JURAMENTO HIPOCRÁTICO Y OBLIGACIONES MORALES ABSOLUTAS

ÍNDICE
1. Introducción
2. Análisis
3. Los bienes o fines a los que el médico debe servir y respetar según el juramento hipocrático
3.1. El servicio médico a la vida humana en su peculiaridad y naturaleza específicamente personal así como en su lugar adecuado en el orden de los bienes y el juramento hipocrático
3.2. La salud como fin fundamental de la medicina y como cuestión > Disputada
4. Reflexión final
5. Notas y bibliografía

 

1. Introducción

      No obstante el hecho que el gran médico Hipócrates, a menester de su asociación con el más gran filósofo del alma humana, Platón,i haya dicho algunas cosas que suenan muy materialistas sobre el rol del cerebro humano,  el juramento de Hipócrates puede ser considerado como la máxima y más profunda breve formulación de una ética médica:
"Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higías y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

            Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

            Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

            Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

            En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

            Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos.

            Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria."

Texto original griego:
Ὄμνυμι Ἀπόλλωνα ἰητρὸν, καὶ Ἀσκληπιὸν, καὶ Ὑγείαν, καὶ Πανάκειαν, καὶ θεοὺς πάντας τε καὶ πάσας, ἵστορας ποιεύμενος, ἐπιτελέα ποιήσειν κατὰ δύναμιν καὶ κρίσιν ἐμὴν ὅρκον τόνδε καὶ ξυγγραφὴν τήνδε.
Ἡγήσασθαι μὲν τὸν διδάξαντά με τὴν τέχνην ταύτην ἴσα γενέτῃσιν ἐμοῖσι, καὶ βίου κοινώσασθαι, καὶ χρεῶν χρηίζοντι μετάδοσιν ποιήσασθαι, καὶ γένος τὸ ἐξ ωὐτέου ἀδελφοῖς ἴσον ἐπικρινέειν ἄῤῥεσι, καὶ διδάξειν τὴν τέχνην ταύτην, ἢν χρηίζωσι μανθάνειν, ἄνευ μισθοῦ καὶ ξυγγραφῆς, παραγγελίης τε καὶ ἀκροήσιος καὶ τῆς λοιπῆς ἁπάσης μαθήσιος μετάδοσιν ποιήσασθαι υἱοῖσί τε ἐμοῖσι, καὶ τοῖσι τοῦ ἐμὲ διδάξαντος, καὶ μαθηταῖσι συγγεγραμμένοισί τε καὶ ὡρκισμένοις νόμῳ ἰητρικῷ, ἄλλῳ δὲ οὐδενί.
Διαιτήμασί τε χρήσομαι ἐπ' ὠφελείῃ καμνόντων κατὰ δύναμιν καὶ κρίσιν ἐμὴν, ἐπὶ δηλήσει δὲ καὶ ἀδικίῃ εἴρξειν.
Οὐ δώσω δὲ οὐδὲ φάρμακον οὐδενὶ αἰτηθεὶς θανάσιμον, οὐδὲ ὑφηγήσομαι ξυμβουλίην τοιήνδε. Ὁμοίως δὲ οὐδὲ γυναικὶ πεσσὸν φθόριον δώσω. Ἁγνῶς δὲ καὶ ὁσίως διατηρήσω βίον τὸν ἐμὸν καὶ τέχνην τὴν ἐμήν.
Οὐ τεμέω δὲ οὐδὲ μὴν λιθιῶντας, ἐκχωρήσω δὲ ἐργάτῃσιν ἀνδράσι πρήξιος τῆσδε.
Ἐς οἰκίας δὲ ὁκόσας ἂν ἐσίω, ἐσελεύσομαι ἐπ' ὠφελείῃ καμνόντων, ἐκτὸς ἐὼν πάσης ἀδικίης ἑκουσίης καὶ φθορίης, τῆς τε ἄλλης καὶ ἀφροδισίων ἔργων ἐπί τε γυναικείων σωμάτων καὶ ἀνδρῴων, ἐλευθέρων τε καὶ δούλων.
Ἃ δ' ἂν ἐν θεραπείῃ ἢ ἴδω, ἢ ἀκούσω, ἢ καὶ ἄνευ θεραπηίης κατὰ βίον ἀνθρώπων, ἃ μὴ χρή ποτε ἐκλαλέεσθαι ἔξω, σιγήσομαι, ἄῤῥητα ἡγεύμενος εἶναι τὰ τοιαῦτα.
Ὅρκον μὲν οὖν μοι τόνδε ἐπιτελέα ποιέοντι, καὶ μὴ ξυγχέοντι, εἴη ἐπαύρασθαι καὶ βίου καὶ τέχνης δοξαζομένῳ παρὰ πᾶσιν ἀνθρώποις ἐς τὸν αἰεὶ χρόνον. Παραβαίνοντιδὲκαὶἐπιορκοῦντι, τἀναντίατουτέων.

