RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE*

 

INDICE
1. Introducción
2. La interacción médico-paciente como relación vincular
3. El valor intrínseco de la persona
4. El paciente y el médico como personas
5. Significado de la situación terapéutica desde la bioética
Notas
Bibliografía

 

 

1. Introducción

 

Cuando un paciente entra en contacto con un médico y se establece una relación terapéutica, a expensas de ambos y de dicha relación, se desarrolla un sistema que tiene por objeto (finis operis) la interacción en el que tanto uno como el otro se han de encontrar comprometidos en una causa que promueve a ambos en la consecución de un fin (finis operantis)a. Tanto el paciente como el médico buscan el bien(1); es decir, buscan promover y promoverse; y de la promoción del uno depende la promoción del otro. En la relación médico-paciente se tiene como fin inmediato restaurar la salud del enfermo: lograr para él que sus funciones se acerquen lo más posible a la línea de trayectoria que en su naturaleza se representa como óptima. En otras palabras, que el paciente logre una integridad y totalidad de su realidad biológica con sus necesidades emocionales, con su entorno social y familiar, y con su trascendencia espiritual. El acto conjunto del paciente y del médico en la búsqueda de dicho objetivo, promueve tanto al uno como al otro en la consecución de un bien que se ha elevado a fin y que perfecciona a ambos en un movimiento metafísico de actualizaciónb.

 

En función de tal situación, la relación médico-paciente conlleva responsabilidades tanto para uno como para el otro. El médico tiene responsabilidad con el paciente y consigo mismo; el paciente, de la misma forma, tiene responsabilidades con el médico y consigo mismo.

 

Este interjuego de compromiso tipifica la relación médico-paciente como una relación de sinergia(2). La American Medical Association fundamentó en 1980 la formulación de su código de principios de ética médica en este concepto de interacción médico-paciente en la colaboración de una alianza mutuamente respetuosa. Esta formulación de principios ha sido actualizada repetidas veces; la última fue en 1993(3).

 

 

2. La interacción médico-paciente como relación vincular

 

La interacción médico-paciente es representativa del tipo de relación entre personas que a través de la misma pretenden alcanzar algo significativo para ambas. En ella, una y otra persona ha de hacer suyo el valor de la otra persona: se ha de apropiar de ese valor y es esto lo que establece una vinculación entre ambas. Hacer propio el valor de la otra persona significa reconocer dicho valor en todo lo que vale la dignidad ontológicac de la misma y experimentar como incuestionable el derecho que ella tiene de integrarse con dicha dignidad en una trayectoria que implica la conducta que la hace convergir hacia la misma como fin intrínseco instaurado en su esencia. Apropiarse del valor de la otra persona implica una disposición taxativa que compele a facilitar y promover la perfección de la otra personad. Esta disposición ineludible y preocupación por la promoción del otro es la oblación que el médico ejerce cuando ha asumido voluntariamente –como virtud y dignidad moral– el don en que consiste su vocación.

 

Reconocer el valor del otro, y así respetar su dignidad haciendo propia su aspiración, es precisamente llegar a ser persona en la actualización de la capacidad de amar. La persona capaz de amar, es decir, de experimentar al unísono con la persona del otro, llamada a veces simpatía, a veces compasióne, es la que ha conducido su naturaleza de persona al nivel de verdaderamente adoptar el camino de llegar a serf.

 

En esa apropiación y vinculación con la otra persona, cada una se hace en comunión con la otra, aunque no busca como finis operantis su propio bien exclusivamente, sino que en primera instancia busca el bien del otro. La búsqueda del logro y la necesidad del otro para alcanzarlo caracterizan a la persona humana. Es decir, la persona tiene la característica de no ser autosuficiente. Su naturaleza es siempre actualizable por lo que no resiste el criterio de la autosuficiencia. Siempre su naturaleza estará en el proceso de actualización que mantiene su subsistencia, que es la vida misma, y que requiere la actuación del otro(5). Por lo tanto, en la relación terapéutica prevalece la responsabilidad frente al otro. En ella, el hombre reconoce que es insuficiente, y reconoce, así mismo, que el otro hombre también lo es.

Por lo mismo, están identificados en la responsabilidad de uno frente al otro y de uno por el otro(6). No puede la persona subsistir sola, requiere realizarse en comunión con el otro. La persona como sujeto siempre se concibe a sí misma como un yo; pero ese yo es el tú del otro. El otro es quien le da significado al ser el tú proferido por el otro hombre: ser yo el tú de ti(7). La persona no existe sino hacia los demás, no se conoce sino a través de los otros, no se encuentra sino en los otros(8). Lo que le da la subjetividad, y lo que le da personalidad al hombre es lo que el otro en su decir instaura en él(5). El ser de éste proferido por otro, lo define, lo apropia, lo familiariza; hace vigente su existenciag.

