí donde la presencia de la persona como sujeto con dignidad se expresa en el lenguaje ético por excelencia: el lenguaje del  silencio,  el  lenguaje  del  dolor,  el  lenguaje  de  la  vulnerabilidad  máxima.

 

En muchos lugares y ambientes cuando el ser humano se encuentra en estado     de máxima indefensión es el momento en que surgen los argumentos eficientistas que encumbran y legitiman a unos seres humanos por encima de otros. Ahí se engloba el aborto, el infanticidio, la selección de seres humanos en fase embrionaria, los bancos de embriones criogénicamente conservados, la mayoría de las técnicas de reproducción asistida, la eutanasia y el suicidio asistido.

 

En todos estos casos, se advierte la necesidad de defender de modo incondicional la dignidad y el valor de la vida biológica de todo ser humano, que se deriva de la adecuada comprensión de su dignidad personal [44] .

 

Estemos alertas, no vaya a ocurrirnos lo que el novelista Vintila Horia pone en boca de un soldado romano: “Augusto nos ha dado un Imperio, pero nos ha robado el alma”. Sin el respeto a la dignidad entitativa a la persona le pasa como a un árbol sin raíces: desaparece, muere.

 

7.  El origen de la vocación farmacéutica

Apliquemos este discurso antropológico a la profesión que nos une, la farmacia, dirigiéndonos al epicentro de grandes preguntas; podemos formular algunas:

 

- ¿A qué responde, a qué ha respondido la vocación farmacéutica?

- ¿Cuál es su talón de Aquiles?

- ¿Tiene razón su existencia o se aproxima a su fin?

- ¿Qué es un medicamento?

- ¿Qué se encuentra principalmente detrás de una receta médica?

- ¿Adónde conduce la dispensación farmacéutica, la industria, la investigación?

 

Podríamos seguir haciéndonos preguntas y, aunque el arco de incógnitas pueda alargarse, la respuesta esencial es única: el sentido primigenio del farmacéutico responde a la existencia del hombre frágil, de la naturaleza indefensa. La existencia del farmacéutico, la existencia de la Farmacia, responde a la existencia del dolor en su más amplio sentido.

 

El Farmakón, medicamento o remedio, ha sido buscado por instinto, por experiencia, por curiosidad... desde lo arcano de la humanidad; los caminos se han entreverado de supersticiones, ritos, magia, ciencia...; personajes diversos –médicos, sacerdotes, hechiceros, brujas, filósofos, farmacéuticos, curanderos... –  apostaban y  apuestan por la salud.

 

Hace 4.500 años, aparecieron los Protofarmacéuticos, antropólogos y ecólogos a    su vez; conocedores de la persona y de la naturaleza, terapeutas con cierta capacidad para buscar y preparar el remedio oportuno para el dolorido; con una visión  integradora, no siempre ortodoxa, entre la gnosis del alma y la diagnosis del cuerpo;  sus pócimas tenían un fin claro: eran para el que decae, el enfermo, el in-firmis, el    no  firme,  el  débil.

 

Tablillas mesopotámicas y sellos procedentes de Asia y Babilonia, Jeroglíficos egipcios, la ciencia sanitaria de Grecia, El Corpus Hippocraticum, Roma, Andrómaco, Galeno. Los árabes poniendo los cimientos para la Farmacia moderna en su propia complejidad.

 

La Edad Media que nos trae el recuerdo de Maimónides. Paracelso, en el siglo XVI con sus fórmulas químicas simplificadas; la aparición, en Florencia, de la primera Farmacopea.

 

Aportará el siglo XVII, el galenismo, la yatroquímica. Saltando algunos siglos pensemos en el riquísimo acerbo farmacéutico del siglo XX; por ejemplo, con el descubrimiento de la Aspirina, protagonista antipirética, seguida de tantos barbitúricos, antipalúdicos, quimioterápicos, los antibióticos, y  de  las  vitaminas.

 

En los umbrales del siglo XXI, con el ensayo clínico, con un sin fin de nuevas especialidades, y toda la farmacia genómica se abren esperanzas para la mejora de la salud, y para el incremento económico. Ha corrido mucho el avance científico en los medicamentos; desde la fórmula magistral, pasando por todos los procesos industriales, hasta el medicamento personalizado en función de las características genéticas, hay un trecho muy válido de ciencia de la que debemos sentirnos justamente orgullosos.

