EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO HUMANO

 

INDICE
Introducción
1. Perspectiva psicofísica del dolor
2. Naturaleza del dolor
3. Tipos de dolor
4. Distintas actitudes ante el dolor
5. Interpretaciones del dolor
6. Sentido humano del sufrimiento
7. Los límites del sentido humano y la plenitud de la fe cristiana
8. Más allá del dolor y el sufrimiento del hombre
9. El valor salvífico del dolor humano
10. Conclusión
Bibliografía
Notas

 

 

Introducción

La preocupación por el dolor es de gran importancia, por cuanto hoy han disminuido los niveles de tolerancia álgida. Existe mucho miedo al dolor y al sufrimiento. Esto procede de dos raíces principales: por un lado el hedonismo y por otro, los beneficios aportados por la técnica; gracias a los progresos de la anestesia y de la analgesia, el hombre está menos familiarizado con el dolor que sus antecesores, por eso le teme mucho más. Surge la algofobia que constituye una verdadera plaga social. Nuestra cultura pretende abaratar el mal y el sufrimiento. Dice Polaino: “estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa. El dolor es hoy un dis-valor”1 no tenemos motivos para soportarlo, sino medios técnicos para combatirlo. Hemos caído en una trampa peligrosa: pensar que somos capaces de erradicarlo, lo cual es imposible. No soportamos el sufrimiento. El miedo o pánico al dolor llega a ser patológico. Se dice que padecemos de analgofilia: aficción desmedida al analgésico; “las virtudes han sido sustituidas por las grageas”. La eficacia de los analgésicos nos ha ido ablandando. El sufrimiento se considera un intruso, que quizá desmiente la bondad del Creador y hunde en la desesperación. Se lo ve como una maldición. Se lo hace coincidir con la absurdidad. Por otra parte, se advierte una pérdida del sentido humanizante y trascendente del dolor, lo que urge recuperar, porque se olvida que el dolor tiene una dimensión perfectiva y misteriosa. Huyendo del dolor padecemos doblemente.

Según Polaino-Llorente el dolor es una cuestión que interpela a cada persona, El sufrimiento resulta inevitable. Ningún hombre puede zafarse de la experiencia del sufrimiento. De una u otra forma, todos acabamos por ser hombres dolientes. Pero decía el maestro Eckhart que: “la cabalgadura que con más rapidez conduce a la perfección es el sufrimiento”2

 

1. Perspectiva psicofísica del dolor

Sobre este tema la ciencia ha hecho aportes importantes. Aquí solo señalaremos unas pocas consideraciones. El dolor tiene un primer nivel, biológico y físico, donde se manifiesta como reacción a un estímulo sensitivo perjudicial. “El dolor es un daño sentido”3. Toda experiencia dolorosa deja un recuerdo importante, no en cuanto dolor propiamente dicho, sino en tanto que experiencia dolorosa. Esa huella no puede interpretarse como algo innato, sino adquirida; y en tanto que adquirida, puede condicionar determinados tipos de actitudes frente a futuras situaciones dolorosas.

La experiencia dolorosa es compleja y más rica que la mera sensación de dolor. Existen diversas estructuras físicas responsables del dolor. La corteza cerebral tendría la función de gobernar no sólo la percepción dolorosa, sino también las actitudes, las disposiciones y ciertos comportamientos. La corteza sería la responsable de los aspectos intencionales, cognitivos, concurrentes en el dolor. En suma, el dolor es una señal al servicio de la vida ante lo que representa una amenaza para la misma.

 

2. Naturaleza del dolor

El dolor es un acto de la subjetividad, un sentimiento. Santo Tomás señala diesisiete instancias afectivas. Dice el Aquinate “los hombres son victimas de muchas deficiencias”4 porque su fuerza y energía vital son limitadas, todo movimiento vital consume una parte de ellas. San Agustín lo define como un sentimiento que resiste a la división. El dolor corporal intenso, patentiza en nuestra conciencia la unidad substancial de la persona; que se revela contra su disgregación. Por su parte, Bergson considera al dolor como sensación local impotente. La tendencia a la huida que provoca el estímulo doloroso está enlazada con la imposibilidad de sustraerme a la realidad dolorosa; el dolor rompe la unidad de la persona.

En un segundo nivel, la experiencia dolorosa es mucho más rica que la mera sensación de dolor. Esta última es siempre dolor exterior, causado por un mal que es contrario al cuerpo y percibido por los órganos corporales, mientras que la quiebra y el desgarro íntimo del afligido son dolor interior, o sea sufrimiento. En el sufrimiento o dolor interior, interviene la memoria, la imaginación y la inteligencia.5

 

3. Tipos de dolor

Freud distingue tres fuentes principales del dolor: 1. la enfermedad que nos hace descubrir nuestra finitud; 2. las agresiones del mundo exterior que nos hacen descubrir nuestra pequeñez e indefensión; 3. las relaciones con el prójimo que nos descubre la injusticia.

