AMOR, MUERTE Y ESPERANZA. REFLEXIONES DESDE GABRIEL MARCEL

Autor: José Juan García

 

 

ÍNDICE

1. Introducción
2. Amor y Muerte
3. Muerte y Esperanza
4. Reflexiones Conclusivas
Notas
Bibliografía

 

 

1. Introducción

La realidad que experimentamos en cuanto “necesidad” segura de un futuro cierto e inextinguible, consiente plenamente que hagamos algunas reflexiones filosóficas sobre la persona que avisora su propio morir.

Ni vivimos solos ni morimos solos. Por ello el acompañamiento del enfermo terminal desde una actitud de amor, sostenido en su base por la esperanza trascendente, es ciertamente necesario como actitud cristiana de donación, y su reflexión se incorpora a toda antropología que no deje de lado la tanatología. Si la antropología margina el “thanatos”, se torna fragmentaria e incompleta. Por eso hemos elegido a un destacado filósofo francés de nuestro tiempo que ha pensado nuestro tema y de algún modo ha dado luz con sus escritos y su preocupación vital: Gabriel Marcel.

 

2.  Amor y muerte

La Filosofía de Marcel (1889-1973) intenta poner un límite a las exageradas pretensiones del racionalismo, que busca reducir la realidad a lo desconocido sólo por la ciencia a través del método de verificación empírica.

Para Gabriel Marcel el ser se torna “presencia” en relaciones inobjetivables, y que envuelven el misterio. Yo soy quien me interrogo a mí sobre el ser. El amor y la amistad me revelan al ser del otro, haciendo de él una “presencia” para mí, al tiempo que soy “presencia” ante él, un “yo” frente a un “tú”[1].

En el amor quedan entrelazadas la fidelidad y la esperanza[2]. Se espera porque se ama. Esta perspectiva sirve de marco a la reflexión sobre el morir del existente concreto y corpóreo que es el hombre.

A diferencia de Martin Heidegger, Marcel procura interpretar la relación del hombre con su muerte, no a partir de la anticipación de la propia muerte sino a partir de la muerte del otro. Claro es que no se tratará de otro cualquiera, sino del otro que amamos. Aquí y no en otro lugar debemos buscar el secreto del morir humano. En la segunda parte del Journal, publicado bajo el título de Etre et Avoir confesará: “El problema de la inmortalidad del alma, pivot de la metafísica”

En Vers un autre royaume expresará: “Hay una cosa que he descubierto después de la muerte de mis padres, y es que lo que llamamos sobrevivir en realidad es sub-sobrevivir, aquellos a quienes no hemos dejado de amar con lo mejor de nosotros mismos se convierte en una especie de bóveda palpitante, invisible, pero presentida e, incluso, rozada, bajo la cual avanzamos cada vez más encorvados, con más desapego de nosotros mismos, hacia el instante en que todo quedará sumido en el amor”[3].

El ser querido ausente vive ´presencialmente´ entre nosotros. Por tanto hay un influjo mutuo entre vivos y muertos: la fidelidad se afirma más allá del triunfo de la ausencia absoluta, a la que llamamos muerte[4].

El mismo nos dice haber tenido la experiencia que signa su vida: “Es muy probable, en lo que a mí concierne, que estas imágenes tengan un valor propiamente desesperante, y que parecieran formar en mí un ser traumatizado desde la infancia, por la muerte de otro, la muerte de mi madre que perdí cuando todavía no tenía cuatro años. Si exageración alguna, establecí que habría vivido mi vida, incluso mi vida espiritual bajo el signo de la muerte de otro”[5].

En esta perspectiva, Marcel coloca también el origen de una controversia tenida en 1937 con León Brunschvicg, en una Congreso sobre Descartes: “Cuando él me reprochó que daba a mi muerte más significado de cuanto él diese a la suya, le respondí tranquilamente: ´lo que cuenta no es ni mi muerte ni la suya, sino la muerte de aquellos que amamos´; en otros términos: el problema, el único problema esencial, viene planteado por el conflicto de amor y muerte”[6].