El otro es el agente en acto que actualiza a éste; y gracias a la presencia de éste, que le permite ejercer el acto, logra, así mismo, la actualización de las propias potencias. Éste y el otro, (médico y paciente) ambos como agentes en acto el uno sobre el otro, se perfeccionan (se actualizan) en la interacción. Y esa interacción es precisamente a través del cuerpo; la palabra proferida es corporal, la actitud humana que ilumina al otro es corporal. El cuerpo es el medio de instrumentalidad para (la actualización) el perfeccionamiento(9). El otro, desde la interacción del recién nacido con su madre, es el agente en acto que actualiza a éste, y gracias a la presencia de ambos para el otro, es posible el ejercicio del acto que actualiza las potencias de uno y otro en la interacción.

 

La calidad de la relación médico-paciente comprende las características aprendidas de la relación vincular de la primera infancia, y específicamente de la relación que ha visto tener a sus padres y que sus padres han tenido con él, en cuanto que a través de ella el paciente logra acciones que lo perfeccionan, lo promueven: logra remover aspectos patológicos de su personalidad que actúan limitando el ejercicio de su libertad. La relación entre el paciente y el médico actúa como el instrumento terapéutico por excelencia que promueve la libertad responsable de la persona del paciente –y así su dignidad–, lo que le permite optar en convergencia con el fin ontológico instaurado en su naturaleza, y así encontrar el sentido de su propia vida hacia la integridad. El movimiento de la persona hacia su propia actualización en convergencia con el fin ontológico que su naturaleza indica – encamina– hacia la integridad. Este movimiento metafísico engendra una resonancia afectiva dinámica que es experimentada como felicidad.

 

En la consecución del perfeccionamiento, de la convergencia con la dignidad en el ejercicio de la opción en respuesta al llamado (opción responsable), la persona asume y ejerce la libertad con lo que a la vez se dignifica(10), y encuentra el sentido de su vida(11). Todo este proceso es el que la persona no puede consumar más que en la interacción con la otra persona como agente en acto.

 

 

3.  El valor intrínseco de la persona

 

La persona es tal porque tiene un valor absoluto instaurado en su propia naturaleza substancial y que constituye su dignidad intrínseca, que como don y finalidad específica da sentido a su existencia y la hace absolutamente única e insustituible. La persona ha de asumir este don ejerciendo una conducta promotora del encuentro e integración con dicha dignidad, logrando así perfeccionamiento y progresiva armonía.

 

La conducta que toma esta dirección es la que puede ser reconocida como buena, y el perfeccionamiento y armonía que a través de ella se logra puede ser reconocido como bien. En otras palabras, para consumar su ser persona, al hombre no le basta tener esa finalidad instaurada ontológicamente, y no le basta con saber y reconocer ese valor. Es necesario que, en el ejercicio de su libertad, se apropie de ese valor: asuma esa dignidad ontológica. Cuando su actuación es de acuerdo a esto (consistente), es cuando en la convergencia de los fines de sus acciones, con ese fin instaurado, el hombre se mueve en dirección de alcanzar su integridad, que por las razones explicadas anteriormente nunca pueden ser en aislamiento.

 

Así, la dignidad moral de la persona consiste en haber asumido el valor intrínseco que se ha reconocido como fin, y emprender la búsqueda de la integración y armonía con dicho fin, como meta ya posibilitada y existente en potencia dentro de la propia naturaleza. La necesidad del otro (de la otra persona en acto) para alcanzar (actualizar) las potencias y llevarlas al nivel de logro, caracteriza a la persona humana; que como tal, si se usufructuara al otro, contravendría su actualización. Como se describió antes, la persona tiene la característica de no ser autosuficiente: su naturaleza es sólo actualizable a través de la relación interpersonal. La dignidad ontológica de la persona (el valor intrínseco que ha sido instaurado en ella), su ser persona, constituye a su vez el llamado (la vocación), también intrínseco, a llegar a serlo (a actualizarse) en el devenir de su vida, que es el proceso continuo e inagotable de llegar a ser.

 

Lo que está instaurado como dignidad ontológica es el don que la persona en continuo desarrollo ha de reconocer como valorh que llama, y que la persona no puede dejar de llegar a alcanzar porque dicho valor la obliga y la responsabiliza. El no reconocimiento del valor instaurado como llamado intrínseco constituiría una ceguera axiológicai. Una vez reconocido dicho valor, no puede ser soslayado, no puede ser evitado; constituye la meta que ha de ser consumada, el don que ha de ser asumido en la búsqueda del perfeccionamientoj.