 

Desde sus albores y hasta nuestros días, la historia de la Farmacia y del Farmacéutico, unida a la de los medicamentos y a su utilización, es la historia de planteamientos éticos, de las soluciones ante el dolor.

Es mucho lo que se ha hecho y muy amplio el horizonte de futuro de esta profesión.

 

8.  La salud y la calidad de vida

 

En realidad, la profesión farmacéutica, como todas las profesiones biosanitarias, cada una desde su perspectiva, y más en la situación actual, concentra sus esfuerzos en evitar o al menos disminuir el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, y todo factor perturbador del bienestar. Se busca la salud, se busca la calidad de vida. Esto, en sí mismo, es altamente positivo y conveniente; se desvirtúa cuando conduce al afán ilusorio de suprimir todas estas fragilidades, curiosamente inevitables.

 

Para el psiquiatra austriaco Victor Frankl, “La salud se basa en un cierto grado de tensión, la tensión existente entre lo que se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido; o el vacío entre lo que se es y lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y por consiguiente es indispensable al bienestar mental. No debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su sentido potencial. (…) Lo que el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo cumpla” [45] . Para este autor la verdadera calidad de vida es hacer elecciones para el después. Consiste en decidir ahora qué se va a ser siempre. Esto muestra la excepcional importancia y gravedad de esta vida y del mundo que acontece y que, en buena    medida, es obra del hombre, que vierte sus proyectos sobre la mera circunstancia y  hace de ella mundo.

 

A los profesionales sanitarios nos compete muy directamente el objetivo  de cuidar la salud, pero sabiendo que esta acción no es un derecho, dado que     la condición personal es mortal. La fragilidad y la muerte han de tener una cabida amorosa y respetuosa en le transcurso de la historia humana. De lo contrario, la vida se pervierte.

 

Se ha progresado mucho en términos de calidad; indudablemente, el  progreso ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal, posibilidades que antes no existían. Si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del hombre interior, no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el mundo. El progreso, para ser progreso, necesita el crecimiento moral de la humanidad, el discernimiento entre el bien y el mal [46] .

 

9.  La bioética

 

Existen diversas acepciones del término Bioética. Mi línea de investigación, respetando la diversidad de otros autores, aboga  por la Bioética que tiene como punto de referencia a la persona, el valor de la vida humana como bien primario y fundamental, como la fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social. Estas afirmaciones no contradicen la constante búsqueda de garantías sociales, legales, científicas y culturales, pero inciden en que la persona mantenga su centralidad, sin destruir la tradición y sin obstruir el futuro.

 

El objetivo de esta ciencia no es elaborar principios generales, sino aplicarlos a los nuevos problemas que se ofrecen a la consideración de la acción humana en el reino de la vida, dado los nuevos e inéditos contenidos que se presentan por el desarrollo de la investigación.

 

Se trata de una materia pluridisciplinar que cada vez más trata de amparar, no  sólo los problemas éticos relacionados con el hombre sano o enfermo, sino también las relaciones que surgen con la familia, la comunidad, y los otros seres vivos, que forman su entorno, y todo el ecosistema.

 

Se intuye que hay que adquirir una especie de sabiduría combinatoria en la que   se integre la diversidad del saber con la unidad esencial de lo humano; no puede olvidarse que la riqueza de la argumentación ética supera los planteamientos técnicos, científicos y racionales.Es simplista admitir que la eficacia técnica sea el argumento definitivo; lo técnicamente posible no es, por esa sola razón, lo éticamente admitido.

 

El temple bioético abre un reto de confianza en el hombre del siglo XXI, en su capacidad para la humildad intelectual y moral, en su capacidad para la tolerancia y la flexibilidad e incluso para su habilidad negociadora.

 

La Enciclopedia of Bioethics de 1978 formula la siguiente definición de Bioética: “Estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud, analizados a la luz de los valores y principios morales”. Definición que nos aproxima al objetivo expuesto a través de estas reflexiones.

 

Queda claro que se trata de una valoración de tipo ético, es decir, sobre la bondad o la maldad del actuar humano concreto, que debe hacerse a la luz de un determinado sistema de referencia. Sus contenidos los proporciona de un lado la Ética que actúa como componente valorativo y, de otro, las ciencias de la vida, que aportan el elemento material: Biología, Medicina, Psicología, Antropología, Sociología, Bioquímica, Ingeniería, etc. La nueva disciplina surge de la interpretación racional de los hechos y de las técnicas.

