ÉTICA DEL ABORTO

ÍNDICE:

1. Actualidad del aborto
2. ¿Una enseñanza bíblica?
2.1 Antiguo Testamento
2.2 Nuevo Testamento
3. Doctrina de la Iglesia
3.1 Edad Antigua
3.2 Edad Media
3.3 Edad Moderna
3.4 Edad contemporánea
4. Elementos para una reflexión ética
4.1 Moralidad objetiva
4.2 Responsabilidad personal
4.3 Responsabilidad política
5. Conclusión

Notas y Bibliografía

 

 

“Una colectividad que con diversos pretextos se orientara hacia el aborto legalizado, iría contra los esfuerzos realizados en siglos de civilización. Se pondría al mismo tiempo fuera de las perspectivas fundamentales de la antropología cristiana y de su respeto absoluto al hombre desde el primer momento de su concepción hasta el último aliento de su vida”.   (Pablo VI)

1.   Actualidad del aborto

En   su  encíclica sobre la vida humana, el Papa ha definido el aborto como “la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento”[1].

El aborto no es un problema nuevo en el mundo. En la antigüedad clásica tanto el aborto como el infanticidio eran bastante habituales. En un papiro fechado el 17 de junio del año 1 a.C. un tal Hilarión escribe a su esposa Alis dándole un consejo terrible: “Si pares, si el crío es varón, lo dejas y, si es hembra lo expones”[2].

Tal vez donde mejor ha sido descrito el aborto, sus indicicaciones y los medios para procurarlo es en una obra titulada Gynecia, publicada a principios del siglo II por Soranos de Efeso. Ya antes de él, el historiador Tácito se asombraba de que las mujeres judías y cristianas se resistieran a abortar en un ambiente donde tal práctica era ya rutinaria. En la Carta a Helvia, Séneca alaba a su madre por no haber querido abortar.

Sin embargo, el tema ha adquirido una nueva actualidad, al saltar a la palestra de las cámaras legislativas, de los medios de comunicación, de la escuela y de la conversación ordinaria. Y ha saltado arropado por los vestidos de los prejuicios o las tomas interesadas de postura. De forma que, a todos los niveles, se hace muy difícil, si no imposible, un diálogo sereno y desapasionado sobre el tema.

El debate responde, en el fondo, al anhelo universal de búsqueda de una vida plenamente humana. Y todos los procesos de búsqueda son especialmente aptos para suscitar utopías, apasionamientos, místicas y mesianismo. Siempre en nombre de la mayor libertad y dignidad del ser humano, admitidas como bandera de progreso y liberación.

El debate, además, se presenta como una encrucijada propicia  para el choque de valores. Nos encontramos con el hecho de la defensa universal del “respeto a la vida”—norma moral aceptada generalmente por todos--, pero también con el hecho brutal y concreto de que ese pretendido respeto choca a diario con otros valores, tácitamente reconocidos como superiores, al menos en la circunstancia concreta[3].

Entre esos “nuevos” valores cabría colocar el proceso de emancipación de la mujer, las mayores exigencias de la crianza y la educación de los hijos, el conocimiento y dominio del proceso de la procreación, el reconocimiento del valor autónomo de la relación sexual, la valoración del trabajo profesional femenino. De hecho, en el curso de la polémica sobre el aborto, se ha ido insistiendo cada vez más en “el derecho a elegir”[4].

Por otra parte, el problema se sitúa en un momento de evidente secularización y socialización de la ética. El razonamiento moral trata de liberarse de anteriores tutelas religiosas y, al mismo tiempo, apela con frecuencia a nuevas normatividades heterónomas, como las basadas en el ordenamiento legal o bien en el consenso social[5].

2. ¿Una enseñanza bíblica?

A muchos puede parecer que el aborto es una cuestión tan moderna que difícilmente puede haber sido imaginado por los personajes que aparecen en las páginas de la Biblia. Sin embargo, tal impresión se debe a una simple apariencia. Las Sagradas Escrituras no sólo mencionan el hecho categorial del aborto, sino que nos ofrecen un marco transcendental de valores y actitudes que no resultan indiferentes para la ética de la vida.

2.1  Antiguo Testamento

En el nuevo orden de la creación, surgido después del diluvio, el mismo Dios sanciona  la santidad de la vida humana al afirmar: “Al hombre le pediré cuentas de la sangre de sus semejantes” (Gen 9,5).  En el decálogo encuentra su lugar la norma explícita “No matarás” (Ex 20,33). Ninguno de esos textos se refiere directamente al aborto. Pero en ellos se enraiza la convicción de que la vida humana, toda vida, sin excepción, merece el respeto de los hombres por haber merecido previamente la atención y la tutela del mismo Dios.

A. Es en los textos legales donde se encuentra una explícita alusión al aborto. En un contexto en el que se contemplan diversos incidentes que pueden producir daños corporales y hasta la muerte, se ofrece una precision interesante: “Si al reñir unos hombres golpean a una mujer encinta, haciéndola abortar, pero sin causarle ningún otro daño, el culpable será multado con la cantidad que el marido de la mujer pida y decidan los jueces. Pero si se siguen otros daños, entonces se pagará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Ex 21,22).

Si bien se observa, la ley no establece una precisión sobre la voluntariedad o involuntariedad del efecto abortivo: se trata solamente de establecer unas normas legales sobre los daños y el castigo que pretende resarcirlos. La traducción griega de la Biblia (LXX) introdujo en este texto una explicitación sobre el feto “formado” o todavía “informe”. Se daba a entender que en el primer caso el delito era mayor que en el segundo supuesto. Pues bien, esa terminológa pertenece evidentemente a los esquemas griegos de pensamiento, que consideran al ser -también al ser humano- desde la dialéctica de la materia y la forma. Pero ese esquema de pensamiento es totalmente extraño  a la mentalidad hebrea original, que es al mismo tiempo menos metafísica y más globalizante, al considerar a la persona como una unidad.

La segunda parte de ese texto legislativo no se refiere directamente a una eventual contraposición entre la vida de la madre, cuya pérdida se condenaría con la pena de muerte, y la vida del feto, cuya pérdida se condenaría tan sólo con una multa. En contra de lo que a veces se ha sugerido, creemos que tal contraposición legal no es intentada por el texto mismo, que parece unir aquí un principio general para regular el antiguo derecho a la venganza, reflejado por ejemplo en la “ley de Lámec” (Gen 4, 23-24).

Menos aún parece referirse el texto a una contraposición  de la responsabilidad moral en la muerte de la madre y la muerte del feto. La yuxtaposición de dos principios normativos, posiblemente separados en su origen, establece ciertamente una distinción entre la vida fetal y la vida de un adulto, pero por sí misma no justifica el aborto. Es más, el aborto así provocado es considerado como una acción delictiva que requiere una recompensa, incluso cuando se produce como un efecto accidental de la pelea. A fortiori, habría que deducir que el rechazo bíblico habría de ser mayor cuando se tratara de un aborto intencionado, como ocurre en el mundo moderno y como el texto bíblico no hubiera si siquiera osado imaginar[6].