Por su parte, Scheler señala cuatro estratos en la persona: 1.somático, 2.vital, 3. psíquico, 4. espiritual. De acuerdo con estas dimensiones existen cuatro sentimientos fundamentales: sensoriales, corporales y vitales, del Yo y de la persona. El dolor es un sentimiento del primer estrato, sensorial, referido al yo, pero no a la persona. Esa sería la diferencia entre dolor y sufrimiento (cuarto estrato). Y no solo por su intensidad, sino por su duración. El sufrimiento devora todas las perspectivas de futuro, la indeterminación de un horizonte sin dolor, afectando a ese estrato espiritual y produciendo tristeza.

Santo Tomás señala que la apetencia de placer y el anhelo de unidad o amor es causa del dolor, ya que este es un sentimiento que resiste a la división de resistencia de la voluntad y de la sensibilidad a una fuerza de potencia superior, la misma causa dolor, porque si tal fuerza tuviera la potencia suficiente para transformar el impulso de resistencia volitiva o sensitiva.

De acuerdo a los autores señalados existen tres especies principales de dolor: dolor corporal, dolor interior y tristeza. Estos corresponden al cuerpo, alma y espíritu.

 

4. Distintas actitudes ante el dolor

Para R. Spaemann la pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento ¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sinsentido?6

Tenemos miedo al sufrimiento y ese mismo miedo es sufrimiento. El temor ante el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor; el miedo ante el sufrimiento es miedo del miedo. El temor ante la muerte no es miedo a estar muerto, sino miedo ante la situación en la que tengo miedo.

Es importante distinguir dolor de sufrimiento. Sufrir es un fenómeno complejo. El dolor físico, el malestar, la sensación de desagrado, no son desde el principio idéntico al sufrimiento. El sufrimiento no se identifica, sin más, con el dolor físico. Ni con cualquier tipo de malestar. Muchas veces, el temor al dolor hace sufrir mucho más que el propio dolor. El sufrimiento, no es un dolo físico o moral, sino un dolor que condena a la pasividad, donde no se puede hacer nada. En el fondo es una situación de impotencia que pide serenidad de aceptación de lo que no se puede cambiar. Hablar del tema sin haber padecido sufrimiento alguno, es lo más parecido a un ciego de nacimiento hablando de los colores. Hay un grado moderado de dolor físico que no se puede denominar sufrimiento, sólo tiene un sentido conocido, una función biológica y se acepta sin objeción A partir de un cierto grado de intensidad, el dolor físico se convierte en sufrimiento; nos condena a la pasividad. No se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido; significa tristeza y pasividad o frustración. La pregunta acerca del sentido del sufrimiento es una pregunta paradójica. Ella misma es expresión de sufrimiento, de ausencia del sentido del actuar. Los amigos de Job, con sus respuestas teóricas, sólo consiguen irritarle. Dios no responde a sus preguntas, sino que le hace callar.

La sociedad moderna silencia la pregunta sobre el sufrimiento, la suprime. Concentra sus esfuerzos en la evitación y en la disminución del sufrimiento, de manera directa o indirectamente. Existe una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento. No se enseña a sufrir, como tampoco se enseña a morir.

En la antigüedad el sufrimiento desarrollaba su rol. Dicha función hacía posible transformar, hasta cierto punto, el sufrimiento en actividad. Ej. el mendigo no es simplemente un fracasado, sino que desempeña un papel. Lo suyo no es sólo aceptar lo que le dan, no es un mero receptor, sino que él tiene algo que dar: el mendigo promete rezar por aquel que le da algo. Por ello, es importante entender que el sufrimiento no es una pura condena a la pasividad.

 

5. Interpretaciones del dolor

Son muchas las interpretaciones que se han dado del dolor y del sufrimiento. Recordemos sólo algunas:

a) El budismo considera que para anular el sufrimiento tengo que anular la voluntad. A través de la praxis meditativa debe desaparecer el Yo; de este modo, se desvanece el sufrimiento. Se trata de evitar el sufrimiento y no de plantear la pregunta sobre el sentido, porque el sufrimiento es en sí mismo lo sinsentido.

b) Schopenhauer tiene una interpretación pesimista: “Toda vida es dolor”7 Considera la apetencia al placer como carentes de satisfacción. El placer y la felicidad son vistos como ausencia del dolor. La felicidad existe cuando impedimos el deseo, evitamos enfrentamientos. Hacerse uno con la naturaleza; se trata de un cosmos estático y determinado. La felicidad consiste en disolver la subjetividad. Eliminamos el dolor aniquilando al hombre.

c) Nietzsche encarna la interpretación heroica. Dice que el dolor no tiene la última palabra: “el placer es más profundo aún que el sufrimiento”8 También señala que la causa del dolor es la subjetividad sin correlación real. Pero proclama la superioridad energética de la subjetividad sobre las fuerzas cósmicas. Si el dolor supera ciertos límites se rompe la unidad del yo, produciendo la disolución del ser humano y conduciéndolo a la misantropía y al pesimismo. Afirmando el carácter omnipotente y absoluto del propio querer.

d) La interpretación dialéctica considera que el dolor es un mal y que se debe evitar a toda costa pero a su vez es un mal que resulta necesario para el incremento y la constitución del bien y por ello es en último término un bien.