 

Por mucho que se creen políticas de una u otra índole en relación con el respeto a    las personas, nunca se puede llegar a que la Ética y el Derecho se empleen como medios autoritarios para imponer valores morales no compartidos [47] .

 

Ninguna acción humana es éticamente indiferente; las personas nos enriquecemos o nos envilecemos con nuestra actividad. El hombre puede actuar o reaccionar ante una concreta situación de muy variadas maneras, y entre ellas la Ética pretende poder dilucidar cuál es la mejor, o al menos cuál es correcta y conveniente según un sistema de referencia el cual para la Bioética se enfoca; como aquí se defiende partir de y llegar a la persona; este hecho supone una formación que se interioriza primero, y después se despliega en todo el hacer profesional.

 

Así, la Bioética, aunque pueda producir interiormente un cierto desasosiego porque no lleva anexa el marchamo del triunfo, debe ayudar a descubrir y canalizar cómo se despliega el ser del hombre y su hacer. Esta ciencia, al asumir como principio propio a la persona como sujeto con dignidad, preserva la dignidad de todas las personas, en especial, de las que son vulnerables; y entabla la concordia entre e los avances de la ciencia y la persona.

 

La Bioética es esa fámula solícita que nació para socorrer el desvalimiento     humano, para proteger la existencia en apuros. Una Bioética que siempre y en todo lugar reconoce a cada persona como la que dispone de un sitio en el inmenso universo completamente exclusivo y vacío para siempre, cuando ella lo desocupa [48] .

 

La Bioética respeta lo natural, supera cuando así convenga lo legal, y se inspira en lo real e invierte anticipadamente, pues se mueve en un clima de honestidad. Responde a una Ética en la que el comportamiento es una continua concreción de una imagen del bien humano.

 

Por mucho que la ciencia avance, es más importante que la persona avance sobre sí misma. La Bioética, como ciencia multidisciplinar, no renuncia a la formación para que se encuentren vías de resolución desde la más alta biotecnología hasta la asistencia sanitaria diaria, pero reconoce que de poco servirían esas soluciones si no contribuyen a que sepamos estar de acuerdo con la vida. No sofoquemos a nadie las ganas de vivir y de vivirse.

 

Quizás lo más interesante de la vida está relacionado con el discurso hacia dentro, con el valor metafísico de lo cotidiano, unido, claro está, aunque no siempre nos ocurra así a cierta reflexión irónica. Así es, la verdad sólo se da al hombre por su fuerza interior, por el hecho de ser verdadera. La verdad se demuestra  a  sí  misma  en el amor.

 

La Bioética, basada en la sacralidad de la vida humana, es un proyecto intelectual profundo y supone un esfuerzo alentador para proteger al hombre, pues garantiza que el progreso de la ciencia sanitaria se encaminen hacia el bien íntegro de cada hombre, también del débil y del enfermo. Influye formalmente en cualquier aspecto en el que se desarrolle la profesión y facilita las decisiones responsables y la buena preparación profesional. Se logra, de algún modo, que el progreso pueda tener rostro humano.

 

El valor de la persona, tema esencial en Bioética, fundamenta y relativiza los valores no humanos; ahí se descubre que lo accidental no es trivial, y que cada persona no es medible por los parámetros científicos, ni es sustituible por otra, por una mayor comodidad y utilidad.

 

Una persona puede llegar a creer que ya no puede esperar nada de la vida, pero en esas circunstancias, a través de una buena formación en Bioética, se le puede ayudar a descubrir que es la vida, la que puede esperar de ella.

 

10.  Algunas líneas de la bioética farmacéutica

El ámbito de la Bioética es amplio, y el de la vocación profesional también. Hay campos muy interesantes en los que la Bioética desempeña una función esencial, pues debido a su interdisciplinariedad, rompe barreras entre los diversos itinerarios profesionales facilitando la conexión entre especialidades distintas.

 

Pensemos en la industria farmacéutica: debe desarrollar los incentivos económicos sin llegar a la medicalización de la vida entera, sin convertir a la persona en la situación de enfermo vitalicio [49] .