 

 

4.  El paciente y el médico como personas

 

Partimos de las nociones expuestas en el apartado anterior en el estudio de la interacción con el otro, para ahora abordar el concepto personalista del paciente como individuo y como totalidad. No siendo autosuficiente y siendo con y para los demás, la persona es un individuo que posee una unidad interna en sí mismo, que es diferente de los otros; se distingue no sólo numéricamente de los demás, sino también cualitativamente: cada persona es única e irrepetible. Todo hombre es inconfundible, insustituible, irrepetible, único, con un fin intrínseco que tiende por naturaleza a alcanzar. Es una totalidad de funciones que se extienden en el tiempo y en el espacio (en toda su historia y en su presente) y que su proporción es mayor e incomparable con la suma de sus partes, que en forma multidimensional implica lo que de él es biológico, lo que de él resulta de su interacción en el ambiente, y lo que de él representa su realidad interna y subjetiva (espiritual). Esta totalidad de funciones se refiere a la racionalidad dada en una substancia sellada en sus límites (individualidad) a que se refiere Santo Tomás en la definición de persona invocando a Boeciok: Naturae rationabilis individuae substantia(14,15). Racional no quiere decir solamente que ejerce actos racionales como pensar, hablar, etc.; sino que su ser es espirituall; es decir, con el pensamiento el hombre desarrolla ideas abstractas universales e inmateriales; con las ideas abstractas hace juicios y razonamientos. La racionalidad implica también capacidad de hacer elecciones libres en forma responsable; es decir, la racionalidad permite al hombre optar respondiendo por las consecuencias de su opción, poniendo en juego las capacidades específicamente humanas de inteligencia y voluntad. Las acciones resultantes de la opción libre, al ser confrontadas con el valor moral, pueden ser definidas como buenas o malas.

 

El funcionamiento total resultante deviene de lo que entendemos por dignidad humanam; y la espiritualidad implicada, ya descrita en el párrafo anterior, no puede demostrarse científicamente porque no es una realidad empírica. La prueba y demostración será racional. La racionalidad no es un acto que la persona hace, sino una serie de modos de ser. Ser racional es implícito a la naturaleza humana, e indica todas las capacidades superiores del hombre: modos de ser como inteligencia, amor, sentimientos, moralidad, religiosidad, generosidad, compasión; que no tienen espacio limitado.

 

El ser persona pertenece al orden ontológico, por tanto, la persona es o no es. En función de lo anterior todos los hombres tienen la misma dignidad ya que la persona tiene un valor y una dignidad absolutos. El concepto de persona está ligado intrínsecamente al concepto de dignidad y valor. La persona humana goza de una interioridad que la constituye como sujeto y la abre al absoluto y, por tanto, es fin en sí misma; esto hace que posea una inviolabilidad y derechos –deberes fundamentales–. El valor eminente de la persona –su dignidad– establece su no disponibilidad a ser medio o instrumento para otro(19,20,9).

 

Con estas características –retomando y reiterando en el tema anterior– el paciente se reconoce a sí mismo como incompetente para resolver el estado de limitación en que se encuentra, y actúa recurriendo a otro (al médico) quien posee conocimientos y tiene acceso a recursos que pueden disminuir la limitación que implica su padecimiento(21). En esto, el médico es identificado como superior por sus conocimientos, por su experiencia, y por sus destrezas; y el paciente adopta una postura receptiva y vulnerable; lábil ante el arbitrio del médico quien lo va a orientar, lo va a dirigir a un acto de aceptación de una medida terapéutica que le propone. El paciente acepta y adopta esa posición de desventaja dado que la confianzan prevalecen en que el médico es fiel a su propia finalidad, que siendo ésta el bien del pacienteo,p, el ejercicio que lo conduce a ella lo dignifica y perfecciona en el proceso de actualización de sus propias potencias. La beneficencia y la benevolencia tipifican la práctica de provisión de salud, y están presentes en la forma natural de ser del médico. El principio de beneficencia es de gran importancia en bioética y ha sido prominente en los códigos deontológicos de medicina desde la antigüedad(24,25) y ocupa una alta jerarquía en la orientación personalista, aunque no es la principal(1)q. Es importante hacer notar que en la relación terapéutica es importante la técnica que el médico ejerce. La destreza y la experiencia son imprescindibles. Pero lo que es el centro de atención aquí, como acto compartido a través del que médico y paciente se actualizan en compartimiento de uno con el otro, es el diálogo holístico que implica la entrega en la confianza, y el acto del paciente en la aceptación por parte del mismo sobre la base del conocimiento proporcionado por el médicor; y que como tal corresponde a la verdad que finalmente permite el acto libre del paciente. En el establecimiento de la relación terapéutica es el paciente quien toma la iniciativa y es el actor principal(26,2). Para luego, en el acto terapéutico, tomar la acción, al aceptar una técnica propuesta. El médico es coactor indispensable en dicha acción. En los modelos en los que el médico se convierte en actor único manteniendo al paciente en la pasividad, no se conforma la relación terapéutica como aquí se entiende: como el instrumento terapéutico fundamental que resulta del nexo inseparable vida-verdad-libertad(20).

