PEDOFILIA

Autor: José Juan García

 

ÍNDICE

1. Introducción
2. Definiciones
3. El Fenómeno
3.1. La pedofilia en el mundo
4. Dimensiones Sico-Sociales
4. 1. ¿Y el Narcisismo?
5. Dimensiones Éticas
6. Conclusión

 

  1. Introducción

El abuso sexual a personas menores es una triste realidad. Ha existido desde siempre, aunque según las diferentes épocas históricas, ha asumido significados diversos. El crecimiento de la actividad delictiva en torno a menores, sobre todo cuando tienen a éstos como objetivo y no como autores, es un síntoma del malestar ético de nuestra cultura. Nos preocupa y desafía, y quisiéramos ver desaparecer este fenómeno del horizonte de nuestro tiempo. Ello convocará lo mejor de nuestras energías educativas, prevenciones y estrategias. Convoca también a la ciencia bioética, pues concentra saberes en torno a este hecho que amenaza la calidad de vida infantil y todo su futuro.

No por obra del azar hay más de quinientas asociaciones y organizaciones en el mundo de carácter pedófilo. Para más, la Asociación Psichiátrica Americana y algunas ramas de la europea –especialmente la que responde al inglés Richard Green- sostienen que la pedofilia deba ser cancelada del elenco de las disfunciones mentales y que los mismos argumentos que han justificado la cancelación del DSM-IV de la homosexualidad, valdrían también para la pedofilia.

Juan Miguel Petit, relator especial de la ONU, en su informe de febrero de 2002, ante la Comisión de Derechos Humanos, expresó: “Tras el descubrimiento del HIV, la demanda de niños cada vez más jóvenes para la prostitución no ha dejado de crecer. Sus agresores ya no son sólo pederastas sino también personas que consideran que las relaciones sexuales con los más jóvenes comportan un riesgo menor. Suponen que las personas más jóvenes tienen menos probabilidades de haber contraído el virus al haber tenido menos relaciones sexuales y según algunos informes, en determinadas culturas persisten los mitos de que las relaciones sexuales con una persona virgen o con un niño curan la infección por el HIV/SIDA en la persona mayor”.

Ante tamaño desafío, que brotan de la fragilidad y la corrupción ética, de la maldad y la ignorancia, la clase médica, política y dirigentes sociales y religiosos, no puede quedar pasiva. Por ello es que abordamos en este trabajo la cuestión de la pedofilia. Articulamos la tarea en tres momentos. El primero, parte de las varias definiciones existentes. El segundo, el fenómeno actual, hasta configurar cuasi una ideología y finalmente, la dimensión ética del problema, con algunas pautas y orientaciones seguras.

  1. Definiciones

El término pedofilia proviene de las palabras griegas pàis y philia y significa literalmente “amor por los niños”. En 1986 el Consejo de Europa ha propuesto la definición de los abusos: “Los actos y las carencias que turban gravemente el niño, atentan a su integridad corporal, a su desarrollo físico, intelectual y moral, cuyas manifestaciones son el descuido y/o las lesiones de orden físico y / o psíquico y /o sexual de parte de un familiar o de otros que tienen a su cuidado el niño”.

Señalamos ahora algunas definiciones tomadas de la literatura de los últimos años al respecto.

  1. Kempe dedicó muchos esfuerzos al estudio del tema. Propuso esta definición: abuso sexual es el envolver a niños y adolescentes, sujetos inmaduros y dependientes, en actividades sexuales que ellos no entienden todavía completamente, y en las que aún no pueden consentir con total conciencia o que son de tal modo que violan tabúes vigentes en la sociedad acerca de los roles familiares1.

“Cualquier acto sexual que incluya la exhibición de los genitales sin contacto físico, caricias y besos a los genitales o penetración” (Ogato et altri, 1990).

Besten (1991) para definir el abuso sexual retiene que se deben verificar los siguientes factores: a) el abuso sexual es siempre una forma de violencia física y/o psicológica en modo tal de no dejar expresar el consentimiento o el rechazo; b) el abusador proviene normalmente de un ambiente familiar; c) el abuso disminuye el desarrollo equilibrado del niño; d) el abuso suele arrastrarse por años y no es un caso aislado e) delimitar con precisión los confines existentes entre un gesto natural y un abuso es de difícil gestión para un extraño. Son los niños quienes advierten en primer término el momento en el que tiene inicio la explotación de sus cuerpos; f) el abuso explota la sinérgica combinación entre poder autoritario del adulto y dependencia de los niños.

Steinhage (1992) en una definición clara dice que “emerge siempre una situación de abuso sexual toda vez que un adulto se acerca intencionalmente a un niño con el propósito de excitarse o apagarse sexualmente”.

Finalmente, la definición de Welch y Faiburn (1994) de abuso sexual: “Cualquier experiencia sexual con compromiso del contacto físico, hecho contra la voluntad, y que comprendiese el ser tocado o ser obligado a tocar al abusador en cualquier modo de tipo sexual, comprendido el sexo oral y la relación sexual completa forzada (estupro)”.

Con estas definiciones tenemos ya un panorama completo de lo que se entiende por abuso sexual de menores.

“La cuestión de si la seducción y la amenaza, la creación de temor y de esperanza, son equivalentes a la violencia coactiva se plantea en la filosofía cuando se pregunta si las acciones que se realizan bajo tales influencias son libres o no”2. El insigne filósofo dirá luego: “hay que hablar de violencia, de coacción, cuando la intervención en un actor quiebra su unidad consigo mismo, la unidad de su voluntad”3.

La pedofilia es siempre, al menos al principio, aunque latente siempre, una violencia injusta, una distorsión del querer, un abuso desde la superioridad al menos de edad.

Veamos otro aspecto: ¿es la pedofilia una realidad menor, una realidad que apenas afectaría a pocos? ¿Hay marcos teóricas que justifiquen de algún modo la pedofilia? ¿Se trata de una patología de las pulsiones o instinto o de una desviación psicosocial? ¿Hay relación entre la personalidad narcisista y el pedófilo? No pensemos que las preguntas son vanas ni las dicta la fantasía. Estudiemos lo que pasa, que al decir del filósofo Julián Marías, es siempre algo que nos pasa.

  1. El Fenómeno

3.1. La pedofilia en el mundo

Con la aparición de Internet, paulatinamente el comportamiento pedófilo ha asumido el triste rostro de un fenómeno de masa, constituida por redes y comunidades variadas y distantes entre sí, pero ligadas por un interés común de explotación.

La pobreza, la indigencia o la miseria no pueden ser esgrimidas como excusa para la explotación sexual comercial de los niños, aunque de hecho la marginalidad, la exclusión y la pobreza son factores que contribuyen a ello. También son factores la desintegración familiar, la poca o mala educación, la conducta sexual masculina irresponsable, las prácticas tradicionales nocivas y el tráfico de niños.

Estos factores exacerban la vulnerabilidad de niños y niñas frente a los delincuentes que buscan usarlos con fines de explotación sexual comercial.

“Existen 552 organizaciones y asociaciones de ´reivindicación´ del derecho de los pedófilos (entre los cuales 12 son italianos) desde 1995 al 2003; han aumentado vertiginosamente en un 200%; 5680 sujetos que cotidianamente escriben en los Forum y BBS especializados para elaborar una estrategia planetaria de aceptación de los pedófilos y del consenso del niño”4.

Aunque sea difícil de creer, existen 3 asociaciones religiosas que intentan “reelaborar una teología del pedófilo”; 5 asociaciones de mujeres pedófilas “para manifestar universalmente el amor a las niñas sin vergüenza y con delicadeza”; 10 Agencias virtuales de “consultas y sostén jurídico y psicológico a los pedófilos”; 1 radio on line para la pedofilia libre; 3 bases de datos on line de estudios e investigaciones “para la aceptación de la condición de los pedófilos y de su orientación sexual”; 5 sitios cartoons de producción y divulgación; 2 revistas pedófilas internacionales; 5 libros escritos apologéticos de la pedofilia; 2 sitios especializados para la producción de remeras, gadget, banner, pro causa pedófila; 1 agencia periodística pedófila; 3 celebraciones anuales por el orgullo pedófilo y la jornada del boylove day; 5 portales ´madre´ de recepción de nuevos adeptos; 62 siglas de individuación; 5 Chat y Webring.

¿Qué significa todo esto? Sorprende a primera vista. Sin lugar a dudas constituye un desafío para toda la humanidad. No podemos dejar las cosas así, que sucedan por fuerza del pecado. Los números revelan una estructura semejante a una cuasi cultura o ideología. No sabemos con precisión el ligamen entre la explotación sexual de los niños y la pedopornografía, y la tecnología al servicio de esta cuasi ideología, pero seguramente quien profundice este vínculo pérfido, tendrá mucho que investigar.

¿En qué ambientes se da la pedofilia? En un 97 % de los casos, provienen de las familias. En un 2% de los ámbitos escolares. El resto de lugares varios e incluso de lugares religiosos y deportivos. La inmensa mayoría abusada pertenece al sexo femenino (casi un 80%).

Se trata de abusos que a veces se configuran como episodios temporáneos, pero en muchos casos el abuso se desarrolla por largos años, sin que los niños tengan la capacidad del “salir del silencio” y relatar lo que sin culpa sufren. El temor al castigo, a quedarse sin alimentos o casa o protección, los intima y permanecen largo tiempo en este cruel sufrimiento5. Son raros los casos en los que la revelación del abuso es contada a los profesionales de la salud en el primer coloquio: en la mayoría de los casos se da a distancia de tiempo, incluso cuando pasan meses de diálogo y confianza creciente6.

Pensar que las relaciones sexuales con un niño reduce los riesgos de contagio del SIDA u otras enfermedades venéreas, es no saber que precisamente la fragilidad fisiológica de un niño en pleno desarrollo los hace especialmente vulnerables a enfermedades de transmisión sexual.

Otro mito es creer que un niño “rejuvenece” al adulto, llegando incluso al extremo de asignarle al sexo con niños propiedades curativas de la virilidad dañada: una suerte de reafirmación de la masculinidad. Una doctora en Historia que trabajaba en Burundi para un organismo internacional, nos contaba detalles escalofriantes de este mito presente aún hoy en África.

Otra razón de la demanda pedófila es de índole económica. Un país en crisis, en situación emergente, intenta generar mucho turismo, y de modo colateral, expone también las torpes formas de turismo sexual de menores.

Por todos es sabido que hay cuatro formas de expresión y concreción del mercado del sexo con niños, y por ello no trataremos este punto en detalle. Esas cuatro formas son: la prostitución infantil, la pornografía infantil, el tráfico de niños y el turismo sexual pedófilo.

Es tarea del Derecho fijar el límite de edad de la niñez. Sobre el particular hay consenso internacional que dice que la niñez llega hasta los dieciocho años de edad. Así lo expresa el art. 1º de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, asumida por varias Constituciones. También en la Constitución Nacional Argentina.

Según un informe de la UNICEF de julio de 2006, alrededor de un millón de niños y adolescentes en el mundo son absorbidos todos los años por el comercio sexual, víctimas inocentes sometidos a un riesgo que amenaza sus vidas7. No está de más recordar que en agosto de 2003, la Argentina aprobó el Protocolo Relativo a la Venta de Niños, la Prostitución Infantil y la Utilización de Niños en la Pornografía, documento que complementa la Convención de los Derechos del Niño y donde se señala claramente que todo Estado parte deberá castigar ese delito con penalidades adecuadas a su gravedad. De reciente creación también en el Ministerio del Interior de la Argentina, la Brigada Niños y Niñas, constituidos por asistentes sociales y psicólogos, además de un grupo de policías federales, cuya misión es recorrer las calles de la ciudad de Buenos Aires (Plaza Once, Plaza Constitución, calles del Bajo Flores) para combatir la prostitución infantil, mediante la disuasión del eventual cliente y de la orientación de la víctima. El acento está puesto en el cliente, o sea, en la persona que esta apunto de cometer el delito o al que lo cometió y se le labra un acta por violar una contravención, lo que representa una entrada policial. Después se informa al Departamento de Delito de la Policía del Menor, que depende de la Policía Federal. Desconocemos las cifras precisas de abusos, pero todo indica un progresivo crecimiento de este mal.

  1. Dimensiones Sico-Sociales

La Sagrada Escritura nos muestra una evolución que va del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento. En la historia de Israel, los niños eran amados y educados por sus padres, pero tratados con cierta lejanía y una autoridad paterna muy marcada. El ideal era llegar a ser adulto, trabajador, y se esperaba del niño que lo llegase a ser.

En una visión de síntesis, la Sagrada Escritura ofrece tres puntos de vista sobre la infancia8. La mirada desde los adultos, desde los padres y desde el punto de vista mesiánico.

Desde los adultos: en una organización netamente masculina, el niño poco cuenta pues no puede asumir responsabilidad. Cuando el rey David ordena hacer el censo, no se interesa por los niños. Le interesa saber el número de “los hombres de armas, que manejan la espada” (2 Sam 24, 9).El libro de los Números adopta la misma actitud. (Nm 1, 17-45). El libro del Éxodo precisa que no son contados los niños (Ex 12, 37). Incluso cuando en los Hechos de los Apóstoles hablan del creciente número de los cristianos (Hc 4,4) mencionan a hombres y mujeres pero no a los niños.

Diversa es la mirada desde los padres: el niño es intensamente amado por los padres; es una bendición, un don de Dios (Gn 4, 1; 29, 31). Cuando un niño cae enfermo, sus padres se desviven por su salud (cfr. 2 Sam 12, 15ss). En las épocas de los reyes, el profeta Elías devuelve a la vida el niño de una viuda (1 Re 17, 17ss.). La ternura del padre por su hijo viene usada comúnmente como punto de parangón para expresar la ternura de Dios por su pueblo (Is 49, 15; Jer 31,9).