 

Otro campo importante es la contención del gasto farmacéutico, que pesa con fuerza en las decisiones de los profesionales sanitarios, también de los farmacéuticos que trabajan en esos campos, y que deben acometer la difícil tarea de administrar unos recursos siempre limitados; aparecen así decisiones que han de tomarse sobre costes, beneficios, efectividad y utilidad de los medicamentos; además, la sostenibilidad del sistema con presupuestos que paradójicamente son inferiores al requerido para esa sostenibilidad. ¿Cuántas horas de trabajo nos ahorran los fármacos? ¿Cuántas intervenciones quirúrgicas y ocupación de camas de hospital salvan una buena medicación? ¿Dónde comienza, o dónde termina el uso racional del medicamento?

 

No cabe duda que el medicamento puede utilizarse mal, malgastarlo en una batería que intente enmascarar la falta de diagnóstico preciso, incluso porque la falta de tiempo en una Seguridad Social masificada, no permita fijarlo ajustadamente y, una vez más, ahí esta el papel del farmacéutico, que hace de la complejidad, sencillez, y de la teoría, práctica.

 

En la Bioética farmacéutica entra de lleno el posible resurgimiento de    medicamentos sin recetas, la receta electrónica, la revisión de los ensayos clínicos,   la tecnificación de la redes de ventas, la distribución de los medicamentos a las farmacias. Hay un largo etc. que queda abierto a nuevas investigaciones. Por último, veamos algunos aspectos de la Bioética aplicada al farmacéutico de la oficina de farmacia.

 

11.  El  farmacéutico en la oficina de farmacia

 

El farmacéutico clásico, con sus pócimas y fórmulas, sobre todo las denominadas magistrales, y muy particularmente con su presencia, ayudaba al enfermo a curarse; incluso la relación con el enfermo y con el necesitado era, para su buen hacer, luz desveladora de lo singular y de lo común del ser; así progresaba su saber. Era un modo de progreso ingenuo, desde el punto de vista técnico y científico, pero primordial desde el punto de vista humano.

 

Desde la Bioética se puede afianzar ese aspecto humanizador que ni ha  desaparecido ni debe hacerlo; al contrario, está llamado a ser un valor dominante,     con luz propia, en la oficina de farmacia, donde tiene que haber lugar para encontrar      el auxilio de la enfermedad corporal, a través de la dispensación de fármacos, y además se puede encontrar o recobrar la salud mental y espiritual; eso era lo que se lograba en  el entrañable ambiente de la rebotica, donde lo ingenioso, lo trascendente, lo divertido  y lo cultural creaban un clima despreocupado y conciliador; fértil areópago entre familiar, gremial y social.

 

En la oficina de Farmacia experiencia, experimento, ciencia, práctica y economía convergen en el constante ejercicio de la actividad del farmacéutico y él puede y debe establecer armonía, relaciones personales, actuar con una escala de valores, hacerse cargo de tan varias situaciones que le llegan sin previo aviso.

 

Cada una de las consultas al farmacéutico, hasta las que aparentemente son mediocres, es una consulta inédita para el que la plantea, plural en su resolución, casi siempre, atravesada de la indigencia, de la indefensión o de la ignorancia; en realidad, de la impotencia y de la fragilidad humana. Es un mostrar problemas biológicos, clínicos, psíquicos, grandes o pequeños, pero para él que lo tiene, un problema; es decir, mal, dolor, enfermedad, sufrimiento y, siempre, algo humano.

 

La calidad del trabajo del farmacéutico comunitario es rehumanizar su     actividad profesional; ayudar a través de ese sentido relacional a dar a cada uno lo mejor, a facilitar un horizonte, una solución, una ayuda. Es crear un clima de confianza y de respeto, cordial. Es ésa la autentica competencia profesional, tan distante de la competitividad, y tan distinta del mero ejecutar, del dato repetitivo que banaliza y esclerotiza la personalidad. Además, ese clima abierto es el que desea seguir extendiendo la Academia de Farmacia Santa María de España, de la que a partir de ahora, siento la gratitud de formar parte.

 

Recuerdo que un escritor clásico, Montale, relata que una revolución     antropológica fundamental de nuestro siglo es la adopción del espejo retrovisor del automóvil. El hombre motorizado debería tener la garantía de la existencia del   mundo que está detrás de él, por cuanto dispone de un ojo que mira hacia atrás. En el espejo tradicional, el mundo situado a nuestras espaldas es visto como contorno y complemento de nuestra persona. Lo que el espejo confirma es la presencia del sujeto que observa, del cual el mundo es un fondo accesorio. El espejo provoca una especie de objetivización del yo. En cambio, con el espejo retrovisor, se excluye al yo de la visión    del mundo [50] .