B. En otros libros del Antiguo Testamento nos encontramos con otros textos que suelen ser citados con frecuencia en el marco de la reflexión moral sobre el aborto. Son los relatos-confesiones de vocación de algunos profetas.

En el poema de la vocación de Jeremías, se ponen en boca del Señor unas palabras que, a primera vista,  parecen referirse a la vida prenatal del profeta:

Antes de formarte en el vientre te conocí;

antes que salieras del seno te consagré,

te constituí profeta de las naciones” (Jer 1,5).

Un eco de esa manifestación de Dios se encuentra en las palabras que en el libro de Isaías se colocan en los labios del Siervo del Señor:

“Escuchad ahora lo que dice el Señor,

que ya en el vientre me formó como siervo suyo” (Is 49,5).

Como se ve, la fórmula empleada por Jeremías es todavía más radical: Dios abarca la existencia del profeta, aun antes de su iniciación.

La misma convicción se encuentra en la oración del piadoso israelita que proclama la infinita sabiduría de Dios y su conocimiento de los caminos e intenciones del hombre:

Tú formaste mis entrañas,

me tejiste en el vientre de mi madre” (Sal 139, 13).

Pues bien, ninguno de estos textos trata de ofrecer precisiones científicas sobre la vida intrauterina. No son afirmaciones científicas, son afirmaciones de fe. Tratan tan sólo -¡y nada menos!- que de reflejar la atención y preocupación de Dios por su profeta, desde los orígenes mismos de su existencia. Son textos “retrospectivos” que reflejan la fe del profeta o del orante sobre la providencia de Dios que ha guiado toda su vida.

Pero aun así, el espíritu que anima a estas confesiones de fe ha aclarado ante los ojos de los creyentes el sentido de la vida humana: su sacralidad y su inviolabilidad, aun desde antes de aparecer a la luz del día.

2.2  Nuevo Testamento

A estos testimonios se suele unir el texto evangelio que refiere el “encuentro” de Jesús y Juan el Bautista, ya en el seno de sus respectivas madres (Lc 1,39-45). Si el tercer evangelio refleja una tradición que apela a Lucas, el médico (Col 4,14), algunos pretenden deducir de este pasaje, la convicción de las comunidades cristianas primeras sobre la identidad personal de los seres humanos, ya en el seno materno.

Pero tampoco este texto tiene una intención científica, sino étiológico-teológica. Así ocurría ya en Gen 25,22-23, donde se cuenta que también Esaú y Jacob saltan en el vientre de Rebeca, luchando entre sí como habrán de luchar sus sucesores. La acción de estos otros dos niños dentro del vientre materno anticipa y significa su destino futuro: ofrecer la salvación, por parte de Jesús y reconocerla y anunciarla con alegría por parte de Juan (cf. Jn 3,29).

El evangelio de Lucas, con mirada retrospectiva, nos hace asistir a un anuncio de lo que será el ministerio de Juan el Bautista: preparar el camino del Señor (Lc 3,4) y reconocer “al que es más fuerte que está para venir” (Lc 3,15-16)[7]. Gracias al don del Espíritu, Isabel interpreta el sentido teológico del salto de Juan, como una proclamación  profética de la llegada del “Señor”[8].

Por otra parte, también en el Nuevo Testamento encontramos un eco de los textos que referían la vocación de los grandes profetas. También Pablo afirma que Dios lo elegió desde el seno de su madre (Gal 1,15), ofreciendo en paralelo una especie de explicación al añadir que fue llamado por pura benevolencia de Dios.

El Nuevo Testamento, en fin, se refiere a los “medicamentos” (pharmakeia ) y a los “curanderos”  (pharmakoi ). Pero tal referencia no es neutra, sino que incluye siempre una crítica y una condena contra los que utilizan  drogas y fármacos (Gal 5,20; Ap 9,21; 21,8; 22,15). Ya el mismo tono de los textos nos hace pensar que no se trata de un rechazo global de la medicina, sino de alguna forma de curanderismo mágico. En una ocasión, en efecto, tal expresión se refiere evidentemente a la magia o la brujería (Ap,18,23). Pero parecería un abuso traducir siempre en el mismo sentido aquellas palabras.

A la luz de la tradición posterior -por ejemplo un conocido texto de la Didajé-, cabría preguntarse si tales prácticas no podrían referirse al uso y a la administración de pociones o drogas anticonceptivas o abortivas. Así lo han creído ver muchos estudiosos[9].

De todas formas, el mensaje bíblico no parece prestar demasiada atención al aborto, tal vez porque en los tiempos y el ambiente que refleja no constituía un fenómeno tan habitual como lo sería en el imperio romano.

En consecuencia, la condena bíblica del aborto no se expresa tanto en fórmulas concretas como en el espíritu que recorre todas sus páginas y que constituye un canto a la vida y un himno de gratitud al Dios que la ha creado y la orienta hacia su encuentro de amor eterno.

3. Doctrina de la Iglesia

En el Magisterio de la Iglesia  podemos observar un elemento mantenido fielmente a lo largo de los siglos, y algunos matices que, por su dependencia de una determinada concepción filosófica, han sido expresados de forma cambiante a lo largo de su historia.

A la doctrina inmutable pertenece la afirmación de la defensa de la vida humana inocente,  independientemente de sus condiciones de edad o de salud, así como el rechazo decidido del aborto. A la formulación mudable pertenecen las cuestiones relativas a la “formación” del feto, es decir, al acceso de la forma a la materia y las dudas sobre el momento de la aparición de la vida humana personal.

3.1  Edad Antigua

Más que en textos bíblicos concretos, la doctrina de la Iglesia antigua se apoya en la afirmación general de la santidad de la vida humana y el señorío de Dios sobre ella. Veamos algunos ejemplos:

La Didajé ofrece a los cristianos una interesante lista de preceptos morales: “No matar. No cometer adulterio. No corromper a los niños. No fornicar. No robar. No realizar la magia. No practicar la medicina (pharmakeia, es decir, algo así como el curanderismo). No matar al niño con el aborto. No matar lo ya engendrado. No desear la mujer de tu prójimo”. Por lo que respecta a este tema, es evidente la dependencia del precepto bíblico “No matarás”, que resulta normativo para las tres grandes religiones abrahámicas[10].

La Carta del Ps. Bernabé ofrece igualmente algunas orientaciones morales muy precisas sobre esta cuestión: “Amarás a tu prójimo más que a tu vida. No suprimirás al niño con el aborto. No matarás lo que ya ha sido engendrado”[11].

Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque, aun en el seno materno, los niños son ya “objeto de la providencia de Dios”[12].