2. Análisis.

Esta ponencia no se dedica a la historia y a los problemas de autenticidad de este texto como juramento del cual el famoso medico Hipócrates mismo sea el autor. En todo caso pertenece al corpus hipocrático y se atribuye a el que también figura en unos diálogos Platónicos. Ni tengo el plan de discutir algunos aspectos metafísicos y religiosos del juramento como la invocación de varios dioses y diosas, ni tengo la intención de hablar de los ideales muy nobles de la profunda gratitud que el médico debe a sus maestros y sus hijos, porque estos nobles ideales caen en un cierto sentido fuera la ética médica. Más bien quiero en el siguiente concentrarme sobre el núcleo ético médico de este juramento que es fundamental en todos los tiempos. El primer elemento fundamentalísimo de este núcleo ético médico consiste en el reconocimiento de obligaciones morales absolutas del médico que valen en todas las situaciones, y el compromiso incondicionado del médico de respetarlas todas y siempre. El primer tipo de estos deberes se refieren a la vida humana. Con respecto a esto el juramento hipocrático rechaza explícitamente cada eutanasia y cada aborto. Además, el catálogo de estas obligaciones absolutas del médico incluyen el principio importante de “nunca dañar al paciente,” sea actuando en el interés propio o de una tercera persona. Esto contenido del juramento hipocrático tiene un gran significado hoy en día donde tenemos infinitas posibilidades de uso de órganos o células de  personas a favor de otras, por ejemplo en el campo de la trasplantación de órganos, y ya en la declaración y definición misma de la muerte cerebral y los métodos que se aplican para confirmarlo. El  Profesor e investigador Cícero Coimbra ha mostrado muy bien la violación de este principio del juramento hipocrático en la apnea test,  iimatándole o sea seduciéndole, y a la veracidad y honestad que el médico debe al paciente, y en general a la pureza y santidad de su vida, concentrándome a estas afirmaciones:
“No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos….”
Y:
“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos”
En estas palabras, Hipócrates formula verdades importantísimas éticas:
La primera es que el médico, para merecer este título, debe tomar una decisión fundamental moral, y que entonces la ética y actitud moral es parte integrante de su profesión.
Estrechamente conectado con esto es una segunda verdad importante que ni siquiera Aristóteles y Santo Tomás han visto: y lo es que los profesionistas médicos deben tomar una decisión fundamental y libre de servir los verdaderos fines y bienes confiados a la medicina.
Aristóteles pensaba que el hombre tiende a la felicidad y que, por consiguiente, sólo puede elegir los medios que llevan a ella. En el caso concreto de la medicina, el filósofo griego afirma que la libertad de elección del médico no se refiere al fin, a saber, la salud, la cual está fijada necesariamente como su fin. La elección solamente puede referirse a los medios conducentes a este fin.
„ Un médico no se pregunta a sí mismo si debe sanar a una persona enferma... En asuntos semejantes nunca se piensa en el fin que alcanzar“1
Por su parte, Santo Tomás parecer estar completamente de acuerdo con Aristóteles cuando en su comentario a la Ética de éste escribe:
„Sin embargo, hay que considerar que en la actividad práctica el fin es el primer principio ya que la necesidad de las acciones  depende del fin. Por consiguiente, hay que presuponer el fin. (...) De este modo, el médico no medita acerca de si ha de sanar al paciente, sino que lo presupone como un fin. Y, por tanto, nadie que tenga que tomar una decisión práctica medita sobre el fin“2
Prescindiendo de la falsedad de estas afirmaciones ya en el tiempo en que fueron escritas, estos pronunciamientos aristotélicos y tomistas dan testimonio de un tiempo en el cual los fines de la medicina y los principios de la ética médica eran dados por supuestos y en el cual los bienes de la vida y de la salud eran vistos como los fines obvios de todos los servicios médicos. Sin embargo, Aristóteles conocía el juramento hipocrático y del hecho de que Hipócrates pidiera al médico jurar no suministrar una poción mortal al hijo de una mujer embarazada, no cometer nunca eutanasia, incluso cuando pedido por el paciente, y no usar ningún conocimiento médico contra la salud o la vida, podría haber concluido que los fines propios de la medicina tienen que ser queridos libremente y que los fines opuestos pueden también ser queridos. De hecho, todo el juramento hipocrático está permeado por la convicción de que el médico está en constante y gran peligro de traicionar los fines de su arte, de substituirlos por otros, incluso por los opuestos, o al menos de violarlos. Por esto precisamente, el juramento es requerido. Poderes políticos tales como el régimen nazi, órdenes comunistas de enviar gente sana a instituciones mentales o a hospitales psiquiátricos, mandatos inmorales de dictadores, etc. pueden seducir al médico a invertir los fines de la medicina. También pueden existir otro tipo de „seducciones“ como la obtención de beneficios económicos de abortos y de la eutanasia u otro tipo de seducciones derivadas de presiones sociales.3
Por consiguiente, por mucho que estemos de acuerdo con Aristóteles en lo que se refiere a la determinación primaria del arte de la medicina en términos del fin al cual está destinada a servir, no podemos coincidir en absoluto con él cuando pasa por alto tanto la necesidad de querer libremente este fin como la posibilidad de sustituirlo por sus opuestos.

El uso que Aristóteles hace de la, según él, necesaria dirección de la intención del médico al bien de la salud como ilustración de la necesidad con la que el hombre quiere su propia felicidad como su fin último es extraño por otra razón4. De acuerdo con el eudemonismo de Aristóteles queremos necesariamente, y sólo podemos querer, nuestro propio auto-cumplimiento y felicidad. Ahora bien, un intento válido de ejemplificar este fin necesario de toda acción humana (eudaimonia) parece contradecir la ilustración de la necesitad de querer este fin mediante la aspiración dicha necesaria del médico a la salud de sus pacientes. Por tanto, este fin no está centrado en el médico mismo, sino que está orientado a otros. El médico puede incluso estar obligado a salvar a una persona arriesgando su propia salud, vida y felicidad. Así, precisamente el ejemplo de la voluntad (según Aristóteles, necesaria) de promover la salud debería haber mostrado a Aristóteles la indefensibilidad del bien, concebido inmanentísticamente, de la eudaimonia (de nuestra auto-perfección y felicidad) como el bien supremo que, supuestamente, queremos por necesidad como fin último de toda acción humana.

            Sea como sea, el médico no solamente NO quiere necesariamente el bien de la salud de los otros, sino que tiene que comprometerse libremente a ello. Tampoco tiene que querer simplemente su propio bien, sino que primariamente debería querer servir al bien de los otros. Así, por ejemplo, en una época de peste un médico está dispuesto a sacrificar todos sus bienes, incluyendo su salud y vida, con tal de salvar la vida y la salud de otros; en tal modo un cierto heroísmo es parte de la naturaleza del médico. Sin embargo, ni este heroísmo ni el noble fin de salvar y proteger cada vida humana son queridos por una necesitad pero son queridos libremente.

            Sin embargo, mientras que Aristóteles está equivocado en su pretensión de que las acciones del médico están dirigidas necesariamente a la salud, tiene razón en otro punto más esencial. La medicina recibe su esencia de este fin del bien del paciente (querido, como hemos visto, libremente). La medicina obtiene su propósito y dignidad, su plena respetabilidad, del servicio fiel y libre a los fines de la salvación de la vida y de la sanación. Si la medicina se separa de esos fines, se convierte en un crimen y cuando el profesional médico usa sus conocimientos y habilidades para, en lugar de salvar vidas, dañar o matar personas - quizá por motivos económicos o de otro tipo - las prácticas médicas se degradan a una mera pericia técnica, el juramento hipocrático y sus fundamentos eternos están violados, y la medicina deja de ser medicina. Alienada de sus fines, pierde su naturaleza esencial que es inseparable de su compromiso con sus fines éticos y humanos. Cualquier aficionado a la ciencia y el arte médicos que toma, sin embargo, ciertas medidas conducentes al restablecimiento de la salud y que así sirve a los fines de la medicina tiene más de médico que un brillante técnico y científico médico que abusa de su arte para fines destructivos como sucedió con los médicos nazis que hacían morir de hambre a los bebes de las internadas en los campos de concentración para ver como reaccionaban a la muerte por inanición5 o que inyectaban virus y bacterias a mujeres sanas para estudiar el porcentaje de muertes y de otros efectos negativos de enfermedades6.