 

Analógicamente, se podría señalar que sería corrosivo que las oficinas de farmacia, ya necesariamente con tantas puertas, rejas, y dispositivos de seguridad, fueran peor que este planteamiento del espejo retrovisor: que conllevara la pérdida de las relaciones personales, objetivar tanto la ciencia, la profesión, la economía, las seguridades, que la referencia al origen, a la atención del necesitado quedara atomizada, perdida.

 

Muchas veces, la actuación farmacéutica será tan valiente que ha de poder recurrir a la objeción de conciencia, como una realidad pacíficamente aceptada, como defensa última de las propias convicciones, y como un derecho razonable y legítimo del profesional sanitario para actuar según sus convicciones. Y, en su caso, la objeción de ciencia, como punto de referencia de la defensa de la persona frágil.

 

No es lo mismo dispensar un chupete, que un estupefaciente, unos pañales que unas aspirinas, un ansiolítico que un antibiótico, un genérico que una especialidad. Tampoco es igual la atención de un enfermo crónico, la de un drogadicto, de una persona culta que de uno ignorante; son diferentes los problemas de un farmacéutico de una capital de provincias, que los que tiene en un pueblo aislado; ahora bien con la preparación bioética, el farmacéutico vive la mirada esencial, viaja por la provincia del hombre y, no despacha mercancías cualificadas, caras o baratas, sino que expende información, consejo, aliento. Ante la indigencia, la pobreza, el dolor; y ante la enfermedad  –sea cual sea su manifestación, también subjetiva–,  cuántos son o somos huérfanos, llenos de soledad, conscientes de haber dejado un “status” social, profesional... y necesitando depender de otros y, en ocasiones, sin poder hacerlo, o recibiendo reproches y resentimientos; es la impotencia no querida y no compartida, donde la sensibilidad herida hace sus estragos. Sin tener en cuenta estos hechos, la oficina  de  Farmacia  pasaría  de  establecimiento sanitario  a  tienda  comercial.

 

Si la Farmacia fuera una tienda, se fomentaría por parte del paciente la farmacomanía. En ese caso, el medicamento, deja en segundo plano su función específica y se va convirtiendo en sustitutivo del padre, de la madre, del amigo, del hermano.

 

El farmacéutico, agente de bioética, debe afianzar en su vida el hecho de que a la Farmacia se acude por necesidad, no por gusto, se acude con una indigencia, se llega a ese establecimiento acompañado por cierto rumor del miedo humano. Gráficamente podríamos compararlo con una expresión de Chesterton “El alma de un hombre está tan llena de voces, de ruidos, como una selva: caprichos, locuras, temores... El gobierno de la vida consiste en dar autoridad sólo a las voces que lo merecen”... ¡Qué acertados en esta línea los programas de Atención farmacéutica!

 

El farmacéutico, en su oficina puede y debe cumplir esa misión de curar y cuidar al hombre por el consejo, con el medicamento adecuado, con la mirada..., en definitiva, por saber silenciar en el alma y en el cuerpo lo que turba.

 

La preparación adecuada en Bioética impide malvivir de rentas, de ecos falseados y falseadores, y en último término, de trampa. Con una preparación específica para poder actuar éticamente todo resulta un tejido de solidaridades.

Cada uno muestra lo que tiene, inevitablemente, tiene lo que aprende, lo que recibe. Hay personas que aprenden mucho y siempre. Son conscientes que siempre hay más, y saben leer en la realidad, creciendo siempre,  enriqueciéndose y enriqueciendo; cuánto se puede aprender desde el mostrador.

En el mundo de los valores, el farmacéutico, precisamente por su cercanía con   el usuario, con el enfermo, con la enfermedad, y con su posible solución, porque de alguna manera aconseja sobre la marcha, como ya se ha indicado, no puede permanecer ignorante ni impermeable a la filosofía del hombre que impregna en cada época la sociedad. Es más, el farmacéutico aúna y compagina la labor del médico, de la familia, de la sociedad, porque para eso está la farmacia, si así no fuera, bastarían los supermercados de medicamentos.