Clemente de Alejandría, en el Paedagogus, tras explicar la naturaleza y las exigencias del matrimonio y de la unión conyugal, concluye con una explícita referencia al aborto:

“Nuestra vida estará toda ella de acuerdo con la razón si dominamos nuestros apetitos desde sus comienzos, y no matamos con perversos artificios lo que la Providencia divina ha establecido para el linaje humano. Porque hay quienes ocultan su fornicación utilizando drogas abortivas que llevan a la muerte definitiva, siendo así causa no sólo de la destrucción del feto, sino de la del amor del género humano”[13].

Minucio Félix (190-200), ante la frecuente acusación de que los cristianos matan a los niños, establece contra la opinión pública de los paganos una base apologética en la que viene a decir: Nos acusan de lo que ellos hacen. Bebiendo drogas extinguen en las entrañas la vida del que ha de nacer. Cometen ya parricidio (el término más fuerte en el Derecho romano). Son imitadores de Saturno que, según su propia mitología, devora a sus propios hijos.

También en términos apologéticos se expresa  Tertuliano con palabras que son muy conocidas: “Es un homicidio anticipado el impedir el nacimiento; poco importa que se suprima la vida ya nacida o que se la haga desaparecer al nacer. Es un hombre el que está en camino de serlo (Homo est et qui est futurus)”[14].

En el Concilio de Elvira (ca. a. 305)  se excomulga a los que practican el aborto. La pena no puede ser levantada ni siquiera a la hora de la muerte[15]. Poco después, el Concilio de Ancira (314) condena a 10 años a las mujeres que matan lo ya engendrado[16].

El primer Concilio de Maguncia (847) confirma las penas decretadas por los concilios anteriores y determina que sea impuesta la penitencia más rigurosa “a las mujeres que provoquen la expulsión del fruto concebido en su seno”[17].

Entre los Padres orientales, san Basilio, en una carta a Anfíloco, afirma que “Quien comete deliberadamente un aborto está sujeto a la pena prevista para el homicidio”. Y entre los Padres occidentales, san Agustín, después de criticar a los que abandonan a los hijos que les nacen contra su voluntad, añade:

“A veces llega a tanto esta libidinosa crueldad o, si se quiere, libido cruel, que emplean drogas esterilizantes, y, si éstas resultan ineficaces, matan en el seno materno el feto concebido y lo arrojan fuera, prefiriendo que su prole se desvanezca antes de tener vida, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de que nazca. Lo repito: si ambos son así, no son cónyuges, y si se juntaron desde el principio con tal intención, no han celebrado un matrimonio, sino que han pactado un concubinato. Si los dos son así, digo sin miedo que o ella es una prostituta del varón o él es un adúltero de la mujer” [18].

3.2  Edad Media

Estas conocidas  palabras de San Agustín estaban destinadas a tener una larga repercusión sobre la doctrina y la práctica de la Iglesia, durante toda la edad media, gracias sobre todo a su recepción por el Decreto de Graciano[19].

Por lo que se refiere a la práctica pastoral, es preciso recordar que, entre los largos y meticulosos cuestionarios ofrecidos por los libros penitenciales, con vistas a la administración del sacramento de la Penitencia y a la imposición de una satisfacción, nunca falta la pregunta por el aborto.

El canon Aliquando lo declaraba homicidio tan sólo cuando el feto estaba ya “formado”, es decir “animado”, según una antigua precisión que se remonta a Empédocles de Agrigento (s. IV a.C.) y que influyó incluso en la traducción griega de Exodo 21,22-23 - como ya se ha dicho - y en toda la doctrina de los pensadores medievales. El canon Si aliquis, en las Decretales, equiparaba la práctica de la contracepción y del aborto, en cualquier estadio que se realizasen, al homicidio voluntario.

Por lo que se refiere a la reflexión teológica, hay que subrayar de modo especial que Santo Tomás afirma que matar a un embrión “animado” es un homicidio. Tal afirmación ha de ser matizada. Es cierto que considera que la “animación”, o infusión del alma racional en el cuerpo humano,  no tiene lugar en el momento mismo de la concepción. La “causa material” habría de estar suficientemente preparada para recibir la “causa formal”. En consecuencia, la animación tendría lugar a los 40 días en el varón y a los 80 días para la mujer (!). Recuérdese su dificultad para admitir como verdad de fe la Inmaculada Concepción de María. De todas formas enseña Santo Tomás que el aborto es un grave pecado, contrario a la ley natural[20] .Tal  teoría de la animación retardada, que se remonta a la filosofía griega,   se encuentra también recogida por Sigiero de Brabante y aun por  la Divina Comedia.

3.3  Edad Moderna

Los célebres Martín de Azpilicueta y Tomás Sánchez condenaban la contracepción, pero admitían el aborto “terapéutico” con tal que se realizara dentro de los 40 días primeros del embarazo[21].

Sixto V promulgó en 1588 la famosa bula Effraenatam, con la intención de eliminar la prostitución en la ciudad de Roma. Invocando el canon Aliquando, extiende la pena de excomunión reservada a la Santa Sede al uso de anticonceptivos y a todo tipo de prácticas abortivas, sin atender a la precisión relativa al feto “no formado”, ni a los casos del llamado aborto terapéutico[22]. La bula fue abrogada en parte por su sucesor.

Durante el pontificado de Inocencio XI, el Santo Oficio condenaba, al menos como escandalosas, 65 proposiciones laxistas, denunciadas por la universidad de Lovaina, dos de ellas relativas al aborto. Una de ellas afirmaba la licitud de procurar un aborto antes de la animación del feto. La otra consideraba probable que el feto, mientras está en el útero, carece de alma racional propia con lo que el aborto no sería un homicidio[23].

En el siglo XVII algunos médicos comenzaron a seguir una nueva orientación y a dejar de lado la hipótesis aristotélica sobre la animación del feto a los 40 días. Uno de ellos, Paolo Zacchia, sería nombrado caballero pontificio.

3.4  Edad contemporánea

En la constitución Apostolicae Sedis, el papa Pio IX excomulgaba en 1869 a los que practicaran el aborto, sin admitir ya la antigua distinción aristotélica entre la animación y la no-animación del feto.

Pio XI, en la encíclica Casti connubii (1930) ofrece una respuesta explícita a las objeciones más graves que se suelen plantear a favor del aborto, al que considera como crimen gravísimo con el que se viene a agredir la progenie escondida en el seno materno.

Pio XII excluye todo aborto directo, ya pretenda la destrucción de la vida humana como fin o como medio[24].

Juan XXIII recuerda la doctrina de los Padres sobre el carácter sagrado de la vida, “la cual desde su comienzo exige la acción creadora de Dios”[25].

El Concilio Vaticano II se refirió al aborto con unas célebres palabras que tratan de defender la vida humana en su totalidad:

“Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado...- todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes” (GS 27).

Más adelante, en el marco de la problemática relativa a los conflictos de valores y deberes que surgen en el ejercicio de la vida conyugal, afirma que “la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes execrables” (GS 51).