Este es el núcleo del tema. Por eso las palabras que Werner dirige a Béatrice en Le Dard: “Si allí no hubiese más que vivientes...yo creo que la tierra sería inhabitable”. He ahí la verdad profunda que encierra la conocida exclamación de Edith en L´Insondable: “Los verdaderos muertos, los omnipresentes muertos, son aquellos a los que no amamos más”[7].

En esa ontología existencial de la persona que caracteriza a nuestro autor, el análisis del ser se dirige al descubrimiento de la unidad metafísica entre los seres humanos, cuya unidad presiente con claridad[8]. Esos “seres” son los seres amados que nos ´sobreviven´, que han pasado no sólo a `mejor vida´ sino a mayor vida, a un plus de vida. Marcel piensa que el error de Kant en su formalismo fue el haber desterrado el amor de su sistema. Puede ser que en su afán por eliminar toda huella de sentimiento, Kant no se dio cuenta que el amor supera el mero sentimiento. Más aun, el amor es el verdadero fundamento del valor. El deber por el deber no convence. La fidelidad es la cara del amor que permite superar el formalismo, a la vez que conserva la absolutez del valor, el cual exige también el deber. Claro que Marcel no hablará tanto del deber cuanto de fidelidad al amor. René Davignon en Le mal chez Gabriel Marcel, Montreal, 1985, pág. 81, subrayará la íntima relación que existe en la filosofía marceliana entre fidelidad, esperanza y amor: “Si la fidelidad y la esperanza tienen su importancia mientras se camina hacia el ser trascendente buscando un sentido a la prueba del existir, es cierto que éstas suponen el amor, pivote del pensamiento marceliano”.

 

3.  Muerte y esperanza

El tema de la supervivencia personal, más allá de la muerte, acompañó a Marcel en todo momento, como él mismo reconoce, en cierta línea cercana a la reflexión de Miguel de Unamuno. En Pour une saggese tragique Marcel expresó: “Es absolutamente cierto que esta preocupación (la inmortalidad), incluso podría decir esta obsesión, tanto en mi caso, como en el de Unamuno, se extiende como una filigrana a través de todo lo que he escrito, y especialmente en mi obra dramática”[9].

La muerte como victoria sobre la soledad y el tiempo, como “lugar de presencias” de los seres amados, es la idea que obsesiona al escritor francés desde su tierna edad: “No dudaré en decir que mi vocación filosófica nació el día que, yendo por una alameda del parque Monceau, -debía tener ocho años entonces- y habiendo llegado a la conclusión de que no podía saber con certeza si los seres humanos sobreviven a la muerte o si están destinados a la extinción absoluta, me dije: ´Más adelante intentaré ver esto con claridad”[10].

Si el valor está fundado en el ser, y éste es para Marcel esencialmente “don”, es decir, amor, con la muerte no puede desaparecer el amor. Al contrario, la muerte suele poner de manifiesto el amor que ha existido entre los seres, como también trae a la luz la falta de un amor que era debido. Como dice el personaje Arnaud en La Soif: “Por la muerte nos abrimos a aquello por lo que hemos vivido sobre la tierra”[11]. Y también en la Fin des temps dirá: “Nous n´emporterons pas avec nous que ce que nous aurons donné”:[12] Sólo nos llevaremos aquello que hayamos dado.

Si se ha vivido en y para el amor, la muerte no puede tener la última palabra. El amor exige la permanencia ontológica. Por eso el ser amado no puede caer en el olvido; sería una falta contra la fidelidad.

Es preciso destacar que todo el pensamiento marceliano está inclinado a la esperanza, que es “comme une mémoire du future”[13] y la otra cara de la moneda del fatalismo. Este es negligencia, porque reduce la vida a comedia, farsa o tragedia. La esperanza se presenta como una reacción a la desesperación. Desesperar es suicidarse[14]. Quien espera sólo se fija en el fin, y busca cómo alcanzarlo. ¿Podría ser que la esperanza fuese otro nombre de la exigencia de trascendencia?[15].