 

El médico observa la disfunción existente, para luego entender sus observaciones en el contexto diacrónico dado por la historia particular del paciente y la historia de su enfermedad. Con esto, el médico incursiona en sus conocimientos científicos y en su sensibilidad humanística para ordenar y evaluar el significado holista del paciente y su enfermedad. Estas nociones, adaptadas al entendimiento del paciente, son las que finalmente el médico comparte con él (hace al paciente poseedor de las mismas).

 

Así, la información y el conocimiento del paciente sobre su padecimiento y el proceso terapéutico en cuanto a su objetivo y medios, le permiten participar en la decisión que lleva al acto psicoterapéutico que emana de la libertad, de la verdad, de la bondad y de la responsabilidad(21,23,27,28,29,30,31).

 

Una vez tomada la decisión, procederá el acto terapéutico al que convergen todas las categorías aristotélicas de la acción. La causa material del acto psicoterapéutico es el paciente entendido como persona (con todas las características anteriormente expuestas). La causa formal es el parámetro de salud al que se aspira.

 

La causa eficiente es propiamente la persona del médico y su actividad derivada del conocimiento de las técnicas terapéuticas y de las destrezas que ha desarrollado para aplicarlas. La causa final es la restauración del estado de salud o la consecución de las funciones que se encuentran limitadas por la enfermedads.

 

Se ha de distinguir el transcurso del proceder en el acto terapéutico, ya que en esos pasos estriba su proceder personalistat en la consideración del individuo humano como persona que es el agente y actor principal en la relación terapéutica. Sgreccia(2) describe los diferentes niveles del encuentro terapéutico. El primer paso es predominantemente objetivo y corporal y en él, el médico observa la disfunción que impide la normalidad propia del estado de salud. En este nivel, el médico restringe su objetivo y reduce su mirada al objeto particular. Desde ese punto de observación, la atención se desplaza a la integridad en cuyo nivel particular se inscribe la enfermedad. Este ejercicio corresponde a la atención hacia el todo (holística).

 

El segundo nivel corresponde a la mirada diacrónica que analiza tanto la historia del paciente como la del padecimiento que lo aqueja. En la reflexión que hace el médico sobre la interacción de estos datos estriba la comprensión del origen de la enfermedad.

 

El paso ulterior representa la incursión que hace el médico hacia su propia ciencia para confrontar con su saber los elementos que ha recopilado, y en ese ejercicio evaluar los síntomas y signos en torno a su significado patológico y su posibilidad de alivio. Este proceso que tiene lugar en la mente del médico permite a éste emitir un juicio que ha de comunicar al paciente, precisamente porque éste no es un objeto, sino el sujeto prioritario del proceso de apoyo a la vida y a la salud(32).

 

Con respecto a este nivel, es cuando se amplia la visión del médico para abarcar su aparato mental en cuanto a cómo el paciente experimenta su propia enfermedad desde lo emotivo, desde lo psicológico y desde lo espiritual. Vivencias que son algunas conscientes y verbalizadas, y otras que obran desde el inconsciente.

 

Este es el diálogo interaccional verbal y no verbal que constituye la relación médico-paciente, y que resulta en el acto conjunto que tiene como finalidad lograr el ordenamiento que corona en la finalidad del paciente y en la finalidad del médico, y que representa el ejercicio libre de la responsabilidad de ambos hacia cada uno de ellos mismos y hacia el otro. En este diálogo se implica la ética que lo considera completo si cumple la finalidad informativa, la finalidad terapéutica y la finalidad decisoria. El diálogo terapéutico requiere caracteres específicos por parte del médico en cuanto a la capacidad de éste para guardar el sigilo y confidencialidad que requiere el respeto a la dignidad del paciente. Al mismo tiempo, el diálogo se logra solamente si impera la veracidad en la información por dolorosa que sea o por graves que sean las posibles consecuencias de la enfermedad. Lucas señala como segundo principio de la Bioética el nexo inseparable entre la vida, la verdad y la libertad, bienes inseparables, eslabones de una misma cadena: cuando se rompe uno, también se acaba violando el otro(33).