Pablo VI, en la encíclica Humanae Vitae (25.7.1968), en la que se estudian el tema de la anticoncepción y la procreación responsable,  dedica igualmente unas líneas al tema que nos ocupa:

“En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos, una vez más, declarar que hay que excluir absolutamente como vía lícita para la regulación de los nacimientos,  la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas” (n. 14).

En 1974 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un extenso documento al que es necesario referirse al tocar este tema. En él se mencionan muchos de los datos de la tradición que quedan recogidos más arriba. Y en él se subraya decididamente la calidad humana del nuevo ser concebido, basándose no sólo en la tradición o en la reflexión cristiana sino en las mismas aportaciones de las ciencias:

“Desde el momento en que el óvulo ha sido fecundado comienza una vida, que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano, que se desarrolla por su propia cuenta... La Genética moderna proporciona preciosas confirmaciones de esta evidencia de siempre (perfectamente independientes de las discusiones acerca del momento de la animación). Ha mostrado cómo, desde el primer instante, está fijado el programa de lo que será este ser vivo: un hombre individual, con sus características bien determinadas. Desde la fecundación se ha iniciado la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar. Lo menos que puede decirse es que la ciencia moderna, en su estadio más evolucionado, no presta ningún apoyo sustancial a los defensores del aborto”[26].

De entre la múltiples intervenciones de Juan Pablo II, es necesario destacar sus continuas alusiones al tema del aborto en las encíclicas Redemptor hominis (n. 13 y 14), Dives in misericordia (n. 12), Dominum et vivificantem (n. 43), así como  la exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 26 y 30). En todas ellas se defiende la vida humana desde el primer momento y se alza una voz en contra del aborto.  Esta preocupación no está ausente ni siquierea en las encíclicas específicamente “sociales”, como la Sollicitudo rei socialis (n. 25 y 26) o la Centesimus annus (n. 39). Especial dramatismo alcanza el tema en la carta apostólica Mulieris dignitatem (15.8.1988), donde se alude con palabras vibrantes a un problema social y moral, que con frecuencia se trata de silenciar:

“Una mujer es dejada sola con su pecado y es señalada ante la opinión pública, mientras detrás de este pecado ‘suyo’ se oculta un hombre pecador, culpable del ‘pecado de otra persona’, es más, corresponsable del mismo (...) ¡Cuántas veces queda ella abandonada con su maternidad, cuando el hombre, padre del niño, no quiere aceptar su responsabilidad! Y junto a tantas ‘madres solteras’ en nuestra sociedad, es necesario considerar además todas aquellas que muy a menudo, sufriendo presiones, incluídas las del hombre culpable, ‘se libran’ del niño antes de que nazca. ‘Se libran’, pero ¡a qué precio! La opinión pública actual intenta de modos diversos ‘anular’ el mal de este pecado;  pero normalmente la conciencia de la mujer no consigue olvidar el haber quitado la vida a su propio hijo, porque ella no logra cancelar su disponibilidad a acoger la vida, inscrita en su ‘ethos’ desde el ‘principio’” (n. 14).

Según el Código de Derecho Canónico, “quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae (CIC 1398).

Por el tema tratado, merece especial atención la Instrucción Donum Vitae, publicada en 1987 por la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación. Allí se afirma que “el ser humano ha de ser respetado -como persona- desde el primer instante de su existencia”, para subrayar la importancia decisiva de la fecundación y repetir “la condena moral de cualquier tipo de aborto procurado” (I,1).

A ese documento se refiere con frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica (1992). Ahí se afirma que “desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (n. 2270); se recuerda la enseñanza tradicional de la Iglesia, según la cual “el aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemenTe contrario a la ley moral” (n. 2271); se explica la pena canónica (CIC cán 1398) de la excomunión latae sententiae (n. 2273); se afirma la importancia de la defensa de la vida humana inocente como un “elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación” (n. 2273);  y se recuerdan los criterios ofrecidos por la Instrucción Donum Vitae sobre el respeto al embrión y las intervenciones en el patrimonio cromosómico y genético (nn. 2274.2275).

En la  Carta a las familias , publicada por Juan Pablo II, con motivo del año Internacional de la Familia, se afronta directamente,  el escándalo social y político de las legislaciones pro-abortivas, poniéndolas veladamente en comparación con la legislación nacionalsocialista:

“Cómo no recordar a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: No matarás (Ex 20,13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas como aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública es el de  las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismosparlamentos para utilizar los propios proyectos y perseguir los propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en ‘civilización de la muerte’ recibe una preocupante confirmación”[27].

Como se sabido, tanto los principios éticos cuanto la denuncia de las prácticas abortistas y su aceptación legal en la sociedad moderna, alcanzan una amplia resonancia en la encíclica Evangelium vitae. En ella, efecto, se evocan los motivos aducidos para legitimar el aborto, se apela a la revelación bíblica, en cuanto afirma el amor de Dios a la persona, incluso antes de su nacimiento, se recuerdan los hitos más sobresalientes de la tradición antigua y los últimos documentos del Magisterio. Todo este cúmulo de doctrina desemboca en una fórmula especialmente solemne que ha hecho pensar a muchos en un pronunciamiento pontificio cercano a la definición:

“Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era inmutable. Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina-, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el magisterio ordinario y universal”[28].

La encíclica vuelve sobre las palabras de la Declaración sobre el aborto provocado para afirmar que “desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo”. Se trata de una “evidencia”, a la que “la genética moderna otorga una preciosa confirmación”(EV 60)[29].

Especialmente comentados han sido los párrafos en los que el Papa, continuando el discurso iniciado en sus anteriores encíclicas Centesimus annus y Veritatis splendor se refiere a la necesaria fundamentación de la libertad en la verdad del ser humano, para afirmar tajantemente, con la Carta a las familias, que “las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica” (EV 72).

Una consecuencia evidente es la de la obligación moral de acogerse a la objeción de conciencia y aun a la impugnación directa de tales leyes.

4. Elementos para una reflexión ética

Obviamente en éste, como en tantos otros temas, es preciso establecer una distinción clara entre la calificación moral “objetiva” del problema, la responsabilidad o culpabilidad de las  personas implicadas y la eventual despenalización o legalización de las actuaciones abortivas.

4.1. Moralidad objetiva

La reflexión ética sobre el aborto se refiere necesariamente al valor último de la vida humana, tutelado por el mandamiento bíblico -y extrabíblico- “No matarás”. La vida es el primero de los derechos de la persona.

Por otra parte, la persona no puede ser imaginada como una realidad distinta realmente del ser humano. Es preciso acudir de nuevo a las antiguas palabras de Tertuliano: “Es ya hombre el que ha de ser hombre”. Por decirlo con categorías más actuales, el respeto a la vida del no-nacido no puede ignorar la historicidad inherente al ser humano.