 

6. Sentido humano del sufrimiento

Lo primero que se necesita para sabes qué hacer con el dolor es aceptarlo, como algo que esta ahí, y que tenemos que encarar: es el momento dramático de nuestra existencia. Señala Lewis: “la primera y más humilde operación del dolor destroza la ilusión de que todo marcha bien”9 Nos pone en situación dramática y eso requiere un modo de expresión. Sin embargo:”el que se sobrepone a su dolor, sube más alto” (Holderlin). Quien acepta esa situación convierte el hecho doloroso en una tarea: la de reorganizar la propia vida contando con esa dramática verdad que se ha hecho presente. Así, “La enfermedad me es dada como una tarea; me encuentro con la responsabilidad de lo que voy a hacer con ella”10 El dolor “es el banco de pruebas de la existencia humana, el fuego de la fragua donde, como los buenos aceros, el hombre se ennoblece y se templa. Y, sin embargo, para los hombres frágiles y pusilánimes, el dolor puede ser ocasión del desmoronamiento definitivo.11 Cuando sufro una enfermedad, un ultraje o una desgracia no somos libres de sufrirlos o no, vienen impuestos, pero podemos adoptar ante ellos una actitud positiva o negativa, de aceptación o rechazo. En esa libertad radica la posibilidad de enriquecerse con el dolor.12 Sufrir, cuando se transforma en actitud de aceptación es algo que nos hace más libres, por eso, captamos las cosas esenciales; es crecer y madurar. El verdadero resultado del sufrimiento es un proceso de maduración; elevación o purificación. Se comprende con luces nuevas, la distinción entre lo verdaderamente importante y lo que no lo es. Yepes dice: “el dolor realiza en nosotros una catarsis, una purificación, no solo corporal, sino espiritual; nos hace menos dependiente de nuestro capricho”13. El dolor eleva al hombre por encima de sí mismo porque ayuda, le enseña a distanciarse de sus deseos. Afirma Lewis: ”el efecto redentor del sufrimiento reside básicamente en su propensión a reducir la voluntad insumisa.”14 El hombre doliente se ennoblece si ha aprendido a ser fuerte para sobrellevar su dolor. Después de los dos momentos anteriores, se puede descubrir el verdadero sentido del dolor: “yo sólo puedo afrontar el sufrimiento, sufrir con sentido, si sufro por un algo o un alguien”. El sufrimiento para tener sentido, no puede ser un fin en sí mismo. Para poder afrontarlo, debo trascenderlo:”El sufrimiento dotado de sentido apunta siempre más allá de sí mismo, remite a una causa por la que padecemos. En suma, el sufrimiento con plenitud de sentido es el sacrificio.”15 Lo que da sentido al dolor es el amor; se aguanta el sufrir cuando se ama. La fuerza para sufrir brota de los motivos que se tiene para seguir viviendo. Si estos no existen, no se aguanta una vida dramáticamente dolorosa.

La existencia del sufrimiento es un reto a la fe y a la razón. Produce daños; pero podremos hacer algo positivo si se consigue darle sentido a ese mal que se presenta muchas veces como un atentado a la existencia de Dios.

Ni la fe capacita para no sufrir, ni impide la queja inmediata, pues todo sufrimiento lleva consigo el inevitable carácter de inesperado y duro por eso, el mazazo y la rebeldía aparecen irremediablemente en la conciencia del hombre.

Frente al dolor existen actitudes. Una aceptar el dolor la otra consiste en silenciar o suprimirlo. Esto incapacita para padecerlo. Las personas se debilitan. Se trata de atontar a la persona, porque no hay respuesta para sus preguntas. No hay explicación alguna, Se esconde el dolor, la muerte etc.; no se habla de ella. No se enseña a morir y nadie aprende sobre esa realidad.

Es importante advertir que no se puede imponer el sentido, sino ayudar a encontrarlo. En esto radica la capacidad de consolar cuando es verdadero y no simplemente en la mera repetición de frases hechas. Compartir en silencio, a veces, puede ser lo mejor.

Polaino señala que el hombres doliente tiene que plantearse si va a ser feliz o no a pesar de sus sufrimientos.16 Lo primero que tiene que hacer es aceptarse a sí mismo tal como es con los sufrimientos y limitaciones.

El que ha estado en contacto con el sufrimiento, puede señalar que la persona que sufre, no pide tanto explicaciones racionales, como una actitud empátíca. Lo mismo puede suceder con las consideraciones teológicas, se queja porque no se encuentra sentido. Se necesita darle sentido porque esa situación forma parte de la vida. Sólo el sufrimiento con sentido da paz espiritual.

Ante la desgracia siempre sobran las palabras, que nunca podrán compensar la pérdida sufrida. Todo sufrimiento verdadero se experimenta como ruptura. El homo doliente dice: tengo el alma destrozada y otras cosas por el estilo.

En muchos casos el sufrimiento ennoblece, nos hace más dignos. Pero el sufrir desgasta, el dolor duele porque supone poner en juego energías vitales que consumen.

Como señalamos, la solución radica en ser capaces de encontrar ese sentido. Pero ha de ser una respuesta real. Capacidad de aceptar lo imprevisto. Superar la desesperación porque destroza. A veces cabe la actitud de echarle la culpa a otro; pero esto no resuelve nada, simplemente se transfiere el problema.