3Los bienes o fines a los que el médico debe servir y respetar según el juramento hipocrático

    Merece la pena reflexionar sobre los fines o bienes afirmados en el juramento hipocrático que el profesional médico tiene que promover, preservándolos, manteniéndolos o dándolos a conocer. Hay pocas cosas más significativas para la filosofía de la medicina y para la ética médica que una reflexión sobre estos fines de la ciencia y práctica médicas y sobre las formas obligatorias, lícitas e ilícitas, de promoverles o de actuar contra ellos. Una semejante investigación nos permitirá entender cuatro puntos: (a) los fines y bienes a los que el médico debe tender y promover; (b) la existencia de formas de promover estos fines que son obligatorias, buenas y deseables mientras que otras son incorrectas y algunas son objetos de elecciones non-obligatorias; (c) cada uno de estos bienes, a los cuales el médico ha de servir, pueden ser reemplazados por males respectivos. Esta es una de las tentaciones del médico y, por tanto, la aspiración a estos bienes no es necesaria, sino objeto de una elección libre; (d) la finalidad de la acción médica - que constituye la verdadera forma y esencia de la profesión médica - solamente puede ser comprendida por referencia a verdades filosóficas que caen fuera del alcance de la ciencia empírica.

3.1. El servicio médico a la vida humana en su peculiaridad y naturaleza específicamente personal así como en su lugar adecuado en el orden de los bienes y el juramento hipocrático

    El bien más fundamental al cual la medicina sirve no es la salud, sino la vida que el médico a menudo tiene que salvar o mantener. En el caso del tratamiento de la infertilidad el médico tiene indudablemente que ayudar a promover la vida ayudando a los padres en la generación de una nueva vida, removiendo sobre todo los obstáculos hasta su origen. La vida humana es el fin de tres tipos de acciones médicas éticamente legítimas:

  1. acciones que sirven a traer al ser una nueva vida, eliminando fuentes de infertilidad o ayudando mediante el tratamiento de ésta a que las parejas puedan concebir,
  2. acciones de toma de medidas profilácticas (por ejemplo, mediante inmunización) de protección de la vida contra su destrucción por enfermedad y otros problemas de salud,
  3. acciones encaminadas a salvar la vida cuando ésta está en peligro o podría ser destruida sin intervención médica.

            La vida es un bien último y un fenómeno irreductible. Es irreductible a la salud por la razón de que es primera con respecto a ésta y sus opuestos o enemigos: dolencias y enfermedades de cualquier tipo7. No solamente la salud, sino también la dolencia y la enfermedad presupone necesariamente la vida. Por consiguiente, el bien de la vida no puede ser reducido a la salud.  El servicio a la vida humana es el primer y más fundamental bien de la medicina. Precisamente por esta razón la breve formula del juramento hipocrático insiste dos veces sobre el compromiso incondicionado a favor de la vida y no puede imaginarse una mayor perversión de la medicina que su orientación a lo opuesto de su primera y principal tarea de servir a la vida humana.

            Muchas ramas de la medicina se ocupan o deberían ocuparse del servicio a la vida. Ginecología, obstetricia y medicina reproductiva deben dirigir la atención médica a problemas de fertilidad, deben proteger la vida naciente del embrión y darle cuidado prenatal, asistir en el parto y, de este modo, servir de muchas formas a la vida y a la venida al ser del bebé. La inmunología sirve a la protección de innumerables vidas humanas de la destrucción. Las unidades o departamentos de cuidados intensivos en hospitales, medicina de emergencia y otras ramas de la actividad médica contribuyen a salvar vidas que están en un peligro inmediato. La parte de la gerontología que incluye algunas formas de cuidado médico a los ancianos está también comprometida con la salvación de la vida de los mayores. Con respecto a los servicios médicos prestados en el servicio de la venida al ser de la vida humana y de la protección o salvación de la vida, notemos de nuevo que las ramas de la medicina que deben ocuparse de esta tarea se han orientado a sus propios opuestos más que nunca en la historia de la medicina mediante la destrucción de vidas humanas del anciano y del no nacido.

            Más frecuentemente que en la eutanasia, innumerables vidas humanas de no nacidos son destruidas hoy a través del aborto y de abortivos como la píldora RU 486, o sea la píldora “del día después,” y mediante numerosos otros medios de asesinar a bebés hasta el noveno mes de embarazo (como en los abortos „eugenésicos“ en razón de malformaciones físicas o mentales). Este tipo de aborto puede ser realizado en muchos países, como, por ejemplo, Austria y Alemania hasta el noveno mes de embarazo sin ningún tipo de sanciones legales destinadas a proteger tales vidas que obviamente son consideradas como „vida sin el valor de tal“ e incluso hasta en el mismo proceso del nacimiento.8 Los abortos practicados momentos antes del nacimiento son una clara demostración del hecho de que defender el aborto es defender claramente el infanticidio y de que lo que es asesinado en el aborto no es una criatura de apariencia o naturaleza animal, sino la vida de un bebé humano que, desde la conclusión del nacimiento, goza de la protección plena de la ley, pero que puede ser sacrificado cruelmente segundos antes. En un artícolo reciente famoso e infame los autores proponen extender el concepto del aborto hasta un año o más después el nacimiento. En lugar de servir a la fertilidad o de enseñar a las parejas acerca de ésta o de formas moralmente aceptables de planificación familiar y paternidad responsable, la „medicina reproductiva“ se concentra hoy mucho más en actos que atentan temporal o permanentemente contra la vida, actos que no sirven a la venida al ser o a la salvación de vidas humanas, sino a la destrucción de la fertilidad mediante la esterilización a través de la píldora, y la destrucción de vidas humanas mismas mediante el DIU, el aborto o experimentación con células madres embrionales9. Llamar a tales acciones „médicas“  presupone un concepto de medicina divorciado de su fin primario al servicio de ésta  cada vez más extendido10.

            Si podemos proporcionar evidencia de que la medicina debe proteger la vida humana en todos los momentos de su duración, encontramos también hoy día una gran perversión de los fines de la medicina en el fin de la vida, esto es, en los ancianos, en los pacientes de Alzheimer y en otros pacientes demenciados o que sufren, que en número creciente son asesinados hoy día mediante la eutanasia. Esto es cada vez más verdadero del „cuidado sanitario“dado a los ancianos en la eutanasia manifiesta en un cada vez mayor número de estados, pero también en la eutanasia encubierta que es llevada a cabo hoy en la mayoría de los estados mediante la „supresión de la alimentación parenteral“(es decir, dejando morir a los pacientes de inanición) y por otros procedimientos a los que se les da nombres agradables, pero que siguen siendo lo que son: asesinato de personas humanas.