Pero la mención de la conocida frase de Tertuliano puede resultar ambigua. Si se pretende despenalizar algunas situaciones especialmente dramáticas no se debería acudir al falaz expediente de afirmar que “lo” eliminado no es  “todavía” una persona humana. Pero la postura adversa al aborto tampoco debería aferrarse a una concepción anticuada que parece pretender que del germen humano ha de salir una persona humana. Es preciso repensar la antropología subyacente a ambas posturas:

“Pienso que en el germen está ya  todo lo que en su desarrollo   constituirá  lo  que suele

llamarse hombre, pero sin trans-formación ninguna, sólo por desarrollo. El germen es ya un ser humano. Pero no como creían los medievales (y los medievalizantes que muchas veces ignoran serlo), porque el germen sea germen de hombre, esto es, un germen de donde ‘saldrá’ un hombre, sino porque el germen es un hombre germinante y, por tanto, ‘es ya’ formalmente y no sólo virtualmente hombre. La germinación misma es ya formalmente humana”[30].

En nuestro tiempo hemos llegado a comprender que el respeto a la vida humana no admite discriminaciones de sexo, de libertad o esclavitud, de razas o etnias, de creencia religiosa o de afiliación socio-política. En consecuencia, deberá decirse que tampoco puede admitir discriminaciones de edad. No son los criterios adjetivales los que han de determinar el aprecio de la vida humana. El ser humano es una unidad a lo largo de su desarrollo histórico, como admite la Biología:

“El estar en camino es inseparable de la ‘condición humana’: estamos siempre en un proceso de avance, de realización personal, que únicamente concluirá en el momento de nuestra muerte. Por eso, cuando se ha puesto en marcha una realidad con destino humano, tenemos que afirmar que estamos ya ante un ser, llamado a convertirse en persona en su sentido más pleno y cuya existencia debe ser defendida. Es incoherente proclamar la inviolabilidad de la vida ya nacida y negársela al zigoto, al embrión o al feto: en todos los casos, estamos ante una existencia que tiene un destino humano, a los que falta aún mucho por avanzar en su proceso de maduración personal, pero que ya ha iniciado la apasionante aventura de entrar en un destino humano”[31].

En consecuencia, desde el punto de vista objetivo, hemos de mantener que el aborto constituye la supresión de la vida humana, la cual constituye el valor ontológico y ético fundamental tanto para la existencia personal como para la convivencia social. El aborto comparte objetivamente la calificación moral negativa debida al homicidio. Ningún ser humano es dueño de la vida de sus semejantes.

4.2  Responsabilidad personal

Ante cualquier comportamiento humano, el juicio sobre la responsabilidad personal ha de considerar las condiciones de conocimiento y lucidez, de advertencia, voluntariedad y libertad en las que se toma la decisión correspondiente. Determinados obstáculos a la decisión humana, como pueden ser la ignorancia invencible, el miedo o la coacción, tanto física como psicológica, pueden hacer menos “humano” y responsable tal comportamiento. Estos principios valen para cualquier situación en la que se encuentre la persona, por dramática que sea.

En este caso, son muchos los estudiosos que consideran que la metodología del estudio moral del aborto, y su consecuente valoración concreta, tiene que asumir dos instancias importantes, como son la situación del conflicto de valores y el caso de la situación-límite.

La instancia del “conflicto de valores”, o de deberes morales, podría sustituir con ventaja la antigua metodología que distinguía entre el aborto directo y el indirecto, que se ha visto invocada en los documentos de la Iglesia aquí citados. Aquella distinción se basada en el famoso “principio del doble efecto”. En esa lógica, casos dramáticos en los que estaba en peligro la vida de la madre encontraban a veces una solución ética: se permitía una intervención  quirúrgica - p. ej. una histerectomía- que pretendía como efecto querido y aprobado la salvación de la madre, aunque se siguiese, como efecto no querido aunque inevitable, la supresión del feto.

La metodología que considera el conflicto de valores éticos en una situación concreta, que por otra parte se aplica en todos los campos considerados por la reflexión moral, ayudaría a plantear el tema con mayor coherencia y con mayor realismo[32].

Por otra parte, es preciso tener en cuenta que la persona se encuentra con frecuencia ante encrucijadas en las que ha de tomar una decisión entre varias, ninguna de las cuales le parece moralmente irreprochable. Es preciso elegir el mal menor. Pero el criterio para discernir la “cuantía” del mal elegible y elegido en cada caso y en cada persona es difícilmente determinable a priori. Piénsese en la apelación al criterio personal que la moral tradicional aplicaba a la distinción entre los medios ordinarios y extraordinarios para la prolongación de la vida y el proceso del fallecimiento.

Tales criterios podrían tener aplicación en algunas situaciones -más teóricas que prácticas- en la que se tratase de practicar el llamado aborto terapéutico. Con más matices, sin duda, requieren una gran comprensión en el plano personal algunas situaciones de aborto eugenésico, como en el caso de la previsión del nacimiento de un niño anencefálico.

Por otra parte, es preciso reconocer que algunos pronunciamientos de la Iglesia sobre la anticoncepción pueden haber contribuido a reforzar la razón abortista y, consecuentemente, a trivializar el tema y disminuir la culpabilidad de algunas personas. Al aproximar excesivamente el juicio y la condena sobre el aborto y la anticoncepción, sin establecer matices cualitativos, puede haber ocasionado un descrédito sobre ambas posturas[33].

De todas formas, tanto la persona que aborta, como los agentes sanitarios que facilitan el aborto, han de estar atentos al valor de la vida humana, sin el cual ningún otro valor se sostiene[34].

A pesar de la dureza de todas las condenas contra el aborto, los documentos de la Iglesia repiten una y otra vez la exhortación a mostrar una sincera comprensión a las madres que han recurrido al aborto. Se trata, una vez más, de establecer una distinción entre el mal moral objetivo y la culpabilidad de las decisiones asumidas por la persona.  En esta, como en otras muchas situaciones, la Iglesia “no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática”[35].

4.3  Responsabilidad política

El problema ético de la legalización o despenalización del aborto habría de ser cuidadosamente separado del anterior[36]. No es lo mismo valorar éticamente el aborto que emitir un juicio ético sobre su despenalización. Existen conexiones entre las dos cuestiones, pero no son la misma cuestión, ni se puede responder a las dos con la misma certeza[37].

Conviene comenzar por recordar aquí dos distinciones tradicionales en el terreno de la reflexión moral sobre las responsabilidades jurídico-penales:

A. No es lo mismo “moral” que “derecho”. Las leyes del Estado han de fundarse evidentemente sobre la bondad ética objetiva o sobre los preceptos de la “ley natural”, o sobre los derechos de la persona humana, de lo contrario se descalificarían a sí mismas. Pero las leyes del Estado no tienen por qué penalizar todo lo malo, ni premiar todo lo bueno. La legislación pública no debería constituir otro argumento, y tal vez el más importante, para la realización ética. La legislación no está para obligar a los ciudadanos a cumplir los preceptos de la moral -menos aún cuando entre ellos hay pluralidad de criterios- sino para regular la convivencia, promoviendo el bien social y respetando y haciendo respetar los derechos de todos, incluidos los del no-nacido.