 

Con una formación continuada, comparte con sus colegas algo más que los problemas económicos y administrativos, penetra en “lo que le pasa” al que llega a su Farmacia..., descubre la riqueza de lo cotidiano... y ofrece algo más que el necesario medicamento a secas; aparecerá el consejo desinteresado, el consuelo, la verdadera Atención farmacéutica.

 

Además, es alentador prever las posibilidades de foros bioéticos para   profesionales jóvenes; ellos son los primeros que tienen la experiencia de que, tras  haber estudiado una carrera difícil, y quizás ganada a pulso, no pueden pasar –si la suerte les acompaña y trabajan en una oficina de Farmacia–, a arrinconar sus libros, y dedicarse, en el ámbito intelectual con la formación complementaria de     hojear  las  realmente  abundantes  revistas  especializadas  que existen.

 

Iluminar el sentido de la profesión. Redescubrir que dispensar es también pensar;     y que al hacerlo, no se olvide que la verdad tiene corazón: el mostrador es puente humanizador, desde el que se ayuda a la fragilidad humana sean cuáles sean los grados de ésta. El profesional de la Farmacia puede dotar a la persona de una especie    de seguridad suplementaria, que le haga sentirse confortado, encontrar ahí no sólo un remedio biológico, sino un refugio a una sensibilidad que ha sufrido el zarpazo    de la indigencia. La dispensación, una trascendencia preciosa: la atención delicada del enfermo, el consuelo del anciano, la lucha ante drogodependencia, el consejo ante    la  medicina  de  complacencia.

Tener ilusión por lo que se fue  –nuestra carrera es de las más antiguas que existen–  y por lo que se es, para que los paisajes de la vida, de la profesión se consoliden. Dejando holgura suficiente al pensamiento, a las emociones, a la contemplación y a la acción. Y es que, en último término, no se puede olvidar que la profesión farmacéutica responde desde la dimensión trascendente a la generosidad de toda vocación  asistencial. El farmacéutico que esta al pie de cañón en la oficina de farmacia, realimentando su vocación enriquece y restaura el hondón del corazón humano. Reconoce,  respeta  y ama la  dignidad irrevocable  de toda persona.

 

Quizás conozcan la novela autobiográfica “La escafandra y la mariposa”, el     paciente señala la amistad que descubre en personas inesperadas, y cómo le ayuda. Un símil adecuado para el valor esencial de la dispensación; las cartas que este enfermo recibió, las equiparo a los consejos que el farmacéutico diariamente va regalando. Recojo el texto: “La ciudad, ese monstruo de cien bocas y mil oídos que no sabe nada pero lo cuenta todo. Había decidido, en efecto, ajustarme cuentas (…) y por un curioso fenómeno de inversión de las apariencias, son aquellos con quienes había establecido relaciones más triviales los que más abordan estas cuestiones esenciales. Su ligereza enmascaraba un alma profunda. ¿Acaso estaba ciego y sordo, o bien se requiere la luz de una desgracia para que un hombre se revele tal como es? (…) guardo todas esas cartas como un tesoro. Un día me gustaría pegarlas por los extremos para formar un tira de un kilómetro, que flotaría al viento como una oriflama a la gloria de la amistad.   Eso alejará a los buitres" [51] .

 

El farmacéutico del siglo XXI debe reafirmar que las relaciones humanas y profesionales están dotadas de sentido; que la verdadera razón y finalidad de la convivencia humana es dar al hombre la posibilidad de difundir en otros su propio bien y de ser ayudado por los demás.

 

No podemos calcular el buen hacer del farmacéutico comunitario que se alimenta  del sentido de su vocación también a través de la formación bioética. Algo que  intimida,  fascina  y  ennoblece.

 

 

*Corresponde esta voz al discurso pronunciado por la autora en su ingreso en la Academia de Farmacia Santa María de España

 

 

 

Notas y Bibliografía

 

[1] Saroyan, W. La comedia humana. Ed. Narrativa Acantilado, Barcelona, 2004, 75

[2] Lewis, C. S. The Abolition of Man, New York: Touchstone, 1996, 86-87

[4] López M. N. e Iraburu M. en Los quince primeros días de una vida humana, Eunsa, 2004, 15

[5] Ortega y Gasset, J. El hombre y la gente, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, 1981, 53

[6] Guerra, R. en Tomás, G. La Bioética: un compromiso existencial y científico I, (Ucam, 2005), 77