Desde la mirada que ofrece el punto de vista mesiánico: para poner fin a la opresión que ejercen los poderosos de este mundo, Dios se servirá de un niño. Mateo muestra en su evangelio que se cumple el oráculo del profeta Isaías, que anuncia el nacimiento del Emmanuel (Mt 1, 23= Is, 7, 14), y muestra que el pequeño niño nacido de la Virgen María posee la soberanía, dado que algunos magos venidos de oriente se postran delante de él y le ofrecen su tesoro (Mt 2, 1.11).

La predilección de Dios por sus hijos los niños, llegará a ser fuerte en la predicación de Jesús, a tal punto que es necesario “ser como niños” para entrar en el Reino de los Cielos (Mt 18, 2-4). Dios es el escudo defensor de los niños violados y ofendidos: “Guardaos de hacer caer en el mal a uno sólo de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran una soga en el cuello y lo arrojasen en el mar” (Mt 18, 6).

Hay que decir que el abuso sexual de niños no es una mal sólo de nuestro tiempo. Sólo recientemente ha sido adecuadamente identificado, diagnosticado y considerado un mal moral que ha de ser punido jurídicamente.

La mitología griega nos deja amplia documentación sobre el abuso sexual a niños. Zeus era insaciable en sus apetitos sexuales, satisfaciendo sus deseos eróticos con su sobrina Talia, o su hermana Demetria y otras jóvenes. Hay también relación incestuosa de Edipo con la madre y de Fedra con el hijo de Teseo.

En la cultura griega existía el infanticidio y los niños no eran sujetos de derechos. No habría que extrañarse si los niños eran abusado sexualmente para la gratificación de los adultos.

Para la misma época, el incesto era ampliamente practicado en Persia, donde venía visto como algo deseable y conveniente desde el punto de vista educativo.

Los romanos oficialmente prohibían el incesto sobre la base que habrían restringido los contactos sociales de la familia. Pero los poderosos y nobles podían permitirse ignorar ciertas leyes. El emperador Justiniano tuvo que tomar drástica posición respecto a los homosexuales pedófilos, a través de la castración y la exhibición pública del delincuente.

  1. 1. ¿Y el Narcisismo?

“La civilización del bien-estar consumista ha sido el gran sepulturero histórico de la ideología gloriosa del deber. A lo largo de la segunda mitad del siglo, la lógica del consumo de masas ha disuelto el universo de las homilías moralizantes, ha erradicado los imperativos rigoristas y engendrado una cultura en la que la felicidad se impone al mandamiento moral, los placeres a la prohibición, la seducción a la obligación”9. La ética permisiva y hedonista, al vaciarse de contenido, pierde de horizonte al sujeto personal, considerándolo mediocosa y nunca fin o valor en sí. Todo se rinde ante el deseo sin límites, y a veces la misma medicina le tributa culto10.

De acuerdo a estos trazos sobre ciertos aspectos narcisistas de nuestra sociedad occidental, coincidimos con el filósofo cuando expresa que “el estado de la naturaleza de Hobbes reencuentra de este modo al final de la Historia: la burocracia, la proliferación de las imágenes, las ideologías terapéuticas, el culto al consumo, las transformaciones de la familia, la educación permisiva, han engendrado una estructura de la personalidad, el narcisismo… Si (ello) representa un nuevo estadio del individualismo, hay que plantear que se acompaña de una relación inédita con el cuerpo, el tiempo, el afecto, etc”11. En el narcisista la búsqueda del placer queda pervertida12, pues intenta gratificarse no en lineales y sanas relaciones interpersonales sino en la conflictiva elección de objetos de placer que minan su identidad, lo centran en sí mismo y lo desintegran. La soledad narcisista es pérdida de la capacidad personal de relacionarse con el otro13, rechazando al partner adulto que es exigente de reciprocidad. El repliegue en el ámbito privado le ofrece más que el público, que es inseguro, amenazante y ajeno. La realidad es aceptada si ayuda a engrandecer su imagen. Le atrae la belleza y el amor imaginario y piensa explotar esa situación14. El derecho de los demás casi no existe.

En este cuadro de situaciones, la mirada del narcisista o su tensión de satisfacción sexual hacia el otro, encuentra una materia predispuesta para la provocación o actitud pedófila. El menor es débil y frágil, de ambiente casi familiar, cercano, no exige. Allí está la presa disponible donde el trastorno encuentra en no pocos casos, su objeto de gozo malsano. La cultura narcisista se convierte sin saberlo, en un plano inclinado hacia las perversiones y entre ellas la pedofilia. No hay identidad entre lo uno y lo otro, pero sí hay disposición y cercanía de fragmentos.

  1. Dimensiones Éticas

Es una mentira en términos absolutos el afirmar que así como para el amor no hay edad, para el sexo tampoco. En realidad, para el ejercicio maduro, estable y responsable de la sexualidad humana, don de Dios, sí hay edad. Y esto no se dice precisamente desde la infancia o la adolescencia.

Todo pedófilo es un individuo que somete a otro, con engaño y violencia. Ha de ser tratado sicológicamente de su mal, y mientras tanto no queda más remedio que su encarcelación para poner en resguardo a la sociedad.

Hacia fines del siglo XIX (1880), comienza un movimiento en EE. UU con el fin de proteger el niño de la crueldad de los adultos y también de los padres. La primera legislación data de inicios del siglo XX. En 1962 un grupo de pediatras descubre el “battered child sindrome”, o sea, el síndrome del niño maltratado. Evidentemente había serias sospechas de los pediatras que ciertas huellas violentas en los niños no eran fruto del azar sino de ultrajes. Desde los años ´70 tomó incremento la cuestión y algunos grupos feministas, dado que las víctimas preferentemente eran niñas, ayudaron a focalizar e internacionalizar el problema. Hoy, la mayoría de las legislaciones mundiales combaten este delito y penalizan proporcionadamente el abuso. Es más, ha crecido favorablemente una “sensibilidad” en torno al cuidado de la infancia, que puede constituir un signo de los tiempos. Hay sintonía con los valores evangélicos, sin duda. Ni siquiera el trabajo infantil es hoy tolerado, como un siglo atrás se lo estimaba. La conciencia de que la niñez es territorio de la familia, del juego y de la escuela, conoce un incremento benéfico en gran parte –la mayoría- de la sociedad.

El tema se vuelve particularmente doloroso cuando compromete a religiosos y sacerdotes. El fenómeno se ha manifestado en torno a los años ´80, cuando el “Nacional Catholic Reporter” hizo público la noticia de un sacerdote pedófilo, el padre Gilbert Gauthe, de la diócesis de Lafayette, Louisiana. La diócesis tuvo que pagar por el resarcimiento de daños a las víctimas por un total de más de 10 millones de dólares15. Años más tarde, en el 2002, se verificó el hecho escabroso de sacerdotes y religiosos americanos envueltos en el escándalo de la pedofilia. Pronta fue la respuesta de la Iglesia. Los Obispos americanos dieron referencia de los hechos a la Santa Sede de cuanto había sucedido. De gran importancia es el discurso de Juan Pablo II a los participantes de la reunión interdicasterial con los Cardenales de los EE. UU., en el que manifiesta profundo dolor al saber que sacerdotes y religiosos, cuya vocación es la de ayudar a vivir a las personas una vida santa, han sido fuente de sufrimiento y escándalo para los jóvenes. “El abuso que ha causado esta crisis es un error según todo criterio y es justamente considerado un crimen para la sociedad; es también un pecado horrendo a los ojos de Dios. A las víctimas y a sus familias, donde sea se encuentren, expreso mi profundo sentido de solidariedad y preocupación”16.

El mismo Pontífice, durante la XVII Jornada Mundial de la Juventud de Toronto, les decía: “El daño hecho por algunos sacerdotes y religiosos a personas jóvenes o frágiles, llena a todos nosotros de un profundo sentido de tristeza y de vergüenza. Pero piensen en la gran mayoría de sacerdotes y religiosos generosamente comprometidos, cuyo único deseo es el servir y hacer el bien”17. Más adelante el Papa con voz firme asegura: “La gente debe saber que en el sacerdocio y en la vida religiosa no hay lugar para quien podría hacer el mal a los jóvenes”18.

También el Papa Benedicto XVI en un discurso a los obispos irlandeses decía a propósito: “En el ejercicio de vuestro ministerio pastoral, en los último años, han debido responder a muchos casos dolorosos de abusos sexuales a menores. Estos son todavía más trágicos cuando los realiza un eclesiástico. Las heridas causadas por estos hechos son profundas, y es urgente la tarea de recomponer la confianza y la fe cuando éstas han sido lesionadas. En vuestros esfuerzos continuos de afrontar en modo eficaz este problema, es importante establecer la verdad de lo que ha sucedido en el pasado, tomar todas las medidas en vistas a evitar que se repita en un futuro, asegurar que los principios de la justicia sean plenamente respetados y, sobre todo sanar las víctimas y todos aquellos que son golpeados por estos crímenes anormales. El óptimo trabajo y el generoso esfuerzo de la gran mayoría de los sacerdotes y de los religiosos en Irlanda no deben ser oscurecidos por las transgresiones de sus hermanos”19.

Hemos de decir que, además de los ámbitos escolares, deportivos y familiares, cuando la pedofilia se da en ámbitos religioso, no solamente compromete a la Iglesia Católica. Hay que mirar las cifras de los abusos en EE. UU. o Irlanda por ejemplo, donde lamentablemente también se han dado el fenómeno de los abusos en comunidades protestantes, ortodoxos, judíos y musulmanes.

Cobró interés público la noticia proveniente de Francia. El Presidente Nicolas Sarkozy propuso medidas drásticas, objeto aún de debate parlamentario, a raíz del caso de la violación de un niño de cinco años por parte de un hombre de 61, poco tiempo después de haber salido de la cárcel, donde un médico, en Caen, le había recetado Viagra. Esta persona ya tuvo condena por tres violaciones a niños en otras ocasiones. ¿Qué medidas piensan tomar? Crear un “hospital cerrado”, sólo para ese tipo de delitos, que estará listo en 2010 en la ciudad de Lyon. Además se declaran contrarios a la reducción de penas para este tipo de delitos. Otra medida, más problemática y que seguramente debería ser objeto de detenido análisis es que el Presidente de Francia se muestra partidario de la “castración química” de los pedófilos que acepten hacerse curar20. Esta medida drástica debería conocer un estudio más sereno, y en el eventual caso de hacerse (ultima ratio), debería siempre contar con el consentimiento informado del sujeto, nunca de por vida (temporario), con el consenso de la sociedad por medio de una ley, y aún así, no deja de ser una cuestión abierta para la bioética y el bioderecho. Sobre esto último no nos expedimos todavía, pues es objeto de detenido estudio que escapa al presente trabajo.

Lo cierto es que para combatir con decisión la pedofilia es necesaria una estrategia política y cultural, contra los individuos y los grupos de poder que sostengan la perversión y explotación de los menores.

  1. Conclusión

Quisiéramos concluir con una hermosa expresión de Benedicto XVI: “Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente para dar consistencia y significado a nuestra libertad”21. Sí, se trata de modo preventivo, de educar a los niños y a los adultos en torno a la dignidad irrenunciable que ostenta cada persona humana. Se trata de educar para la paz y los valores, educar en las virtudes humanas y cristianas. Todo niño es imagen y reflejo de la bondad de Dios, de la ternura del Padre. Todo niño es un privilegiado del Reino de Dios, amado infinitamente por Jesús. Es persona humana con todo su haber en perspectiva de futuro. Todo en el es mañana. En la base de comportamientos pedófilos existe una grave inmadurez afectiva y sexual. El pedófilo alimenta el temor de no estar a la altura de un partner sexual adulto. El narcisismo predispone ampliamente a esta bajeza.

Proteger el superior interés del niño es tarea de toda la sociedad. De ahí brota en el fondo, la absoluta inmoralidad de esta violencias a la intimidad de niños y adolescentes.

 

NOTAS

[1] Cfr. R. KEMPE- C. H. KEMPE, Le violenze sul bambino, Armando ed., Roma, 1980.

[2] SPAEMANN, R., “Moral y Violencia”, en Höffe, O. - Isense, J., Panorama de Filosofía Política, Konrad Adenauer Stiftung, Tubinga-Bonn, 2002, pág. 274.

[3] SPAEMANN, R., Ibidem, pág. 276.

[4] DI NOTO, F., Voz “Abuso Sessuale di Bambini (Pedofilia)”, en Enciclopedia di Bioetica e Sessuologia, a cura di G. Russo, Editrice ELLEDICI, Torino, 2004, pág. 11.

[5] Cfr. GIUFFRÉ, T., “La Pedofilia. Aspetti biomedici, psicologici, pedagogici, morali e teologici”, Edizione Pensa Multimedia, Lecce, 2008, págs. 174-176. Una síntesis de esta obra-manual, la encontramos en Rivista di Teologia Morale 163 (2009) 465-471.

[6] Más detalles, leer el interesante artículo SALVIATO, C. – CONDINI, A., “Veritá psicologica e veritá giuridica: alcune riflessioni cliniche in caso di supporti protettivi nell´ascolto del minore abusato”, en Imago 4 (2000) 380. Tenemos a disposición en nuestro Instituto de Bioética varias publicaciones de esta Revista Imago, particularmente sensible a la cuestión abuso de menores.