Es importante advertir, por otra parte, que la queja ante Dios por el sufrimiento, se convierte en afirmación de su existencia. Ante la realidad del sufrimiento inesperado e hiriente aparece una actitud de queja y de rebeldía ante Dios. Lo que brota del fondo del alma es la pregunta: ¿cómo es posible que Dios permita semejante cosa? ¿Qué sentido tiene las cosas que no quiero, que no he previsto y que me contrarían? pero la queja misma no deja de ser un modo de oración. Una oración que encierra una protesta y una acusación. ¿Cuál es la idea que está implicada en esa oración de queja? Dios es infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Si no reconozco eso no lo puedo acusar de nada, puesto que existe el mal, existe Dios. Lo que hace del mal un enigma torturante es la existencia de Dios. Si Dios no existe, no hay ante quien quejarse, ni a quien pedirle cuentas.

 

7. Los límites del sentido humano y la plenitud de la fe cristiana

El dolor cuando queda integrado en la vida, nos moldea, nos hace más únicos, más humanos. Lo único que consigue no romper a la persona es que sea capaz de amar de verdad. El amor es un fuerte apoyo del sentido del sufrimiento.

Algunos descalifican el sufrimiento como si fuera una maldición. Se hace coincidir el sufrimiento con la absurdidad. Se olvida que el dolor tiene también una dimensión perfectiva. Para alcanzar la felicidad hay que luchar. ”Hay que buscar la perfección en las entrañas del sufrimiento”17.

No se conoce verdaderamente al hombre hasta no saber como se comporta frente al dolor. El mismo es el acontecimiento fundamental para el perfeccionamiento personal. Si mejora y se perfecciona, el dolor ha contribuido a hacer a la persona más feliz. Así, el dolor es una ocasión de la que el hombre puede servirse para alcanzar esa perfección.

Ser feliz es elevar al máximo de perfección todas las facultades, especialmente las espirituales; pero hay que olvidar el mal que se está pasando. Por eso, insiste Polaino que es posible autorrealizarse en la experiencia dolorosa, porque el dolor es la ocasión, tanta veces mal aprovechas, para el autoperfeccionamiento personal.

 

8. Más allá del dolor y el sufrimiento del hombre

Según Polaino el dolor se hace misterio, es el plus del dolor. Ya no alcanzan las explicaciones racionales y a pesar del desarrollo tecnológico y avances de la medicina, el hombre continúa siendo homo patines, el homo doloris de siempre, en su constante peregrinar en busca de explicaciones que casi nunca alcanza. Por eso, es preciso pasar de lo natural a lo sobrenatural; se necesita la luz de la fe para ese misterio.

En Salvifici doloris nº 4, se indica que el sufrimiento suscita compasión, respeto y a su manea atemoriza. Es un misterio que desgarra la vida, por ello hay que acudir a la fe. Lo superior explica lo inferior, lo absoluto explica lo relativo y lo eterno lo contingente.

La pasión de Cristo es el marco referencial en el que el hombre doliente puede mirarse, en búsqueda de sentido para su sufrimiento.”Del hombre doliente puede emerger la figura del crucificado”… y agrega: “El signo negativo, horizontal de todo dolor humano ha sido plenificado y optimizado con la cruz vertical, positiva, en que murió por nosotros el Hombre doliente”18.

El cristiano no rehusará el dolor, sino que lo acepta a pesar de los naturales temores que el dolor puede suscitar. “Con el sufrimiento de Cristo se esculpió de una vez por todas en su divino cuerpo el sentido, la referencia obligada de todo sufrimiento humano. En adelante, el hombre puede no odiar ni evitar ni retorcerse ante el dolor, por escandaloso e intenso que sea, sino que lo amará y agradecerá, por que de él ha brotado la salvación. El cuerpo por la acción del dolor vivido con un sentido cristiano se espiritualiza, más aún, se sacraliza y diviniza. La redención pasa por la cruz; la corredención por el dolor. El escándalo del dolor de los inocentes no conduce al absurdo, sino a la glorificación del calvario. Este sentido del dolor cambia el mismo dolor. El dolor no es consecuencia del fatum, azar o destino, sino voluntad de Dios, que quiere identificar al hombre doliente con su Hijo”.

La pregunta acerca del sentido del dolor y el sufrimiento va más allá del dolor y el sufrimiento. El misterio del dolor humano encamina al misterio del amor divino:”Sin el sufrimiento de Cristo es locura tratar de entender el sufrimiento del hombre”19 El amor de Dios al hombre probado en el sufrimiento ilumína el sentido del su dolor que se muda en amor de Dios y amor a Dios. El amor limpia y trasciende el dolor. El sufrimiento abre la vida a un sentido más pleno y la hace más digna. Cristo curó a los enfermos y alivió al hombre en su dolor. Con eso demostró que es bueno combatir el dolor. Pero son su vida y su sufrimiento enseñó a divinizar el dolor. Tanto se acercó al sufrimiento que Él mismo se hizo sufrimiento.20 A partir de aquí, el sufrimiento será redimensionado de una forma nueva: el dolor será vinculado al amor. Sufrir no será en adelante, sino amar. El hombre se realiza en tanto que sufre y su sufrimiento se asocia a la cruz. El sufrimiento se transforma en fortaleza salvífica y su miseria en potencia redentora.