            Esto no significa denegar que precisamente la medicina más avanzada continúa también hoy ayudando a la venida al ser de vida humana mediante píldoras de fertilidad, mediante nuevos y espectaculares modos de terapia de la infertilidad.
El valor de servicio a los importantes bienes de la existencia y de la protección de la vida humana no implica, sin embargo, que todos y cada uno de los medios encaminados a este fin esté justificado. También hay diversos modos de promover la vida y ayudar a su venida al ser que son moralmente erróneos a pesar de que no inflijan daño alguno a otras vidas humanas11. Actualmente hay dos tipos de contradicción en la medicina en aquellas acciones de servicio a la vida al cual está llamado la medicina: actos de destruir la vida humana en el proceso de ayudar su nacimiento (como en IVF) y actos de ayudar a su venida al ser que son ilegítimos porque transforman personas en objetos y divorcian los orígenes de la vida de otros bienes en cuyo contexto encontramos exclusivamente un origen de la vida verdaderamente humano y digno. Esto es reconocido hoy día en muchos estados - pero no en muchos otros -  con respecto a ciertos actos como la inseminación artificial heteróloga o la clonación de seres humanos12. Esto muestra que el primer fin de la medicina no es el bien aislado de la vida humana, sino la vida humana en su contexto de otros muchos valores y bienes con los cuales está conectada, especialmente aquellos que tienen que ver con la dignidad y corrección de su origen. La medicina tiene que respetar no sólo el valor de la vida humana como tal y la cuestión de si se produce o si se daña o destruye, sino también aquellos valores humanos fundamentales que están esencialmente unidos con el único origen digno de la vida humana, a saber, su procedencia del acto sexual de los padres que está destinado a expresar el mutuo y definitivo amor esponsal entre ellos. Por ejemplo, en la fecundación in vitro heteróloga, la medicina sirve al primer fin de la medicina, el bien de la vida humana, pero viola el lazo entre amor marital y la venida al ser de una nueva persona y mata a otros embriones y nuevos sobrenombrados. Pero muchos otros valores que tienen que ver con la moralidad, el pudor o la discreción - como hoy están siendo enfatizados frecuentemente por movimientos orientados a una „medicina que haga justicia a la mujer“ - tienen que ser protegidos al servir a este bien de la vida. Por tanto, otros valores y bienes están íntimamente conectados con la vida humana.
Puesto que la medicina debe prevenir enfermedades mortales y proteger a las personas humanas de ellas, encontramos una amplia escala de servicios médicos positivos y progresivos que sirven a la vida humana. Más acciones protectoras de la vida e inmunizaciones encaminadas a salvar vidas pueden ser y son llevadas a cabo por la medicina para crecientes masas de gente como nunca antes en la historia. Aquí encontramos un progreso puro en la medicina moderna, sólo limitado por prioridades frecuentemente miopes e incorrectas en la investigación y financiación médicas.
Con respecto a la salvación de la vida cuando ésta está directamente en peligro a consecuencia de condiciones médicas agudas, la medicina ha hecho, indudablemente, tremendos progresos y es capaz de prestar servicios a la vida nunca alcanzados con anterioridad. Precisamente porque la medicina es capaz de servir mejor a la vida en esta forma que antes, la perversión de la medicina es particularmente seria cuando hoy - en porcentajes increíbles - ésta se dirige en contra de su más específico servicio, a saber, el de la vida humana.
Modos directos de violar este tercer servicio médico a la vida humana son, además del aborto y la eutanasia explícitamente mencionados y rechazados en juramento hipocrático, el suicidio asistido, el asesinato de cualquier tipo, la tortura que lleva a la muerte, etc. Todos estos actos son el opuesto estrictamente contrario a la salvación y protección de la medicina a las cuales esta está llamada. Actos libres e intencionales que aspiran a la destrucción o daño de la vida humana son siempre y bajo toda circunstancia incorrectos. Mientras que esto es verdadero y puede ser comprendido fácilmente en su evidencia objetiva por una mente que ame la verdad y que habrá sus ojos intelectuales a la verdad, está lejos de ser „obvio“ en el sentido de que este mal sería reconocido sin dificultad o por mayorías o incluso por todos. El mal que radica en la perversión de una medicina profesional que sirve ampliamente a la destrucción de la vida humana en lugar de salvarla y prolongarla es en, la mayoría de los casos, pasada por alto.
Como argüiremos, la medicina pierde su integridad enteramente cuando abandona la inquebrantable absolutez de su compromiso con la vida humana y cuando cesa de abstenerse absolutamente, tal y como el juramento hipocrático demanda, de actos destructores de la vida. Hoy en día son muchas las tendencias del médico de volverse contra el primer fin de su profesión y traicionar así a la medicina. No solamente existen tentaciones de médicos e industrias de volverse contra este primer fin de la medicina mediante la producción o procurando, por razones de beneficio económico, drogas mortales para ancianos, asistencia al suicido, abortivos y otros medios asesinos de „salud reproductiva”. También hay puntos de vista puramente teóricos que disputan la existencia de actos intrínsecamente incorrectos haciendo así depender exclusivamente de las consecuencias o de un balance consecuencialista-utilitarista de bienes y males el que la vida humana deba ser protegida13. No solamente el nominalismo ético, sino también la ética de situación y toda una avalancha de éticos utilitarista-consecuencialistas tanto en la filosofía como en la teología moral católica y protestante atacan este tipo de absolutez de los actos morales14 . Toda ética médica tiene que investigar cuidadosa y críticamente estos puntos de vista. Por tanto, la cuestión de si una posición semejante, que tiene efectos tremendos en la ética médica al permitir todo tipo de acción bajo toda circunstancia, es correcta es de la mayor importancia en la ética médica, en particular, y para la ética en general.
Un punto de vista semejante, que elimina todos los absolutos morales e implica un rechazo del concepto de „actos intrínsecamente incorrectos“ contradice profundamente no sólo la ética cristiana, sino también la comprensión humana de la moralidad que encontramos en Sócrates, Hipócrates o Cicerón. El debate acerca de esta cuestión se ha convertido en uno de los elementos clave en la discusión filosófica actual incluyendo la teología moral15 y, sobre todo, la ética16.
Podemos reconocer, con Hipócrates, que actos en cuales si intente la destrucción o el daño di una vida humana dotada con esta dignidad es un acto intrínsecamente malo. Esta cualidad de inmoralidad apartiene a estos actos no solo a causa de sus consecuencias pero también a causa di su finis operis, de su objeto inmediato e directamente querido. Sin embargo, últimamente también las nociones de „derechos humanos“ y de „persona“ se han convertido en nociones clave no sólo en la lucha por la santidad de la vida humana, sino también paradójicamente en la lucha contra ésta. Estos dos conceptos han sido usados no para defender la vida humana, sino para diferenciar entre aquellos seres humanos (miembros de la especie homo sapiens sapiens) que no son personas o aquellos que no tienen derechos humanos, de otros seres humanos que son personas y que poseen tales derechos17. Spaemann destaca agudamente la contradicción que se encuentra en el discurso actual acerca de los derechos humanos: por un lado, encontramos la convicción, ampliamente sostenida, de los derechos humanos universales y de la dignidad como una carta magna en la defensa de la superioridad esencial de la persona humana sobre todos los animales y como fuente de derechos inalienables. Por otra parte, está extendido el hablar de los derechos humanos con el fin de negar la dignidad inalienable. Recientemente Robert Spaemann ha puesto de relieve18 como introduciendo una distinción entre seres humanos que no son personas y aquellos que lo son, se defiende la tesis de la ausencia de dignidad personal en una gran clase de seres humanos: el no nacido, el anciano, el retardado mentalmente u otros seres humanos deficientes de alguna otra forma. La discusión de la vida humana como el primer bien confiado al cuidado médico tendrá que tener en cuenta e intentar resolver este debate.