[7] Cfr. “Brigada contra la prostitución infantil”, diario La Nación 24-06-2007, pág. 28.

[8] La reflexión sigue en este punto a VANHOYE, A., “Il bambino nella Sacra Scrittura”, en Dolentium Hominum 9 (1994) 38-42.

[9] LIPOVETSKY, G., Le crépuscule du devoir. L´éthique indolore des nouveaux temps démocratiques, Paris, 1997, pág. 52.

[10] Ver el interesante art. de BELLIENI, C., “Il dibattito in Bioetica: salute e benessere. Una definizione nuova”, Medicina e Morale 4 (2009) 743.

[11] Ibidem, pág. 69.

[12] BÉJAR, H., El ámbito íntimo. Privacidad, individualismo y modernidad, Madrid, 1988, pág. 211.

[13] Ibidem, pág. 213.

[14] Cfr. AA., Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, Barcelona, 2001, pág. 802.

[15] Cfr. RUSSO, G., “Aspetti morali della pedofilia presso sacerdoti e religiosi”, en revista Itinerarium 35 (2007) 103.

[16] JUAN PABLO II, “Discorso ai partecipanti alla riunione interdicasteriale con i Cardinali degli Stati Uniti d´America” , 23 aprile 2002.

[17] JUAN PABLO II, Omelia alla Messa per la XVIIª Giornata Mondiale dei Giovani,Toronto, 18-7-2002.

[18] JUAN PABLO II, Ibidem.

[19] BENEDICTO XVI, Discorso ai vescovi Della Conferenza Episcopale di Irlanda in Visita Ad Limina, Roma, 28-10- 2006. Para profundizar este tema, puede leerse también el interesante documento de la Conferencia Episcopal Suiza, “Abusos Sexuales en la pastoral. Directivas para las Diócesis”, 5-12-2002. Ha tenido lugar en Roma por este delicado problema, una reunión de Obispos Irlandeses con Benedicto XVI en febrero de 2010.

[20] CORRADINI, L., “Pedofilia en Francia”, diario La Nación, sección Exterior, martes 21 de agosto de 2007. En marzo de 2008, algunos candidatos al gobierno de España han sugerido la misma medida. Muy recientemente en la ciudad de Mendoza, Argentina, se ha propuesto la misma idea.

[21] BENEDICTO XVI, Discurso “La Emergencia Educativa”, Roma, viernes 22 de junio de 2007. Agencia Zenit.org. También en L´Osservatore Romano, ed. española, 27-10-06, pág. 10.

¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

García, José Juan, NUEVAS CONSIDERACIONES EN TORNO A LA PEDOFILIA, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética.

EL FUNDAMENTO Y LAS CONDICIONES ÉTICAS DE LA OPERATIVIDAD DE LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA

José Guillermo Gutiérrez Fernández*)

 

ÍNDICE

I.          Introducción.

II.         Concepto de Objeción de Conciencia.

III.        La objeción de conciencia en el Magisterio de la Iglesia.

IV.       Fundamentación de la objeción de conciencia.

V.        La conciencia entre libertad y verdad.

VI.       La legalidad, la ley y la verdad.

VII.      La objeción de conciencia y los derechos humanos.

VIII.     Conclusión.

 

Notas y Bibliografía 

  

  1.       Introducción

            Desde siempre han existido situaciones en las que la conciencia individual de un sujeto entra en conflicto con determinadas disposiciones legales emanadas por la autoridad, piénsese a este respecto en la antigüedad griega en la historia de Antígona quien pasa por alto a riesgo de su vida la prohibición de su Padre Creóntes de sepultar a su hermano Polinice porque experimenta interiormente la necesidad de prestar su adhesión a una ley anterior, no escrita atestiguada en su corazón. Igualmente podemos recordar la narración bíblica de los mártires Macabeos o el testimonio de los primeros cristianos quiénes decían: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

            Sin embargo hay que esperar hasta el advenimiento de los modernos regímenes democráticos en donde el poder político está claramente delimitado por los derechos de los ciudadanos y es controlado por instancias de poder independientes, lo cual ha permitido reconocer que la ley no debe prevalecer inexorablemente sobre la conciencia, para ver surgir el instituto de la objeción de conciencia.

            Este instituto existe para salvaguardar la dignidad de la persona, no se trata simplemente de dar carta de ciudadanía a un subjetivismo galopante demoledor de la convivencia civil y del estado de derecho, es necesario entonces establecer cuál es su fundamento y las condiciones morales de su operatividad. Adelantamos aquí que su fundamento se halla en los derechos humanos y en la obligación ética de oponerse a colaborar en cualquier actividad que esté en contraste con el bien moral, aunque esté sancionada legalmente.

            Desde el punto de vista jurídico, se trata de una colisión de intereses y derechos. Por una parte los ámbitos de libertad personales de pensamiento y religión, de los que la libertad de conciencia es manifestación práctica, y por otra de los principios de obediencia a las leyes, de igualdad, de solidaridad y de orden público[1]. En este sentido se comprende porqué la objeción de conciencia se presenta actualmente con rasgos conflictivos ya que es claro que la autoridad legislativa no promulga las leyes esperando que éstas puedan ser desobedecidas por los ciudadanos a su arbitrio, precisamente por ello es necesario, además de delimitar claramente su concepto distinguiéndolo de otras formas de resistencia a las leyes, fundamentar su operatividad más allá de su reconocimiento o no por las legislaciones particulares, como derecho humano dependiente del derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión.

            A nadie se le escapa que actualmente se trata de un universo en expansión, ya que son cada vez más quiénes pretenden sustraerse a la concreta obediencia a las leyes invocando motivos de conciencia y también son cada vez más los ámbitos en los que se le invoca[2]. Se habla por ejemplo, de objeción de conciencia militar, cuando se refiere a la oposición al servicio militar por motivos pacifistas normalmente, o de objeción de conciencia fiscal, cuando se refiere a la oposición a pagar las tasas exigidas por el Estado para sufragar algunas actividades que se consideran contrarias a las propias convicciones, por ejemplo, la guerra[3], o bien objeción de conciencia profesional, cuando se refiere a la negación a cumplir algunas actividades a las que estaría obligado por su profesión, así por ejemplo, algunos jueces españoles ante la petición de algunas parejas homosexuales de contraer matrimonio reconocido civilmente, lo cual es legal en esa nación, se han negado a cumplir su oficio por motivos de conciencia. En esta forma de objeción de conciencia se sitúa también, la objeción de conciencia sanitaria de la cual nos ocuparemos en este escrito y que ha surgido inicialmente ante la aprobación de algunas legislaciones que permiten el aborto y que convertirían en una obligación de los profesionales de la salud el practicarlo dentro de las coordenadas que establecen las leyes.

  1. Concepto de objeción de conciencia

            La expresión objeción de conciencia tiene de por sí un significado genérico e indica la oposición y la protesta de la conciencia contra una determinada institución o ley. Tal oposición puede surgir en los campos más disparatados de la vida social y estatal: Piénsese, por ejemplo, en la oposición de los padres contra determinadas formas de escuela y determinados principios educativos puestos en marcha en las escuelas, en la oposición de los médicos y del personal sanitario contra ciertas leyes referentes al aborto, etc[4].

            Hay que precisar que la objeción de conciencia se ubica dentro del género más amplio del disentimiento o disenso en el que se ubica también la desobediencia civil. Por ello es necesario definir primero qué se entiende por disenso para ubicar después la objeción de conciencia distinguiéndola de la desobediencia civil.

            El disentimiento puede ser privado o público. Es privado cuando se niega el asentimiento parcial o total a una opinión, a un juicio o a una tesis que alguien formula. Es público o generalizado cuando tiene como objeto una o varias leyes a las que se niegan la obediencia constituyéndose en desobediencia civil. A su vez  la desobediencia puede ser pacífica o violenta, cuando es pacífica se trata de “resistencia pacífica”, cuando es violenta estamos frente a una revolución.

            Las fronteras entre desobediencia civil y objeción de conciencia no siempre están claras, sin embargo podemos señalar con la mayoría de los autores que se distinguen en cuanto que la primera tiene un carácter más estratégico y político, además de que suele ser colectiva y generalizada, mientras que la segunda subraya el carácter moral y personal[5].

            La objeción de conciencia surge del conflicto de obediencia en una situación concreta, de dos instancias reconocidas por el individuo como igualmente vinculantes: la legislación civil y el juicio de conciencia. Por lo tanto, se debe  distinguir de la actitud de desprecio de la legalidad vigente en una determinada sociedad y del  rechazo, en principio, de su carácter vinculante para la conciencia del individuo en cuanto miembro de una comunidad en la que la ley reclama legítimamente su obediencia,  como ocurre en la anarquía y en la resistencia pasiva o activa.

            “De manera general la objeción de conciencia representa una forma de disentimiento de carácter no violento, que se manifiesta en el rechazo individual, por  motivos fundamentalmente de carácter ético y religiosos, de la obediencia externa a una disposición legislativa. Con la objeción de conciencia se quiere manifestar el consentimiento profundo a otra ley de mayor rango e ineludible que percibe la conciencia”[6].

            La primera forma de objeción de conciencia que se tipificó y que sirvió de base para la elaboración posterior de otras formas de objeción de conciencia, fue la objeción de conciencia al servicio militar, sin embargo, hay elementos de ésta que no son válidos para otras formas, por ejemplo, la aceptación de una sanción o de un servicio social sustitutorio. 

  1. La objeción de conciencia en el Magisterio de la Iglesia.

            Podemos decir que el Magisterio de la Iglesia se ha interesado en esta figura hasta tiempos muy recientes, primero para señalar el derecho a oponerse al servicio militar, sobretodo en el contexto de la guerra moderna considerada inhumana y cuestionada frecuentemente su licitud por el enorme potencial destructivo del armamento actual y, más tarde para señalar el deber de los católicos a oponerse mediante ella a determinadas disposiciones legales que convierten en un deber profesional algunas prácticas médicas o jurídicas como es la práctica del aborto, la esterilización voluntaria y directa, la clonación o la celebración del reconocimiento de las uniones homosexuales, entre otras.

            Así pues al proponer el instituto de la objeción de conciencia la Iglesia ha tenido dos interlocutores, de una parte los Estados a quienes ha recordado el deber de reconocer y consentir el derecho de los ciudadanos a la misma y, por otra, los fieles a quienes ha señalado su obligación de oponerse mediante ella a legislaciones injustas.

            La objeción de conciencia tiene como punto de referencia el derecho que es a la vez obligación de cada persona a seguir en su obrar las indicaciones de su propia conciencia; se trata en último término de la primacía de la conciencia moral, que hoy viene ampliamente reconocida. El fijar las condiciones de ésta y por consiguiente las condiciones “operativas” o morales del ejercicio de la objeción de conciencia es el objeto de este estudio.

            La raíz de este derecho es la dignidad de la persona dotada de inteligencia y voluntad y por consiguiente libre de autodeterminarse en orden a la realización del bien. En él se incluyen dos aspectos formales: el derecho a no obrar contra la propia conciencia –más aún, el derecho de obrar según la propia conciencia- y el rechazo a observar una ley que establece actos contrarios al orden establecido por Dios. Ambos aspectos son considerados en el bien de la persona, están en continuidad y son frecuentemente anunciados por el Magisterio de la Iglesia.

            Con relación al primer aspecto, se puede citar a manera de ejemplo el siguiente texto de la declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa: “...en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”.[7] 

           

El segundo aspecto relacionado con el modo de obrar en una situación de contraste entre la norma humana y la ley civil, es retomado continuamente, por ejemplo por Juan Pablo II con referencia al tema del aborto: “No existe disposición humana que pueda legitimar una acción intrínsecamente inicua, ni tanto menos obligar a quien sea a consentirla. En efecto, la ley, retoma su valor vinculante  de la función que ella – en fidelidad a la ley divina – cumple al servicio del bien común, y esto a su vez, es tal, en la medida en que promueve el bienestar de la persona. Por lo tanto, de frente a una ley que se ponga directamente en contraste con el bien de la persona, que reniegue incluso de la persona en sí misma, suprimiendo su derecho a vivir, el cristiano acordándose de las palabras del Apóstol San Pedro en presencia del Sanedrín: ‘Es necesario obedecer a Dios en lugar de los hombres’, no puede sino oponer su civilizado pero firme rechazo”.[8]

            Además de la aplicación al caso concreto de la cooperación al aborto, su aplicación es muy amplia, corresponde al discurso sobre las “leyes inicuas” que se puede referir a cualquier tipo de ley. Juan XXIII en la “Pacem in terris” de 1963 se refirió al tema: “La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, en el momento en el que sus leyes o autorizaciones estén en contraste con aquél orden, y por consiguiente, con la voluntad de Dios, ellas no tienen fuerza de obligar en conciencia, porque es necesario obedecer a Dios en lugar de los hombres[9].