[7] Viladrich J., Apuntes sobre la paternidad en la sociedad contemporánea. www.iiof.es/iffd/conferencias/iffavilaes.htm (18-octubre-2005)

[8] Polo, L. www.profesionalesetica.com/descargas/downloads/downl_27_1.doc (6-octubre-2008)

[9] Pascal, B. www.boards/meloysoft.com/app?ID (6-octubre-2008)

[10] De Aquino, T. Sum. Theol., I, q. 29, a. 3

[11] San Gregorio, Hom 29 super Evang

[12] Op. cit., 7, 97

[13] Ibid., 102

[14] Lévinas, E. Totalidad e infinito. Ensayos sobre la exterioridad. Sígueme, Salamanca, 1999, 211

[15] Melendo, Las dimensiones de la persona, Palabra, Madrid, 1999, 23.

[16] Diccionario de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe (22ª ed.).

 

[17] Abellán, J. C. en G. Tomás y G. Manero, Diccionario de Bioética para estudiantes. Ed. Formación Alcalá (en prensa)

[18] Juan Pablo II. Encíclica E. vitae, 1995, 2

[19] Hervada, J. en Op. cit. 17

[20] Op. cit., 7, 105

[21] Mankell H. El secreto del fuego. Siruela, 2007, 123

[22] Salinas, P, La voz a ti debida en Poemas escogidos, Col. Austral,1991,130

[23] Cardona C., Aforismos, Rialp, Madrid, 1999, 39

[24] Tomás, C. en G. Tomás y E. Manero, Diccionario de Bioética para estudiantes. Ed. Formación Alcalá (en prensa)

[26] Jérôme Lejeune (Montrouge, París, 1926 - 3 de abril de 1994), prestigioso genetista médico genetista francés. Descubridor de que el síndrome de Down. Actualmente en proceso de beatificación.

[27] Op. cit. 4,51

[28] Op.cit. 4, 44-50

[29] Guillén, J. Antología de los poetas del 27. Col. Austral, 1983, 183

[30] Tomás, G. Cartas Ecológicas, Eiunsa, 1996, 149

[31] Anrubia, E. (ed.) Cartografía cultural de la enfermedad, UCAM, 2003, 113-114

[32] Altolaguirre, M. Antología de los poetas del 27. Col. Austral, 1983, 405

[33] Ibid.,119

[34] C.S. Lewis: El Problema del Dolor, E. Universitaria, 2ª edición, 1990, Santiago de Chile, p.96.

[35] www.canalsocial.net/GER/ficha_GER.asp?id=9668&cat=medicina - 44k (23-octubre-2008)

[36] Jáuregui, P. Suplemento de Salud, El Mundo, 4-VI-1998

[37] Op. cit., 31, 30-40

[38] Kierkegaard, S. La Enfermedad mortal, traducción Demetrio G. Rivero. Madrid, Guadarrama, 1969, primera parte, libro tercero, 74

 

[39] Monge, M.A. (ed). Medicina Pastoral, Eunsa, Pamplona, 20002, 166-186

[40] Se utilizan ideas expresadas en  Dietrich von Hildebrand. Sobre la muerte Ed. Encuentro, 1983.

 

[41] Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, I, 18

[42] Dietrich V.H. Sobre la muerte. Ed. Encuentro, 1983, 42

[43] (Ed. Rizzoli, 2001; traducido a catorce idiomas). blog.iespana.es/shabel/post/648448-fragmento-respondeme-de-susanna-tamaro (14-octubre-2008)

[44] Op. cit. 7, 116 y 121

[45] foros.monografias.com/archive/index.php/t-33265.html  (15-octubre-2008)

[46] Benedicto XVI, Encíclica Spe Salvi, 2007,núm. 22 y 23

[47] D’Agostino, F. Op. cit. 7, p. 69.

[48] Del Barco, J. L. en G.Tomás, Manual de Bioética, Ariel, 2ª ed. 2006, 79 y 107

[49] Prat, E. en Espejo, MD. Bien común y dignidad, Formación Alcalá, 2007, 118

[51] www.aebi.org. Tomás G., La bioética a través del cine (15-octubre-2008)

 

 

¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

Tomás y Garrido, Gloria María, BIOÉTICA FARMACÉUTICA, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL:http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/220-bioetica-farmaceutica

 

 

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