El dolor en la medida en que se une al sufrimiento de Cristo, se colma de valor y se transforma en corredención. Cristo no es un Dios solitario, quiere que lo acompañemos con nuestro dolor en sus sufrimientos y en su tarea redentora. La debilidad del dolor, ni debilita, ni expolia, ni empobrece, sino que enriquece, porque trascendiendo la situación colabora en la salvación de uno y de los demás. La aparente debilidad del dolor vigoriza al hombre, lo ayuda a vivir en paz y alegría. El sufrimiento deviene en una nueva realidad transformante.

No todo es luz. La persona vive en el misterio. De muchas maneras nos habla Dios al corazón y un lugar privilegiado para escucharle es en el dolor. El misterio del dolor es un camino por el que los hombres pueden descubrir a Dios, pues el sufrimiento pone en evidencia la indigencia del hombre y la necesidad de Alguien que le comprenda y le quiera. Cuando un niño enferma lo primero que desea es el cariño de sus padres. Debemos entender que cuando estamos inmersos en el dolor, Dios es como una madre, puro Amor. No es cierto que Dios envíe el sufrimiento. El sufrimiento es causado por el desorden de las causas segundas, por defectos, por la relación entre las criaturas que chocan entre sí, y en última instancia por el pecado. Dios no hizo el dolor ni el sufrimiento, ni la muerte. Al contrario, es como una madre que acompaña, que sabe lo que sufre su hijo, y a quien desea lo mejor a través de esa experiencia, Cristo sufriendo no estaba sólo, estaba en un encuentro amoroso con su Padre.

Cuesta entender el sufrimiento en la medida en que no sabemos quién es Dios y quienes somos nosotros y los demás y cómo tratarlos. El problema está en nosotros, en nuestra superficialidad. Cuando se sufre con humildad, se puede ir adquiriendo esa sabiduría que advierte lo eterno, porque el sufrimiento es anuncio de lo que está por llegar, aviso de que hay algo que permanece para siempre y, que lo que importa es el amor que se posee.

Señalamos que hoy se prefiere no pensar en que existen personas que sufren. Una sociedad que solo busca el placer y que huye del dolor como de Dios. Se prefiere vivir de prisa para no tener que pensar. Pero éste es un modo poco realista, porque el sufrimiento es algo muy humano Es bueno descubrir que en el mundo hay otra cara: la cruz, el mundo del sufrimiento.

El sufrimiento en el plano humano permite ser realista, ayuda a tomar conciencia de que algo no anda bien, ayuda a comprender a los demás, a tener cariño y solidaridad, Pero sobre todo a que nos hagamos la gran pregunta sobre el sentido de nuestra existencia. Dios espera que miremos hacia arriba. Dios espera siempre y espera en el dolor. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: el dolor es un megáfono para despertar a un mudo adormecido.21 Hay que tomar conciencia que el sufrimiento no es una maldición divina sobre los hombres. Si hay algo maldito es el pecado; estamos inmersos en el misterio y el misterio del sufrimiento hace relación a otro misterio: el del pecado. Llegamos al misterio del corazón. ¿Cuál es la causa de la felicidad o de la infelicidad? Dios desea que seamos felices y por eso señala unos criterios de felicidad. Esos son los Mandamientos y todas las sugerencias que nos hace para que obremos bien. Pero no queremos escucharlo, pero nos habla amorosamente con la palabra de la Cruz: Verbum crucis. Esta es la palabra última, por eso, no es una desgracia encontrase con la Cruz.

Ante el sufrimiento ajeno solo cabe mitigarlo. Encontrar un sentido al sufrimiento es un verdadero acto de solidaridad con el hombre que sufre.

Existe un sufrimiento vicario, que es el de alguien que no es culpable pero se sacrifica y padece por otros. Es el sufrimiento de Cristo y de los mártires.

Lograr la aceptación del sufrimiento sin la ruptura de la personalidad, permite que la persona pueda amar y trabajar con él; sería la finalidad de una terapia. Para ello es importante la alegría, el sentido del humor, el arte etc.

Según V. Frankl no fueron los más fuertes quienes superaron la experiencia de Auschwitz, sino los que tenían un motivo y una esperanza: mujer, hijos, tarea, ideal, Dios, etc., en una palabra, alguien a quien no podían defraudar, abandonándose a una muerte miserable sin dignidad. Los que sobrevivieron sabían que, si algo no les aniquilaba, les fortalecía; que si no podía esperar nada de la vida, era cuestión de preguntarse por lo que la vida esperaba de ellos. Para Frankl lo que interesa era el sentido de la vida en su totalidad, que incluía también la muerte; no solamente el sentido de la vida, sino también el sentido del vivir y del morir. A este hecho se sumaba una seguridad frente al futuro. La vivencia de esos hombres al regresar a su hogar era que después de todo lo que sufrieron, ya no había nada que temer, excepto a Dios; pero como sabemos, Dios no es objeto de temor sino de confianza absoluta.

El dolor es esencial para nuestro progreso espiritual y para nuestro perfeccionamiento interior; hay que saber usarlo para crecer por eso, no hay que desperdiciarlo nunca. El ejercicio perfectivo de la libertad no es cosa fácil y la capacidad de sufrir serenamente no es asequible por ensalmo, sino tiene que ser conquistada con esfuerzo creativo o autocreativo. El hombre necesita hacerse a si mismo. En esa tarea uno no está solo. Una misma afección puede llevar a la desesperación, se ve todo absurdo o se puede encontrar sentido que me puede hacer crecer. Es como si el dolor abriese una ventana al yo, invitándolo a contemplar lo trascendente.