            Santo Tomás de Aquino en la Summa trató este argumento: “Las leyes injustas pueden serlo por dos razones: Primera, porque, se oponen al bien humano, (...) Tales leyes son más bien violencias, porque, como dice San Agustín (De libero arbitrio L. I, c.5), ‘la ley, si no es justa, no parece que sea ley’. Por eso tales leyes no obligan en el foro de la conciencia, si no es para evitar el escándalo y el desorden; por cuya causa el hombre debe ceder de su propio derecho, (...) Segunda, por ser opuestas al bien divino; por ejemplo, las leyes de los tiranos que obligan a la idolatría o a cualquier cosa contraria a la ley divina. Nunca es lícito observar estas leyes, porque es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.[10]

            En el Concilio Vaticano II, las referencias a la objeción de conciencia se encuentran en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes.Para este documento, son dos los sectores del obrar humano que se presentan problemáticos y que lo inducen a hablar de una decidida toma de posición en contra de la norma y de la autoridad civil: De una parte la reflexión sobre la inhumanidad de la guerra,[11] y de otra,  la toma de posición de frente a las políticas de control demográfico, degradantes de la familia. En cuanto a esta última, se trata de una exhortación a todos “a que se prevengan frente a soluciones, propuestas en privado o en público y a veces impuestas, que contradicen a la moral. Porque conforme al inalienable derecho del hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de hijos depende del recto juicio de los padres y de ningún modo puede someterse al criterio de la autoridad pública”.[12]

            Respecto al primer aspecto, el de la guerra, la Gaudium et spes trata la cuestión en los números 79 a 82 exhortando a evitarla, en ese contexto en el número 79 encontramos el fundamento del radicalismo de la objeción de conciencia. El concilio refiriéndose a las violaciones de los derechos humanos en la guerra dice: “Teniendo presente esta postración de la humanidad, el concilio pretende recordar ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus principios universales. La misma conciencia del género humano proclama con firmeza, cada vez más éstos principios. Los actos pues que se oponen deliberadamente a tales principios y las órdenes que mandan tales actos son criminales, y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan (...) se ha de encomiar, en cambio, al máximo la valentía de los que no temen oponerse abiertamente a los que ordenan semejantes cosas”.[13] Más adelante pide el reconocimiento del derecho a la objeción de conciencia al servicio militar y el respeto a los pactos internacionales. Esta mención constituye el único acercamiento explícito del concilio al argumento[14].

            Con estos presupuestos, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Declaración “De aborto procurato” del 18 de noviembre de 1974, hará un importante reclamo a la objeción de conciencia de frente a la aparición de leyes abortistas: “Cualquiera que sea la ley civil, debe quedar bien claro que el hombre no puede jamás obedecer a una ley inmoral en sí misma; tal es el caso de la ley que admitiera el principio de la licitud del aborto. No puede ni participar en una campaña de opinión a favor de semejante ley, ni darle su voto, ni colaborar en su aplicación. Es, por ejemplo, inadmisible que médicos o enfermeros se vean en la obligación de prestar cooperación inmediata a los abortos y tengan que elegir entre la ley de Dios y su situación profesional. (...) Seguir la propia conciencia obedeciendo la ley de Dios, no es siempre un camino fácil; esto puede imponer sacrificios y cargas cuyo peso no se puede desestimar. Sin embargo, es necesario afirmar abiertamente que la constante fidelidad a esta conciencia verdadera y recta es el camino del verdadero progreso de la persona humana...”[15]. Este texto como se ve, si bien no hace una alusión explícita a la objeción de conciencia, indudablemente tiene como intención  promoverla.

            En cambio varias Conferencias Episcopales harán mención explícita de ella en sus mensajes y declaraciones referentes al aborto, a la eutanasia y más recientemente a la clonación y al reconocimiento civil de las uniones de homosexuales.

            El primer documento de la Santa Sede que habla explícitamente de la objeción de conciencia con relación al aborto, es la Instrucción de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Donum vitae”, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, del 22 de febrero de 1987, donde hablando de la relación entre ley moral y ley civil dice: “Todos los hombres de buena voluntad deben esforzarse, particularmente a través de su actividad profesional y del ejercicio de sus derechos civiles, para reformar las leyes positivas moralmente inaceptables y corregir las prácticas ilícitas. Además, ante esas leyes se debe presentar y reconocer la “objeción de conciencia”. Cabe añadir que comienza a imponerse con agudeza en la conciencia moral de muchos, especialmente de los especialistas en ciencias biomédicas, la exigencia de una resistencia pasiva frente a la legitimación de prácticas contrarias a la vida y a la dignidad del hombre”.[16] Más tarde la Carta de los agentes  sanitarios de 1994[17] se volverá a ocupar del asunto. También el Santo Padre Juan Pablo II se ha ocupado del tema en sus discursos, resaltando su valor educativo, especialmente en sus encuentros con gente joven.[18] La Encíclica Evangelium Vitae, en los números 73 y 74 ha hablado de la grave y precisa obligación de oponer objeción de conciencia, ante las leyes que legitiman el aborto y la eutanasia y es la primera vez que en una encíclica se habla explícitamente de ella.[19]

           

            En intervenciones más recientes tanto el Cardenal López Trujillo, presidente del Pontificio Consejo para la Familia como la Conferencia Episcopal Española se han referido al derecho y a la obligación de la objeción de conciencia frente al reconocimiento civil de las uniones homosexuales, mal llamado “matrimonio de homosexuales”, pues no constituye en modo alguno verdadero matrimonio.

            La Conferencia Episcopal Mexicana por su parte se ha referido a ella repetidas veces en tiempos recientes. Así por ejemplo en la Instrucción Pastoral “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos”, en el número 301 pide el reconocimiento de este derecho y vuelve sobre el tema, esta vez para recordar la obligación a oponerse a colaborar con las prácticas de clonación humana y de investigación con células madre provenientes de embriones humanos, en el documento  “Orientaciones pastorales acerca de la clonación humana”. Más recientemente ante los intentos de legislar a favor de la práctica de la eutanasia y frente a la introducción de la Anticoncepción Hormonal Oral de Emergencia, conocida también como “Píldora del día después”, ha vuelto a recordar esta obligación de coherencia cristiana.

            Concluimos aquí este repaso, ciertamente los textos que hemos referido no agotan todas las intervenciones magisteriales sobre el argumento, pero son suficientes para entender cual es la posición de la Iglesia. Se debe destacar a este propósito que los textos a los que hemos hecho referencia señalan un doble motivo de la objeción: Religioso y moral, en el sentido de apelar o a valores de la fe cristiana o a valores éticos de convicciones personales; además, están marcados por una fuerte sensibilidad concreta e histórica, por lo cual, a pesar de señalar las posibles discriminaciones a las que puede dar lugar la objeción de conciencia, no dejan de invitar a la coherencia personal, al testimonio y a la solidaridad social. 

  1. Fundamentación de la objeción de conciencia.

            Hoy estamos de acuerdo todos en que el respeto a la dignidad de la persona implica no constreñirla a actuar en contra del dictamen de su conciencia. Más aún estamos convencidos también de que una persona para ser honesta y sincera consigo misma y con quienes le circundan tiene el deber de actuar según su conciencia. Ahora bien el reconocimiento de la libertad de conciencia implica que sus motivos sean de alguna manera plausibles pues no basta actuar autónomamente para que la acción deba ser reconocida y permitida. Para comprender esta afirmación pongamos un caso que puede resultar ilustrativo, a alguien muy sinceramente se le puede ocurrir que lo bueno y conveniente sea liquidar a quienes tengan ojos rasgados, por muy sincera que sea su convicción, por muy auténtica y libre que sea nadie debería permitir que tal sujeto llevara a la práctica tal atrocidad que comporta la realización de un crimen. De la misma manera el campo de los deseos de los ciudadanos puede ser prácticamente infinito y urge por ello regularlos en orden al bien común.

            Pero ¿Bastará que una determinada conducta esté sancionada legalmente para que sea por eso mismo lícita desde el punto de vista moral? Es decir ¿Será suficiente con llegar a consensos de ciertas conductas para que estas sean por eso mismo justas y vinculantes? De hecho en algunos ambientes se pretende hoy negar el derecho a la objeción de conciencia justamente apelando a que tal recurso implicaría una conducta antisocial y antidemocrática ya que pondría en riesgo la convivencia cívica previamente acordada. Tal aseveración nos parece más bien un nuevo intento de hegemonía y la reivindicación de lo que Benedicto XVI ha llamado la dictadura del relativismo[20]. Para escapar a esta trampa es necesario apelar a la búsqueda sincera de la verdad objetiva. Sólo así se comprende entonces que la objeción de conciencia no sea simplemente el reconocimiento abusivo de un individualismo antisocial y antidemocrático, sino un servicio al bien común que pretende operar una corrección del derecho cuando este se percibe erróneo, sobre bases objetivas y por lo mismo vinculantes intrínsecamente tanto para la conciencia como para el derecho[21]. Procedamos a justificar estas afirmaciones.

  1. La conciencia entre libertad y verdad.

            Cuando hablamos de la obligación y el derecho de cada uno de actuar de acuerdo con su conciencia ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿A qué tipo de conciencia aludimos? Debemos distinguir entre conciencia psicológica y conciencia moral. La primera de ellas hace referencia al “darse cuenta”, es decir, cuando una persona actúa, actuar concientemente quiere decir tener conocimiento “darse cuenta” de qué es lo que se hace y de que soy yo quien lo hago. Esta forma de conciencia es premisa indispensable de la segunda.

            La conciencia moral, por su parte, es la consciencia del valor moral o ético de la acción que se realiza. Esta conciencia implica un juicio en dos momentos, antes de actuar al evaluar qué es lo que voy a hacer teniendo en cuenta los valores morales implicados y asumiendo este juicio como norma y, después de la acción al evaluar moralmente lo que se hizo. Cuando la libertad sigue el juicio de la conciencia anterior a la acción hay coincidencia, en cambio cuando la libertad no sigue ese juicio hay un contraste.

            Ahora bien, el juicio de la conciencia esta vinculado a la verdad del valor que mi acción pretende realizar. Una verdad que no depende únicamente de la percepción o de los deseos del sujeto que actúa. Está fuera de discusión que se debe seguir siempre un claro dictamen de la conciencia, o que al menos no se puede ir jamás en contra de él. Pero es cuestión del todo diversa si el juicio de conciencia, o aquello que uno toma como tal, tenga también siempre la razón, esto es, si siempre es infalible. Desde el momento en que los juicios de conciencia se contradicen, entonces existiría solo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. Pero el bien moral no puede reducirse a la sinceridad del sujeto. Si se aceptara esta perspectiva no existiría ninguna verdad al menos en el ámbito moral y los juicios de la conciencia podrían ser contradictorios e igualmente válidos, así el sujeto quedaría aislado sin ninguna ventana o puerta que lo condujese a la verdadera comunión con los hombres. Pero no es esta la realidad de las cosas, el juicio de conciencia debe apelar a los fundamentos verdaderos y propios del sujeto que es lo que determina la verdad del valor moral. Esta verdad objetiva, que es una verdad ontológica vincula a la razón y vincula a la conciencia.  

            Tradicionalmente se han señalado dos niveles al hablar de la conciencia, al primer nivel se le denomina “synderesis” y es una cierta memoria del bien que nos ha sido infundido en la creación, que nos permite distinguir el bien del mal, por una especie de instinto interior que nos permite identificar que una determinada interpelación de la realidad es conforme o no con nuestra naturaleza. No es un saber ya articulado conceptualmente, sino una capacidad de reconocimiento que tiene su raíz en nuestro mismo ser y que nos permite percibir una cierta armonía frente a algunas cosas y contradicción frente a otras. Es un nivel ontológico que se corresponde con la constatación interior de nuestra tendencia por ser hechos a imagen y semejanza de Dios hacia aquello que es conforme al bien y a la verdad.

            El segundo nivel es el de la “conscientia” al que corresponde el juicio y el decidir. Tomás de Aquino hace ver que se trata de un evento que se cumple, un “actus” a diferencia del anterior nivel que es un “habitus” algo estable e inherente del sujeto. Este juicio se subdivide en tres elementos: el reconocer, el testimoniar y el juzgar. Se trata pues de una interacción de funciones de control y de decisión vinculadas con el entendimiento y la voluntad.

            Llegados a este punto hay que recordar que el conocimiento moral tiene una especificidad cuyas conclusiones no derivan sólo de un razonamiento o de un conocimiento. En este ámbito, el que una cosa sea reconocida o no, depende siempre de la voluntad que permite o impide tal reconocimiento. Ahora bien, tanto el juicio antecedente, como la elección y la decisión de una acción específica en un contexto particular, están sostenidos por determinadas disposiciones del sujeto, que son cualidades habituales en él y que tradicionalmente se han llamado virtudes. Estas capacitan al sujeto que actúa para reconocer la acción excelente que realiza la verdad y el bien.

            El proceso que acabamos de describir puede ser identificado como una “búsqueda” pues efectivamente, en relación con el conocimiento práctico, como hemos señalado, la razón se encuentra de modo intuitivo con una ley que el hombre no se dicta a sí mismo y a la cual debe obedecer: Practicar el bien y evitar el mal. A partir de este principio ella asume el compromiso de buscar la verdad moral, vinculada a un camino discursivo que le permite descubrir las condiciones del actuar el bien, plasmadas en normas objetivas a las que, si quiere conseguir el bien, debe obedecer. Esto ocurre en el marco del encuentro del hombre con Dios en la conciencia.[22] 

            Así pues, la conciencia tiene un compromiso radical, primordial e ineludible con el bien, que tiene, lógicamente, razón de fin al que el hombre debe ordenar sus acciones. Como consecuencia de este compromiso radical la conciencia está vinculada con la ley mediante la cual Dios instruye sobre los comportamientos adecuados en orden al bien y por tanto al fin. Este compromiso con la ley aunque derivado del compromiso con el bien, tiene un carácter absoluto e ineludible en la medida en que las leyes divinas, nos instruyen sin posibilidad de error, sobre los comportamientos adecuados en orden al bien.  Así resulta que el juicio práctico sobre la moralidad de una acción es fruto de un diálogo con Dios, cuya voz se deja oír en la ley a la que el hombre, empeñado como está en recorrer el camino que conduce al bien, responde con libertad  responsable y con gratitud gozosa.