B. Por otra parte, no es lo mismo “legalización” que “despenalización”. La conducta legalizada se convierte en un derecho; quien desee llevarla a cabo puede contar con la protección del Estado. La despenalización, en cambio, no supone que la conducta sea legal, ni que el Estado deba protegerla, sino que, en determinadas circunstancias, el Estado reconoce que no se han dado las condiciones para la imposición de penas a ese determinado comportamiento. En esta clave, es fácil percibir la gran diferencia que se da en la práctica entre una ley de plazos y una ley de indicaciones.

En este caso, la reflexión ética se sitúa en torno a la despenalización del aborto, en referencia al bien social. En ese sentido, aunque la mayor parte de los ciudadanos, con motivo de la promulgación de la ley, no planteaban el aborto como un derecho, ni como moralmente deseable, sino como un hecho que exigía una regulación para evitar males mayores, andando el tiempo se han descubierto tanto la orientación general hacia la “legalización”  como la pervivencia de hechos delictivos que se resisten a la regulación.

C. Las leyes han de defender a los indefensos y tutelar los valores éticos fundamentales inherentes a la dignidad misma de la persona humana.

Tal protección se refiere especialmente a los casos en los que la vida naciente   pudiera entrar en conflicto con otros valores, como es el de la vida de otra persona, igualmente digna de respeto y protección -caso que ya en la legislación anterior se acogía a la eximente de extrema necesidad-. En otras situaciones dramáticas, el Estado no puede limitarse a una inhibición o un juicio despenalizador, sin haber ofrecido previamente la información necesaria y sin haber creado las estructuras que posibiliten la opción por una alternativa al aborto. “El empeño de los legisladores al servicio de la vida es esencial y central. Esto es necesario no sólo para evitar la muerte de tantos inocentes, sino también para evitar que la democracia se transforme en un totalitarismo y la libertad en una licencia egoísta”[38].

Sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos el “valor” que entra en conflicto se reduce a la interrupción de un embarazo no deseado que va a cambiar el “bienestar” de la familia, lo que en ningún caso es defendible.

Como tampoco es defendible una legislación que no se limite a despenalizar algunas situaciones sino que, en la práctica promocione el aborto y aun lo promueva de forma “selectiva”, con relación al sexo o a otras condiciones del bebé que está para nacer[39].

No hace falta ser demasiado susceptibles para comprender que, mientras la propaganda social en favor de la despenalización del aborto insiste en la defensa de un “derecho a elegir”, en la práctica la conciencia social ha evolucionado hasta imponer el aborto como un “deber”. La opinión pública llega a sublevarse cuando la administración concede ayudas sociales a mujeres que se han negado a ejercer su “derecho” a abortar. En esos casos, la culpabilidad moral ante el homicidio abarca a muchas personas que, aparentemente, tratan de inhibirse de tal responsabilidad.

D. Por otra parte, es preciso recordar el problema de la eventual objeción de conciencia. Si un profesional médico-sanitario se cree en el deber moral de respetar la vida no nacida, ha de poder formular su objeción de conciencia no sólo ante la ley sino también ante los reglamentos de las instituciones hospitalarias que le obligarían a colaborar en la práctica del aborto[40].

Por fin y en el mismo sentido, es necesario subrayar que los ciudadanos convencidos de la inmoralidad de la ley, han de actuar responsable y democráticamente en el intento de modificarla. Es preciso adquirir conciencia de la vigencia de las campañas encaminadas a hacer aceptar el aborto con toda “normalidad” y, en consecuencia, educar el sentido de responsabilidad de los cristianos y, en general, de los ciudadanos amantes de la vida, para que hagan frente a tales campañas[41].

5.  Conclusión

Desde un punto de vista cristiano habría que afirmar que la vida en gestación es siempre un don de Dios Creador y una muestra más de la iconalidad divina del ser humano. Merece, en consecuencia protección absoluta y prioritaria por parte de todos los hombres y mujeres, así como por parte de los poderes públicos.

Los textos bíblicos que con frecuencia se aducen pertenecen a una cultura en la que el lenguaje sobre Dios es con frecuencia excesivamente antropomórfico para la sensibilidad actual. Pero al afirmar que Dios conoce al ser humano desde las entrañas de su madre, está profesando una fe en la dignidad de la persona, aun antes de su nacimiento, es decir, por su mismo ser humano y no sólo por sus posesiones o sus condiciones adjetivales.

Las leyes del Estado raras veces tienen en cuenta la situación verdadera que ha llevado a la familia a tomar una decisión tan dramática ni la situación posterior de la madre, que requerirá todo un milagro de cercanía y de terapia desde el amor. Ahí pueden y deben ser proféticamente pioneros los discípulos de Jesús. Así lo ha pedido varias veces Juan Pablo II, invitando a los cristianos a “dedicar una especial atención pastoral a las mujeres que han padecido o procurado activamente el aborto”[42].

De todas formas, es preciso evitar la opinión generalizada según la cual la cuestión de la penalización o despenalización es un asunto meramente político. Las leyes tienen un efecto pedagógico sobre la formación de la conciencia de los ciudadanos. La valoración de la vida sufre un innegable deterioro a causa de las leyes permisivas del aborto[43].

También es preciso evitar reducir el tema de la valoración moral del aborto a una preocupación de moral confesional. La condena de la esclavitud, la tortura o la violación tampoco pueden reducirse a reivindicaciones morales confesionales. Cuando está en juego la vida y la dignidad del ser humano es preciso remontarse a una ética racional que apela a una sana antropología, antes que a una revelación religiosa.

 

Notas y Bibliografía

[1]JUAN PABLO II, Evangelium vitae (25.3.1995), 58; para la motivación de esta definición, cf. J. HERRANZ, "Aborto y excomunión", en L'O.R. ed. esp. 27/30 (28.7.1995) 11: "Como sabemos, el reciente y progresivo descubrimiento de medios abostivos refinados, de índole quirúrgica y también farmacológica, había puesto en entredicho la noción misma de aborto provocado.  En efecto, en el ámbito de las leyes canónicas, esa noción se remontaba, ya como fuente del can. 2.350, 1, del anterior Código de Derecho Canónico (...) a la constitucion apostólica Effraenatam del papa Sixto V, del 29 de octubre de 1588, la cual definpia el aborto simplemente como el acto de provocar, con el efecto consiguiente, la 'foetus immaturi eiectionem'. Por eso, teniendo en cuenta el principio canónico según el cual las leyes penales están sometidas a interpretación estricta, la mayor parte de los comentaristas consideraba delito de aborto exclusivamente la expulsión provocada de un feto humano inmaduro (es decir, dentro de los primeros 180 días, según muchos) del seno materno. Ahora bien, la necesidad de una aclaración de dicho concepto frente a las nuevas técnicas abortivas y a las relativas precisiones de doctrina moral en esta materia,  llevó a la Comisión pontificia para la interpretación auténtica del Código de derecho canónico a afirmar, en 1988, que por aborto debía entenderse no sólo 'la expulsión del feto inmaduro', sino también 'la muerte provocada del feto, de cualquier modo que se hiciera y en cualquier tiempo,  desde el momento de la concepción' (cf. AAS 80, 1988, p. 1.818).