3.2 La salud como fin fundamental de la medicina y como cuestión disputada

    El segundo bien o fin importante que ha de ser promovido y promocionado por el médico con todos los medios legítimos es la salud humana, tanto la mental como la física19. Hay tres grandes cuestiones filosóficas que tienen que ver principalmente con la salud humana: (1) ¿Qué es la salud? (2) ¿Hasta qué punto debe la medicina proteger y promover la salud? (3) ¿Qué rango de valor posee y cómo está relacionada con otras esferas de valores? Dependiendo de cómo se responda a esta cuestión, otras muchas cuestiones se responderán diferentemente, por ejemplo, si el valor de la salud es más alto que el de la vida o si puede ser promocionado por todos los medios incluyendo el riesgo de matar a donantes de órganos, etc.

  1. La cuestión disputada de la salud se hace más clara cuando planteamos la pregunta por su esencia y si la salud puede ser reducida a otros datos como las meras condiciones físicas o la capacidad de llevar a cabo acciones orientadas a un fin o si puede ser definida en términos puramente subjetivos, si los aspectos utópicos de la definición de salud de la OMS20  pueden justificarse o si un concepto más estrecho y específico de la salud tiene que servir como fundamento de la medicina. La salud no es el bien entero del hombre viviente: es diversa de, e inferior al bien de la felicidad y de otras bienes y otros tipos de bienes más altas y sublimes de la persona humana. La salud es una cierta perfección inmanente de la vida; es también una cierta perfección inmanente de los momentos centrales y capacidades inherentes específicos de la vida de un ente. Por ejemplo, una perfección mínima de inteligencia es parte de la salud mental, aunque una perfección también inmanente en el sentido di inteligencia normal en el sentido di ‘medio’ es más de la salud mental, y ahora bien una inteligencia superior es mucho más de lo que la salud requiere. La perfección de inteligencia en el sentido de su profundidad, verdad, amplitud, o sublimidad ética son perfecciones cualitativas de la inteligencia más allá de la salud mental. La salud es una cierta perfección y un cierto bienestar de la vida que es in un cierto sentido mínimo y a un nivel bajo, extra moral y non alto intelectual. También va in una otra dirección de las otras perfecciones de la vida.
  2. A diferencia del servicio médico a la vida humana que, al menos cuando tiene que ver con el no nacido y con el anciano, es una cuestión disputada en la medicina y con respecto a la cual es aceptado por numerosos médicos y políticos que la medicina puede destruir vida humana, el que la salud es un fin de la medicina no  parece ser una cuestión disputada en la medicina actual. Hay un consenso universal acerca de que ésta debe servir al bien de la salud. Y así fue en el pasado. Desde la Antigüedad hasta nuestro siglo la salud fue un bien indiscutido. Pero un examen más detenido nos mostrará que esta tesis del carácter indiscutido de la llamada de la medicina al servicio de la salud no es correcta. No sólo la destrucción de vidas humanas es, por implicación, el peor ataque contra la salud, destruyendo su condición y fundamento. Ha habido también tiempos en los que, bajo varios dictadores, médicos tales como el infame doctor nazi Mengele o médicos y profesionales médicos comunistas destruyeron sin escrúpulos la salud de pacientes humanos por razones políticas o por fines investigadores.
  3. Esto nos lleva a nuestra tercera cuestión decisiva, la del valor de la salud y su rango dentro de la totalidad de los bienes. Junto a la cuestión  acerca de qué sea la salud, tenemos también que explorar el valor que ésta tiene dentro de la jerarquía total de bienes. Particularmente la relación entre el valor de la salud y el de la vida humana es una cuestión mucho más disputada de lo que puede creerse cuando consideramos el problema de si la salud y estar libre de grandes dolores es una condición del valor de la vida humana como tal.  Claramente, es esto que el juramento hipocrático niega. Si uno adopta esta posición, se seguiría que la vida de un minusválido y enfermo no es „digna de vida“ (lebensunwertes Leben).