            La libertad no encuentra un obstáculo en su adhesión a la verdad que descubre en la ley moral, sino que, por el contrario, ella constituye la garantía más sólida y la condición para su ejercicio. Además esta adhesión también es un acto de racionalidad porque la ley se encuentra al alcance de la razón  como facultad natural del hombre. Resulta así, que el juicio de conciencia es un ejercicio de racionalidad y de libertad que acoge con responsabilidad la ayuda divina –la ley- que le garantiza el éxito en la búsqueda del bien.

            Pero aún siendo verdadera la ley moral no siempre es fácil que sea recogida en las leyes humanas y muchas veces incluso puede haber distorsiones en la percepción o en la formulación de la misma. De ahí que pueda surgir el conflicto de conciencia. Así se comprende por qué no debería existir conflicto cuando la norma moral es objetiva y verdadera y la conciencia recta y verdadera también.  El conflicto aparece cuando la ley civil contradice la ley moral verdadera y la objeción de conciencia opera entonces como un servicio profético de denuncia y de servicio al bien común señalando que en ese aspecto la ley civil es injusta y debería ser corregida.

  1. La legalidad, la ley y la verdad.

            Tanto la experiencia como la revelación cristiana, nos hacen descubrir al hombre como un ser de naturaleza social. Este dato es significativo, pues si se retiene que el hombre es un ser atomizado, aislado en sí mismo, entonces la sociedad sería algo extrínseco a él, algo opcional, cuyo único significado sería el de ser un medio para garantizar su propia individualidad y limitar dentro de márgenes tolerables el irreducible conflicto que esta a la base de la vida social.[23] La sociedad sería entonces, tan solo una invención humana, un hecho extrínseco a la persona, un contrato convencional y la legalidad no sería otra cosa que la regla disciplinar de la vida social, sin más fundamento que el consenso de los contratantes. Pero, si como hemos señalado arriba, con toda la tradición cristiana y con la experiencia humana como base, se retiene que el hombre es un ser de naturaleza social, entonces la sociabilidad es una dimensión constitutiva de la persona y la vida en sociedad es la expresión plena de esta dimensión, como modalidad propia y específica de su realización. La sociedad, se entiende entonces como una comunidad de personas en la que mediante el respeto de los derechos de cada uno y el cumplimiento de los correlativos deberes, se busca promover el pleno desarrollo de la persona y la construcción del bien común. [24] Ella y el Estado tienen, por tanto, su fundamento en la naturaleza humana y la legalidad tiene que ver no sólo con el consenso social, sino sobre todo con la verdad de la persona, con su naturaleza y vocación social, al servicio de la cual se pone.

            La sociedad a través de la autoridad legítimamente constituida, necesita formular una serie de normas de comportamiento que regulen las relaciones entre los individuos y las relaciones entre el individuo y la comunidad. Estas normas son la garantía del respeto de la libertad individual y de la justicia, sin ellas no sería posible una sociedad libre, justa y pacífica. Desde esta perspectiva, la legalidad es el respeto y el cumplimiento de las leyes que permiten calificar a un comportamiento como “legal”, es decir, como ajustado a lo que ordena la ley. La legalidad constituye, entonces, una condición fundamental para el ejercicio de la libertad de las personas en la vida social, para la observancia de la justicia y para la conservación de la paz.

            Debido a diversos factores entre los cuales se sitúa la corrupción y la ausencia de fines verdaderamente comunes a causa del pluralismo, hoy se verifica lo que algunos llaman “crisis de legalidad”, es decir, la gente no percibe el compromiso de la ley civil con la ley moral y su vinculación con la conciencia. Se ha llegado al extremo de pensar que la moral tiene poco o nada que ver con la legislación e incluso que si se hiciera caso a los valores morales se perturbaría la pacífica convivencia. Se piensa que la democracia debería estar fundada en el relativismo y ante la ausencia de un debate auténtico sobre los valores, es frecuente que se pretenda imponer “legalmente” mediante equilibrios de poder y manipulación mediática, conductas inaceptables desde el punto de vista moral.

            En este contexto hay que recordar que las personas tienen derecho a no renunciar a su propia identidad, ni pueden olvidar su compromiso en la búsqueda  de la verdad moral y del bien y esto concretamente de frente a la legislación civil. Es aquí donde se inscribe el deber y el derecho a la objeción de conciencia, pues si bien es verdad que la ley civil cuando es respetuosa de su fundamento en la verdad moral, es vinculante para la conciencia y muestra el camino del bien, también es verdad que la ley civil tiene un ámbito más restringido que el de la ley moral y como se ha señalado ya, puede prescribir conductas injustas ante las cuales el juicio de conciencia debe oponerse. Intentemos profundizar un poco esta idea.

            La ley debería buscar el bien común, entendido no como el bien de la mayoría, sino como la búsqueda de las condiciones mediante las cuales cada persona pueda realizar su propio ser y su propia vida. Por esto la ley no es constitutiva de la ética  ni debe imponer su propia eticidad, sino que debe ser respetuosa y capaz de crear las condiciones para la realización de las personas. En la definición del bien común la ley deberá frecuentemente pedir sacrificios incluso en el ejercicio de las libertades de cada uno en particular, dentro de ciertos límites; y deberá permitir también algunas cosas que en sí podrían ser consideradas  por algunos como no buenas para evitar mayores males. Por eso decimos que la ley civil tiene un ámbito más restringido y no siempre puede coincidir, aún en el mejor de los casos, totalmente con la ley moral. No puede evitar siempre cualquier mal y cualquier abuso en el ejercicio de las libertades personales. Debería eso sí, crear las condiciones objetivas para la eticidad de cada uno, para la realización de cada una de las personas y aquí encuentra también espacio la objeción de conciencia, dentro del derecho a la libertad de conciencia, pensamiento y religión.

            Ahora bien, antes dijimos que hay unos límites que la ley no debería jamás brincar para garantizar el bien de las personas y el bien común. Estos límites son las garantías de constitucionalidad y de legitimidad, y es indudable que entre ellos se encuentra el respeto de la vida de todos los ciudadanos, especialmente la tutela y defensa de los más débiles e indefensos. La ley no puede tampoco imponer a nadie el quitar la vida a otras personas. De ahí que cuando la ley por las razones que sean llegase a prescribir conductas como las señaladas que claramente están en contraste con el bien común, la conciencia individual deberá oponerse a ella mediante la objeción de conciencia, ofreciendo con ello un importante servicio al bien común. 

  1. La objeción de conciencia y los derechos humanos. 

            Sin lugar a dudas, nuestra época se encuentra marcada por la idea del reconocimiento de los derechos humanos, hasta el punto de entrar a formar parte del patrimonio ideal de la vida política. Ciertamente la idea los derechos humanos es anterior a la época moderna, pero ha sido sólo hasta 1948 al término de la traumática experiencia de la segunda guerra mundial cuando solemnemente son proclamados.

            Los derechos humanos son los derechos que le pertenecen al hombre en cuanto hombre. Son derechos que lógicamente son anteriores al Estado. Han nacido y se han extendido en occidente siguiendo dos líneas teóricas e históricas diferentes: la del derecho natural y la de la reivindicación de la libertad y seguridad personales de frente al poder absolutista del Estado. Hacen referencia a las exigencias fundamentales de la persona, originadas en el mismo ser del hombre, que deben ser reconocidas, valoradas y defendidas jurídicamente. No se fundamentan en la libertad, menos aún en cierto concepto de libertad que es deudor de una concepción falaz del ser humano y que la arranca de su profunda vinculación al bien y a la verdad. La pretensión de radicar los derechos humanos en la libertad individual entendida como autonomía en el sentido de una soberanía encerrada en sí misma, es lo que ha conducido a ciertos grupos a pretender la afirmación de ciertos “derechos”, como son los llamados “derechos reproductivos”, entre los cuales, se incluye el “derecho de abortar”.[25]

            Los derechos humanos se asientan en la dignidad del hombre, que deriva a su vez de la verdad del ser humano: “Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge, pues, descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover.”[26] Para los cristianos tal dignidad se fundamenta en el hecho de que la naturaleza humana refleja la “imagen de Dios” y que el hombre está “llamado” a la comunión con Dios que se inicia con su bautismo  en el que es “injertado” en Cristo.

                        De cara a nuestro tema, nos interesa el derecho a la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión.  La objeción de conciencia se inscribe dentro de este derecho que debe ser reconocido a todo hombre y que implica el reconocimiento de que cada uno tiene derecho a obrar de acuerdo a las exigencias morales de su conciencia y a no obrar en contra de ella. Tal derecho es actualmente reconocido entre los derechos humanos que todo Estado está obligado a proteger. El hito decisivo lo marca el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.[27] A partir de ahí, la necesidad de garantizar esta triple libertad es reafirmada por todos los documentos internacionales relativos a los derechos humanos, entre ellos podemos mencionar aquí el Convenio Europeo de Derechos Humanos (1950); el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, de las Naciones Unidas (1966); la Convención Americana de los Derechos Humanos (1969); la Declaración sobre la Eliminación de todas las Formas de Intolerancia y Discriminación fundadas en la Religión o en las Convicciones, de las Naciones Unidas (1981).[28]

            El reconocimiento del derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión significa sintéticamente, “que las convicciones ideológicas, éticas y religiosas de los ciudadanos no son en sí mismas cuestiones políticas, ni están sujetas a las decisiones del poder, que se reconoce incompetente para imponer determinadas respuestas a los interrogantes suscitados en esas dimensiones personales”.[29]

            Aquí no entramos en el problema de la cobertura jurídica del derecho a la objeción de conciencia, pues excede los límites de este trabajo, simplemente recogemos alguna idea introductiva del profesor Martín de Agar al respecto. El señala que “habrá derecho a la objeción allí donde, como respuesta al conflicto planteado, el legislador lo haya reconocido y tipificado –son las objeciones de conciencia llamadas secundum legem-, pero quien objeta en un Estado democrático, esgrime ya un derecho; no apela solamente a su conciencia, sino además al derecho fundamental que la tutela; opone a una prescripción que se presume legítima, pero que él considera inmoral obedecer, su igualmente legítima libertad de conciencia. No siempre deberá prevalecer su libertad, pero tampoco se le podrá decir que su cuestión es irrelevante porque no está prevista en una ley. En las libertades de pensamiento, conciencia y religión están ya potencialmente planteadas todas las posibles objeciones de conciencia, llamadas a delinear la frontera del espacio de autonomía personal y de incompetencia del Estado en que consisten primariamente tales libertades. Una frontera sinuosa y cambiante, difícil de establecer de modo definitivo desde postulados teóricos (ciertamente útiles a su nivel propio), o sobre la rígida base de la ley, y que más bien conviene a la jurisprudencia”.[30] 

  1. Conclusión.

            Para concluir este estudio presentemos nuestros hallazgos de modo sintético. Ante todo hemos comprobado que la objeción de conciencia entendida como una forma de disentimiento no violento, que se manifiesta en el rechazo individual de la obediencia externa a una disposición legislativa, por motivos fundamentalmente de carácter ético y religiosos, con la que se quiere manifestar el consentimiento profundo e ineludible a una ley anterior a la ley civil que constituye al mismo tiempo el fundamento de la veracidad del derecho y que es la ley moral; tiene a sus espaldas una larga historia, aunque se trata más bien de un problema moderno. En los últimos tiempos se ha desarrollado abundantemente, incluyendo una variada tipología que va desde la objeción al servicio militar hasta la objeción sanitaria y profesional.

           

            Asimismo comprobamos que el Magisterio de la Iglesia ha tenido que hablar ella movido por las concretas circunstancias históricas, primero pidiendo su reconocimiento para quienes motivados por el amor a la paz, la anteponían al servicio militar en el contexto de la experiencia de la última guerra mundial que cuestionó la legitimidad de la guerra moderna dada la tremenda capacidad destructiva de los modernos instrumentos bélicos. Y en segundo lugar haciendo ver la obligación moral de oponerse mediante ella a ciertas legislaciones que han pretendido legitimar algunos atentados contra la vida humana, como ha sido la despenalización, y  “legalización” del crimen del aborto voluntario, de la eutanasia, la clonación y el reconocimiento civil de las uniones de homosexuales.

            Una vez repasada la realidad de la objeción de conciencia hemos señalado su fundamentación señalando a la vez sus condiciones operativas. Tal fundamentación se refiere, por una parte, a la fidelidad del juicio de conciencia a la verdad del bien aprehendido objetivamente, desechando así la pretendida autonomía del sujeto respecto a la norma que desembocaría en la atribución de un carácter creativo a la razón respecto a la verdad moral y en último término con relación al bien. Por otra parte, se refiere a la necesidad de la ley civil en orden al bien común; para lo cual tiene un compromiso ineludible con la verdad moral si no quiere convertirse en una ciega imposición de la mayoría o de un pequeño grupo perdiendo su carácter vinculante para la conciencia. Desde esta perspectiva hemos visto que la objeción de conciencia es una aplicación concreta del derecho humano a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, que comporta el derecho y, al mismo tiempo, la obligación de actuar conforme a la propia conciencia. Es un acto de solidaridad y de compromiso con el bien común que pretende ayudar a la corrección del derecho; por ello mismo es una actitud profética y un servicio a la civilidad.