En Marcel, a través y por fuerza de la esperanza, “el hombre puede verificar existencialmente lo Inverificable por esencia, puesto que nos hace ver que las cosas carecen de solidez si no son referidas a un orden trascendente[16].

En Marcel, las consideraciones filosóficas se entrecruzan con las de tipo sicológicas, conformando un único y rico entramado. En el marco de una ontología existencial, ha desarrollado originalmente el pensamiento acerca del morir y el amor.

 

4.  Reflexiones Conclusivas

Con Marcel nos abrimos a una perspectiva de la vida y de la muerte fundada en la trascendencia de la persona, signado por el conflicto muerte-amor, sostenido y animado por la actitud de la esperanza. La muerte no posee la última palabra; sí la posee la Vida. De hecho, hay un anhelo de inmortalidad, de ser por siempre (Unamuno), de no verse envuelto en el poder de las parcas nihilistas, de la nada.

La pobre tanatología del marxismo por ejemplo, nada dice acerca de ese deseo de inmortalidad. Ernest Bloch –de la corriente cálida del marxismo- se da cuenta de ello, pero la resuelve en modo intra-histórico, en una patria de la identidad que no mira más allá del tiempo.

El secreto del morir humano lo hemos de buscar en la muerte del ser que amamos. En esa ontología existencial del pensador francés, los muertos aparecen como aquellos seres a los que no amamos más. En cambio, si se ha vivido en y para el amor, la muerte deja de tener la última y trágica palabra, porque el amor es más fuerte que la muerte y hace que, lejos del olvido, sepamos de modo creativo y fiel acompañar en la ternura y la oración al ser amado que se nos va, en un desgarrón inédito.

La muerte en sí no es un hecho traducible en términos de luz, pero el amor abre la ventana – amplia y luminosa- a esa Luz que llega de lo Alto, que abraza a quien muere amado.

 

Notas

[1] Cfr. MARCEL, G., Journal Metaphisyque, Paris, 1927, pág. 145-146.

[2] “La fidelidad ha marcado toda la obra y la vida de Marcel. Así lo hace notar André- A. DEVAUX, en “Gabriel Marcel ou la conjontoure de la raison et de l´amour” en Gabriel Marcel et la pensée allemande, cahier 1, Paris, 1979, pág. 115.

[3] MARCEL, G., Vers un autre royaume, Paris, 1958, pág. 109.

[4] Cfr. MARCEL, Essai de philosophie concrete, 1967, pág. 228.

[5] MARCEL, G., Présence et Inmortalité, Paris, 1959, pág. 182.

[6] MARCEL, G., Ibidem, pág. 182.

[7] MARCEL, G., “L´Insondable” en Présence et inmortalité, Paris, 1959, pág. 132.

[8] MARCEL, G., Le Mystére de l´ étre, Paris, 1951, vol. II, pág. 20.

[9] MARCEL, G., Pour une sagesse tragique. Et son au-dela, Paris, 1949, pág. 41.

[10] MARCEL, G., Ibidem, pág. 40-41.

[11] MARCEL, G., La Soif, Paris, 1938, pág. 281.

[12] MARCEL, La Fin des temps, Paris, 1950, pág. 286.

[13] MARCEL, G., Homo Viator, Paris, 1944, pág. 68.

[14] “Désespérer de soi, n´est-ce pas se suicider par anticipation?”. MARCEL, G, Être et Avoir, Paris, 1935, pág. 117.

[15] Cfr. MARCEL, G., Le Mystére de l´Être, ob. cit., pág. 300.

[16] BLAZQUEZ CARMONA, F., La Filosofía de Gabriel Marcel. De la dialéctica a la invocación, Madrid, 1988, pág. 226.

 

Bibliografía

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García, José Juan, AMOR, MUERTE Y ESPERANZA. RELEXIONES DESDE GABRIEL MARCEL, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL: http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/176-amor-muerte-y-esperanza-relexiones-desde-gabriel-marcel

 

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