            No puedo entrar en una discusión de otros valores y fines que la medicina debe servir, como el bienestar en cuanto opuesto al dolor, que es un bien no reductible a la salud, como la medicina paliativa reconoce, o el bien de la integridad hasta una cierta belleza física que toca a la medicina  o la vodaa consciente racional, que no son explícitamente mencionados por Hipócrates. Más bien, para determinar, consideremos otro tipo de bien humano intrínseco y para el médico y el paciente: “El bien general y espiritual del hombre y su vocación como fin trascendente y guía para la medicina.”
Podemos incluso decir que el bien de un hombre, en un sentido más amplio, es un otro  fin del médico, especialmente del psiquiatra. Por este fin - que es trascendente a lo que nuestro acto realiza, hemos de comprender el valor de la persona del paciente mismo que es el objeto primario de la afirmación moralmente buena del bien que el médico está llamado a realizar. Pero también los bienes de otras personas, de sus maestros,  de sus hijos, mencionados por Hipócrates, etc. en tanto que no los podemos realizar directamente, caen bajo esta categoría así como otros muchos bienes humanos y sociales y vínculos de gratitud y bienes espirituales.
Aunque el médico no promueve profesional y activamente los bienes superiores de la persona, excepto, en cierta medida, el psiquiatra y el médico general en algunos consejos extra-profesionales21- que a menudo dan y han de dar, no obstante, en su relaciones con los pacientes - tienen que respetar este bien trascendente y último (que incluye la integridad moral de la persona) en el proceso de servir a la salud. Este respeto obliga al médico, al menos, a no violar nunca este bien superior del hombre en la promoción de su bienestar. Así Paracelso tiene razón cuando pide a los médicos una „comprensión completa del hombre“. Este bien superior incluye también la verdad y exige, como el juramento hipocrático refleja claramente, la fidelidad a la verdad del médico. Incluye también la protección del secreto médico y de otros secretos y detalles íntimos que el juramento hipocrático prohíbe divulgar, aunque no estén directamente vinculados con la medicina. Este bien superior relacionado con la persona incluye otros muchos bienes con respecto a la persona del paciente y a terceras partes que no son objeto directo de la acción médica.
Así este bien constituye un „fin transcendente“ de toda acción médica. El término „transcendente“, tal y como es usado aquí, incluye la distinción entre lo que es producido en la acción y los bienes que, sólo en último término, se afirman y sirven en la acción tales como la persona humana misma, la cual no producimos, sino a la cual tan sólo procuramos modestos servicios como resultados de nuestras acciones. El fin inmanente  sería, pues, el estado de cosas realizado por el acto mismo, mientras que el fin trascendente sería el bien afirmado por él, pero no realizado por él. El bien trascendente de una acción no es, por tanto, su objeto inmediato ni es realizado por ella. Y, sin embargo, la afirmación de la persona misma (no sólo de esta parte de su bien que realizo dándole de comer o de beber) por mor de ella misma puede verse como el „alma“ de las acciones morales y médicas. Al mismo tiempo, „trascendente “puede referirse no solamente a bienes que residen más allá del alcance inmediato de lo que es realizado por nuestro acto, sino también al carácter último y precisamente eterno de este bien en contraste con los bienes limitados y pasajeros tales como la salud por mor de los cuales el bien trascendente del hombre nunca puede ser puesto en peligro.
Por este bien del hombre no comprendemos sólo el bien objetivo para el hombre, sino también el bien de su vida moral, de su dar la respuesta adecuada a bienes diferentes de él mismo, el bien de su amor que responde al valor a otros seres humanos y a Dios. Este bien es claramente un principio regulativo de la acción médica y puede ser violado gravemente no sólo en el médico mismo, mediante toda clase de „actos médicos“ moralmente malos e infracciones de obligaciones morales, sino también mediante consejos dados de médicos que implican actos inmorales de pacientes, en abortos, esterilizaciones, suicidio asistido, consejos inmorales para superar tensiones sexuales, etc.
Para terminar, nos recordemos de la bella formulación del juramento hipocrático que insiste sobre el valor de la santidad y pureza que el médico debe practicar:
“Pure and in holiness I will conduct my life and my art”: “Ἁγνῶς δὲ καὶ ὁσίως διατηρήσω βίον τὸν ἐμὸν καὶ τέχνην τὴν ἐμήν.”
Hippócrates menciona otro bien último a lo cual el médico debe servir, un bien incluso más transcendente que el bien verdadero para la persona humana: “La relación especial entre el médico y el bien absoluto (Dios)”.
Es relativamente fácil comprender que todos los actos específicamente religiosos, por ejemplo, oraciones de adoración, de acción de gracias, de petición espiritual, de intercesión, de arrepentimiento, tienen a Dios como su destinatario último o persona-objeto. Pero el primer mandamiento del amor a Dios exige al mismo tiempo que cualquiera que sea lo que hagamos, afirmemos o amemos,  lo hagamos también por Dios mismo, para agradarle y glorificarle.

    La dirección de nuestra vida moral a Dios no es sólo un mandamiento específico cristiano o judío, sino que puede encontrarse claramente en Platón, Epicteto y, particularmente, en algunos pasajes de la Ética a Nicómaco y de la Ética a Eudemo de Aristóteles en los que dice que el fin supremo de todos los actos humanos es la glorificación y la adoración de Dios. Y es este fin transcendente que en la frase citada encontramos también en el juramento hipocrático. Ahora bien, aunque esta llamada a hacer las cosas también por amor a Dios se dirige en sí misma a cada uno de nosotros, esto es especialmente verdad en el caso del médico. Él no está llamado solamente a adorar y a venerar a Dios simplemente como cada cual, sino que se enfrenta, en decisiones especiales de vida o muerte, con la relevancia plenamente moral de lo que no puede ser comprendido y con la totalidad de problemas éticos engendrados por aquello que no puede ser resuelto si no es con referencia a Dios. Aunque hay muchos bienes moralmente relevantes tales como la dignidad humana, la libertad, la liberación de dolor, la integridad sexual, etc., que pueden entenderse en alguna medida sin referencia a Dios, el ateo que, por ejemplo, rechaza la tortura o el abuso infantil sexual e incluso usa su conocimiento de estos males como argumentos contra la existencia de Dios22, hay otras obligaciones morales del médico que no pueden ser comprendidas sin ver al hombre a la luz de Dios. También un ateo puede ver y ve la dignidad de la persona humana cuando rechaza a Dios (como Iván Karamazov), un ser personal omnipotente e infinitamente bueno, porque Dios no puede permitir los sufrimientos injustos de personas inocentes o de niños torturados que muchos ateos juzgan no sólo como males intrínsecos, sino como males de tal magnitud metafísica que son incompatibles con la existencia de Dios. Hay otros imperativos morales, sin embargo, que son, no obstante, imposible de reconocer sin referencia a Dios, porque procede directamente de Él o de relaciones especiales entre Dios y bienes finitos. Podemos referirnos aquí a decisiones tales como el rechazo a asistir a la persona que está decidida a cometer suicidio o el rechazo a administrar drogas mortales a pacientes  que imploran al médico terminar con sus vidas. Además la absoluta injusticia de actos de suicidio o eutanasia, también el mal de la contracepción, solamente pueden ser reconocidos claramente si reconocemos a Dios como el Señor sobre la vida y la muerte y sobre los orígenes de la vida humana. Sobre y más allá de la existencia de Dios, también la falta absoluta de los derechos metafísicos del hombre de disponer directamente de su vida y su muerte tiene que ser comprendida para captar el mal intrínseco del suicidio o de la asistencia a éste. Este conocimiento requiere tanto el reconocimiento de que somos contingentes y no hemos creado la vida y el conocimiento de que, aunque podamos matar a una vaca (que no hemos creado tampoco), la peculiar dignidad inherente de las personas hace que éstas pertenezcan, en un modo metafísicamente profundo a Dios y que no tenemos derecho alguno a disponer sobre la vida o la muerte. Pero esto, a su vez, presupone la existencia de Dios y difícilmente puede ser reconocido por el ateo. La existencia de Dios no es sólo un objeto de fe, sino que también puede ser conocido por nuestra razón23