[2] Se trata del papiro Oxy. IV, 744: véase en J. LEIPOLDT - W. GRUNDMANN, El mundo del Nuevo Testamento, II, Madrid 1975, 67.

[3]J. FERRATER MORA - P. COHN, Ética aplicada, Madrid 1994, 41: "Quienes disputan en torno al aborto concuerdan en muy pocas cosas. Ello se debe a la existencia de un conflicto básico. No un conflicto entre lo justo y lo injusto, lo moral y lo inmoral, o entre no matar y matar -si bien ésa es la manera simplista en que se presentan los respectivos argumentos-, sino más bien un conflicto entre los valores positivos: el de la santidad de la vida y el de la libertad. Inclusive quienes se manifiestan resueltamente en favor de la idea de que incumbe a la mujer embarazada, y sólo a ella, el decidirse por el aborto o el no aborto, no sostienen que la vida del feto carece de todo valor".

[4]M.A. WARREN, "El aborto", en P. SINGER (ed.), Compendio de ética, Madrid 1995, 417-431; B.W. HARRISON, Our Right to choose: Toward a New Ethic of Abortion, Boston 1983.

[5]No deja de ser sintomático que el 12 de marzo de 1990, el Parlamento Europeo haya adoptado por 146 votos a favor, 60 en contra y 11 abstenciones, una resolución de la Sra. Nel van Dijk, en nombre del Grupo de los Verdes, por la que se invita al Consejo a presionar a los Estados miembros para que "procedan a  la interrupción voluntaria del embarazo y se encarguen de que exista una asistencia segura, asequible y accesible a todas las mujeres, en lo que concierne al aborto".

[6]E.D.COOK, "Abortion", en NDCEPTh 132.

[7]R. BROWN, El nacimiento del Mesías. Comentario a los Relatos de la Infancia, Madrid 1982, 359.

[8]R.J.KARRIS, "The Gospel according to Luke", en  NJBC 681.

[9]Cf. J.T. NOONAN Contraception Cambridge, Mass. 1965, 44-45.

[10]"No matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás al vida al recién nacido": Didaché , V, 2: F.X. FUNK, Patres Apostolici,  I, 17. Recuérdese también la Epístola a Diogneto, V, 6, quien afirma que los cristianos "engendran hijos, pero no arrojan los fetos": F.X.FUNK, o.c., I, 399

[11]Epistola Barnabae, XIX,5: F.X. FUNK, o.c., I, 91-93.

[12] Legatio pro christianis, 35: PG 6, 969; SC 3, 166-167.

[13] Pedag. II, 10, 83 ss.

[14] Apologeticum, IX, 8: PL 1, 314-320; CSEL 69, 24.

[15]Así reza el canon 63: MANSI, 2, 16.

[16]Cn. 21: MANSI, 2, 519.

[17]Cn 21: MANSI, 14, 909.

[18]SAN AGUSTIN, De nuptiis et concupiscentia, I, 15, 15: PL 44, 423-424; CSEL 42, 230: trad. T.C.MADRID - L. ARIAS, Obras completas de San Agustín, 35. Escritos antipelagianos, 3, Madrid 1984, 269-270; Cf. C.PALOMO, El aborto en San Agustín, Salamanca 1959.

[19] Decretum Gratiani, c. 32, q. 2, c. 7.

[20] In IV Sent., dist. 31, text. expositio

[21]Su doctrina es discutida por S. Alfonso, que sigue manteniendo la licitud del aborto indirecto, aun entendido dentro de unos márgenes bastante amplios: "Quaeres quando liceat procurare abortum. Resp. Quicumque malitiose in se vel altero procurat abortum peccat graviter, sive foetus sit animatus, quia est verum homicidium, sive non, quia tendit ad occisionem hominis, et est contra naturam generationis; Less. Si tamen ad vitam matris conservandam omnino sit necessarium, sequentes regulae tenentur:  1. Si foetus mortem matri allaturus sit probabiliter, et necdum sit animatus anima rationali (animari autem communiter aiunt mares die quadragesimo, foemellas vero octogesimo quae res valde incerta est), quidam permittut, etiam directa intentione expelli, ut Sanch., Henr. etc. contra Less. et alios, quorum sententia in praxi suadenda: quorsum enim directe expellas, cum indirecte liceat et sufficiat?  2. Si vero foetus sit animatus, materque judicetur moritura cum prole, nisi medicinam sumat; licet eam sumere, et secundum quosdam tenetur, intendendo directe suam tantum sanitatem, etsi indirecte ac consequenter destruatur foetus: quia in pari necessitate mater potest magis prospicere sibi, quam proli.  3. Si vero cum morte matris spes vitae et baptismi prolis effulgeat, tenetur mater secundum plerosque sub mortali abstinere ab omni remedio destructivo prolis, quia tenetur vitam corporalem exponere pro extrema necessitate spirituali infantis. Contrarium tamen docet Lud. Lopez, quod Sa. dixit esse probabile. V.Less. Sanchez, Fill. Bon.": S. ALFONSO M. DE LIGORIO, Theologia Moralis,  lib. III, trac.  4, cap. 1,  dub. 4.

[22]Constitución Effraenatam Bullarium Romanum V, 1, pp. 25-27; Fontes Iuris Canonici, 1, 165, pp. 308-311.

[23]DS 2134 y 2135. La primera opinión había sido defendida por Francisco Torreblanca y Villalpando, Epitome delictorum sive de magia, II, 43, 10, publicado en Sevilla en 1618 y más tarde en su obra Iuris spiritualis practicabilium libri XV, XII, 16, 44, publicado en Córdoba en 1635. La segunda opinión había sido defendida por Caramuel, pero ya la había abandonado: véase su Theologia moralis fundamentalis II, fundam. 55, q. 6.

[24]PIO XII, Discurso del 12.11.1944 a la Asociación Médica Italiana: "Finché un uomo non è colpevole, la sua vita è intangibile, et è quindi illecito ogni atto tendente direttamente a distruggerla, sia che tale distruzione venga intesa come fine o soltanto come mezzo al fine, sia che si tratti di vita embrionale, o nel suo sviluppo ovvero giunta ormai al suo termine": Discorsi e Radiomessaggi, VI, 191; ver también su famoso discurso a las comadronas: 29.10.51

[25]JUAN XXIII, Mater et Magistra : AAS 53 (1961) 447.

[26]CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración sobre el aborto procurado (18.11.1974), 12-13: AAS 66 (1974) 738

[27]JUAN PABLO II, Carta a las familias  Gratissimum sane (2.2.1994), 21.