El sufrimiento y las dificultades juegan un papel decisivo para el conocimiento propio. Dolor y enfermedad son factores desencadenantes en la construcción de la personalidad, puesto que a través de ellos el hombre se vuelve consciente de lo que tiene que superar.

El sufrimiento implica, pues, esfuerzo para no renunciar a sí mismo a pesar del dolor; es avanzar hacia la realización de valores que superan la superficialidad. Es una fuerza de crecimiento interior, aunque el que sufre ya no puede forjar exteriormente el destino, precisamente el sufrimiento le da la posibilidad de superarlo en la propia intimidad. Si tengo alguna enfermedad ella me ha sido dada para que la resuelva; me encuentro ante el problema de qué es lo que voy hacer con ella. Holderlin dice: “el que pisa su sufrimiento se eleva”. En este elevarse pisando el propio dolor se adquiere madurez, donde las contradicciones pulen la obra. Las dificultades ejercen un papel insoslayable en la adquisición de un conocimiento realista de si mismo y en la aceptación de las propias limitaciones.

Ahora bien, es justo y misericordioso que la reparación del pecado sea mediante el dolor. Dios elige como medio de redención la Cruz. Es la manera más perfecta de redimir a la humanidad. El dolor es el mejor medio de purificación.

La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica, presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido; la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea donde se cree en un Dios bueno.

Donde se alcanza el límite de nuestra capacidad de obrar, allí nos encontramos con el sufrimiento, cualquier discurso sobre el sentido del sufrimiento sólo tiene plenitud en cuanto discurso sobre el propio sufrimiento. En el sufrimiento ajeno sólo hay una llamada a mitigarlo. La verdadera solidaridad es ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento.

Advirtamos sobre una desviación sobre el dolor. La misma se detiene en la cruz de Cristo en lugar de avanzar hasta su resurrección gloriosa.. Existe el peligro de hacer pasar por visión cristiana del sufrimiento, ciertas formas desviadas y lindantes con lo morboso; se llega a erigir el sufrimiento como valor máximo -dolorismo- El mismo enfermo se encuentra a gusto con su enfermedad.

El mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que abandonan el lugar sin ser curados. Si Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Tal vez no entienda, pero debo aceptar su voluntad. Seguramente que me tiene reservado algo bueno.

El sentido del sufrimiento es una paradoja. Sólo bajo el presupuesto de que Dios existe y el pecado, puede el sufrimiento cumplir su función. El sentido del sufrimiento es ayudar al que padece a refugiarse en Dios.

Señala Juan Pablo II que el dolor no es un castigo inmerecido, sino un inmerecido tesoro. La unión con el sufrimiento de Cristo constituye el culmen de vuestra actitud de fe.

 

9. El valor salvífico del dolor humano

Escuchemos finalmente a Bruno Forte: en la muerte y resurrección del Hijo, se revela el doble “éxodo” como única posibilidad de dar valor salvífico al dolor humano: la salida de Dios de sí mismo hasta el abajamiento supremo de la Cruz y Su retorno. El “éxodo de Dios” del Hijo venido en la carne culmina en el acontecimiento de Su muerte, como lugar del extremo advenimiento del Eterno en la forma de la limitación humana: pero el sufrimiento y la muerte en Cruz son iluminados en su profundidad abisal por el “éxodo hacia Dios” de la resurrección del Hijo encarnado, en que la muerte ha sido engullida por la victoria (cf. 1Cor 15,54). Entre estos dos éxodos, que rompen el cerco de la existencia de otra manera cerrada en el silencio mortal de la nada, la pasión y la muerte del Hijo del hombre se presentan como el acontecimiento del supremo abandono y de la comunión más grande del Dios venido en la carne, verdadera buena nueva que cambia el mundo y la vida. El supremo abandono del Dios crucificado revela de la manera más cruda la experiencia de la infinita caducidad del existir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc. 14,34). El grito de la hora nona da testimonio de la fragilidad de los habitantes del tiempo, con quienes el Hijo se ha hecho solidario: llamados de la nada a la vida los seres parecen fajados de la nada, envueltos del silencioso misterio del inicio. Ninguna mística del dolor y la muerte podrá superar la parte oscura de todo ello, el aspecto misterioso y dramático del sufrimiento sin aparente retorno. Se sufre y se muere en soledad: la soledad es y queda como el precio siempre presente de la hora suprema: “Mi alma está triste hasta la muerte, permaneced aquí y velad conmigo... ¿No habéis sido capaces de velar una hora conmigo?... Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 26,38.40; 27,46). Se muere en el grito que evoca aquel desgarro inicial, como signo de un extremo desgarro, que es anuncio del nacimiento no en menor grado que de la muerte. En Su abandono el Hijo se ha hecho cercano a la tragedia más profunda, ineludible: desde entonces, ningún hombre que sufre estará nunca más, tan solo como lo estuvo Él.