 

No puede haber libertad si ésta no está ligada plenamente a la verdad; y no se estará en la verdad si no hay amor por la vida. Disociar la libertad de la verdad hace imposible la fundamentación de los derechos de la persona. Esto es así porque la libertad plena, como acto puro, se da cuando se actúa buscando el bien de un acto, independientemente de que el juicio pudiera ser erróneo por ignorancia no culpable. Entonces el vínculo entre el acto libre y la verdad se da en cuanto que la conciencia, que señala la inquietud de la búsqueda del bien, cuando se actúa, tiene que estar de acuerdo con que el acto realizado sea aquel que ha iluminado como el que más se aproxima al bien.

 

La compasión como motivación dinámica es uno de los factores que necesita el médico para realizar su tarea(32). No menos importantes como factores, son la preparación del facultativo y su destreza técnica; además de sus facultades psicológicas que implican una preparación inherente a su práctica, que le permite reconocer los movimientos emocionales consistentes de mecanismos defensivos en torno a agresión o fuga que pueden lesionar tanto a su paciente como a él mismo.

 

 

5.  Significado de la situación terapéutica desde la bioética

 

La situación terapéutica coloca a dos seres humanos en un contacto del uno frente al otro en el que, independiente de la orientación psicoterapéutica y de la técnica, el uno tiene responsabilidad por el otro. Tiene responsabilidad por la realización (promoción) del otro. Si bien, como ya se describió antes, esto es cierto tratándose de cualquier relación humana, como en las relaciones entre el pedagogo y el niño o el maestro y el alumno; en la relación psicoterapéutica se configura el vínculo con especial oportunidad de perfección reparatoria de relaciones anteriores que pudieron coartarse parcialmente. El médico posee el conocimiento del método, su responsabilidad es aplicarlo para conducir al paciente a lo que es su bien ontológico; es decir, su perfeccionamiento como persona. La responsabilidad del paciente es la de ejercer su papel de paciente poniéndose en manos del médico para ser conducido, y así permitir la realización del médico como tal. El médico para perfeccionarse depende de la disponibilidad del paciente para realizar su acción. Paciente y médico son agentes en acción recíproca sobre las respectivas potencialidades para ser llevadas a la actualización conviniendo así a la naturaleza esencial de ambos como seres humanos.

 

En última instancia, su acción –de ambos– ha de estar orientada a la satisfacción de los deseos legítimos conducentes al perfeccionamiento.

 

Siendo éste, el bien en todos los aspectos que conducen a alcanzar, a través del raciocinio y de todos lo niveles de juicio, deliberación y opción, la satisfacción del deseo de dicho bien elevado a fin; es decir, elevado a valor(34).

 

Al hablar de las características que el médico ha de desarrollar en lo que se distingue como conciencia moral, y parte de su personalidad profesional, hemos de reconocer que el término empatía no es suficiente; lealtad, confiabilidad y generosidad no son suficientes. El clima y los principios de la formación profesional han de alentar el desarrollo de las capacidades específicas que permiten al hombre hacer conscientes, vivir y sentir en sí mismo las necesidades emocionales y espirituales del otro, y tratar estas necesidades con respeto y consideración humana.

 

En este contexto, de las Heras cita a Alibert: “Más necesita el médico de un buen corazón que de un buen ingenio”(35). Un término para referirse a esta capacidad es compasión. Éste es el término utilizado por Unamuno en la formulación de su humanismo existencialista y en su fe en la bizarría del quijotismo(36). En hebreo el término equivalente a compasión es rakhmones, y transmite el valor de tal virtud en forma vehemente. Una persona que posee esta virtud no podría perjudicar o aprovecharse de otra (utilizarla). Es lo que se considera una persona decente, lo que el diccionario jidish consigna como ‘mensch’ y define como una persona madura, decente, compasiva y capaz de amar; es decir: un verdadero ser humano en toda la extensión de la palabra. En realidad la palabra jidish ‘mensch’ tácita y escuetamente quiere decir humano, y frecuentemente va al final de la oración o del discurso, porque más allá de esa palabra es poco lo que se puede decir. En este sentido, sólo es humano el que ha alcanzado la posibilidad de reconocer la humanidad del otro hombre. Reconocer la humanidad del otro hombre es respetarlo, venerarlo, generarlo.