            Hemos dejado de lado el estudio de las implicaciones jurídicas de la objeción de conciencia, un estudio por demás interesante que a pesar de implicar parte de nuestro estudio pertenece más bien a la ciencia jurídica. Este estudio, entre otras cosas, tendrá que afrontar el reto del creciente relativismo que amenaza con vaciar de su significado específico a la objeción de conciencia. En efecto, si como postulan algunos filósofos del derecho, éste debería ser aséptico a la verdad moral cediendo a la tentación de fijar la verdad jurídica a partir del consenso de las mayorías frecuentemente manipuladas por las grandes campañas de los “mass media”, la objeción de conciencia quedaría neutralizada en su función de corrección del derecho ya que se perdería el fundamento racional del mismo. También en este campo se hace indispensable la superación de la sospecha frente a la verdad y la recuperación de la metafísica del ser. 

Notas y Bibliografía



[1] Cfr. PACHECO A., Ley y conciencia, en INSTITUTO DE INVESTIGACIONES JURÍDICAS,  Objeción de conciencia, México 1998, pag.10.

[2] Piénsese por ejemplo en los Testigos de Jehová que se niegan al deber de honrar a la bandera por motivos religiosos o de practicar cirugías con transfusión sanguinea.

[3] Esta forma de objeción de conciencia se presentó por vez primera, cuando el norteamericano Hanry David Thoreau, en 1845 se negó a pagar impuestos para financiar la guerra contra México que consideraba injusta.

[4] GÜNTHOR A., Chiamata e risposta.Una nuova teologia morale –III, Torino 1998, pp. 573-574.

[5] Así lo hace L. PRIETO SANCHIS, La objeción de conciencia como forma de desobediencia al derecho, en “Sistema” 59 (1984) 41-62. Se puede ver también E. TREVISI, Coscienza morale e obbedienza civile, Bologna 1992, pag. 268.

[6] GUTIÉRREZ J., La objeción de conciencia de los profesionales de la salud, IMDOSOC, México 2000, pag. 23.

[7] Dignitatis humanae, n. 2, en Enchiridium Vaticanum, I, pag. 1045.

[8] JUAN PABLO II, Alle partecipanti ad un congresso per ostetriche, en “Acta Apostolicae Sedis” 72 (1980) 86, citado por G. MIGLIETTA, Evangelium vitae tra coscienza professionale e obiezione di coscienza. Il tema  dell’ obiezione nel Magistero recente, en “Evangelium vitae” e diritto. Acta symposii internationalis in civitate vaticana celebrati 23-25 maii 1996, Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 411-412.

[9] “Acta  Apostolicae sedis” 55 (1963) 271.

[10] S.Th. I-II, q. 96, a.4, la cita de la Escritura es: Act 5,29.

[11] “Insuper aequum videtur ut legges humaniter provideant pro causa illorum qui ex motivo conscientiae arma adhibere recusant, dum tamen aliam formam communitati hominum serviendi acceptant.” N. 79, en Enchiridion Vaticanum I, 1595.

[12] No. 87, en Ibid., 1627.

[13] Enchiridion Vaticanum I, 1594.

[14] Anselm Günthor hace notar que este tratamiento echó por tierra el principio clásico de la “praesumptio pro superiore” y que en la redacción final del número 79 se eliminó una proposición inserta originalmente en el texto que decía: “Ubi autem violatio legis Dei non manifeste patet, praesumptio quidem iuris auctoritati competenti agnoscenda est, eiusque iussis est parendum...”, con lo cual se subraya la responsabilidad personal frente a las propias acciones de la cual no se puede abdicar, en aras a una aceptación acrítica de las indicaciones del superior. Cfr A. GÜNTHOR, Chiamata, cit., pág. 511.

[15] Acta Apostolicae Sedis 66 (1974) 744, nn. 22 y 24.

[16] Acta Apostolicae Sedis, 80 (1988) 100.

[17] Cfr. Pontificio Consejo para la Pastoral de Agentes Sanitarios, Carta de los agentes sanitarios, Ciudad del Vaticano 1994, nn. 22-24.

[18] Cfr. Ai giovani venuti a Roma per il Giubileo, 14 de abril de 1984, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VIII, 1, pag. 1022; Discurso This evening, durante la vigilia de oración para la Jornada Mundial de la Juventud en Denver (14-VIII-1993) en Acta Apostolicae Sedis 86 (1994) 420. 

[19] “Acta Apostolicae Sedis” 87 (1995) 486, n.73: “Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, imponen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”. Ibid., n. 74: “Quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no solo de sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico y profesional”.  

[20] Cfr. Misa Pro eligiendo Pontífice: “Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias”.

[21] Para un estudio más completo sobre la relación entre conciencia, libertad, verdad y ley civil, puede verse nuestro estudio “La objeción de conciencia…” op. cit., pp. 

[22] La Veritatis Splendor se refiere a este hecho como a “un íntimo diálogo del hombre consigo mismo, que en realidad es el diálogo del hombre con Dios, autor de la ley, primer modelo y fin último del hombre” (“Acta Apostolicae Sedis” 85 (1993) 1179, n. 58).

[23]  A este respecto puede verse el estudio sintético sobre el origen y desarrollo del Estado moderno y de las propuestas actuales de justicia social en G. CHALMETA, Ética especial. El orden ideal de la vida buena, Pamplona 1996, pp. 153-215.

[24] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 25.

[25] A este respecto el Papa en la “Evangelium vitae” señala lo siguiente: “La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia de los demás, precisamente porque la sociedad tiene el derecho de protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad” (“Acta Apostolicae Sedis” 87 (1995), pag. 484. 

[26] “Evangelium vitae” No. 71, en “Acta Apostolicae Sedis” 87 (1995), pág. 483.

[27] “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como de la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

[28] Sobre estos documentos y específicamente sobre el derecho a la libertad religiosa, puede verse: J. MARTINEZ TORRON, La protección internacional de la libertad religiosa, en AA.VV., Tratado de derecho eclesiástico, Pamplona, 1994.

[29] J. T. MARTIN DE AGAR, La Iglesia Católica y la objeción de conciencia, en INSTITUTO DE INVESTIGACIONES JURIDICAS., Objeción de Conciencia, México 1998, pág. 236.

[30] Ibid., pág. 529. 

¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada: EL-FUNDAMENTO-Y-LAS-CONDICIONES-ÉTICAS-DE-LA-OPERATIVIDAD-DE-LA-OBJECIÓN-DE-CONCIENCIA-en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética.

OBJECIÓN DE CONCIENCIA EN EL CAMPO DE LA INVESTIGACIÓN BIOMÉDICA

Autora: Mónica López Barahona



ÍNDICE:

1. Introducción
2. Naturaleza de la Objeción de conciencia
3. Licitud y necesidad
4. Alcances en lo médico y sanitario
5. Conclusión
Notas y Bibliografía
 
 

1. Introducción

El hombre es un ser libre que rige su conducta y forja su voluntad en una serie de principios éticos y/o religiosos. De la fidelidad a estos principios nace y el derecho y el deber de la objeción de conciencia. Un hombre, en el legítimo ejercicio de su libertad puede y debe negarse a ejercer una acción que se opone o viola los principios que le dicta su conciencia. Veremos entonces en este trabajo, la naturaleza de la objeción de conciencia, su licitud moral y jurídica, sus alcance en lo médico y sanitario y aún en lo social.

2. Naturaleza de la Objeción de conciencia

¿Qué es entonces la objeción de conciencia? Es una simple aplicación de la libertad de conciencia (tanto laica como religiosa), que puede más que la libertad de expresión y que supone la negativa del ciudadano a comprometerse contra sus convicciones más profundas, en las situaciones en que se pone en peligro la dignidad y la vida humanas. La objeción la hace la conciencia, no la ley, no hay que esperar a que el legislador prevea una objeción para poderla presentar o interponer.

La mayoría de los juristas están de acuerdo en que éste es un derecho fundamental, ampliamente reconocido por diferentes Tratados internacionales sobre derechos humanos como el Convenio Europeo de Derechos Humanos1 y ordenamientos internos de cada país como es, por ejemplo, el caso de la Constitución española2, en su artículo 16. Así, el Tribunal Constitucional español se ha referido con carácter general a la objeción de conciencia como "el derecho a ser eximido del cumplimiento de los deberes constitucionales o legales por resultar ese cumplimiento contrario a las propias convicciones"3.

Así pues la objeción de conciencia es, en definitiva, una forma de incumplimiento del Derecho que tiene como características:

1.  La norma se rechaza sólo en cuanto afecta al sujeto personalmente.

2.  El sujeto sólo persigue no cumplir la norma

3.  No tiene como objetivo el derrocar o modificar la norma.

La objeción de conciencia, desde una perspectiva jurídica se puede ver como:

1.  Una forma de desobediencia al Derecho

2.  Como una forma de protección de la libertad individual

Habría que distinguir entre desobediencia civil y objeción de conciencia. La objeción de conciencia parte de una raíz personal. Una persona ante un mandato jurídico entiende que no lo puede cumplir porque se lo impide su conciencia y sus principios morales, basados en la fe o en razonamientos éticos.

En cambio, la desobediencia civil, que puede estar también motivada por razones de conciencia, es ya una actitud que tiende a plantear a una legislación que cambie o que no se cumpla, porque es una legislación inmoral o se considera injusta.

Pueden ir unidas ya que se puede decir que la desobediencia civil es una objeción de conciencia masiva o al menos muy numerosa. Si todos los católicos fuéramos coherentes, por el hecho de oponer nuestra conciencia a un mandato inmoral, se daría una resistencia civil muy amplia.

Hablar de objeción de conciencia en investigación biomédica supone admitir la existencia de amenazas contra valores importantes de la Humanidad derivados de la mencionada investigación. Supone así mismo admitir la insuficiencia actual del derecho positivo para poner remedio a esta situación. El ciudadano necesita por tanto mantener a distancia ese derecho para poder proteger dichos valores4.

Venimos siendo testigos de concesiones incesantes a la investigación científica por parte del legislador5, concesiones que suponen la inversión de un razonamiento que presenta las consagraciones de la Bioética por la ley como protecciones de la persona, mientras que en realidad se trata de la redacción de nuevas dispensas a favor de la investigación biomédica independientemente que ésta tenga o no en cuenta la dignidad de toda vida humana.

En las últimas décadas la ciencia Biomédica ha cambiado de modo vertiginoso. Este cambio es consecuencia en gran medida de la revolución habida en un amplio número de técnicas que han permitido generar en ocasiones tal cantidad de resultados que la mente humana es incapaz de procesar. Sin embargo, si bien para el progreso es necesario el cambio, no todo cambio es sinónimo de progreso. Y cuando una ciencia directamente vinculada con la vida (como es el caso de la Biomedicina) no se informa y guía por principios antropológicos que tienen como fin último al propio hombre y como límite la dignidad de la vida de toda persona humana, necesariamente se vuelve en contra del propio hombre. Tras lo acontecido en los últimos años en las ciencias biomédicas no es hiperbólico afirmar que lo que más interesa es el dominio sobre la vida, consagrada por los medios de la biología y de la investigación. Lejos este interés de entender la vida como don que debe ser acogido y protegido en sus fases más débiles. Muchos de los resultados de la investigación biomédica tienen implicaciones y consecuencias directas sobre el propio hombre y muchos de estos resultados son extrapolables o ya se están aplicando en la práctica clínica.

Sin ánimo de ser exhaustivos, pero sí en la idea de dar una panorámica del alcance de los avances mencionados, enunciaremos a continuación algunos de ellos junto con sus implicaciones sobre la persona

Nos ha tocado vivir un tiempo en el que:

a) El genoma humano se ha secuenciado6 y la tecnología que lo ha permitido se aplica hoy para seleccionar genéticamente a individuos de la especie humana desde las primeras fases de su existencia7,8 (diagnóstico preimplantatorio, consejo genético, etc)

b) Tuvimos noticia a finales de marzo de 1996, del nacimiento del primer mamífero generado por clonación por transferencia nuclear: la oveja Dolly9 , desde entonces no han cesado los intentos hasta la fecha fallidos de aplicar esta técnica a la especie humana.

c) La práctica de la fecundación in vitro ha conquistado nuestras leyes, partiendo del principio de que el niño es un objeto, objeto del deseo de la pareja, y del deseo de poder del equipo médico; objeto asimismo de la investigación o de la voluntad de transferir o de destruir cuando el embrión fecundado ya no es deseado, pasa a ser supernumerario o cuando uno se da cuenta de que no es el encargado10-13. Las terribles consecuencias de este tipo de técnicas son por todos conocidas.

d) Las investigaciones en endocrinología han permitido conocer el ciclo hormonal que regula la fertilidad de la mujer y del varón y consecuentemente intervenir sobre ella desarrollando alternativas contraceptivas que en muchas ocasiones son además abortivas14, 15.

e) Otro tipo de investigación se ha dirigido a la búsqueda de métodos abortivos eficaces16. Junto al hecho en sí de dar muerte a grupos importantes de seres humanos inocentes, se encuentra el de la legalización o despenalización del propio hecho, lo que provoca a su vez un efecto multiplicador, y la puesta en marcha de un proceso intelectual para dar apariencia de legitimidad a dichos comportamientos.

f) Investigación dirigida a la práctica de la eutanasia17

g) La investigación con células troncales embrionarias que conlleva la muerte del embrión18.

h) Etc

3. Licitud y necesidad

Lo expuesto no responde más que a datos objetivos del momento histórico en el que se encuentra la investigación biomédica que nos ha sido dado vivir. Ante ellos, el científico se encuentra frecuentemente en el laboratorio con situaciones ante las cuales es necesaria la objeción de conciencia: Involucrarse o no en un proyecto de investigación que emplea líneas celulares establecida a partir de células troncales embrionarias, emplear o no materia biológico proveniente de fetos humanos, dispensar o no en una oficina de farmacia anticonceptivos o compuestos abortivos, trabajar o no en una clínica de fecundación in vitro, trabajar o no en el equipo que aporta los datos para un consejo genético....... Así podríamos continuar con una lista extensa y compleja.