Sin embargo, el Crucificado manifiesta también el rostro amoroso del Otro escondido: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23,46). Al abandono el Hijo une la comunión con Aquel que le abandona: el Abandonado a la vez se abandona, aceptando en obediencia de amor la voluntad del Padre. A la entrega de Aquel, que no perdona al propio Hijo (cf. Rm 8,32), responde la entrega que el mismo Hijo hace de sí (cf. Gal. 2,20): por amor, la Trinidad hace suyo el exilio del mundo, puesto bajo el pecado, para que este exilio se introduzca en Pascua en la patria de la comunión trinitaria. Es así como un misterio de sufrimiento se deja entrever en el abismo de la divinidad: como afirma la Encíclica Dominum et vivificantem de Juan Pablo II, “el Libro sagrado parece dejar entrever un dolor, inconcebible e inexpresable en la ‘profundidad de Dios’ y, en algún sentido, en el corazón mismo de la inefable Trinidad... En la ‘profundidad de Dios’ hay un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de decir: ‘Estoy arrepentido de haber hecho al hombre’... Se tiene así un misterio de amor que es una paradoja: en Cristo sufre un Dios rechazado de la misma criatura... pero, al mismo tiempo, desde lo profundo de este sufrimiento el Espíritu trae una nueva medida del don hecho al hombre y a la creación desde el inicio. En lo profundo del misterio de la Cruz actúa el amor” (nn. 39 y 41).

El sufrimiento divino no es signo de debilidad o limitación como lo es el sufrimiento pasivo, que se sufre porque no hay más remedio: refiriéndose a este tipo de sufrimiento, signo de imperfección y de limitación, el Catecismo de San Pío X afirma que, como Dios, Jesús no podía sufrir; pero en la profundidad divina, hay un sufrimiento de tipo diverso, activo, libremente elegido por amor. La Cruz, en cuanto historia trinitaria de Dios, no proclama la blasfemia de una atea muerte de Dios, que deja espacio a la vida del hombre prisionero de su autosuficiencia, sino que la buena nueva de la muerte de Dios, para que el hombre viva de la vida del Dios inmortal en la participación de la comunión trinitaria, resulta posible gracias a aquella muerte. Esta muerte en Dios no es de ninguna manera la muerte de Dios que el “loco” de Nietzsche va gritando en las plazas del mundo: ¡no existe ni existirá un tiempo en el que sea posible cantar en verdad el “Requiem aeternam Deo”! El amor trinitario que liga el Abandonante al Abandonado, y en éste al mundo, vencerá la muerte, a pesar de su aparente triunfo. El fruto del árbol amargo de la Cruz es la gozosa noticia de Pascua: el Consolador del Crucificado, entregado por Jesús en el momento de morir al Padre, es por éste derramado sobre el Hijo en la resurrección, para que a su vez el Hijo lo derrame sobre toda carne y sea el Consolador de todos los crucificados de la historia, revelando junto a ellos la presencia corroborante y transformadora del Dios cristiano.

En este sentido, el sufrimiento divino revelado en la Cruz es de verdad la buena noticia: “Si los hombres supieran... –escribe Jacques Maritain- que Dios ‘sufre’ con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas serian liberadas”. La “palabra de la Cruz” (1Cor 1,18) llama así de una manera sorprendente al seguimiento: es en la debilidad, en el dolor y en la reprobación del mundo, que encontraremos a Dios. No los esplendores de la grandeza terrena, sino precisamente su contrario, la pequeñez y la ignominia, son el lugar privilegiado de Su presencia entre nosotros, el desierto florido donde Él habla a nuestro corazón. En la vida de cada criatura humana puede ser reconocida la Cruz del Dios vivo: en el sufrimiento se hace posible abrirse al Dios presente, que se ofrece con nosotros y por nosotros, y transformar el dolor en amor, el sufrir en ofrenda.

La Iglesia y cada uno de los discípulos son llevados entonces a configurarse como el pueblo de la sequela crucis, la comunidad y el individuo “bajo la Cruz”: nada es tan lejano a la imagen del Crucificado como una comunidad tranquila y segura, que fundamente su confianza en los medios mundanos: “La cristiandad establecida donde todos son cristianos, pero en la secreta interioridad, se parece a la Iglesia militante tanto como el silencio de la muerte a la elocuencia de la pasión” (Kierkegaard).

La Iglesia bajo la Cruz es el pueblo de aquellos que, con Cristo y en el Espíritu, se esfuerzan en salir de sí mismos y entrar en la vía dolorosa del amor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que quiera perder su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35 y par.). “Quien no toma su cruz y no me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,38 y Lc. 14,27). El discípulo “deberá completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24). La compasión hacia el Crucificado se debe traducir por tanto en la solidaridad hacia los miembros de su cuerpo crucificados en la historia: los discípulos de Jesús dan testimonio de su identidad “perdiéndola”, poniéndola al servicio de los demás para reencontrarla en el único nivel digno de los seguidores del Crucificado: el amor. La Cruz revela así la posibilidad de vivir el horizonte más alto como profundísima cercanía: en el dolor de la separación más grande se consuma el fuego del amor, fuerte como la muerte (Cf. Ct. 8,6). Es así como el dolor es transformado en amor y llega a ser salvífico, como recuerda Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano (11 Febrero 1984): “El sufrimiento humano ha alcanzado su culminación en la pasión de Cristo... entrando en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido ligado al amor” (n. 18). En el dolor ofrecido por amor en unión a Jesús Crucificado, cada uno puede completar en su carne lo que falta a la pasión del Hijo a favor del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).