4. Reflexión final

En todos los actos mencionados, el valor de los bienes finitos en cuestión (la vida humana, etc.) no pueden justificar por sí solos suficientemente los imperativos morales específicos que aquí se plantean. Éstos no proceden exclusivamente de la naturaleza objetiva del bien que es el objetivo de nuestro acto, sino también de la esencia de los agentes, de nuestra naturaleza contingente y limitada. El hecho de que no somos Dios, de que no somos el Creador de la vida, y, por tanto, carezcamos del dominio sobre la vida y la muerte de las personas, en otras palabras de que nuestra situación metafísica y nuestros límites metafísicos24, imponen especiales llamadas en nosotros (no debemos nunca quitar la vida a un inocente, no olvidar que hemos de cooperar con Dios en la procreación y que no estamos autorizados a interferir con nuestra cooperación humana con la creación divina o a „hacer“ niños in vitro, etc. Todas estas acciones específicas que pertenecen a la ética médica requieren no solamente una captación humanista de la dignidad de las personas humanas, sino una comprensión de la perfección infinita de Dios.25
El famoso Teofrasto Paracelso, uno de los físicos y profesores más distinguidos de medicina (en Basilea), que nació en Einsiedeln, (Suiza) y murió en Salzburgo (Austria) lo expresó muy claramente  cuando uso la bella, aunque parcialmente exagerada, formulación, que puede ser considerada como un eco y una interpretación de las palabras del juramento hipocrático “Pure and in holiness I will conduct my life and my art”: “Ἁγνῶς δὲ καὶ ὁσίως διατηρήσω βίον τὸν ἐμὸν καὶ τέχνην τὴν ἐμήν.” Paracelsus expresa un pensamiento semejante cuando escribe:
„Sólo el médico puede... celebrar a Dios en todas las categorías y jerarquías en las cuales se le debe alabar. Por consiguiente tiene que ser instruido mejor que ningún otro. Y nadie puede comprender al hombre con mayor profundidad y exactitud, en todas sus partes, y en la completa grandeza que Dios ha concedido a éste que el médico... Y digo que nadie que ignore estas cosas debería vanagloriarse con el nombre de medicina. Por tanto, el médico debe examinar la mayor atención posible a quien tiene en sus manos. Y debe ver que la suprema y más noble de todas las cosas le ha sido puesta en su poder.26
La elucidación de los valores de la medicina debe haber mostrado claramente que una persona es realmente un médico en lugar que un criminal sólo si sirve a los bienes a los cuales la medicina está orientada. Esto es obvio cuando se enfrenta con la decisión de curar o infligir tortura, de asesinar o salvar la vida. Pero la dimensión filosófica decisiva y orientada al valor de la medicina penetra también todos los otros bienes y objetivos finales de la medicina. A todos estos el médico debe servir y hacerlo en el orden correcto. De otro modo, es un „sofista médico“ que sólo parece promover el bienestar del paciente y no sirve al verdadero bienestar de la persona humana misma que es la realidad integral del paciente.

5. Notas y bibliografía

i Véanse Phaidros 270c; No se debe confundir el asclepiade Hipócrates con el más joven Hipócrates en el dialogo Protagoras.
ii Coi “The apnea test – a bedside lethal ‘disaster’ to avoid a legal ‘disaster’ in the operating room,” in: Roberto de Mattei (Ed.), Finis Vitae: Is “brain death” still Life? Consiglio Nazionale delle Ricerche, (Soveria Mannelli: Rubettino, 2006, 2007).

Aristóteles, Ética a Nicómaco, III, 1112 b 12 ss.
2 Véase Santo Tomás de Aquino, In Decem Libros Ethicorum Aristotelis ad Nichomachum Expositio, en: Opera Omnia (ut sunt in indice thomistico additis 61 scriptis ex aliis medii aevi auctoribus), 7 vols, ed. Roberto Busa S. J. (Stuttgart-Bad Cannstatt, 1980), L. III., I, viii, 474:
Est autem considerandum quod in operabilibus finis est sicut principium; quia ex fine dependet necessitas operabilium.. Et ideo oportet finem supponere...quia scilicet medicus non consiliatur an debeat sanare infirmum, sed hoc supponit quasi finem...Et sic nullus aliorum operantium consiliatur de fine.