La solución a estos dilemas que el investigador biomédico afronta en más de una ocasión a lo largo de su vida profesional queda a nuestro modo de ver perfectamente dada en Donum Vitae19 que enseña la objeción de conciencia frente a leyes civiles moralmente inaceptables (cap. III: moral y ley civil). Y en Evangelium Vitae20, acompañada de la infalibilidad del Magisterio ordinario universal, que impone la obligación grave y precisa de oponerse mediante la objeción de conciencia a las leyes humanas que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia (§ 72 y 73) Juan Pablo II cita (§ 72) a Santo Tomás de Aquino21 a propósito de la iniquidad de la ley y seguidamente nos pide que nos opongamos a estas leyes abortivas y eutanásicas mediante la objeción de conciencia (§ 73). Pues bien, la aceptación de un proyecto de investigación contrario a la dignidad de la persona humana o la utilización de material biológico obtenido a partir de la muerte de inocentes para un proyecto de investigación a favor del hombre es una colaboración directa o indirecta con la mala práctica de la investigación biomédica y por ello, el investigador cuya ética se basa en una antropología personalista debe rechazar este tipo de prácticas mediante su legítimo derecho de objeción de conciencia. La objeción no es un simple gesto, sino una actuación ejemplar que tiene el valor de la coherencia, que es –en palabras de Juan Pablo II– el martirio de nuestros días.

4. Alcances en lo médico y sanitario

Tras lo anteriormente expuesto parece obvio que en nuestros días urge la acción concreta en la dirección de permanentes testimonios en el área de la investigación biomédica. Los científicos que tenemos una formación antropológica personalista somos pocos, sí pero existimos y debemos unirnos en el empeño de alzar una voz que alcance notoriedad en el ámbito de la ciencia biomédica.

Entristece recordar acciones como la de la carta enviada por 80 premios Nobel al presidente Bush (publicada en el diario Washington Post) en 2001 reclamando el derecho de investigar con células troncales embrionarias. Esta reivindicación tuvo una resonancia mundial que incitó entre otras cosas a promulgar leyes que favorecieran este tipo de investigación tras la cual parecía esconderse la respuesta terapéutica a fatales enfermedades.

Hoy, en el año 2011, sabemos que hay 17 ensayos clínicos en el mundo con células troncales embrionarias frente a los más de 3600 ensayos clínicos con células troncales adultas. Por qué no trasciende del mismo modo este dato objetivo que recoge la web www.clinicaltrials.com donde se registran los ensayos clínicos aprobados por la FDA. Parece que el tiempo demuestra que la reivindicación de los laureados por la Academia sueca no es una alternativa terapéutica y sin embargo ¿dónde están las voces que publican estos datos?

Los investigadores básicos del área biomédica que creemos en la dignidad del hombre, de todo hombre, también del que sólo está constituido por 4 u 8 células tenemos el deber moral de unirnos y de dar a conocer la verdad. Sin demagogia, sin falsa esperanza. La verdad objetiva científica que si se busca de modo honesto sólo puede conducir a la Verdad, pues sólo una es la Verdad.

Participemos en comités éticos en los que nuestros votos particulares se hagan constar, participemos en foros de debate, impregnemos la academia de docencia en materia Bioética, examinemos las leyes de la bioética, cuando no la bioética entera, bajo el prisma de la conciencia individual con el fin de evitar que el ciudadano contribuya y coopere, a su pesar, en una vasta empresa de destructuración de la persona.

5. Conclusión

No resulta sin embargo nada fácil descubrir los medios prácticos.

Entre la manifestación pública y la redacción de una página doctrinal (que es en realidad una forma de manifestación pública), entre el rechazo inmediato a participar en un acto contrario a la dignidad humana y el voto contra un proyecto de ley homicida o eugenésico, entre la ignorancia deliberada de la existencia de la ley y la resistencia positiva, las elecciones dependen a un mismo tiempo de las circunstancias concretas del tiempo y del lugar, de las apreciaciones locales de la mayor eficacia, de la comparación de las posibilidades y riesgos de la acción o de la inacción, si bien generalmente el silencio es sinónimo de complicidad.

Alcemos la voz contundente de quien busca honestamente la Verdad y promover la Cultura de la Vida.

Notas y Bibliografía

1.- Convenio Europeo de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales. 1950
2.- Constitución española. 1978,art 16.1
3.- Sentencia tribunal constitucional. 161/1987
4.- V. C. CAILLÉ Y C. JONAS, Vis clause de conscience, en “Dict. permanent de bioéthique”; G. MÉMETEAU, Recherche Antigone en bon état (âge indifférent), ou : la clause de conscience et la bioéthique (Éthique, la vie en question, 9/1993, 54).
5.- G. RAYMOND, Bioéthique ou peur du gendarme?, “La Croix”, 1989, p. 12.
Science. 2001 Feb 16;291(5507):1304-5
6.- Venter, C. et al “The sequence of human genome” Science (2001) 291, 1304-1352

7.- REPPING S, GERAEDTS J, SCRIVEN P et al. Central data collection on PGD and screening. Reprod Biomed Online. 2006 Mar;12(3):389;
8.- BARUCHS, ADAMSON GD, COHEN J et al. Genetic testing of embryos: a critical need for data. Reprod Biomed Online. 2005 Dec;11(6):667-70.
9.- CAMPBELL KH, MC WHIR J, RITCHIE WA et al.  Sheep cloned by nuclear transfer from a cultured cell line. Nature. 1996 Mar 7;380(6569):64-6
10.- COHEN ME The "brave new baby" and the law: fashioning remedies for the victims of in vitro fertilization. Am J Law Med. 1978 Fall;4(3):319-36
11.- JONES HW Jr IVF: past and future. Reprod Biomed Online. 2003 Apr-May;6(3):    375-381.
12.- CLACK GN .AR.T. and history, 1678-1978. Hum Reprod. 2006 Jul;21(7):1645-50.
13.- TRUCKER MJ, MRTON PC SWEITZER CL et al Cryopreservation of human embryos and oocytes. 1995 Curr Op Obst Gyn 7, 188-192
14.- ERTOPCU K, INAL MM and OZELMAS I Demographic analysis of post-abortive and interval-administered hormonal contraceptive methods. Eur J Contracept Reprod Health Care. 2005 Mar;10(1):1-5.
15.- GOLDBERG JR, PLESCIA MG and ANASTASIO GD Mifepristone (RU 486): current knowledge and future prospects. Arch Fam Med. 1998 May-Jun;7(3):219-22. Review.
16.- HARVEY SM and  NICOLSON MD Development and evaluation of the abortion attributes questionnaire. J Soc Issues. 2005 Mar;61(1):95-107.
17.- HUDSON PL, KRISTJANSON LJ and ASHBY M Desire for hastened death in patients with advanced disease and the evidence base of clinical guidelines: a systematic review.
Palliat Med. 2006 Oct;20(7):693-701
18.- KIATPONGSAN S, PRUKSANANONDA K. International trends in bioethics for embryonic stem cell research. J Med Assoc Thai. 2006 Sep;89(9):1542-4.
19.- Donum Vitae 1987
20.- Evangelium Vitae. 1995
21.- Somme, I-II, quaestio 93.

¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

López Barahona, Mónica, OBJECIÓN DE CONCIENCIA EN EL CAMPO DE LA INVESTIGACIÓN BIOMÉDICA, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética.

LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA COMO UN INSTRUMENTO DE LA PAZ

Autora: Elena R. Passo



1. Introducción
2. Ley inicua
3. Un compromiso con la esencia del ser
4. La verdad como fundamentación de la bioética
5. Actuar en conciencia
6. Ser un instrumento de la paz
7. Reflexiones conclusivas

Notas y Bibliografía

1. Introducción
Cada vez con mayor frecuencia, se observan en el campo biomédico, situaciones en las que el hombre se transforma en un objeto de uso instrumental. El aborto, la eutanasia, la forma en que miles de embriones humanos son manipulados, las técnicas de fertilización artificial, la esterilización, son ejemplos de la manipulación del hombre por el mismo hombre.
Ante esto, surge por parte de las personas que integran los equipos de salud un conflicto ético  que las moviliza  y las determina a no ser partícipes  de las mismas.
Bastaría solamente con apartarse, no tomar a su cargo las tareas exigidas argumentando excusas circunstanciales. No es este el caso de los objetores, ya que expresan - aun sabiendo de la no gratuidad de ello -   su compromiso con valores que conforman su identidad.
Ante todo, se aclara que no necesariamente es esta una cuestión religiosa. La actitud ética ante la vida debería comprender a todo ser humano - creyente o no - siendo posible al menos en principio, la fundamentación de la objeción de conciencia, desde una perspectiva de respeto a los derechos humanos.
¿Qué se entiende por conciencia?
¿Qué quiere decir actuar en conciencia?
¿Por qué habría que actuar en coherencia con la propia conciencia?
¿Cuál es el vínculo constitutivo entre la conciencia y la libertad?
¿Cómo se origina el conflicto entre la conciencia moral y la ley humana positiva?
¿Existe por parte del médico y de aquellos que forman los equipos de salud una obligatoriedad ética de ser objetores de conciencia ante un requerimiento que implica una acción que en sí es ilícita?

2. Ley inicua
“La ley humana es la determinación y la expresión de la autoridad legítima de algunas exigencias del bien común de una determinada sociedad, en un momento histórico determinado.” 1
De acuerdo a esta definición la ley debe fundarse en la razón y debe buscar el bien común. La filosofía de orientación tomista define a la ley como: ordinatio rationis. En los países democráticos la búsqueda del bien común se realiza a través de la consulta de los órganos constitucionales y en el respeto a las diferentes corrientes de pensamiento que implican la libertad de conciencia y la religiosa.
“Sin embargo, hay que entender la noción de bien común no en el sentido del bien de la mayoría (sería una dictadura), sino como búsqueda de las condiciones mediante las cuales cada persona pueda realizar su propio ser y su propia vida. La realización de la propia vida y del perfeccionamiento moral sigue siendo tarea de cada persona”. 2
Por eso la ley tiene como finalidad “crear las condiciones objetivas para la eticidad de cada uno, para la realización de cada persona”. 3
Juan Pablo II en la carta encíclica Evangelium vitae dice que “el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el bien común como fin y criterio regulador de la vida política.” 4
Establece además, que estos valores no son establecidos por la opinión consensuada de la mayoría sino que son aquellos que corresponden a la ley moral objetiva. 
“En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles mayorías de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ley natural inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil.” 5
Se puede decir entonces, que para que una ley tenga autenticidad jurídica tiene que estar en concordancia con la ley natural y la búsqueda del bien común.
“Entre las condiciones esenciales y objetivas que la ley debe garantizar en pro del bien común (garantías de constitucionalidad y de legitimidad) es indudable que se han de poner estas dos condiciones objetivas:
1. La ley debe defender la vida de todos, especialmente de los más indefensos y de los inocentes. Si la ley no crea esta condición, la de la vida, ya no es ley y se vuelve inicua: todos han de combatirla con los medios legítimos a su alcance, en nombre de quien no puede defenderse.
2. La ley no puede imponer a nadie el quitar la vida a otras personas, salvo en legítima defensa contra el injusto (y el embrión o feto no puede ser considerado como tal); mucho menos puede pedir al médico cooperar para matar, el médico por profesión no está llamado a hacer eso.” 6
Se puede establecer entonces que una ley es inicua o ilegítima cuando no se basa en la ley moral objetiva y no busca el bien común, aunque haya sido promulgada por una vía que en sí es legítima.

3. Un compromiso con la propia esencia del ser 
“Pedro le respondió: Señor si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas. ¡Ven!, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor sálvame! Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron a la barca y amainó el viento.” (Mt 14,28-32)

Es cada vez más frecuente, que surjan situaciones de conflicto bioético, que obligan a los médicos, a los equipos de salud y a las instituciones hospitalarias, a realizar un profundo cuestionamiento en su proceder asistencial.

La medicina es interpelada en su esencia por una realidad social, caracterizada por un pluralismo ético, que frecuentemente cuestiona el valor de la vida, y de la integridad humana. Se le exige a la ciencia médica, que se contradiga en su propio ser, que es brindarse al paciente, a través de un servicio asistencial integral.
¿Qué pueden pensar los médicos, que son solicitados para la realización técnica de procedimientos, que son contrarios a su vocación y a su dignidad?  ¿Qué pueden pensar, cuando han dedicado tanto tiempo a la formación científica y humana, para ser tratados como meros instrumentos, destinados a concretar pedidos contrarios a la propia conciencia?

¿Qué pueden pensar, aquellos que representan a  instituciones hospitalarias, cuyo objetivo de fundación es buscar en conciencia el bien de las personas consignadas a su cuidado, y se les exige que actúen en desmedro de la vida?

Es un tiempo difícil, en que se trata de imponer una línea de pensamiento, que convierte a los médicos y a las instituciones hospitalarias en rehenes de una cultura que desvaloriza la dignidad humana. En el centro del debate se encuentra la posición médica de respeto frente a la vida misma y por otra parte, el pedido de un sector de la sociedad o desde el mismo estado en algunos países, de accionar en circunstancias de particular vulnerabilidad, con criterio destructivo sobre la vida, y la integridad del otro.