 

Nuevamente ha de citarse aquí a Emmanuel Levinas y su referencia a la interdependencia del hombre con el otro hombre para ser hombre y para hacer al otro, hombre. Para ser para el otro y para ser para él, otro(6). El ser humano alcanza un perfeccionamiento –una actualización de su potencialidad humana– cuando logra su propia promoción en el otro. También se ha de reiterar aquí en el pensamiento de Buber, el pensador religioso judío de orientación existencialista, quien se refiere a la verdadera relación, que es la que no cosifica en un ello, sino que establece el tú de la persona, y hace de la persona el tú del otro. De ahí surge la reciprocidad; y de ésta, la conciencia de sí mismo: el imperativo ético de superar los falsos diálogos hasta la reciprocidad más auténtica, que es el amor(7). El humano así promovido actualiza, en forma única, la bondad ontológica que porta en su propia naturaleza substancial junto con la verdad y la belleza.

 

Erich Fromm describe plenamente estas características humanas que permiten al individuo interesarse genuinamente por el otro, y las encierra en la actitud que llama amor(37). Este autor da a esta capacidad de interesarse por el otro mucho más importancia y fuerza que al concepto freudiano de libido; porque amor implica un desarrollo mucho más complicado y, filosóficamente, más profundo que la distribución de las fuerzas biológicas que hacen tender a la gratificación. Si bien los eventos que se han descrito aquí en el orden metafísico se han de concebir superimpuestos a una corporeidad dada por la base biológica en la que evidentemente una serie de movimientos motivacionales ocurren a través de un sinnúmero de eventos neurobioquímicos como condición necesaria, la posición amorosa a que Fromm se refiere corresponde más bien a la madurez cabal que el individuo alcanza a través de la resolución de los conflictos infantiles; situación que la teoría psicoanalítica freudiana llama genitalidad. El término caridad para los griegos y la utilización cristiana del mismo transmite el mismo sentido con mayor espiritualidad que el término amor, aunque éste, utilizado en el sentido de virtud, es más vehemente.

 

Siguiendo a Buber, la compasión a que se refiere Unamuno, la virtud del verdadero hombre (rakhmones) a que se refiere la cultura hebraica, la caridad como virtud teologal (otorgada por Dios), es el amor benevolenteu. El amor que promueve al otro (al hijo, al cónyuge, al discípulo, al paciente) en la consecución del bien (en el sentido lonerganiano). El amor que ha hecho de quien lo practica, un verdadero ser humano, un mensch, un hombre de buena voluntadv virtuoso que ha hecho de la disponibilidad amorosa un verdadero hábito (incorporado al carácter)w. Dice Lonergan que sólo alcanzando esta autotrascendencia sostenida es posible acceder a la bondad humana  en su totalidad alcanzando la autenticidadx. Llegar a este nivel representa una verdadera conversión (metanoia)y, que Bedolla, citando a Lonergan, señala que implica una apropiación que obedece a la vocación que incita (llama) a asumir lo que constituye a la persona. El médico ha de estar atento a los fenómenos que ocurren en la situación psicoterapéutica: atención flotante, señala la técnica psicoanalítca. El médico ha de ejercer su inteligencia para entender las producciones verbales y emocionales del paciente en todas sus extensiones y distorsiones transferenciales. Ha de juzgar adecuadamente si su entendimiento es cabal, para ejercer un manejo técnico que de acuerdo a su juicio, es el correcto.

 

En cualquier profesión orientada a la provisión de salud, el facultativo tiene la misión que ha asumido como respuesta al llamado intrínseco de su propia naturaleza como médico, y que lo compele a su cumplimiento una vez que lo ha reconocido como valor propio interno, exclusivo y taxativoz. Y tal ejercicio, si se aproxima en obediencia con su compromiso, le es perfectivo ya que converge con su propia bondad ontológicaaa. Estas son las características que operan como telón de fondo del profesionalismo del médico. Ernest Greenwood(38) (citado por López M.I.: 2002) identifica cinco elementos que presentan todas las profesiones:

 

1. Un cuerpo teórico.

2. Autoridad para definir problemas y su tratamiento.

3. Sanción social para admitir y adiestrar a sus miembros.

4. Códigos de principios éticos que subrayan un ideal de servicio a los demás.

5. Una cultura que incluye las instituciones necesarias para llevar a cabo todas sus funciones.

 