3  Sobre esto véase, G. Payen, S.J., Deontología médica según el derecho natural, Rambla, Barcelona, 1944.
4 Los comentarios que siguen fueron inspirados por Luc Dauvin (un estudiante) durante un curso que enseñe en la primavera de 1997.
5Yo mismo pude ver  y escuchar en la televisión a una madre judía de uno de estos bebés que contaba la historia horrorosa del notorio y oprobioso Dr. Mengele que realizó este horripilante experimento en su bebé. Éste consistía en prohibir a la madre dar el pecho al bebé o alimentarle de cualquier otro modo, dejándole morir de hambre ante los ojos de su madre a la cual solamente le estaba permitido tranquilizar al bebé lo más que pudiera. Dicha madre describía cómo experimentó a este elegante y educado médico nazi que ordenó esta acción como un verdadero diablo.
6 Cf. Wanda Póìtawska, Und ich fürchte meine Träume, 2. Auflage, Maria aktuell, Avensberg, 1994.
7 Cf. Josef Seifert, What is Life? The Originality, Irreducibility, and Value of Life (Value Inquire Book Series 51) (New York/Amsterdam/Atlanta, GA: Rodopi/Value Inquiry Book Series, 1997).
8 Este horrible método de aborto en el que la cabeza del bebé es aplastada durante su nacimiento fue sancionado por el presidente Clinton en 1996 contra la arrolladora mayoría del congreso americano. Clinton anuló, mediante su capacidad presidencial de veto, el voto del congreso en esta cuestión.
9 Hay importantes excepciones a esta regla como la de los Dres. John y Lynn Billings y otros muchos que practican esta rama de la medicina con gran responsabilidad.
10 Una bella e impresionante excepción es San Salvador que el cinco de febrero de mil novecientos noventa y nueve aprobó una enmienda según la cual el primer artículo de la constitución dice ahora así: „Asimismo se reconoce como persona humana a todo ser humano desde el momento de su concepción“
11 Como en la fecundación in vitro (FIV) en la cual óvulos humanos fertilizados  (por tanto, vidas humanas) „no usados son destruidos.
12 En técnicas reproductivas modernas como la FIV encontramos no sólo una „producción“ de vida humana indigna de ésta, sino que estos métodos, por medios de los cuales el periodo de fertilidad es ampliado y la concepción es hecha posible en casos en los que antes era imposible, por ejemplo, a través de la mencionada FIV, conducen a la destrucción de otras vidas. Por ejemplo, mediante la destrucción en el proceso de la fertilización in vitro de muchos embriones humanos con el fin de alcanzar una única fertilización y destruyendo los óvulos humanos „excedentes“, „inservibles“ o no usados“. Piénsese, por ejemplo, en las leyes británicas con respecto al tiempo en el que los óvulos humanos fertilizados puede ser crio-conservados. Recuérdese también orden dada por el primer ministro Major en 1996 de destruir miles de óvulos fertilizados.
13 Cf. mi artículo „Absolute Moral Obligations towards Finite Goods as Foundation of Intrinsically Right and Wrong Actions.  A Critique of Consequentialist Teleological Ethics: Destruction of Ethics through Moral Theology?“, Anthropos 1 (1985), pp. 57-94.
14 Piense en nombres tales como Richard Mervyn Hare, Joseph Fletcher (el último) Karl Rahner, Bernhard Schüller, Franz Boeckle, Charles Curran, Josef Fuchs, Bernhard Häring, Franz Scholz y muchos otros.
15 La ética consecuencialista que penetró en un elevado número de libros y artículos de teólogos morales cristianos ha sido criticada entre otros por el primer Karl Rahner, por Dietrich von Hildebrand, Karol Wojtyìa, Tadeusz Styczeî, Andrzej Szostek, John Finnis, Germain Grisez, William May, Andreas Laun, Martin Rhonheimer, Robert Spaemann, John Crosby, Elizabeth Anscombe, Julian Nida-Rümelin, Rocco Buttiglione, por mí mismo y por muchos otros. Esta posición ha sido tambén criticada agudamente en las encíclicas Veritatis Splendor y Evangelium Vitae. Cf., por ejemplo, Andreas Laun, „Das Gewissen - sein Gesetz und seine Freiheit.  Anmerkungen zur heutigen Diskussion“, en:  Andreas Laun, Aktuelle Probleme der Moraltheologie (Wien: Herder & Co., 1991);
16 Sobre esto cf.  Robert Spaemann, „Über die Unmöglichkeit einer rein teleologischen Begründung der Ethik“, en Philosophisches Jahrbuch, 88. Jg. I. Halbband (1981), págs. 70-89; „Autonome Ethik und Ethik mit einem christlichen 'Proprium' als methodologisches Problem“, en Ethik im Kontext des Glaubens.  Probleme - Grundsätze - Methoden, hrsg. von D. Mieth und F. Compagnoni, Freiburg/B. und Freiburg/Schweiz 1978, págs. 75-100; Julian Nida-Rümelin, Kritik des Konsequenzialismus (München:, 1993); Stephen Schwarz, The Moral Question of Abortion (Chicago: Loyola University Press, 1990).
17 Cf. Robert Spaemann, Personen. Versuche über den Unterschied zwischen ‘etwas’ und ‘jemand’ (Klett-Cotta, 1996).
18 Robert Spaemann, Personen. Versuche über den Unterschied zwischen ‘etwas’ und ‘jemand’ (Klett-Cotta, 1996).
19 Sobre ésto véase Josef Seifert, „What is Human Health? Towards Understanding its Personalistic Dimensions,“ que será publicado en Patricia Donohue-White, Kateryna Fedoryka, Paulina Taboada (Ed.), Towards a Personalistic Conception of Health,  en  Philosophy and Medicine Book Series, 1996. También Josef Seifert, „Morality and Mental Health,” en James DuBois (Ed.), Moral Issues in Psychology (Lanham/New York/London: University Press of America, 1996).
20 „La salud es un estado de completo bienestar físco, mental y social y no simplemente la ausencia de dolor o enfermedad“ (del preámbulo de la Constitution of the World Health Organization, adoptada por la International Health Conference en e1946 en Nueva York).
21 Cf. Josef Seifert, „Meaning and Morality as Conditions of Mental Health: A Contribution towards a Theory of Counselling as a Specifically Personalistic Method of Providing Medical and Psychological Help to Persons,“ to be published in 1997.
22 El silogismo sería el siguiente: a) una persona buena hace todo lo que está en su mano por evitar el mal; b) una persona omnipotente tiene que el poder de hacer lo que quiera es incompatible con c) la existencia del mal. Sobre esto cf.  Josef Seifert, Gott als Gottesbeweis. Eine phänomenologische Neubegründung des ontologischen Arguments (Heidelberg: Universitätsverlag C. Winter, 1996); Veáse también mi  „Zur Herkunft des Glaubens. Gründe und Hintergründe. Refexionen über das Problem einer Theodizee angesichts der Leiden und Uebel in der Welt“ in Glaube im Unglauben der Zeit (Augsburg: Dialogsekretariat, 1983).
23 Esto fue declarado dogma por el Concilio Vaticano I de la Iglesia católica siguiendo la Carta de San Pablo a los Romanos que afirma que los paganos son imperdonables por su adoración de dioeses falsos y animales porque   los atributos invisibles y la gloria de Dios pueden conocerse por el hombre  desde la creación del mundo. Hay muchas pruebas clásicas de la existencia de Dios que no solamente pueden seguir defendiéndose hoy días, sino perfeccionadas e interpretadas en un modo más personalista. Por ejemplo, Anselmo de Canterbury en el siglo XI y Tomás de Aquino en el siglo XIII elaboraron tales argumentos. Yo mismo he intentado repensar y defender tales argumentos en Josef Seifert, Essere e persona.  Verso una fondazione fenomenologica di una metafisica classica e personalistica. (Milano: Vita e Pensiero, 1989), cap. 10-15 y en Gott als Gottesbeweis. Eine phänomenologische Neubegründung des ontologischen Arguments (Heidelberg: Universitätsverlag C. Winter, 1996)
24 Esta fuente de obligaciones morales está relacionada y analizada en profundida por Dietrich von Hildebrand en su  Moralia. Nachgelassenes Werk. Gesammelte Werke Band V. Regensburg: Josef Habbel. 1980.
25 Sobre esto cf.  Gott als Gottesbeweis. Eine phänomenologische Neubegründung des ontologischen Arguments (Heidelberg: Universitätsverlag C. Winter, 1996).
26  Paracelso (Theophrastus Bombastus von Hohenheim), „Opus Paramirum.“ Cf Paracelsus, Obras Completas, Libro IV, „Opus Paramirum“, ed. Kier, trad. Estansilao Lluesma-Uranga, Buenos Aires 1945.

 

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Seifert, Josef Maria, JURAMENTO HIPOCRÁTICO Y OBLIGACIONES MORALES ABSOLUTAS, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL:http://www.enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/300-juramento-hipocratico-y-obligaciones-morales-absolutas

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