El aborto, la eutanasia, la forma en que son realizadas ciertas investigaciones sobre seres humanos, son sólo algunos de los hechos concretos, que movilizan a todos los profesionales de la salud y que obligan a reflexionar en profundidad.

Llama la atención, y por otra parte es manifestación de una sociedad paradójica, que por un lado se exija el respeto a ultranza de la autonomía del paciente, aunque esto corresponda a un pedido de aborto o de eutanasia, y por otro lado, no se respete el ejercicio de la libertad, en  la decisión del médico.  Hay muchísimas obligaciones impuestas a los profesionales, que son consideradas incompatibles con la propia conciencia. Las diferencias de criterios éticos en la sociedad y el pensamiento generalizado, según el cual, el médico tiene la obligación de sumarse siempre al deseo del paciente,  incrementan las situaciones de conflicto. En estas circunstancias, reivindicar la objeción de conciencia, es la forma ética de responder a imposiciones, realizadas por una sociedad fracturada en su concepción de la dignidad humana.

Se debe aclarar que el diferenciar el bien y el mal se encuentra inscripto en la conciencia humana. El hombre naturalmente distingue el proceder recto y actuar en conciencia, es justamente ser coherente con el mismo, y esto se da en toda persona orientada al bien, independientemente de ser o no creyente. Pero además, la obligación desde el punto de vista moral, no consiste solamente en actuar según la propia conciencia, sino en la formación de una conciencia verdadera, recta y cierta. La ley moral natural es universal e inmutable  y puede ser definida como el conjunto de principios morales generales, que de forma espontánea, capta la razón natural del hombre, a partir de su propia naturaleza. En la filosofía de origen cristiano y orientación personalista, la ley natural es entendida como una expresión de la ley eterna, que es el orden de la realidad, tal como se presenta en la mente misma de Dios Creador, el cual, al crear y ordenar la realidad fundamentó su valor. La fe ilumina a la razón, facilitando ver el acto humano, desde una perspectiva más amplia, y ayudando así a la conciencia, en la formulación del juicio, en referencia al valor objetivo. La ley natural, puede ser entendida como la luz de la propia inteligencia, en virtud de la cual, resultan accesibles a la persona humana las realidades morales.

“Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2,14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado este bien primario suyo.”7

La objeción de conciencia, se caracteriza por ser un acto de carácter pacífico, presentar una fundamentación ética, que es el respeto a la dignidad humana y tener como objetivo brindar un testimonio en defensa de la vida. Se busca le eximición para realizar acciones contrarias a la formación ética y por lo tanto, a la propia conciencia, sin que por ello, el profesional objetor deba sufrir discriminaciones ni persecuciones de ningún tipo.

Otro tema de interés, es el de considerar la situación de las instituciones médicas que, por su carisma fundacional son contrarias a la realización de ciertas prácticas; se puede decir que al menos, las instituciones privadas, tienen el derecho de constituirse en un sujeto moral colectivo, teniendo por lo tanto la potestad, de declarar contrario a su espíritu institucional, la realización de las mismas.

Para los médicos creyentes, la situación es muy compleja, porque tienen arraigado en su ser que la vida es sagrada; por lo tanto cualquier atentado contra la misma es vivenciado como contrario a la propia esencia y creencia.

El mensaje dado por el apóstol Pablo, en referencia a las enseñanzas de Jesús, en su epístola a los romanos es:
“Amarás a tu hermano como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es por lo tanto, la ley en su plenitud.” (Rm 13,9-10)

Pero la mentalidad actual muy lejos de estas palabras busca disociar a las personas, se parece al mar revuelto en el que San Pedro tiene que caminar y,  solamente lo puede realizar, cuando se concentra exclusivamente en Jesús, cuando es sostenido por su fe, y así logra ir hacia Él, por sobre las aguas. No se tiene que renunciar a las propias convicciones, y en este tiempo, cuyo mensaje es que la persona humana es un medio y no un fin en sí misma; será la guía el concentrarse  en el camino recto orientado al bien, que es el único que permitirá caminar como el apóstol, por sobre el mar violento de los reclamos de una sociedad utilitarista, que ha perdido su corazón y su esperanza. 8

Se puede considerar entonces a la objeción de conciencia simplemente como un compromiso con la propia esencia del ser.
Es así, que el médico, todos los integrantes de los equipos de salud y las instituciones médicas tienen el derecho y la responsabilidad de negarse a ser instrumentalizados con un fin ajeno a la dignidad humana.

4.  La verdad como fundamentación de la bioética 

Pueden existir diferentes corrientes ideológicas que basadas en criterios provisorios y circunstanciales tratan de imponerse a la sociedad. 
Siempre ha ocurrido y da cuenta que esto es así porque sus afirmaciones son mutables, carecen de la impronta de la trascendencia y no buscan el bien integral del hombre.

¿Qué significa entonces hablar de una bioética enraizada en la verdad?
Es aquella que se basa en la inviolabilidad de la dignidad humana; en considerar al hombre en su esencia, en aquello que lo identifica como tal y que es universal. 
Esto radica en la sustancialidad de la unión del cuerpo y el alma espiritual.
Por lo tanto, esa persona será objeto de respeto y nadie podrá disponer de la misma; siempre el valor hombre es intangible y absoluto.

Pero hay un concepto que se le suma y le da un plus aun mayor, y es que la persona humana es creada por Dios Padre a su imagen y semejanza. Este vínculo creacional de origen y de fin es la fundamentación ontológica de la dignidad humana y en este plano de la realidad ontológica no existen saltos cualitativos ni cuantitativos de ningún tipo.

Si todos considerasen al hombre en función de su dignidad, el valor de la vida y la integridad adquirirían otra dimensión.

Figura en la carta encíclica Humanae vitae de Pablo VI que el ejercicio profesional tiene límites que no se pueden pasar: “Por tanto, si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios antes recordados y según la recta inteligencia del principio de totalidad  ilustrado por nuestro predecesor Pío XII.” 9

Hay otro tema referido al quehacer asistencial y es que si bien, por el carácter de inherencia, el médico nunca perderá su dignidad, sí puede resignificarla. La objeción de conciencia es un acto de la inteligencia y la voluntad que tiene la virtud de permitir la re-significación de la propia dignidad.

Actuar conforme a la razón y a la verdad tiene un efecto liberador. La libertad humana, entendida como autodeterminación en el sentido del bien, sólo dependerá de la propia conciencia y será libre de cualquier riesgo de manipulación externa o ideológica.

5.  Actuar en conciencia

Trataremos de responder: ¿Qué quiere decir actuar según la conciencia? ¿Y de qué conciencia se trata?

Se habla de conciencia psicológica y conciencia moral. La primera es la conciencia de la acción humana cuando la misma se está realizando y es necesaria para la segunda.

La conciencia moral es ser consciente del valor moral de esa acción, este juicio moral implica tanto la evaluación anterior como la posterior al hecho.
Cuando el juicio anterior es tomado como norma y se lo sigue, los dos momentos son coincidentes; por el contrario cuando la libertad no sigue a la conciencia acontece el conflicto interior.

Surge entonces el interrogante de: ¿Por qué hay que seguir a la conciencia?
“La conciencia es el juicio racional, más o menos sistemático o intuitivo, sobre el valor de una determinada acción. Este valor moral se funda, por otro lado, en la verdad ontológica: en otras palabras la verdad objetiva vincula a la razón, y la razón vincula a la conciencia.” 10

Existe una adhesión de la razón a la verdad objetiva, ésta es presentada por la razón a la voluntad. Surge entonces la adhesión de la voluntad a esa verdad  y finalmente, es a través del ejercicio bueno o no de la libertad, que el hombre actúa en conciencia o no.

Cuando se actúa de acuerdo a la verdad objetiva presentada por la razón a la voluntad y asumida como norma por la conciencia el hombre actúa como verdaderamente libre. Actuar de acuerdo a la conciencia tiene un efecto liberador y de paz consigo mismo. Es ser verdaderamente libre, pero entendiendo a la libertad como hermanada con la verdad descubierta y presentada por la razón.

6.  Ser un instrumento de la paz

“Señor haz de mí un instrumento de la paz…” 11

“Si, por una trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo  de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos. Alguien podría pensar que semejante función, a falta de algo mejor, es también válida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver cómo, sin una base moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto más que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la solidaridad entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo con las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía.”  12

Toda acción que desconoce la dignidad humana y compromete la vida y la integridad humana es intrínsecamente una manifestación de violencia.
Ante el requerimiento - legalizado o no - de ser partícipe o actor en la misma es un derecho y una obligación la objeción de conciencia.

Si la ley debe garantizar la realización personal de todos los ciudadanos, es el derecho a la vida y a la integridad el que en primer lugar debe ser preservado.
Una sociedad se rige por normas democráticas cuando la dignidad humana de todos es tenida como el valor fundamental que rige la vida de sus miembros.
Cuando la verdad objetiva que debe cimentar la legislación es desconocida y se presentan en su lugar opiniones circunstanciales de las ideologías dominantes se dan necesariamente situaciones de violencia que, en general, afectan a los más vulnerables.Legalizadas o no son en sí situaciones de injusticia y ser partícipes de estas acciones es contrariaa la propia dignidad.

¿Qué hacer frente a esta falta de democracia real?
¿Cómo se puede dar una respuesta que permita la re-dignificación y la paz interior?

La respuesta está en el compromiso con la vida y el bien integral de todos.
Ante esta precarización de la democracia y la violencia que ello implica no queda alternativa, se debe elegir. Actuar en conciencia es transcender el reto de la injusticia, al convertirse uno mismo en un instrumento de la paz, cuya misión será llevar la verdad a donde prevalece el error.

7. Reflexiones conclusivas

Por conciencia se entiende el juicio racional, más o menos sistemático o intuitivo, sobre el valor de una determinada acción. El valor moral se fundamenta entonces en la verdad ontológica. Las instancias se dan en el orden de verdad objetiva descubierta por la razón,   luego deviene el juicio de la razón – recto y sincero –   y
finalmente la instancia ética.  De modo tal, que la verdad objetiva vincula a la razón y la razón vincula a la conciencia.  Actuar en conciencia quiere decir actuar de acuerdo a la verdad ontológica descubierta por la razón. Una vez que la conciencia a través de un juicio ético recto y sincero ha reconocido cual es el valor moral de una acción, sobreviene la instancia ética y la determinación a través del ejercicio de la libertad, de ser llevado al plano operativo de la acción o no.

Actuar en conciencia tiene una acción liberadora ya que sólo es la propia conciencia la que marca las pautas de la acción y el hombre se desprende de las presiones del medio.

Existen situaciones - aun en países que se consideran de regímenes democráticos - donde incluso a través de formas legisladas o no, ocurren acciones que desconocen la dignidad del hombre. Las leyes dadas en estas condiciones son ilegítimas, porque lejos de facilitar la realización en el sentido del bien del hombre, los someten a situaciones de nuevas formas de esclavitud.

Hay leyes injustas, que no sólo violan la dignidad de los hombres hacia los cuales están dirigidas, sino que buscan hacer cómplices de una acción ilícita a otras personas, cuyo ser en esencia  es contrario a dichas acciones. La imposición de leyes inicuas que llevan a la muerte y al avasallamiento de la integridad humana no sólo es una manifestación de violencia sino además horadan los cimientos de la democracia. El hombre se convierte en esclavo del propio hombre en un estado donde coexisten diferentes categorías de seres humanos.

Obedecer leyes injustas es contrario a la propia dignidad y sólo es posible el camino de la libertad y no ser marioneta de una tiranía.

Notas y Bibliografía
1. J. de Finance. “La conscienza e la legge”, a.c.19, 26.
2. Elio Sgreccia. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. BAC, 2009, cap. X, pág. 575.
3.  Elio Sgreccia. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. BAC, 2009, cap. X, pág. 576.
4. Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium vitae. Sobre el valor de la vida y el carácter inviolable de la vida humana (25 de marzo de 1995). San Pablo, 1995, cap. III, pág. 129.
5. Ibid.
6. Elio Sgreccia. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. BAC, 2009, cap. X, pág. 576.
7. Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium vitae. Sobre el valor de la vida y el carácter inviolable de la vida humana (25 de marzo de 1995). San Pablo, 1995, Introducción: 2, pág. 4-5.
8. Elena Passo. Ser uno en el dolor. Acerca de la dignidad humana y la proporcionalidad en los cuidados. Santa María, 2014, cap. IV, pág. 68-72.
9. Pablo VI. Carta Encíclica Humanae vitae. Sobre el control de la natalidad (25 de julio de 1968). II: 17
10. Elio Sgreccia. Manual de Bioética I. Fundamentos y ética biomédica. BAC, 2009, cap. X, pág. 574.
11. Oración franciscana por la paz:
“Señor haz de mí un instrumento de la paz:
Donde haya odio,  ponga yo amor,
Donde haya ofensa, ponga yo perdón,
Donde haya discordia, ponga yo unión,
Donde haya error, ponga yo verdad,
Donde haya duda, ponga yo la fe,
Donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
Donde haya tinieblas, ponga yo la luz,
Donde haya tristeza, ponga yo la alegría.
Oh Maestro, que no busque yo tanto
Ser consolado como consolar,
Ser comprendido como comprender,
Ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
Olvidando se encuentra,
Perdonando se es perdonado,
Y muriendo se resucita a la vida eterna.”

12. Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium vitae. Sobre el valor de la vida y el carácter inviolable de la vida humana. San Pablo, 1995, cap.III: 70, pág. 129-130.

¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

Passo, Elena R., LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA COMO UN INSTRUMENTO DE LA PAZ , en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética.

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