Estos elementos son los que dan la forma en que se constituye la profesión, cuando la persona, el médico, ha reconocido su vocación y la ha asumido. Se decía ya en los primeros párrafos de este apartado: Como cualquier vocación, la del médico se presenta como un llamado; como una tarea ontológicabb que ha de asumir para encontrarse con su propia naturaleza y que la naturaleza de su conducta (la bondad de su conducta) en esa misión asumida sintonice con su propio fin intrínseco como médico (bondad ontológica). A través de asumir la tarea ontológica (misión) y en el cumplimiento de los aspectos formales de la profesión, el médico se encontrará en disposición para establecer la relación con el paciente. La disposición del paciente de reconocimiento de su incapacidad para enfrentar la enfermedad y de confianza en la disposición del facultativo, configura la relación terapéutica como instrumento, en la que el médico pone en juego todos los conocimientos y destrezas adquiridas en su formación para primeramente informar al paciente de la naturaleza de su enfermedad y la naturaleza del tratamiento que propone, así como del bien que pretende alcanzar con éste y de otras opciones factibles, aun si él no las realizara. Esto permitirá al paciente optar en forma responsable respaldado por el conocimiento de su enfermedad y de las consecuencias e implicaciones del tratamiento que se le propone. Sólo así las acciones terapéuticas podrán tener un sentido humanista en que ante todo se respeta la libertad responsable del paciente en una opción que será perfectiva tanto para el paciente como para el médico y en la que se pone en juego la subsidiaridad, porque el que carece de más, recibe más, que ante todo reconoce la dignidad que tanto uno como el otro tienen como personas. El tratamiento, una vez aceptado por el paciente en dichas condiciones, tendrá como principal instrumento la situación que se establece a través de la relación perfectiva que conduce y promueve al paciente hacia su integración como persona total. Esto no significa que el médico ha de realizar cualquier acción que el paciente solicite, tan sólo porque éste lo desea; sino, más bien, que ambos buscan el bien del paciente, no sólo la satisfacción de su deseo, entendiendo como su bien aquello que lo promueve y es acorde a su naturaleza como persona.

 

*) Resumen del capítulo publicado bajo el mismo título y autores en el libro: "Introducción a la Bioética" (2009). Kuthy J., Villalobos J.J, Martínez O., Tarasco M. (eds). Méndez Editores, S.A. de C.V., 3° edición. Pp. 73-91. México, DF. ISBN 978-607-7659-00-6

 

1.  Médico Psiquiatra.  Doctor en Bioética por la Universidad Anáhuac. México.

2. Médico Foniatra. Doctora en Medicina por la Universidad de Santiago de Compostela. Investigadora de la Facultad de Bioética de la Universidad Anáhuac. México

 

 

Notas

a En el acto humano existen dos niveles de intencionalidad. Finis operis es el que tiene la propia naturaleza del acto ejecutado. Finis operantis es el hecho que se intenta al ejecutar la acción. En la relación médico-paciente, finis operis es la curación o alivio de la enfermedad que aqueja al paciente. Finis operantis es el perfeccionamiento de la persona (del paciente y del médico).

b Que la persona logre perfeccionarse a través de llevar a actualización (a hacer operantes)rasgos, habilidades, características que tenía en potencia (en posibilidad) constituye lo que aquí se alude como movimiento metafísico de actualización.

c Dignidad que intrínsecamente tiene por el mero hecho de ser persona humana.

d Para llegar a apreciar la complejidad de la relación terapéutica en necesario partir de este principio taxativo.

e Las voces simpatía y compasión tienen etimologías semejantes, la una derivando del griego y la otra del latín. El Diccionario de la Real Academia Española llama concernencia a esta conexión o correspondencia de una persona con otra, y por la cuál el bien de una adquiere una verdadera importancia emocional para la otra.

f El hombre ha de asumir la tarea, el don de la existencia que lo obliga a siempre estar en camino a llegar a ser. En la línea de Gabriel Marcel, el hombre es el homo viator; es peregrino; se dirige a ser(4).

g El otro no está ahí por el mero hecho de que lo ilumine yo, no está ahí porque lo aborde yo con mi inteligencia explicativa, sino porque él irrumpe en mi existencia(6). Es decir; porque yo le permito irrumpir en mi propia existencia participando de ella, permitiéndome participar de la suya.

h Un bien ontológico que ha de ser descubierto: reconocido como fin. Es decir, reconocido como el valor intrínseco que llama, que invoca al movimiento de actualización perfectiva a través de la actuación específica que logra convergencia con dicho fin. Una tarea ontológica en el sentido de que ha de ser asumida como un don que conduce al fin, y que por tanto es una misión.

i Término acuñado por Max Scheler(12) para referirse a la incapacidad de reconocer un valor.

j Desde otro punto de vista (otra teoría axiológica) el valor no es intrínseco, sino que surge cuando la persona convierte un bien en fin. Nietzsche expresa: “el hombre es un creador de valores”(13). Es reconocible la conveniencia de notar una dialéctica entre ambas teorías axiológicas.