[28]JUAN PABLO II, Evangelium vitae, 62, donde se remite a LG 25.

[29]Sobre el origen de la vida humana, según las ciencias modernas, véase R. COLOMBO, "El evangelio de la vida y las ciencias de la vida", en L'O.R. (ed. esp. 19.4.1996) 11-12: "La individualidad genética ('programa' genético) de todo nuevo organismo se va precisando cada vez más en su contenido informativo (cf. el Proyecto genoma humano, en fase de realización) y en su expresión (cf. las numerosas investigaciones sobre los markers fenotípicos y sobre el linkage entre genotipos y fenotipos normales y patológicos). No sólo sabemos con certeza, ahora igual que hace veinte años, que en la reproducción sexuada se garantiza -a través de la segregación independiente de los cromosomas homólogos y la recombinación génica (croosing-over), que acontecen durante la meiosis- la diferencia informativa original del genotipo de todo individuo, aunque los gametos provengan de los mismos dos padres. Pero hoy también podemos detectar y determinar esa identidad biológica a través de las técnicas de la genética molecular (DNA fingerprinting), de la bioquímica (Protein patterns) y de la inmunología (monoclonal antibodies), aplicables también a la tipificación de fases muy precoces del desarrollo (cf. el así llamado 'diagnóstico pre-implantación' sobre los embriones)."

[30]X. ZUBIRI, Sobre el hombre, Madrid 1986, 50. Merece la pena leer el contexto

[31]J. GAFO, El aborto ante la conciencia y la ley, Madrid 1982, 89. Ver también su obra 10  palabras clave en bioética,  Estella, 1993, 45-89

[32] Cf. D. HORNSTRA, “A Realistic Approach to Maternal-Fetal Conflict”, en HastingsCRep 28/5 (1998) 7-12.

[33]Cf. J.I.GONZALEZ FAUS, El derecho de nacer. Crítica de la razón abortista, Barcelona 1995, 26. Todo el opúsculo resulta iluminador.

[34]En este contexto resulta sorprendente la conversión del doctor judío Bernard N. Nathanson, quien había fundado en 1969 el NARAL (Liga Nacional de Derecho al Aborto) y es responsable de más de 60.000 abortos y llegaría posteriormente a producir el video Silent Screen para hacer ver el dolor del bebé cuando se le aplica el forceps para extraerlo del seno materno: cf. VILLALBA, A., "El doctor Nathanson se hace católico", en Ecclesia 2.828 (15.2.1997) 227; C.J.McCLOSKEY, “La conversión del Dr. Bernard Nathanson a la cultura de la vida y a la Iglesia católica”, en L’O.R. 29/8 (21.2.1997) 9

[35] JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 99; COMISION PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA,  El aborto con píldora también es un crimen, 10, en o.c. 959.

[36]G. LANDROVE, Política criminal del aborto, Barcelona 1976.

[37]Estos temas son de la máxima actualidad en este momento. Véase K. A. PETERSEN, Abortion Regimes, Brookfield, Vt,1993, donde se compara la evolución de la legislación sobre el aborto en Australia, Dinamarca, Gran Bretaña, Nueva Zelanda y los Estados Unidos para investigar hasta qué punto la profesionalización del terreno médico ha afectado el desarrollo del aborto.

[38]PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, Al servicio de la vida (Instrumentum laboris), Ciudad del Vaticano 1992, 18, donde remite a M. SCHOOYANS, L'avortement: Enjeux Politiques, Québec 1990, 157 ss.

[39]En este sentido ha causado una gran alarma social la medida propuesta por la ministra de Sanidad de Holanda, Els Borst para ampliar de 14 a 23 semanas los límites del aborto legal, de modo que se conozca ya el sexo del hijo. Un portavoz del Consejo Musulmán de Holanda se mostraba contrariado: "La interrupción del embarazo sólo porque se trata de una niña es inaceptable para nosotros": cf "La ministra holandesa de Sanidad promueve el aborto selectivo de fetos femeninos", en Ecclesia 2.826 (1.2.1997) 145

[40] El Código Deontológico de la Enfermería Española (1989), afirma en su a. 22: "De conformidad con lo dispuesto en el artículo 16.1 de la Constitución Española, la Enfermera/o tiene, en el ejercicio de su profesión, el derecho a la objeción de conciencia que deberá ser debidamente explicitado ante cada caso concreto. El Consejo General y los Colegios velarán para que ninguna/o Enfermera/o pueda sufrir discriminación o perjuicio a causa del uso de ese derecho"

[41]En la "Declaración del III Congreso mundial de los movimientos provida" (4.10.1995) se dice: "Los métodos químicos para abortar, como la píldora RU 486 y la así llamada vacuna antiembarazo, eliminarán silenciosamente a millones de seres humanos inocentes desconocidos, y a largo plazo también tendrá un efecto desconocido en las madres. En realidad, esta es la guerra química contra los hijos por nacer (cf. Centesimus annus, 39). El aborto quimico también absuelve a los hombres de la responsabilidad en este crimen contra la humanidad. Pero haciendo del aborto una   opción de las mujeres, a menudo se priva a los hombres de su derecho a la paternidad. Es casi imposible distinguir entre ciertos medios de anticoncepción y aborto (cf. Evangelium vitae,13). Las mujeres y los hombres tienen derecho a saber si corren o no el riesgo de matar a sus hijos por nacer, y a recibir información sobre los efectos colaterales perjudiciales de los anticonceptivos": Ecclesia 2.774  (3.2.1996) 169.

[42]JUAN PABLO II, EA,  63; cf. M.T. MANNION Guarire la vita. Per una rinascita spirituale della donna che ha abortito,  Torino 1991: trad. de Abortion and Healing. A Cry to be Whole, Kansas City. Ver también J. A. HICKEY, "Síndrome de post-aborto y reconciliación", en L'O.R. (ed. esp.) 28/17 (26.4.1996), 11, donde se refiere al "Proyecto Raquel" que trata de acoger a quienes cargan las heridas causadas por la decisión de abortar, llevándoles el mensaje del evangelio de la vida.

[43]En la "Declaración del III Congreso mundial de los movimientos provida" (4.10.1995) se dice también: "Después de haber difundido el aborto por todo el mundo, los agentes de la cultura de la muerte están introduciendo sistemáticamente la legalización de la eutanasia. Esos mismos agentes de la cultura de la muerte están implicados activamente en el control eugenésico de la población, usando el aborto selectivo, el infanticicio, la eutanasia y, dentro de poco, la manipulación del código genético humano":  L'O.R. (ed. esp.) 28/2 (12.1.1996) 11.

 

 

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José-Román Flecha Andrés, ÉTICA DEL ABORTO, en García, José Juan (director): Enciclopedia de Bioética, URL:http://enciclopediadebioetica.com/index.php/todas-las-voces/201-etica-del-aborto

 

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