Es así, en fin, que se halla la respuesta a la pregunta inevitable: ¿quién podrá vivir como Él, Jesús, la unidad del desgarramiento y del abandono en la hora de la muerte?, ¿quién podrá como el Abandonado, abandonarse en las manos del Padre por amor a los demás? Según la fe del Nuevo Testamento la lejanía y la proximidad en el dolor pueden coincidir gracias a la fuerza del Consolador: “Jesús dice: ‘Todo está cumplido’. Y, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn. 19,30). Mientras sostiene al Abandonado en su destino mortal, el Espíritu lo tiene unido a Dios, haciéndole capaz del ofrecimiento supremo: es lo que expresa la iconografía de la “Trinidad en la Cruz”, donde el acontecimiento de la muerte de Crucificado es culto como revelación de la Trinidad. El Padre sostiene entre Sus brazos el leño de la Cruz, del que cuelga el Hijo engullido de la muerte, mientras la paloma del Espíritu misteriosamente separa y une el Abandonado y Aquel que lo abandona (piénsese en la Trinidad de Masaccio en Santa Maria Novella en Florencia). Así “la muerte ha sido engullida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?... Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor. 15,54s.57). El ofrecimiento divino del dolor hace posible el supremo ofrecimiento de la fe que sufre y la abre a la victoria sobre el dolor y la muerte en cuanto éxodo de la elocuencia silenciosa del amor que muere a la Belleza que transfigurando acoge: el dolor ofrecido con Cristo al Padre llega a ser camino y umbral de la vida, fuente de luz que no se pone, dolor salvífico por la fuerza del amor que lo transforma a partir de la caridad infinita del Dios crucificado.(Pascuas Bruno Forte, Pascua, Arvo Net, 2005)

 

10. Conclusión

La inclusión del dolor y el sufrimiento en la tarea de vivir remite y se resuelve en el sentido de la vida. La fuerza para sufrir brota de los motivos que se tiene para seguir viviendo Si éstos no existen, no se aguanta una vida dramáticamente dolorosa. Y cuando tomamos una postura sobrenatural ante el dolor y el sufrimiento hacemos una experiencia de purificación que nos lleva a madurar y crecer en la fe, la esperanza y el amor. Jesucristo con su Redención nos llena de esperanza ante los infortunios que envuelven la vida, porque el creyente camina hacia el cumplimiento de las Bienaventuranzas: “dichosos los que sufren porque ellos serán consolados “ (Mt 5, 3-10).

 

Bibliografía

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SPAEMANN, R., El sentido del sufrimiento, Atlántida, 15, 1993, 322-333

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LAÍN ENTRALGO, P., Antropología médica, Salvat, Barcelona, 1984, 118-130

FRANKL, V. El hombre doliente, Herder, Barcelona, 1985

TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologíca, II-II, q. 31

YEPES STORK, R., Fundamentos de Antropología, EUNSA, Pamplona 1997

POLO, L., El sentido cristiano del dolor, Pamplona , 1968

POLO, L., Quién es el hombre, Rialp, Madrid, 1993

 

Notas

[1] A. Polaino –Lorente, Más allá del sufrimiento, en Atlántida, 15, 1993, Pág. 312

[2] Polaino- Lorente: Manual de Bioética general, Rialp., Madrid, 1994, pág. 470

[3] Ricardo Yepes Stork, Fundamentos de Antropología EUNSA, 197, pág. 442

[4] S Th II-II,q. 31, a.2

[5] R. Yepes Stork, ob. cit. p. 443

[6] R. Spaemann, El sentido del sufrimiento, Atlántida, 15, 1993, 322-332

[7] A. Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Ateneo, Bs. As, 1956, p. 56

[8] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, KSA, 408, ed. Española p. 428

[9] C.S. Lewis, El problema del dolor, Rialp, Madrid, 1994,. Pág.: 99

[10] V. Frankl, El hombre doliente, Herder, Barcelona, 1987, p. 255

[11] A. Polaino, Mas allá del sufrimiento, ob. cit.,pág. 304

[12] R. Yespes, Fundamentos de Antropología ob. cit. p 448

[13] Ibíd., p. 449

[14] C.S. Lewis, ob. cit. pag. 84

[15] Frankl , ob. cit., p 258

[16] A. Polaino- Lorente, Más allá del sufrimiento, ob.cit., pag. 416

[17] Polaino – Lorente, Manual de Bioética, ob. cit p. 473

[18] Polaino- Lorente, Más allá del sufrimieto, ob, cit. p. 475

[19] Polaino- Lorente, Más allá del sufrimiento, ob. cit., pág.476

[20] Ibídem, p. 476

[21] C. S. Lewis, El problema del dolor, ob. cit. p.97


¿Cómo citar esta voz?

Sugerimos el siguiente modo de citar, que contiene los datos editoriales necesarios para la atribución de la obra a sus autores y su consulta, tal y como se encontraba en la red en el momento en que fue consultada:

LUCERO, Ignacio T., EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO HUMANO, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL: http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/168-el-dolor-y-el-sufrimiento-humano

 

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