k Manlio Severino Boecio: siglo V-VI: Contra Euthychen et Nestorium(16).
l Antonio Caso dice en sus definiciones de persona: “El hombre es (…) el organismo más perfeccionado de todos; pero su superioridad evidente no la reviste por razón de su naturaleza biológica, sino en virtud de su superioridad intelectual y moral. (…) No basta a definir el concepto de persona la pura naturaleza psíquica del hombre. Por encima de lo psíquico, está lo espiritual”(13).

m El término dignidad humana es central en bioética, sin embargo es definido en forma poco clara, y aunque la idea central es en torno al valor intrínseco del ser humano, el significado preciso del término es controversial(17). Alfonso Reyes dice “De entre los respetos que consideramos como mandamientos. (…) lo primero es el respeto que cada ser humano se debe a sí mismo, en cuanto es cuerpo y en cuanto es alma. A esto se refiere el sentimiento de la dignidad de la persona. Todos los hombres son igualmente dignos en cuanto a su condición de hombres…” (18).

n La confianza es un tema de primordial importancia en bioética. Es condición necesaria para la relación médico-paciente. Para satisfacerla, el médico no sólo ha de ser profesionalmente competente, sino que ha de asumir la importancia del bien del paciente(22).

o El médico, por su propia naturaleza (por su vocación) está orientado (llamado) al bien. Si asume su misión en el camino a actualizarse (perfeccionarse) como médico, la bondad será su habituación; será natural como parte de su práctica médica(23), será virtuoso.

p El reconocimiento de la obligación del médico a ser fiel a esta finalidad se encuentra desde la antigüedad en el Corpus Hippocratum. Ésta es la carga del médico (Care giver burden, Bedolla: comunicación personal, Curso del Doctorado en Bioética, Universidad Anáhuac).

q Dentro de la orientación personalista la dignidad de la persona recibe prioritariamente la mayor importancia, como se verá más. No obstante, esta orientación reconoce que todo acto terapéutico ha de estar orientado a la búsqueda del bien del paciente en consideración a su finalidad de acuerdo a sus características ontológicas.

r Es conveniente aclarar que el concepto de conocimiento que aquí se maneja considera que una nota constitutiva fundamental del mismo es que corresponda a la verdad epistemológica.

s En esa línea, la causa última (lo último a que se accede) es el perfeccionamiento al que se dirige (el) finis operantis.

t Como se describirá ampliamente más adelante, la orientación personalista conduce la actuación hacia la consecución del fin último de la persona considerando que éste consiste en la dignidad de la persona que se encuentra instaurada en su propia naturaleza substancial.

u Mismo concepto a que alude el Catecismo de la Iglesia citando las palabras de Jesús en el Evangelio de S. Juan: “Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15,
16-17), y recordado en Evangelio de la Vida (Juan Pablo II, 1955a): “De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y amor hacia cada persona y su vida”. Esta es la enseñanza que el apóstol Pablo, haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los cristianos de Roma: “En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud” (Rm 13, 9- 10).

v En el Gloria, en la Misa según el ritual romano, se encomia a este tipo de hombre: Gloria in excelsis Deo et in terris pax hominibus bona voluntatis. (del Hoyo: Diccionario de Palabras y Frases Extranjeras, Madrid: Aguilar, 1988).

w Bedolla, M. (2003). Curso del Doctorado en Bioética. Universidad Anáhuac.
x,y Lonergan citado por Bedolla, M. Understandig the body of the patient. Capítulo 3 del manuscrito A Manual for a Course on How to Conduct an Ethics Consult. Ad usum auditórium en la Universita Pontificia Regina Apostolorum. Roma. (Lista de lecturas de la primera materia impartida por el Dr. Miguel Bedolla en el Doctorado de Bioética, Universidad Anáhuac, 2003). y Bedolla, M. (2003): comunicación personal.

z No admite duda ni discusión.
aa Lo uno, lo Bueno, lo Verdadero, lo Bello, es lo que se considera atributos trascendentales del ser porque sobrepasan los límites de las esencias y son coextensivos al ser. http:// www.mercaba.org/Teologos/Balthasar/intento_de_resumir_mi_pensamient.htm (Consultado el 28 de septiembre de 2007).

bb Tarea, para Platón, es “lo que la cosa misma hace mejor que cualquier otra” (República, I353ª.) En función de esto, la palabra tarea utilizada en este sentido, se ha entendido y a veces traducido como don, y como misión (cfr. pags. 32, 33, 34).

 

 

 

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López Gómez, Manuel Isaías y Tarasco Michel, Martha, RELACIÓN MÉDICO-PACIENTE, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL: http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/199-relacion-medico-paciente

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